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El silencio que aterra

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 25: 

 

El sol empezaba a caer cuando salí del taller, con las manos manchadas de pintura y la mente llena de planes para nosotros. Había conseguido un trabajo pequeño pero seguro, restaurando el mobiliario antiguo de una casa antigua en el centro, y cada pieza que arreglaba lo hacía pensando en el hogar que pronto construiríamos juntos: una cuna de madera suave, estanterías llenas de libros, una mesa grande donde comeríamos todos los días sin prisas. Me sentía lleno de esperanza, de esa calma que por fin había regresado a mi vida después de tres años de tormenta. Y lo primero que quise hacer fue contárselo a ella.

 

Saqué el teléfono del bolsillo con una sonrisa todavía en los labios y marqué su número. Escuché el tono llamar una vez, dos, tres… y nada. Pasó al buzón de voz. Fruncí el ceño, extrañado. Ella siempre contestaba casi al primer tono, o si no podía, me mandaba un mensaje al instante diciéndome qué estaba haciendo. Volví a marcar, más despacio, esperando que quizás no lo había escuchado. Otra vez el silencio, la misma voz grabada diciendo que no estaba disponible.

 

Una pequeña punzada de inquietud me golpeó el pecho, pero intenté calmarme. “Seguramente está con sus padres, o salió un momento y no lo escuchó”, me dije a mí mismo, guardando el teléfono y siguiendo caminando. Pero mis pasos se volvieron más rápidos, casi automáticos. No podía quitarme de la cabeza la imagen de aquella sombra en la ventana, la advertencia de Lucas, esa mirada de odio enfermizo que llevaba en los ojos desde que todo se descubrió.

 

Llegué al coche y conduje hacia casa con el corazón ya latiendo más rápido de lo normal. Volví a marcar mientras avanzaba, una tercera vez, con la mano temblando levemente sobre el volante. Nada. Ni una señal. El silencio al otro lado de la línea empezó a parecerme pesado, peligroso, como si fuera un presagio de algo terrible que ya había ocurrido. Intenté llamar a sus padres, pero tampoco contestaban. El pánico empezó a treparme por la garganta como una hiedra venenosa, apretándome el aire, haciéndome ver en cada esquina, en cada coche que pasaba, la sombra de él.

 

“No, por favor, no”, supliqué en silencio, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. “No ahora que por fin la encontré. No ahora que llevamos una vida entre los dos.”

 

Conduje el trayecto que normalmente tardaba quince minutos en menos de ocho. Me estacioné de golpe en la acera, salté del coche y corrí hasta la puerta, sacando las llaves con manos que no me obedecían bien. Al abrir, el silencio me golpeó con más fuerza que cualquier golpe físico. No había luz encendida en la sala, ni el sonido de su radio bajito, ni el olor a la infusión que le gustaba preparar. Entré despacio, llamándola por su nombre, con la voz rota por el miedo:

 

—¿Elena? ¿Mi vida? ¿Estás aquí?

 

Recorrí la casa paso a paso, sintiendo que el suelo se me hundía bajo los pies. La cocina estaba intacta. El sofá tenía la manta que siempre usaba doblada en el mismo lugar. En la mesa de centro estaba su libro abierto por la página que estaba leyendo… pero ella no estaba. Fui a la habitación, al baño, al pequeño balcón. Nada. Todo estaba ahí, en su sitio, como si hubiera salido un momento y volviera enseguida… pero ella no estaba. Y su teléfono tampoco estaba en ninguna parte.

 

Me apoyé contra la pared de la habitación, sintiendo cómo las piernas me fallaban. El aire se me hizo denso, imposible de respirar. Me senté en el borde de la cama donde solíamos dormir abrazados, y las lágrimas me cayeron sin que pudiera detenerlas. Había cuidado cada detalle, había puesto denuncias, había hablado con todos… y aun así, en un momento de descuido, cuando solo salí unas horas, todo se había desvanecido de nuevo.

 

Saqué el teléfono con manos temblorosas y llamé a la policía, luego a sus padres, con la voz quebrada, apenas capaz de explicar lo que pasaba. Y mientras esperaba, miré hacia la ventana, hacia la oscuridad que empezaba a cubrir la calle, y supe con certeza que él había venido. Él había venido y se la había llevado. Y ahora, no tenía ni idea de dónde podrían estar, ni de qué sería capaz de hacer con ella ahora que la tenía solo para él.

 

Lo único que sabía era que no me detendría. Que recorrería cada calle, cada rincón de esta ciudad y de todas las que vinieran después, hasta encontrarla. Porque ella y esa pequeña vida que llevaba en su interior eran lo único que tenía. Y antes de dejar que nadie les hiciera daño, daría mi propia vida mil veces.

 

 Me quedé unos segundos que parecieron eternos con el teléfono pegado a la oreja, escuchando una y otra vez cómo la llamada a sus padres se cortaba o pasaba directamente al buzón. El pánico ya no era solo una sensación en el pecho: se había apoderado de cada fibra de mi cuerpo, haciéndome temblar de pies a cabeza. ¿Dónde estaban? ¿Por qué nadie contestaba? ¿También les había pasado algo? ¿O acaso él los había apartado también para quedarse con ella sin testigos?

