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La vida que empieza

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 21: 

 

El silencio de la habitación del hospital no me parece vacío, sino lleno de algo que todavía no termino de comprender del todo. Estoy recostada en la cama, con la mano apoyada suavemente sobre mi vientre, y Mateo sentado a mi lado, sosteniendo mi otra mano entre las suyas, como si temiera que en cualquier momento me desvanezca. Me miran los ojos llenos de lágrimas que no se atreve a dejar caer, y veo en ellos una mezcla infinita de alegría, temor y una ternura que me duele en el alma de tan hermosa que es.

 

—¿Estás segura? —me pregunta muy bajito, como si hablar más fuerte pudiera romper este momento tan frágil—. ¿De verdad sientes que esto es real?

 

Levanto la vista hacia él y asiento despacio, sintiendo cómo una lágrima se me escapa y recorre mi mejilla.

—Lo siento aquí —le digo, llevando su mano hasta mi pecho—. Y aquí también —añado, guiando su mano hasta mi vientre—. No sé cómo, no sé cuándo empezó todo esto… pero sé que es tuyo. Sé que es nuestro. Y aunque todavía me asusta todo lo que ha pasado, aunque todavía me cuesta creer que después de tanta mentira nos haya pasado algo tan hermoso… sé que es lo correcto.

 

Mateo se inclina y besa suavemente mi frente, luego mis ojos y finalmente mis labios, con una dulzura que me hace estremecer.

—Nada nos va a pasar —me promete con voz firme y rota a la vez—. Voy a cuidar de los dos con mi vida. Nadie va a haceros daño. Nadie va a volver a separarnos. Ni siquiera el miedo.

 

Pasamos así mucho tiempo, en silencio, abrazados, intentando asimilar que de toda esa tormenta, de todo ese dolor y engaño, ha nacido una nueva vida: una vida que no conoce mentiras, una vida que empezó justo cuando por fin nos encontramos el uno al otro. Yo pienso en Lucas. Pienso en lo que hará cuando se entere. Me pregunto si su obsesión será capaz de llegar hasta ahí, si su locura tendrá límites o si por el contrario, esto lo volverá aún más peligroso. Pero entonces miro a Mateo y recuerdo que ya no estoy sola. Recuerdo que él estará ahí para protegernos, para luchar por nosotros, para no dejar que nadie nos quite lo que por derecho nos pertenece.

 

Más tarde, cuando ya me han dado el alta y estamos camino a casa, me doy cuenta de que mi casa ya no es aquel departamento donde Lucas me tuvo encerrada entre sus mentiras. Mi casa es donde está Mateo. Mi hogar es su abrazo, su voz, su forma de mirarme como si fuera la cosa más preciada del universo. Al llegar, me hace acostar en el sofá con mantas suaves, me prepara una infusión caliente y se sienta en el suelo a mi lado, como si quisiera estar a mi altura, sin pedir nada, solo estando ahí.

 

—¿Te acuerdas de cuando íbamos a la casa de la playa? —empieza a contarme despacio—. Decíamos que algún día tendríamos una casa igual, con un jardín grande para que corran los niños, y una biblioteca inmensa donde tú pudieras restaurar todos los libros que quisieras. Tú decías que querías tres: dos niños y una niña, y que todos tendrían tus ojos. Yo te decía que da igual, con tal de que fueran como tú.

 

Me quedo escuchándolo, y poco a poco, como si una niebla se fuera disipando, empiezo a ver destellos. No son recuerdos claros, pero son sensaciones: el olor a sal y a madera vieja, el sonido de las olas, sus manos construyendo estanterías, mi risa mezclada con la suya. Siento que el corazón se me va a salir del pecho.

—Lo siento —susurro—. Siento que estuve ahí. Siento que lo vivimos.

 

Mateo me aprieta la mano con cariño.

—Lo vivimos. Y lo volveremos a vivir. Y ahora lo haremos con ella o con él. Juntos.

 

Pero la paz se rompe un poco cuando suena el timbre. Nos miramos con cautela, y Mateo se levanta despacio, pidiéndome con la mirada que me quede quieta. Se acerca a la puerta y pregunta quién es. Al otro lado, la voz temblorosa de mi madre.

—Hija… por favor… déjanos entrar. Solo queremos ver que estés bien. Sabemos lo del bebé. Y queremos pedirte perdón. De rodillas si hace falta.

 

Siento cómo se me aprieta la garganta. Todavía duele. Todavía recuerdo cómo eligieron las mentiras antes que mi verdad, cómo me quitaron mi pasado pensando que hacían lo mejor. Pero también son mis padres. Y ahora yo voy a ser madre. Y sé que el amor a veces se equivoca, a veces tiene miedo, a veces toma decisiones terribles por ignorancia.

 

Mateo me mira, esperando mi orden. Asiento muy despacio.

—Déjalos pasar —digo bajito.

 

Entran despacio, como si temieran asustarme. Mi madre viene con los ojos hinchados de llorar, mi padre con la cabeza baja, la vergüenza marcada en cada línea de su rostro. Se acercan despacio, y cuando ven mi mano sobre el vientre, rompen a llorar con más fuerza.

—No sabíamos —dice mi padre con voz quebrada—. Lucas nos mintió a todos. Nos convenció de que lo hacía por tu bien. Nos hizo creer que saber la verdad solo te haría daño. Nunca imaginamos que…

 

—Ya lo sé —lo interrumpo suavemente—. Sé que lo hicieron desde el miedo. Pero me hicieron algo peor: me hicieron dudar de mí misma. Me hicieron vivir una vida que no era mía. Y ahora… ahora tengo una vida que cuidar. Y no quiero que mi hijo crezca entre mentiras.

 

—Nunca más —promete mi madre, acercándose despacio como si temiera que la rechace—. Nunca más te ocultaremos nada. Te ayudaremos en todo. A ti y a él. Haremos lo que haga falta para recuperar tu confianza. Para recuperar a nuestra hija.

 

Hay mucho que sanar. Hay mucho que perdonar y mucho que entender. Pero en ese momento, veo la mano de Mateo sobre mi hombro, siento la nueva vida que crece en mí, y sé que no puedo cargar con rencores tan pesados. No por mí, sino por lo que viene.

—Les daré esa oportunidad —digo al final—. Pero despacio. Todo muy despacio.

 

Ellos asienten, agradecidos y arrepentidos. Y mientras se van, dejándonos de nuevo solos, Mateo me abraza y me susurra:

—Vamos a construir todo de nuevo. Esta vez, con la verdad por delante. Y nadie nos podrá detener.

 

Miro por la ventana, hacia la noche oscura, y sé que Lucas sigue ahí fuera, acechando. Sé que su odio y su obsesión no desaparecerán tan fácil. Pero ya no soy la chica asustada que él encontró en una cama de hospital. Ahora soy una mujer que ha recuperado su amor, y que lleva en su interior una promesa de futuro. Y estoy lista para luchar por ello.

 

 

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