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Las raíces que vuelven a nacer

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 22: 

 

Los días siguientes transcurren con una lentitud extraña, como si el tiempo mismo hubiera decidido darme un respiro, permitirme respirar despacio, asimilar cada nuevo latido, cada nuevo sentimiento que va floreciendo en mi interior. Todavía me despierto algunas madrugadas con el corazón a mil por hora, esperando escuchar esa voz suave y engañosa, esperando sentir esa confusión pesada que nublaba mis días. Pero entonces abro los ojos y lo veo a él: Mateo, dormido a mi lado, su mano grande y cálida protegiendo mi cintura, y toda la oscuridad se desvanece de golpe.

 

Me paso las horas sentada junto a la ventana, acariciando mi vientre con una delicadeza que me parece ajena y a la vez la más natural del mundo. Todavía es muy pronto, no hay nada que se note, pero yo lo siento. Siento que ahí dentro crece algo pequeño, frágil pero indestructible, un lazo nuevo que une nuestro pasado roto con el futuro que apenas empezamos a construir. Mateo entra y sale de la habitación con infinita paciencia: me trae infusiones, me cubre con mantas, me cuenta historias de antes, detalles pequeños, anécdotas sencillas que no tienen importancia para nadie más que para nosotros, y poco a poco, como gotas de agua que van abriendo camino en la roca, esas palabras empiezan a hacer eco en algún lugar profundo de mi mente.

 

No son recuerdos completos, todavía no. Son destellos: el sabor del helado que nos comíamos sentados en la acera, la forma en que le gusta el café, la canción que solíamos cantar cuando pintábamos las paredes del taller. Son sensaciones que ya estaban ahí, guardadas bajo tres años de polvo y mentiras, esperando solo que alguien las llamara por su nombre. Y cada vez que uno de esos destellos cruza mi mente, lo miro a él y veo cómo se le llenan los ojos de luz, como si para él eso fuera más valioso que cualquier tesoro del mundo.

 

Mis padres vuelven al día siguiente. Entran con mucha más calma, pero todavía con esa cautela de quien sabe que ha perdido la confianza y debe ganarla paso a paso. Traen cosas sencillas: fruta, ropa que dicen que me gustaba mucho, un viejo álbum de fotos que habían guardado sin atreverse a mostrarme. Al ponerlo sobre la mesa y abrirlo, me quedo sin aliento. Ahí estamos nosotros: jóvenes, sonrientes, abrazados, en fiestas, en el taller, en el mirador. Ahí están las fotos reales, no las recortadas ni alteradas que Lucas me mostraba. Ahí se ve la verdad sin palabras: cómo nos mirábamos, cómo éramos el uno para el otro.

 

—Teníamos miedo —dice mi madre con voz rota, señalando una foto donde nos veo riendo con lágrimas en los ojos—. Cuando pasó todo, cuando el médico nos dijo que quizás nunca recuperaras la memoria… Lucas supo decir exactamente lo que queríamos escuchar. Nos hizo creer que si veías esto, te dolería demasiado, que te confundirías y que volverías a caer en una tristeza de la que no saldrías. Nos convenció de que borrarte a ti misma era la única forma de salvarte. Y nosotros, ciegos por el miedo, le creímos.

 

Mi padre aprieta los puños sobre sus rodillas.

—Nunca nos dimos cuenta de que al borrarlo a él, te estábamos borrando a ti misma. Te quitamos tu historia, tu esencia, tu derecho a decidir quién querías ser. Y ahora pagamos el precio de nuestra cobardía.

 

Cierro el álbum y me quedo un momento en silencio. Duele. Todavía duele profundamente saber que las personas que más debían protegerme fueron quienes ayudaron a construir mi jaula. Pero al mismo tiempo, al verlos ahí, tan arrepentidos, tan dispuestos a hacer lo que haga falta, empiezo a entender que el miedo hace cosas terribles con la gente. Y ahora que voy a ser madre, sé que yo también cometeré errores, pero jamás dejaré de lado la verdad. Jamás le ocultaré a mi hijo nada de lo que es.

 

—No será fácil —les digo al final, con voz suave pero firme—. No voy a fingir que nada pasó. Pero quiero que estén en la vida de este bebé. Y para eso, tienen que aceptar quién soy ahora. Tienen que aceptar a Mateo. Y tienen que decirme la verdad siempre, aunque duela.

 

Asienten con lágrimas en los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, siento que la distancia entre nosotros empieza a acortarse.

 

Pero la paz es frágil. Esa misma noche, cuando ya todos se han ido y estamos solos, el teléfono suena. No es una llamada, es un mensaje de texto de un número desconocido: “Crees que has ganado. Crees que esa cosa nueva que llevas dentro te va a salvar. Pero nada cambia lo que es mío. Y si no puedo tenerte a ti, tampoco tendré nada más que ver con él.”

 

Se me cae el teléfono de las manos. Mateo lo recoge al instante, lee el mensaje y su rostro se endurece de golpe, pero no de miedo, sino de una determinación feroz. Me toma entre sus brazos y me besa la coronilla.

—No va a hacerte nada. No va a hacerles nada. Ya he hablado con un abogado. Ya he tomado medidas. Pero necesito que estés tranquila. Necesito que confíes en mí.

 

—Tengo miedo —confieso, escondiendo el rostro en su pecho—. Tengo miedo de lo que pueda hacer. De que nos quite esto también.

 

—No nos va a quitar nada —responde él con voz profunda—. Porque esto que tenemos no se puede robar. No se puede destruir. Y ahora tenemos dos razones para luchar con todas nuestras fuerzas. Él cree que el odio le da poder. Pero no sabe que el amor, cuando es verdadero, es mucho más fuerte que cualquier oscuridad.

 

Me quedo escuchando los latidos de su corazón, sintiendo la vida nueva que crece en mí, y sé que tiene razón. La batalla no ha terminado. Lucas sigue ahí, herido y peligroso, dispuesto a destruir todo lo que no puede poseer. Pero ya no soy la mujer indefensa que encontró en el hospital. Ahora soy la mujer que ha recuperado su voz, su amor y su futuro. Y estoy lista para protegerlo con todo lo que soy.

 

Miro hacia la ventana, donde la noche sigue oscura y profunda, pero sé que detrás de esa oscuridad ya empieza a prepararse el amanecer. Y esta vez, cuando salga el sol, saldrá para nosotros.

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