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La verdad que el alma sabía

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 31: 

 

Han pasado tres meses. Tres meses en los que el mundo ha seguido girando como si nada hubiera pasado, como si la mitad de mi vida hubiera desaparecido para siempre. Todos me dicen que acepte lo que hay, que deje de buscar, que deje de hacerme daño. Mis padres, los suyos, los amigos… todos ven mis ojos hundidos, mi cuerpo consumido por la angustia, y me piden que suelte. Pero yo no puedo. Porque hay algo más fuerte que la razón, más fuerte que los informes policiales, más fuerte que una tumba llena de mentiras: es la voz de mi alma, que no deja de gritarme que ella sigue aquí. Que ella me necesita.

 

Me paso las noches sentado en el taller, rodeado de madera y herramientas, mirando la foto que siempre llevo en la mano. A veces me parece escuchar su risa, otras veces siento un dolor agudo en el pecho, como si ella estuviera sufriendo en ese mismo instante, como si su dolor viajara hasta mí a través de la distancia y la oscuridad. Sé que está viva. No sé cómo, ni dónde, ni en qué condiciones… pero lo sé con la misma certeza con la que sé que la amo. Y por eso no he dejado de moverme. He seguido pagando al detective, he seguido recorriendo caminos, he seguido preguntando, aunque todos me miren con lástima como si estuviera perdiendo la razón.

 

Esta tarde estaba a punto de salir a buscar una pista más, cuando vi el coche del detective detenerse frente a la puerta. Al ver su cara, supe que algo había cambiado. No traía esa expresión de compasión vacía de otras veces: traía seriedad, tensión, y una chispa de algo que parecía esperanza. Entró despacio, se sentó frente a mí y tardó unos segundos en encontrar las palabras. Yo me quedé quieto, con el corazón latiéndome tan fuerte que temí que se me saliera por la boca.

 

—Mateo… he encontrado algo. Algo que la policía se saltó, algo que no quisieron ver —empezó a decir con voz pausada—. Revisé los registros del hospital, las muestras, todo lo que hubo en ese incendio. Y hay una diferencia que nadie quiso señalar. Los restos que se encontraron… no son de Elena.

 

Sentí que el aire volvía a mí después de tres meses de ahogo.

—¿Qué? —alcancé a decir con voz temblorosa, sin atreverme a creerlo todavía—. ¿Estás seguro?

 

—Segurísimo —afirmó él con firmeza—. Lucas cambió todo. Usó el cuerpo de una mujer sin identificar, puso las cosas de ella para que todos creyeran que era ella… y la policía se conformó con la apariencia. Pero los análisis detallados que conseguí por fuera no mienten. Esa mujer no es ella. Elena está viva. Y él se la llevó.

 

Las lágrimas me brotaron sin poder detenerlas, pero no eran lágrimas de dolor: eran lágrimas de alivio, de rabia, de una esperanza que creía perdida pero que nunca murió.

—Yo lo sabía —susurré llevándome las manos a la cara—. Yo lo sabía todo el tiempo. Mi alma no se equivocaba. Él no sería capaz de matarla. Él solo es capaz de robarla, de encerrarla, de mentir… pero no de perderla.

 

El detective asintió con gravedad.

—Ahora sabemos la verdad. Pero eso también significa que ella está en manos de un hombre que ya no tiene límites. Que ha sido capaz de engañar a todo el mundo, de falsificar todo, de borrar su identidad… y que no dudará en hacerle cualquier cosa si siente que la pierde. Tenemos que actuar con cuidado, pero tenemos que actuar ya.

 

Me levanté de un salto, con una energía renovada que no sentía desde que ella desapareció.

—Dime qué hay que hacer —le dije con voz firme, con la determinación de quien ya no tiene nada que perder y todo por ganar—. Dime dónde buscar, qué hacer, a quién preguntar. No importa lo que cueste. No importa lo que tenga que enfrentar. Voy a recuperarla. Voy a sacarla de ahí. Y nadie me va a detener.

 

En ese momento, todo cambió. La tristeza se transformó en propósito, la desesperación en fuerza. Porque lo que el alma no olvida, siempre encuentra la forma de abrirse paso. Y ahora que sabía que ella seguía viva, que seguía esperándome, nada me parecía imposible. Lucas había conseguido engañar a todos… pero nunca consiguió engañar a lo que sentíamos el uno por el otro. Y ahora, por fin, la verdad salía a la luz. Y con ella, la certeza absoluta de que pronto volveríamos a estar juntos.

