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Tres corazones latiendo al mismo tiempo

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 24: 

 

El sol se asoma despacio por la ventana, tiñendo la habitación de una luz dorada y suave que parece acariciar cada rincón. Me despierto sin sobresaltos por primera vez en mucho tiempo. No hay confusión, ni pesadez en la cabeza, ni esa sensación de estar perdida en un lugar que no reconozco. Lo primero que siento es el calor de Mateo a mi lado, su brazo rodeándome con esa ternura infinita, y luego esa pequeña y nueva presencia que empieza a crecer dentro de mí, cambiándome por dentro de formas que todavía no termino de comprender.

 

Me quedo mucho tiempo así, quieta, escuchando su respiración y la mía, sintiendo cómo poco a poco se sincronizan, y pensando en que ahora no somos dos, somos tres. Tres corazones que empezaron a latir unidos por el destino, aunque este nos haya puesto tantas piedras en el camino. Paso la mano con infinito cuidado sobre mi vientre, como si temiera romper algo muy frágil, y una sonrisa se me dibuja en los labios que no puedo evitar. No importa cuánto me hayan mentido, no importa cuánto tiempo perdimos: esto es real. Esto es nuestro.

 

Mateo se mueve despacio y abre los ojos. Al verme ya despierta y acariciándome así, su mirada se llena de una emoción tan profunda que se le llenan los ojos de lágrimas. Se acerca y besa suavemente mi frente, luego mis labios, con una devoción que me hace estremecer.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta con voz suave, como si no quisiera romper la calma de la mañana.

 

—Feliz —le respondo con sinceridad—. Y un poco asustada, sí. Pero sobre todo feliz. Porque por fin sé quién soy. Y sé con quién estoy.

 

Se sienta a mi lado y me toma la mano entre las suyas.

—Todo va a cambiar un poco —me dice—. Pero lo único que importa es que vamos a estar juntos. Vamos a aprender todo de nuevo: cómo cuidarte, cómo cuidar a este pequeño que viene en camino. Y lo haremos paso a paso, sin prisas, sin miedos. Nadie va a volver a hacerte daño. Nadie va a volver a separarnos.

 

Pasamos la mañana hablando de todo un poco. Él me cuenta cómo fueron los meses después del accidente, lo mucho que sufrió, cómo no entendía por qué me habían apartado de él, cómo cada día luchaba por encontrar una forma de llegar hasta mí. Me cuenta con tanto detalle, con tanto sentimiento, que poco a poco las sombras de mi memoria empiezan a moverse. No son imágenes claras todavía, pero son sensaciones: el dolor de su ausencia, la certeza de que algo me faltaba, la sensación de que vivía en un sueño ajeno. Y cada vez que una de esas sensaciones cruza mi mente, lo miro a él y sé que es verdad. Sé que él siempre fue mi lugar.

 

Más tarde llegan mis padres. Entran con esa cautela que ya se está volviendo costumbre, pero hoy traen algo diferente en la mirada: esperanza. Traen una caja llena de cosas que dicen que eran mías antes del accidente: libros, cartas, una pequeña muñeca de trapo que mi abuela me había regalado, y entre ellas, una carta sin abrir que yo le había escrito a Mateo días antes de que todo pasara. Al verla, siento que el corazón se me detiene un instante. Mis manos tiemblan al tomarla, y al abrirla y leer mis propias palabras, escritas con mi letra de antes, las lágrimas me inundan los ojos.

 

“Mi amor, si algo me pasara, quiero que sepas que te llevaba en cada latido. Que fuiste lo mejor que me pasó en la vida. Y que donde quiera que estuviera, mi alma siempre buscaría la tuya.”

 

Cierro la carta y me abrazo a Mateo con todas mis fuerzas, y por primera vez, algunos recuerdos se abren paso como una luz que atraviesa la niebla: nuestra primera cita, su risa, el día que me pidió que fuera su novia, las tardes interminables en el taller restaurando libros juntos, el momento en que prometimos estar juntos para siempre. No lo recuerdo todo, pero recuerdo lo más importante: lo que sentía por él. Y sé que ese sentimiento nunca se fue, solo estaba dormido, esperando el momento justo para despertar con más fuerza que nunca.

 

Mis padres nos miran con los ojos llenos de lágrimas y arrepentimiento.

—Nunca debimos ocultarte esto —dice mi madre con voz quebrada—. Nunca debimos dejar que Lucas decidiera por ti. Perdónanos, hija. Por favor, perdónanos.

 

Los miro y sé que todavía hay mucho que sanar, mucho que perdonar y mucho que reconstruir. Pero ahora entiendo que lo hicieron desde el miedo, no desde la maldad. Y ahora que voy a ser madre, sé que el amor a veces nos hace cometer errores terribles, pensando que es lo mejor.

—Los perdono —digo al final muy bajito—. Pero por favor, no vuelvan a ocultarme nada. Ni a mí, ni a este bebé que viene en camino. Que crezca sabiendo la verdad, aunque duela. Que sepa que el amor siempre es más fuerte que el miedo.

 

Ellos asienten, y se acercan despacio para abrazarnos. Por primera vez en mucho tiempo, siento que la familia se empieza a unir de nuevo, sobre bases verdaderas, no sobre mentiras. Pero sé que la paz todavía es frágil. Sé que Lucas sigue ahí fuera, acechando, lleno de rabia y de una obsesión que no conoce límites. Y esa tarde, cuando Mateo sale un momento a comprar algunas cosas y me quedo sola en casa, escucho un ruido muy leve en la ventana. Me asomo despacio y veo una sombra alejarse rápido entre los árboles, y un escalofrío helado me recorre todo el cuerpo. Sé que fue él. Sé que me está vigilando. Sé que no va a detenerse.

 

Cuando Mateo regresa, se lo cuento. Su rostro se endurece al instante, pero no deja de tomarme la mano con ternura.

—Ya he hablado con la policía —me dice—. Y con el abogado. Ya pusimos una denuncia. Y he pedido protección. No vamos a dejar que te acerque. No vamos a dejar que nos haga daño. Pero necesito que estés tranquila. Necesito que confíes en mí.

 

—Confío en ti —le respondo sin dudarlo ni un segundo—. Confío en ti con mi vida. Y con la vida de este pequeño.

 

Me abraza fuerte, y siento que su fuerza pasa a mí. Sé que vienen días difíciles. Sé que la batalla no ha terminado. Pero ahora no lucho sola. Ahora luchamos los tres. Luchamos por la verdad, por el amor, por el futuro que nos quitaron y que ahora vamos a recuperar paso a paso. Y sé que pase lo que pase, lo que el alma no olvida, siempre encuentra la forma de vencer a la oscuridad.

 

 

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