Capítulo 35:
Llegamos a casa de sus padres cuando el sol ya empezaba a caer, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. Al cruzar la puerta, el olor familiar, el calor de los muros que la vieron crecer, parecieron abrazarla antes que nadie. Se quedó quieta un instante, apoyada en mí, mirando cada rincón con ojos llenos de recuerdos y de miedo, como si temiera que todo fuera una ilusión que se desvanecería en cualquier momento. Pero su madre salió a recibirla con los brazos abiertos, y al sentir ese abrazo lleno de amor incondicional, Elena soltó un sollozo largo y profundo, como si todo el aire que había retenido durante meses volviera por fin a sus pulmones.
La acomodaron en su antigua habitación, con sábanas limpias, luz suave y todo lo que necesitara al alcance de la mano. Me quedé a su lado mientras se acostaba, cuidando de cada movimiento, de cada gesto, y ella no me pidió que me fuera. Al contrario, buscó mi mano y la apretó con fuerza, como si mi presencia fuera el único ancla que la mantenía en la realidad.
—No te vayas —me pidió con voz muy suave.
—Jamás —le respondí, sentándome junto a ella y acariciando su cabello—. Estaré aquí todo el tiempo que necesites. Duerme tranquila. Nadie va a entrar. Nadie te va a molestar.
Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños milagros. Comenzó a comer poco a poco, a recuperar un poco de color en las mejillas, a permitir que la cuidaran sin estremecerse. Pero el miedo no se fue de golpe. A veces se quedaba mirando la puerta durante minutos, atenta a cualquier ruido, y si alguien entraba sin avisar, se encogía sobre sí misma instintivamente, protegiendo su vientre. Yo siempre estaba ahí, para calmarla, para decirle que todo estaba bien, para recordarle que ahora estaba rodeada de gente que la amaba y que la protegería con su vida.
Pasábamos horas en silencio, simplemente abrazados, o hablando muy bajito de cosas sencillas: del nombre que nos gustaría ponerle al bebé, de los lugares que queríamos visitar cuando estuviera más fuerte, de la vida que empezaríamos a construir juntos. Cada vez que mencionaba el futuro, veía cómo una pequeña chispa de esperanza regresaba a sus ojos, aunque a veces se apagaba de nuevo al recordar lo que había pasado.
—¿Alguna vez dejaré de sentir miedo? —me preguntó una tarde, mientras acariciábamos juntos su vientre que ya empezaba a notarse más—. ¿Alguna vez dejaré de esperar que él aparezca por la puerta?
La abracé con mucho cuidado, besando su sien.
—El miedo tardará en irse —le dije con sinceridad—. Pero aprenderemos a vivir con él hasta que se vaya. Y mientras tanto, yo seré tu escudo. Tus padres serán tu refugio. Y este pequeño que crece aquí dentro será nuestra fuerza. No te apresures a sanar. Tómate todo el tiempo que necesites. Yo espero. Yo esperaré siempre por ti.
Mientras tanto, la policía y el detective seguían buscando a Lucas. Sabían que estaba en la ciudad, sabían que no se había ido lejos, pero se movía como una sombra, escondiéndose en lugares olvidados, cambiando de rumbo constantemente. Me avisaban cada pocos días, y aunque me decían que no nos preocupáramos, yo sabía que mientras él estuviera suelto, la paz no sería completa. Sabía que él no se daría por vencido tan fácilmente. Que la obsesión que lo consumía no le permitiría alejarse de ella voluntariamente.
Una noche, mientras Elena dormía profundamente, me asomé a la ventana y miré hacia la oscuridad. Sentí esa sensación extraña, como si alguien nos observara desde lejos, y apreté los puños con fuerza. No permitiría que nada ni nadie arruinara lo que acabábamos de recuperar. No permitiría que volviera a acercarse ni un centímetro a ella.
Volví a su lado, me senté en el borde de la cama y la observé dormir. A pesar de todo lo que había sufrido, a pesar de todas las heridas, seguía siendo hermosa. Seguía siendo mi vida. Y juré que haría todo lo posible para que pudiera volver a sonreír sin miedo, para que pudiera volver a mirar al futuro con esperanza, para que supiera de una vez por todas que estaba a salvo.
La recuperación sería larga. Había heridas en el cuerpo, pero sobre todo había heridas en el alma que tardarían mucho tiempo en cerrar. Pero no importaba cuánto tardara. Lo haríamos juntos. Paso a paso. Y mientras el alma no olvida lo que ama, siempre habrá fuerzas para seguir adelante.