 

 Me quedé unos instantes sin poder hablar, con el corazón latiéndome con tanta fuerza que sentía que iba a romperme el pecho. La certeza que había llevado clavada en el alma durante tres meses, esa voz pequeña que me decía una y otra vez que no me rindiera, que no aceptara una mentira por verdad, acababa de confirmarse. Ella estaba viva. No era un sueño, no era una ilusión de mi dolor: era la realidad. Y ahora, por fin, sabíamos que ir a buscarla.

 

El detective sacó un mapa desplegándolo sobre la mesa, y con el dedo marcó una zona apartada, lejos de la ciudad, entre montes y caminos de tierra.

—No es una certeza al cien por cien —dijo con voz seria—, pero es la única pista que encaja. Seguimos los movimientos de Lucas, los lugares donde ha comprado provisiones, los sitios donde se le ha visto borracho y perdido, preguntando cosas sin sentido. Todo apunta hacia esta zona. Hay una casa pequeña, apartada, que perteneció a un familiar suyo hace años. Nadie va por ahí. Nadie la conoce. Es el lugar perfecto para esconder a alguien sin que nadie se entere.

 

Me incliné sobre el mapa, grabando cada camino, cada curva, cada referencia en mi mente.

—¿Y la policía? —pregunté—. ¿Van a venir con nosotros?

 

—Les he presentado las pruebas —respondió él—, pero tardarán en reaccionar. Para ellos el caso está cerrado. Creen que es una obsesión tuya. Así que tenemos dos opciones: esperar a que se decidan y perder tiempo valioso… o ir nosotros primero, confirmar que ella está ahí, y entonces llamarlos para que entren con fuerza. Yo te aconsejo que vayamos ya. Cada minuto que pasa es un minuto más que ella pasa a su lado.

 

No lo dudé ni un segundo.

—Vamos ya —dije agarrando mi chaqueta y las llaves—. No esperamos a nadie. Si ella está ahí, si me necesita, no voy a esperar a que nadie decida moverse.

 

Antes de salir, pasé por la casa de sus padres. Cuando les dije la verdad, cuando les mostré las pruebas y les conté hacia dónde íbamos, vi cómo se les llenaban los ojos de lágrimas de esperanza, después de meses de llanto y desolación. Su madre me agarró las manos con fuerza.

—Tráela de vuelta, Mateo —me pidió con voz rota pero firme—. Tráela de vuelta a casa. Por favor.

 

—Se lo prometo —les dije mirándolos a los ojos—. Se los prometo por mi vida. No volveré sin ella.

 

Salimos de la ciudad cuando el sol empezaba a ocultarse. El camino se hacía cada vez más estrecho, más solitario, rodeado de árboles altos que cerraban el paso de la luz, y cada kilómetro que avanzábamos sentía que me acercaba más a ella. A veces me parecía escuchar su voz, otras veces sentía un dolor agudo en el pecho que me decía que ella estaba sufriendo en ese mismo instante, pero también sentía una fuerza inmensa empujándome hacia adelante. No importaba lo que encontráramos al llegar, no importaba lo que tuviéramos que enfrentar: yo estaba dispuesto a todo.

 

El detective conducía con calma, vigilando los alrededores, mientras yo no dejaba de mirar hacia adelante, hacia la oscuridad que se iba cerrando sobre nosotros.

—Estamos muy cerca —dijo él bajando la voz—. A partir de aquí hay que ir con cuidado. Si él está ahí, no sabemos en qué estado está. Si está borracho, si está despierto, si sabe que venimos.

 

Apreté el puño contra mi pierna, conteniendo la ansiedad que me consumía.

—No me importa —respondí con firmeza—. Pueda estar como quiera estar. Pero si le ha hecho daño, si le ha puesto una sola mano encima… juro que no responderé por lo que le haga.

 

El coche tomó un último camino de tierra lleno de baches, y al doblar una curva, a lo lejos, entre la espesura de los árboles, se vio una pequeña luz tenue. Una casa. La casa.

 

El detective detuvo el coche apagando las luces, y nos quedamos unos segundos en silencio, mirando aquella luz que parecía ser la única cosa real en medio de tanta oscuridad. Ahí estaba. Ahí estaba ella. A pocos metros, después de tres meses de infierno, de mentiras y de distancia. Sentí que el corazón se me salía del pecho, pero también sentí una calma extraña, la certeza de que por fin había llegado el momento.

 

—¿Listo? —me preguntó él.

 

Asentí, abrí la puerta despacio y bajé del coche. El aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero yo solo sentía una cosa: que por fin, después de tanto tiempo, iba a volver a verla. Y esta vez, nadie nos separaría jamás.

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