Capítulo 33:
El trayecto me pareció eterno, aunque el coche avanzaba rápido. No solté a Elena ni un segundo. La sostenía contra mi pecho, sintiendo lo frágil que se había vuelto, lo liviana que estaba, como si el sufrimiento de estos meses le hubiera robado hasta la mitad de su peso. Acariciaba su cabello revuelto y sucio, limpiaba con el borde de mi camisa las manchas de su rostro, y le hablaba bajito, como si fuera un juramento: “Ya vamos a estar bien. Ya no hay nadie que te haga daño. Yo estoy aquí. Yo no me voy a ir”. Y aunque ella no respondía, sentía que su mano apretaba muy suavemente mi camisa, una señal pequeña, débil, pero suficiente para mantenerme en pie.
Al llegar al consultorio, el doctor nos esperaba ya avisado. Al verla bajar entre mis brazos, su rostro serio se transformó en una expresión de profunda tristeza y asombro. La acomodó con sumo cuidado en la camilla, ordenó que saliera un momento, pero yo no pude moverme. Me quedé en un rincón, con las manos apretadas, sintiendo que el corazón se me desgarraba con cada movimiento que él hacía. Revisó sus ojos, su pulso, su cuerpo con una delicadeza infinita, y cada vez que tocaba una zona donde había un moretón o una herida, ella se estremecía aunque seguía inconsciente.
Pasaron unos minutos que parecieron siglos. Al terminar, se volvió hacia mí, se quitó los guantes despacio y me miró a los ojos con una compasión que me hizo temblar.
—Mateo… tengo que decirte la verdad completa —empezó con voz baja, solemne—. Ella ha resistido mucho más de lo que cualquier cuerpo humano debería soportar. Está extremadamente desnutrida: apenas ha comido lo necesario para mantenerse viva, su cuerpo ha consumido sus propias reservas para proteger al bebé. Tiene múltiples contusiones, golpes viejos y recientes, señales de haber sido empujada, agarrada con fuerza, golpeada…
Hizo una pausa, buscando las palabras con cuidado, y yo sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
—Y hay algo más —continuó con mucha dificultad—. Hay señales claras, lamentablemente inequívocas, de abuso sexual repetido. Ella ha sido violentada, una y otra vez. Su cuerpo lleva las marcas de esa violencia, de esa pérdida de dignidad, de ese horror que nadie debería conocer. El bebé, por milagro o por la fuerza inmensa de ella, sigue ahí, aferrado a la vida. Pero ella… ella ha sufrido un infierno en silencio.
Me apoyé contra la pared, sintiendo que me caía al suelo. Una rabia ciega, fría y terrible me recorrió todo el ser, mezclada con un dolor tan profundo que sentí que me partía en dos. Pensar en ella, tan frágil, tan buena, soportando todo eso sola, sin nadie que la defendiera, sin nadie que le dijera que no era su culpa… me destrozó de una manera que no tenía palabras. Lloré en silencio, con los puños apretados hasta hacerme daño, odiando al hombre que creí conocer, odiando todo lo que le habíamos permitido hacer, odiando haberla dejado sola ni un solo instante.
—¿Va a poder? —alcancé a preguntar con la voz rota, señalando hacia ella—. ¿Va a poder volver a ser ella?
El doctor me puso una mano en el hombro.
—Su cuerpo sanará —dijo con firmeza—. Las heridas cerrarán, la fuerza volverá. Pero lo que lleva aquí dentro —señaló su pecho—, eso tomará más tiempo. Eso sanará solo con amor, con paciencia infinita, con seguridad. Ella necesita saber que no tiene vergüenza de nada, que no es culpable de nada, que sigue siendo la mujer hermosa, pura y valiente que siempre fue. Y necesita saber que tú la amas igual, o más, sabiendo todo lo que tuvo que pasar.
Me acerqué de nuevo a la camilla. La miré allí, tan pálida, tan quieta, y me arrodillé a su lado. Tomé su mano entre las mías y le hablé con toda mi alma, aunque no supiera si me escuchaba:
—Te amo más que nunca. Te amo por lo que eres, por lo que has aguantado, por la fuerza que has tenido. Nada de lo que pasó cambia lo que siento. Al contrario… ahora te admiro más que a nadie en este mundo. Eres mi vida, eres la madre de mi hijo, y nada, ni nadie, podrá manchar lo que tenemos. Te voy a cuidar hasta que vuelvas a brillar. Te voy a amar hasta que olvides cada lágrima que él te hizo derramar.
Horas después, cuando empezó a despertar, lo primero que hizo fue buscarme con la mano. Al verme, sus ojos se llenaron de miedo, como si esperara ver a otro, pero al reconocerme, se llenaron de lágrimas de alivio.
—¿Sabes… lo que me hizo? —susurró con miedo, como si esperara que la rechazara.
La abracé con toda la ternura que me quedaba, con todo el amor del mundo.
—Lo sé —le dije besando su frente—. Y te amo más que nunca. No fue tu culpa. No eres menos hermosa, ni menos mía. Lo que él te hizo fue maldad, pero no pudo tocar tu alma. Y tu alma sigue siendo mía, como la mía es tuya. Vamos a sanar juntos. Paso a paso. Y jamás te volverán a hacer daño.
