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La vuelta a casa y la promesa de justicia

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 26 de julio de 2026

Capítulo 34: 

El sol tardó en volver a entrar en esa habitación, pero cuando lo hizo, no trajo la alegría que solía tener: trajo una luz suave, tímida, como si el mundo mismo supiera que aquí hay heridas que tardarán mucho en sanar. Me quedé toda la noche sentado a su lado, sin dormir, vigilando cada respiración, cada movimiento, temiendo que el miedo volviera a apoderarse de ella en cuanto abriera los ojos. Pero cuando despertó a media mañana, no hubo gritos. Solo abrió los ojos despacio, me miró largo rato, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla sin que se asustara.

 

—Eres tú —susurró con voz débil pero clara—. No es un sueño.

 

—Soy yo, mi vida —le respondí acercándome despacio, con las manos abiertas para que viera que no venía a hacerle daño—. Soy yo. Y no me voy a ir a ningún lado.

 

Me permitió tomarle la mano, y esta vez no la apartó. La apretó muy suavemente, como si quisiera comprobar que era real, y dejó que le acariciara el rostro con mucho cuidado. Le conté despacio todo lo que el médico había dicho: que su cuerpo resistió milagrosamente, que el bebé seguía fuerte, que poco a poco volvería a tener fuerzas. Pero también le dije lo más importante: que nada de lo que pasó era culpa suya, que seguía siendo la mujer más valiosa y pura que había conocido, y que mi amor por ella no había cambiado ni un ápice; al contrario, se había vuelto más profundo, más firme, más capaz de todo.

 

Más tarde llegaron sus padres. Al entrar y verla tan delgada, tan pálida, con las huellas de lo que sufrió todavía visibles en su piel, la madre soltó un grito ahogado y corrió hacia ella, abrazándola con un llanto desgarrador que rompió el silencio de la habitación. El padre se quedó unos pasos atrás, con los ojos llenos de lágrimas y la mandíbula apretada por la rabia y el dolor, y cuando por fin pudo acercarse, solo alcanzó a decir: “Perdónanos, hija. Perdónanos por no haber sabido protegerte”.

 

Elena los abrazó a ambos con lo poco que le quedaba de fuerzas, y verlos juntos, por fin, me hizo sentir que una pequeña parte de la pesadilla se estaba acabando. Ya no estaba sola. Ya todos sabían la verdad. Ya nadie volvería a creer las mentiras de él.

 

Por la tarde, cuando ella descansaba de nuevo, salí a hablar con el detective y con la policía, que por fin habían aceptado revisar el caso con las nuevas pruebas. Les conté todo lo que sabía, todo lo que ella había sufrido, y les mostré mi determinación de que esto no quedara impune.

—Él no puede andar suelto —les dije con voz firme y fría—. Si vuelve a acercarse, si vuelve a intentar dañarla… no responderé por lo que haga. Quiero que se le busque, que se le juzgue, que pague por cada segundo de horror que le hizo vivir.

 

El detective asintió con seriedad.

—Ya estamos tras su rastro. Sabemos por dónde se mueve, sabemos dónde busca refugio. No vamos a descansar hasta dar con él. Y cuando lo hagamos, responderá por todo lo que ha hecho.

 

Regresé a su lado con el corazón más tranquilo en ese aspecto, pero sabiendo que la verdadera batalla apenas comenzaba: la de sanar el alma. Me senté junto a ella y le tomé la mano.

—Vamos a irnos a casa pronto —le dije—. A nuestra casa. Allí estarás rodeada de todo lo que te gusta, de tranquilidad, de nosotros. Allí nadie te encontrará, nadie te hará daño. Y día a día, iremos recuperando todo lo que nos quitaron.

 

Ella me miró, y por primera vez en mucho tiempo vi una chispa de esperanza real en sus ojos.

—¿Podré volver a ser feliz? —preguntó con miedo.

 

—Sí —le respondí con total seguridad—. Juntos sí. Volveremos a reír, volveremos a caminar, volveremos a mirar al futuro sin miedo. Lo que él te hizo fue horrible, pero no tiene poder sobre nosotros. Lo que el alma construye con amor, nadie lo puede destruir para siempre.

