Capítulo 29:
Los días pasan aquí dentro como si fueran siglos. El tiempo no parece correr igual, no hay noches ni mañanas claras, solo la luz que se cuela despacio por las cortinas cerradas y la presencia constante, pesada, de Lucas. Me mira como si fuera una obra de arte que ha conseguido después de robarla a todos, y cada día habla más despacio, con más certeza, como si estuviera convencido de que con palabras y repeticiones logrará borrar todo lo que soy.
Esta mañana entró con una carpeta de cuero en las manos, con esa sonrisa tranquila y aterradora que ya conozco. Se sentó frente a mí y la dejó sobre la mesa, mirándome largo rato a los ojos como si estuviera a punto de darme la noticia más importante de mi vida.
—Ya es hora de que entiendas la verdad —empezó a decir con voz suave, pero con una firmeza que no admitía réplica—. Ya es hora de que dejes de mirar hacia atrás, porque ya no hay nada ahí. Nadie te busca. Nadie te espera. Para el mundo que conociste, ya no existes. Se han olvidado de ti. Han seguido adelante. Tú solo te quedaste aquí… conmigo.
Sentí que se me helaba la sangre, pero no dejé que me viera temblar.
—Mientes —le respondí con voz baja—. Mateo no se olvida. Mis padres no se olvidan. Ellos saben que estoy viva.
Lucas soltó una risa suave, triste y cruel a la vez.
—¿Crees de verdad? ¿Crees que seguirían buscando si la policía ya dijo que estás muerta? ¿Si ya hicieron el funeral, si ya te enterraron en una tumba llena de cenizas y mentiras? Ellos ya lloraron. Ya aceptaron. Y tú… tú tienes que aceptarlo también. No tienes más remedio.
Abrió la carpeta y empezó a sacar papeles uno por uno, extendiéndolos frente a mí con una satisfacción que me dio náuseas.
—Mira esto —dijo señalando un acta de matrimonio con nombres falsos, sellos que parecían reales, firmas imitadas a la perfección—. Aquí dice que eres mi esposa. Que siempre lo fuiste. Cambié tu nombre, cambié tu historia, borré todo rastro de quien fuiste. Ahora solo eres mía. En los papeles, en la ley, en todo lo que existe… perteneces a Lucas. Y nadie podrá decir lo contrario.
Seguía sacando documentos: actas de nacimiento nuevas, recetas médicas a nombre de otra mujer, contratos, papeles que parecían oficiales donde se borraba todo lo que tenía que ver con Elena y con Mateo.
—Lo hice por ti —seguía diciendo mientras yo sentía que el mundo se me caía a pedazos—. Lo hice para que nadie te moleste más. Para que nadie venga a separarnos. Si no eres quien crees ser… entonces no tienes pasado que te duela. No tienes amores que te hagan llorar. Solo tienes este presente. Solo me tienes a mí. Y a lo que llevas dentro, que ahora también es mío.
Me levanté de un salto, agarrando los papeles y rompiéndolos con rabia, con todas las fuerzas que me quedaban.
—¡Son mentiras! —grité con lágrimas en los ojos—. ¡Todo esto es mentira! ¡Yo soy Elena! ¡Yo soy la mujer que ama a Mateo! ¡Y ningún papel, ninguna mentira tuya va a cambiar lo que llevo aquí dentro!
Lucas no se enfadó. Solo me miró con esa compasión falsa que me partía el alma, recogiendo los trozos de papel con calma.
—Puedes romperlos —dijo muy bajito—. Pero yo tengo copias. Tengo todo guardado en lugares seguros. Y cuando salgamos de aquí, cuando sea el momento, todos creerán lo que diga. Tú eres quien yo diga que eres. Y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.
Se acercó despacio y me tomó la mano con una ternura que me dio escalofríos.
—No sufras más —me pidió acariciándome la mejilla—. Déjate llevar. Acepta que ya no hay nadie más. Que solo nos tenemos el uno al otro. Si te rindes y me quieres como yo te quiero a ti, seremos felices. Seremos la familia perfecta. Pero si sigues peleando… entonces tendré que tomar medidas más duras. Porque no puedo permitir que sigas pensando en él. No puedo permitir que sigas perteneciendo a nadie más que a mí.
Me quedé sentada en la silla, sintiendo cómo me quitaban hasta el último pedazo de mi identidad, hasta el último rastro de mi historia. Él había planeado todo con una frialdad espantosa: no solo me había encerrado físicamente, sino que había borrado mi existencia legal, mi nombre, mi pasado, convirtiéndome en una propiedad más de su locura. Y aunque mi alma sabía la verdad, aunque mi corazón seguía latiendo por Mateo, en ese momento sentí una soledad tan profunda que me pareció imposible de superar.