"Elena "
A veces me despierto de golpe, con el corazón a mil por hora, y me tardo unos segundos eternos en entender dónde estoy. El olor a lavanda, las cortinas de mi habitación de toda la vida, la mano de Mateo que sostiene la mía sobre la sábana… todo me dice que ya estoy en casa, que ya no estoy encerrada, que ya no estoy sola. Pero el cuerpo se acuesta más lento que la mente, y los recuerdos se me vienen encima de golpe, como una ola fría que me quita el aliento.
Me miro al espejo con miedo. Apenas reconozco a esa mujer que me devuelve la mirada: tan pálida, tan delgada, con la mirada llena de sombras que no estaban ahí antes. Y luego miro mi vientre, que empieza a marcarse suavemente bajo mi ropa, y recuerdo que no estoy sola. Que dentro de mí crece una vida que resistió junto conmigo, que no se rindió aunque todo pareciera perdido. Paso las horas acariciándolo, hablándole bajito, prometiéndole que crecerá en paz, que nadie le hará daño, que tendrá todo el amor del mundo.
A veces me da vergüenza mirar a Mateo. Me da miedo ver asco o lástima en sus ojos cuando me toca, cuando me mira, cuando me abraza. Recuerdo todo lo que él me hizo pasar, cada golpe, cada grito, cada momento en que me sentí sucia, rota, sin derecho a ser amada nunca más. Y una tarde, cuando me abrazó con toda la ternura del mundo, no pude contenerme más y le dije entre lágrimas:
—No deberías quererme después de todo lo que pasó. Ya no soy la misma. Me rompieron en pedazos.
Él me tomó la cara entre las manos con mucha suavidad, me obligó a mirarlo a los ojos y me habló con una firmeza llena de amor que me hizo temblar:
—Para mí eres más hermosa que nunca. Eres la mujer que luchó hasta el final, que protegió a nuestro hijo con su propia vida, que resistió un infierno solo porque sabía que yo vendría. Nada de lo que él te hizo cambia lo que eres. Al contrario: muestra lo fuerte, lo valiente y lo pura que eres por dentro. El daño lo hizo él, no tú. Y mi amor por ti no ha cambiado ni un segundo. Al contrario: es más grande, más profundo, más eterno.
Esas palabras se me quedaron grabadas en el alma, como una luz en medio de la oscuridad. Me abrazó hasta que dejé de llorar, y me hizo sentir que no tenía que cargar con esa culpa que no era mía. Mis padres también me lo dicen a cada rato: que no hice nada malo, que fueron sus mentiras y su locura, que siempre seremos la niña que aman. Pero cuesta. Cuesta volver a creer en el mundo cuando te han enseñado que solo hay miedo y dolor.
A veces me asusto con ruidos que antes no me importaban. Si la puerta chirría, si un coche pasa muy cerca, si alguien habla más fuerte de lo normal… el cuerpo se me pone tenso, el corazón se me detiene un instante, y vuelvo a verlo a él, con los ojos perdidos y la botella en la mano. Pero Mateo siempre está ahí, tomándome de la mano, diciéndome que estoy a salvo, que nada va a pasar. Y poco a poco, muy despacio, voy aprendiendo a respirar tranquila de nuevo.
También pienso mucho en él. No con amor, ya no. Ahora solo pienso en él con lástima por lo que se ha convertido, y con miedo de que aparezca. No sé dónde está, no sé qué planea, pero en el fondo de mi corazón sé que no se dará por vencido tan fácilmente. Pero ya no me paraliza el miedo como antes. Ahora tengo algo por lo que luchar: este pequeño que viene en camino, y el hombre que dio todo por encontrarme.
Una mañana, cuando salí al jardín por primera vez en meses, sentí el sol en la cara y el aire fresco en el pelo, y me puse a llorar de felicidad. Mateo me abrazó desde atrás, apoyando su barbilla en mi hombro, y me dijo:
—Ves? La luz volvió a ti. Y ya nadie te la va a apagar.
Me quedé ahí mucho tiempo, mirando las flores, escuchando los pájaros, sintiendo la vida volver a mí. Sé que falta mucho camino por recorrer. Sé que habrá días malos, días en que el miedo quiera volver a ganar. Pero ahora sé que no estoy sola. Sé que el amor verdadero es más fuerte que cualquier mentira, que cualquier locura, que cualquier dolor. Y lo que el alma no olvida, jamás se pierde del todo.