Capítulo 12:
El reloj de la pared parece avanzar con una lentitud que me martillea los nervios. Ya es de noche. Hace horas que debió haber salido del taller. Hace horas que debí haberla tenido aquí, segura, lejos de cualquier amenaza, lejos de él. Y no está.
Camino de un lado a otro del departamento, sintiendo cómo la rabia me sube por la garganta como un fuego que no puedo apagar. Ya llamé al taller. Fui hasta allá. Pregunté a la dueña de la cafetería donde siempre come. Nadie sabe nada. Nadie la ha visto. Y cada minuto que pasa, cada segundo en que ella no está bajo mi protección, bajo mi control, me vuelve más loco.
Sé quién la tiene. Sé exactamente a dónde fue. Él apareció de nuevo, como una plaga que pensé haber eliminado hace tres años, y con sus palabras dulces, con sus recuerdos inventados, la ha arrastrado lejos de mí. Me imagino escenarios que me hacen apretar los puños hasta que las uñas se clavan en la carne: los veo juntos, hablando, tocándose, recordando cosas que no le pertenecen, robándome lo que me costó tanto conseguir. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a volver después de todo lo que hice para que desapareciera? ¿Cómo se atreve a tocar lo que es mío?
La rabia estalla en mí de golpe. Golpeo la mesa con fuerza, haciendo volar papeles y objetos. Agarro un jarrón y lo estrello contra la pared, haciéndolo añicos, igual que él rompió mi calma, igual que está intentando romper todo lo que construí. Grito en la soledad del departamento, un grito sordo, lleno de una furia que nadie ha visto nunca. Destruyo lo que tengo a mano porque no puedo destruirlo a él ahora mismo. Porque no puedo arrancársela de los brazos en este instante.
Vuelvo a marcar su número una, dos, diez veces. La llamada pasa y pasa y nadie contesta. La voz de la operadora repite una y otra vez que no está disponible, y cada vez que la escucho siento que pierdo un poco más la razón. “Estás con él”, me digo a mí mismo apretando los dientes hasta crujir. “Estás con él y te has olvidado de todo lo que hice por ti. De todo lo que hice para protegerte.”
No es solo amor. Es necesidad. Es una obsesión que me ha consumido desde que la conocí, desde que vi que mis ojos solo brillaban para él. No acepto que ella sea de nadie más. No acepto que nadie más la toque, que nadie más la mire, que nadie más tenga un lugar en su vida. Ella me pertenece. Y si tengo que destruir a quien se interponga, si tengo que destruir el mundo entero, lo haré.
Me detengo de golpe, respirando agitado, mirando el desastre que he causado a mi alrededor. Y entonces la idea me llega con una claridad helada. No estoy solo en esto. Nunca lo estuve.
Me acerco al teléfono, con las manos todavía temblando pero con la mente fría y calculadora otra vez. Hay personas que estuvieron de mi lado desde el primer día. Personas que entendieron que lo mejor para ella era olvidar, empezar de cero, lejos de todo lo que le trajera dolor. Personas que confiaron en mí para cuidarla, para ser su refugio, para asegurar que nada ni nadie volviera a lastimarla.
Sus padres.
Ellos saben la verdad. Saben lo que pasó aquella tarde. Saben por qué fue mejor que él se alejara. Y cuando vieron que yo la cuidaba, que yo la amaba, que yo estaba dispuesto a todo por ella, decidieron estar conmigo. Decidieron ayudarme a construir esta nueva vida, a ocultar lo que era necesario ocultar para que ella pudiera estar bien.
—Tendré que pedirles ayuda —murmuro en voz alta, mirando hacia la oscuridad—. Si él intenta llevársela, si intenta decirle la verdad antes de que estemos listos… ellos sabrán qué hacer. Ellos sabrán que hay que protegerla de él, aunque tenga que ser a cualquier precio.
Marco el número. Espero el tono. Sé que cuando contesten, ya no seré solo yo contra el mundo. Y nadie, absolutamente nadie, va a poder arrebatármela.