Pero entonces apoyé la mano sobre mi vientre, sobre esa pequeña vida que crecía a pesar de todo, y supe que no podía dejarme vencer. No por mí, sino por nosotros. Lucas podía falsificar papeles, podía mentir al mundo, podía encerrarnos… pero jamás podría cambiar lo que sentía mi alma. Jamás podría borrar lo que el alma no olvida. Y mientras siguiera latiendo en mí esa certeza, seguiría luchando.
(Narrador omnisciente)
La habitación se ha vuelto pequeña, sofocante, cargada de una tensión que ya no se sostiene con palabras dulces ni promesas falsas. Lucas ha perdido el último resto de cordura que le quedaba. Ya no hay ternura en sus gestos, ni compasión en su mirada: solo hay fuego descontrolado, una posesión que lo consume todo, una sed de reclamar lo que cree suyo sin importarle el precio, ni el daño, ni la voluntad de nadie.
Elena lo mira retrocediendo paso a paso hasta chocar contra la pared, temblando de pies a cabeza, sintiendo que el hombre que creyó conocer se ha desvanecido por completo para dejar paso a una bestia que no conoce límites. Él se acerca despacio, con pasos pesados y torpes, como si ya no fuera dueño de sus propios movimientos, y sus ojos brillan con una luz salvaje que no pertenece a nadie en su sano juicio. Ya no habla de amor, ni de familia, ni de futuro: sus palabras son entrecortadas, confusas, llenas de reclamos y exigencias, de una certeza ciega de que ella le pertenece en cuerpo y alma, sin derecho a negarse ni a dudar.
—Eres mía —repite una y otra vez, con voz ronca y alterada—. Toda tú. Nadie más te toca. Nadie más te mira. Si no lo entiendes por las buenas… te lo haré entender con hechos. Te marcaré tan profundamente que olvidarás hasta tu propio nombre.
La toma entre sus brazos con una fuerza bruta que le quita el aliento, ignorando sus súplicas, sus lágrimas y la forma en que ella se protege instintivamente el vientre. Ya no hay cuidado en sus manos, solo deseo de apropiarse, de borrar cualquier rastro de otro, de hacerla suya de una manera que la rompa y la reconstruya solo para él. Elena grita, lucha con todas sus fuerzas, pero es inútil: él es más fuerte, y su locura lo hace imparable, ciego a todo lo que no sea su propia voluntad.
La somete, la invade, la hace sentir su poder con cada caricia violenta, con cada beso que sabe a rabia y no a cariño. No le importa que ella sufra, no le importa que ella llore, no le importa la vida que lleva dentro: solo le importa apagar el fuego que lo quema por dentro, solo le importa demostrarse a sí mismo que ha ganado, que nadie puede quitarle lo que ha tomado. Y mientras lo hace, repite frases sin sentido, mezclando recuerdos falsos con promesas de destrucción, jurando que si no puede tenerla como quiere, nadie la tendrá jamás.
Elena siente que se le rompe el alma en mil pedazos. Siente que le roban no solo su libertad, sino también su dignidad, su confianza y todo lo que creía saber sobre el mundo. Se siente sucia, rota, perdida… pero en lo más profundo de su ser, cuando él termina y se aleja un momento, agotado y todavía mirándola con esa mezcla de satisfacción y furia latente, ella aprieta los ojos y aferra su vientre con una fuerza nueva, silenciosa y terrible. No va a dejar que esto la destruya. No va a dejar que él gane del todo. El dolor es inmenso, el miedo paralizante… pero el amor que lleva dentro es más fuerte que cualquier abuso, más fuerte que cualquier mentira.
Lucas se deja caer en una silla, respirando con dificultad, mirándola todavía como si fuera un trofeo conseguido a costa de todo. Ya no sabe quién es, ni qué quiere realmente: solo sabe que la tiene ahí, y que eso le basta por ahora. Pero no sabe que en ese momento, ha sembrado en ella no el miedo que esperaba, sino una determinación de acero. No le ha quitado nada: solo le ha dado más razones para luchar, para sobrevivir, para volver a quien realmente la ama.
El silencio vuelve a llenar la casa, pero ya no es un silencio de sumisión. Es un silencio de espera, de preparación, de una guerra que ahora se libra también en el alma de ella. Lucas cree haberla vencido. Pero no sabe que lo que el alma no olvida, jamás se rinde. Y que de la peor oscuridad, siempre nace la fuerza para volver a la luz.