 

Esa noche, cuando por fin nos prepararon para irnos a casa de sus padres, donde estaría más segura y cuidada, la tomé entre mis brazos con la misma ternura que la primera vez que la saqué de esa casa maldita. Al cruzar la puerta, sentí que dejábamos atrás una parte de la oscuridad, aunque sabía que sus sombras tardarían en irse del todo. Pero ahora caminábamos juntos. Y con el amor y la verdad de nuestro lado, sabía que al final, la luz terminaría ganando,

 Mientras la luz empieza a volver despacio a la vida de Elena y Mateo, al otro extremo de la ciudad, en los rincones más oscuros y olvidados, la oscuridad misma parece haberse apoderado de quien la provocó todo. Lucas regresa al amanecer, tambaleándose, apoyándose en las paredes, con la ropa rasgada, el aliento cargado de alcohol y la mente perdida en un laberinto del que ya no sabe salir. Conduce sin rumbo fijo durante horas, solo guiado por la costumbre, por esa fuerza ciega que le decía que al volver, ella seguiría ahí, esperándole, como siempre debió haber sido.

 

Cuando por fin llega al camino de tierra, algo le aprieta el pecho con una fuerza que casi le hace soltar el volante. El silencio que rodea la casa no es el mismo de siempre: ahora se siente vacío, desolado, como si el alma misma del lugar se hubiera marchado. Aparca el coche de golpe, sale corriendo, tropezando con sus propios pies, y empuja la puerta con furia.

—¡Elena! —grita con voz ronca y rota—. ¡Estoy aquí! ¡Ya volví!

 

Pero no hay respuesta. La casa está fría, en penumbra, y cuando recorre cada rincón con ojos desorbitados, se da cuenta de lo que su mente se negaba a aceptar: ella no está. La manta donde solía sentarse está doblada en un rincón, la comida que le había dejado sigue intacta, y en el aire ya no queda ni el más mínimo rastro de su presencia. Todo está exactamente igual… salvo ella.

 

Se queda clavado en el centro de la habitación, mirando a todos lados sin ver nada, y entonces una risa amarga, desquiciada, empieza a salir de su garganta hasta convertirse en un grito de rabia y desesperación.

—¡NO! ¡NO SE PUEDE IR! ¡ES MÍA! ¡SOLO MÍA!

 

Golpea las paredes con los puños hasta que se le abren las heridas, tira los muebles al suelo, rompe todo lo que encuentra a su paso, como si destruyendo el lugar pudiera hacer que ella apareciera de nuevo. La borrachera se mezcla con la lucidez de su pérdida, y por unos instantes se da cuenta de todo lo que ha hecho, de todo lo que ha destruido para conseguirla… y ahora que por fin la tenía, la ha perdido. Y no sabe quién se la ha llevado, ni cómo, ni dónde buscar.

 

—¿Dónde estás? —susurra deslizándose hasta quedar en el suelo, abrazándose a sí mismo como si fuera él quien necesitara consuelo—. ¿Por qué te fuiste? Te di todo. Te di mi vida, mi cordura, mi alma… y tú te fuiste con él. Con él que nunca te supo valorar.

 

Las ideas se le amontonan en la cabeza, sin orden ni sentido. A veces cree que ella se escapó porque la trató mal, otras veces cree que Mateo vino a buscarla como él temía, otras veces piensa que ella nunca le perteneció y que todo fue una ilusión de su mente enferma. Bebe directamente de la botella que trae en la mano, tragando el alcohol como si fuera veneno, intentando ahogar el vacío inmenso que siente en el pecho. Pero nada funciona: el alcohol ya no le quita el dolor, solo hace que su locura crezca más y más.

 

Se levanta de golpe, con los ojos brillando con una luz terrible, y empieza a hablar solo, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada.

—No importa dónde estés. Te encontraré. Te buscaré hasta el fin del mundo. Y cuando te encuentre, nadie te volverá a quitarme. Si no puedo tenerte como yo quiero… entonces nadie te tendrá. Si no puedes ser mía… dejaré que seas de nadie.

 

Ya no queda nada del hombre que alguna vez fue su amigo, ni del que fingió amarla con ternura. Solo queda una sombra consumida por la obsesión, la rabia y la derrota. Y mientras la mañana avanza y la ciudad despierta a una nueva realidad, él se pierde en las calles, sin rumbo, sin nombre, convertido en un peligro latente que todavía no sabe dónde irá a explotar.

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