 

Respiré hondo con dificultad, intentando ordenar las ideas mientras la voz de la operadora me recordaba que no había respuesta. Marqué al número de emergencias con manos torpes, y cuando por fin me atendieron, apenas pude explicar lo que sucedía: la desaparición repentina, las amenazas previas, la persona que nos había estado acechando, el embarazo de Elena. La policía me pidió datos precisos y me dijo que enviarían una patrulla de inmediato, pero que mientras tanto debía mantenerme en contacto y no hacer nada precipitado. Pero yo no podía quedarme quieto esperando. No podía quedarme sentado mirando las paredes vacías sabiendo que ella estaba en peligro.

 

Salí de la casa corriendo, cerré la puerta casi sin ver lo que hacía y me lancé al coche. El trayecto hacia la casa de sus padres se me hizo eterno y a la vez demasiado rápido. Conduje sin darme cuenta de las señales, sin ver a los demás, solo con una idea fija en la mente: que quizás ella había salido hacia allá, que quizás no había escuchado el teléfono y estaba ahí segura, hablando con ellos, sin saber el susto que me estaba dando. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no era así. Sabía que si hubiera estado ahí, me habría llamado. Sabía que algo terrible había sucedido.

 

Al llegar a la puerta de sus padres, bajé del coche casi sin poner el freno y toqué el timbre una, dos, tres veces, con una desesperación que resonaba en toda la calle. Pasaron unos minutos larguísimos hasta que por fin se abrió la puerta, y al ver sus caras tranquilas que se transformaron en confusión al verme llegar tan alterado, sentí que se me rompía el alma.

 

—¿Mateo? ¿Qué pasa? —preguntó su madre, saliendo al encuentro con una sonrisa que se borró al instante al ver mi rostro descompuesto—. ¿Dónde está Elena?

 

No pude contestar al principio. Solo negué con la cabeza y las lágrimas me brotaron sin poder detenerlas.

—No está —logré decir con voz rota—. No está en casa. Le he llamado diez veces y no contesta. Les he llamado a ustedes y nada. La casa está igual que si hubiera salido hace un momento… pero ella no está. Y Lucas… él la ha estado vigilando. Él nos ha amenazado.

 

La cara de su madre se puso pálida de golpe. Su padre salió de inmediato al escuchar mis palabras, agarrándome del hombro con fuerza.

—¿Cómo que no está? ¿Cómo que no está? —repitió, sin dar crédito—. Ella no salió para acá. No nos llamó. ¿Estás seguro que no la viste en ningún lado? ¿Que no se le ocurrió ir a otro lugar?

 

—La busqué por todas partes —respondí desesperado—. Fui a casa, recorrí los alrededores, llamé a todos los sitios que conozco… nada. No hay rastro de ella. Y la policía ya está enterada, vienen en camino.

 

El llanto de su madre rompió el silencio de la calle. Se llevó las manos a la cara y se desplomó en el hombro de su marido, que también tenía los ojos llenos de lágrimas y una expresión de horror y culpa profunda.

—Es nuestra culpa —dijo él con voz quebrada—. Nunca debimos confiar en él. Nunca debimos dejar que se acercara. Sabíamos que estaba obsesionado… y aun así pensamos que no sería capaz de algo así.

 

Entraron a la casa como si el suelo se les viniera encima, revisando cada habitación, cada rincón, con la vana esperanza de encontrarla escondida o esperando. Pero no había nadie. Solo quedaba el silencio pesado y la certeza de que la pesadilla había vuelto, pero esta vez mucho más cruel, mucho más peligrosa.

 

—¿Qué haremos? —preguntó su madre, agarrándose de mi brazo como si yo fuera el único sostén que le quedaba—. ¿Dónde puede haberla llevado? ¿Qué le hará?

 

La miré a los ojos, con todo el dolor y toda la determinación que me quedaban en el alma.

—No lo sé —admití con sinceridad—. Pero lo voy a encontrar. Recorreré cada rincón de esta ciudad, preguntaré a cada persona, revisaré cada sitio que él conozca… no me detendré hasta tenerla de nuevo conmigo. Y si le ha hecho algún daño… si le ha hecho daño a ella o al bebé… juro por Dios que no se lo perdonaré jamás.

 

En ese momento llegaron las patrullas de policía, con las luces girando y el ruido que parecía despertar a todo el vecindario. Nos acercamos a ellos, contamos todo lo que sabíamos, mostramos las amenazas, contamos la historia del accidente y de toda la mentira que habían vivido. Y mientras lo hacía, miré hacia la oscuridad, sabiendo que ella estaba ahí fuera, con él, asustada, esperando que llegara por ella. Y supe que no importaba lo que tuviera que enfrentar, ni lo difícil que fuera el camino: yo la recuperaría. Porque ella y esa vida que llevaba en su interior eran mi todo. Y nadie, absolutamente nadie, podría quitármelo.

 

 

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