La noche cayó pesada sobre la pequeña habitación del consultorio, convertida en un refugio improvisado. El silencio solo se rompía por el zumbido lejano de la calle y mi respiración entrecortada mientras me mantenía sentado a su lado, sin atreverme a cerrar los ojos ni un segundo. La miraba dormir, y cada movimiento suyo, cada ceño fruncido, me hacía dar un salto en el pecho, temiendo que el dolor volviera, temiendo que el recuerdo de él la alcanzara incluso en el sueño. Habían pasado las once, la medianoche, la una… y yo seguía ahí, vigilando su sueño como un guardián que no se fía ni de la oscuridad misma.
Y entonces, a las tres de la madrugada, rompió el silencio.
No fue un movimiento suave, ni un suspiro: fue un grito desgarrador que pareció partir la noche en dos.
—¡NO! ¡ALÉJATE! ¡NO ME TOQUES!
Me levanté de un salto, el corazón en la boca, y me acerqué rápido a la cama. Pero cuando intenté tomarle la mano para calmarla, ella dio un respingo violento, abrió los ojos de golpe y me miró con terror absoluto. En su confusión, en la fiebre del miedo acumulado durante meses, no vio a Mateo. Vio a él.
—¡DEJAME! —gritó con voz rota, retrocediendo todo lo que pudo contra la pared de la cama, cubriéndose la cara con los brazos—. ¡POR FAVOR YA BASTA! ¡NO ME PEGUES MÁS! ¡NO ME HAGAS DAÑO! ¡PROMETO QUE ME PORTARÉ BIEN, POR FAVOR!
Me quedé clavado en el sitio, sintiendo como si me hubieran clavado mil cuchillos en el pecho. Verla así, asustada de mí, suplicando al hombre que le había destruido la vida… me destrozó de una manera que no sabía explicar.
—Elena… mi amor, soy yo —le dije con voz suave, temblando, manteniéndome a una distancia prudente para no asustarla más—. Soy Mateo. Ya estás a salvo. Él no está aquí. Nadie te va a hacer daño.
Pero ella no me escuchaba. El miedo había borrado todo lo demás. Seguía gritando, llorando, repitiendo frases sin sentido, mezclando súplicas con recuerdos terribles, agarrándose el vientre como si quisiera protegerlo de mí.
—¡No te acerques! ¡No me toques! ¡Dijiste que si me portaba bien no me harías nada! ¡Déjanos a mi bebé y a mí en paz! ¡Por favor!
Llegó el doctor corriendo al escuchar los gritos, y me miró con compasión, con esa mirada que dice “esto es solo el principio”.
—El miedo ha quedado grabado en su mente —me dijo bajito—. Su cuerpo reacciona antes que su razón. Ahora mismo, en su mente, cualquier hombre que se le acerque es él. Necesitamos calmarla para que no se haga daño ni a ella ni al bebé.
Yo asentí con la garganta cerrada, con lágrimas cayéndome por las mejillas sin que pudiera detenerlas. Me aparté un poco, pero no me fui. Me quedé ahí, viendo cómo intentaban hablarle con suavidad, pero ella seguía aterrorizada, defendiéndose del aire, llorando desconsolada. Verla así, tan rota, tan llena de espanto, despertó en mí una rabia que no sentía antes: no era solo ira, era un fuego frío, intenso, que me quemaba por dentro al pensar en todo lo que él le había hecho, al punto de que ya no podía distinguirme de su verdugo.
Cuando por fin le aplicaron el sedante, vi cómo sus ojos se iban apagando lentamente, cómo su cuerpo se relajaba poco a poco, aunque el llanto seguía en su respiración entrecortada. Se quedó dormida, agotada, y yo me dejé caer en una silla, temblando de pies a cabeza.
Esa rabia que sentía no se iba. Al contrario, se hacía más grande, más pesada, más determinada. Pensé en él, en Lucas, en la amistad que alguna vez nos unió, en cómo se transformó en la peor pesadilla de la mujer que amo. Y juré con todas mis fuerzas, con cada latido de mi corazón, que pagaría cada una de esas lágrimas, cada uno de esos gritos, cada segundo de terror que le había provocado. No importaba qué tuviera que hacer, ni qué camino tuviera que tomar. Él no podía seguir suelto. Él no podía seguir existiendo mientras ella seguía sufriendo sus consecuencias.
Me acerqué despacio a la cama, tomé su mano con infinito cuidado, rezando para que esta vez no se asustara, y apoyé mi frente sobre ella.
—Perdóname por no haber llegado antes —susurré entre lágrimas—. Pero te prometo que nadie volverá a hacerte pasar por esto. Te prometo que él no volverá a acercarse a ti ni un milímetro. Voy a cuidarte con mi vida. Y voy a hacer justicia por todo lo que te han hecho.
La noche seguía avanzando, fría y oscura, pero en mi pecho ya no solo había dolor: había una determinación de acero, nacida del amor más grande y de la rabia más justa que jamás había sentido.