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Una vida que nace entre la tormenta

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 23 de julio de 2026

Capítulo 20: 

Caminábamos por la acera, con las manos entrelazadas como si temiéramos que el contacto se rompiera en cualquier instante. El sol empezaba a caer, tiñendo las calles de Culiacán de tonos dorados y cálidos, y por un momento, me atreví a creer que por fin la calma había llegado para quedarse. Ella reía suavemente mientras me contaba cómo se le había ocurrido restaurar un viejo ejemplar de poesía en el taller, y esa risa era como música para mis oídos: una melodía que creí perdida para siempre, pero que había regresado más hermosa que nunca.

 

-Me siento tan extraña -dijo de repente, deteniéndose un instante y llevándose una mano al pecho-. Es como si todo esto fuera un sueño del que temo despertar en cualquier momento. Pero al mismo tiempo... es como si siempre hubiera estado aquí, contigo.

 

Le apreté suavemente la mano y la miré a los ojos, con todo el amor que llevaba acumulado durante tres largos años.

-No es un sueño, mi vida. Es real. Y no voy a dejar que nada ni nadie te lo quite jamás.

 

Iba a decir algo más, cuando vi que su rostro perdió de golpe todo color. Se llevó la otra mano al estómago, frunció el ceño y dio un paso vacilante hacia atrás.

-¿Elena? -grité, soltando todo y atrapándola entre mis brazos antes de que cayera al suelo-. ¡Elena, qué tienes!

 

Ella intentó responder, pero solo emitió un gemido muy bajo, como si le faltara el aire. Sus ojos se pusieron vidriosos, sus piernas dejaron de sostenerla y su cabeza se inclinó suavemente sobre mi hombro. En un segundo, toda la alegría se desvaneció, reemplazada por un miedo helado que me recorrió desde la cabeza hasta los pies.

-¡No! -le susurré desesperado, sacudiéndola con infinita ternura-. ¡Por favor, no te vayas! ¡Mírame, mi amor, mírame!

 

No hubo respuesta. Su cuerpo quedó pesado e inerte en mis brazos. La levanté con todas mis fuerzas y corrí hacia el coche, sintiendo cómo el pánico me nublaba la razón. Pasaron por mi mente todos los miedos acumulados: ¿sería el efecto de lo que Lucas le había dado? ¿Había algún daño que los médicos no vieron? ¿O el estrés, el dolor y el miedo de estos días habían sido demasiado para ella? Cada pensamiento era una puñalada en el corazón. Conduje como nunca lo hice, ignorando semáforos y señales, con la única idea de llegar al hospital y que ella estuviera bien.

 

Al llegar, la cargué hasta la entrada gritando por ayuda. En cuanto los enfermeros la tomaron en camilla, sentí que me quedaba sin suelo bajo los pies. Caminaba de un lado a otro del pasillo, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, rezando a todo lo que pudiera escucharme, prometiendo que si ella se salvaba, daría mi vida por cuidarla como se merecía. Pasaron minutos que parecieron siglos. Cada puerta que se abría me hacía dar un salto en el pecho, esperando ver al médico y temiendo lo que pudiera decirme.

 

Cuando por fin salió, me miró con una expresión seria, y mi corazón se detuvo un instante.

-¿Cómo está? -logré preguntar con voz rota, casi sin aire.

 

El médico asintió despacio, y vi cómo una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios.

-Está estable. El desmayo fue provocado por el agotamiento extremo, los nervios acumulados y un cambio hormonal muy fuerte en su cuerpo. Mateo... hay algo más que debe saber. Al hacer los análisis de rutina, confirmamos lo que sospechábamos: Elena está embarazada. De unas seis o siete semanas.

 

Me quedé paralizado. ¿Embarazada? ¿Una vida nueva creciendo dentro de ella? ¿Nuestro hijo? Al principio no pude decir nada, solo sentí cómo las lágrimas me inundaban los ojos sin poder evitarlo. De pronto, todo el dolor, todas las lágrimas, todo el tiempo perdido... parecieron cobrar sentido. Aquella noche en el mirador, cuando nos entregamos el uno al otro sin reservas, no solo recuperamos nuestro amor: habíamos creado una nueva vida, una prueba absoluta de que lo nuestro no se había roto, solo había estado esperando el momento justo para florecer.

 

-¿Está... está bien ella? ¿Y el bebé? -pregunté con voz temblorosa.

 

-Ambos están bien -respondió el médico-. Solo necesita reposo, tranquilidad y mucha calma. No debe volver a pasar por situaciones de tensión o miedo tan fuertes. Ahora tiene una razón más para cuidarse.

 

Asentí, incapaz de hablar. Cuando entré a la habitación, ella ya estaba despierta, recostada en la cama, pálida pero con una mirada que nunca había visto antes: una mezcla de sorpresa, ternura y una fuerza inmensa. Me acerqué despacio, tomé su mano entre las mías y besé sus dedos con infinita devoción.

 

-Me dijeron... -empecé, y la voz se me quebró-. Me dijeron que vamos a ser padres, Elena.

 

Sus ojos se llenaron de lágrimas brillantes y una sonrisa inmensa iluminó su rostro.

-¿Es verdad? -susurró, llevándose una mano al vientre con una delicadeza que me partió el alma.

 

-Sí, mi vida. Vamos a tener un hijo. Un pedacito de nosotros dos, de todo lo que fuimos y de todo lo que seremos.

 

Ella me atrajo hacia sí y me abrazó con todas sus fuerzas, escondiendo su rostro en mi pecho. Sentí sus sollozos suaves mezclarse con los míos, y en ese momento supe que nada, absolutamente nada, podría separarnos. Lucas creyó que destruiría nuestro pasado, pero no sabía que de tanta oscuridad nacería una luz que él jamás podría apagar. Ahora teníamos una promesa nueva, una vida que defender, un futuro que construir juntos, paso a paso, sin mentiras, sin miedos, solo con la verdad de lo que el alma nunca olvida.

 

 

 

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