Capítulo 11:
La luz del alba empieza a teñir el cielo de tonos suaves, entre rosado y naranja, desperezándose despacio sobre la ciudad que todavía duerme. Abro los ojos muy despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco rompa el momento y me devuelva a esa realidad gris que llevaba tres años viviendo. Y lo primero que veo es su rostro. Mateo está dormido, su respiración tranquila y profunda, y su brazo sigue rodeándome con esa ternura que me hace sentir protegida, como si nada ni nadie pudiera tocarme mientras esté así.
Me quedo mirándolo largo rato, grabando cada rasgo en mi memoria: la línea de sus cejas, la forma de sus labios, esa cicatriz pequeña que tiene cerca de la sien y que siento que ya he visto mil veces antes. Siento su calor contra mi piel, y todavía me parece increíble lo que pasó entre nosotros anoche. No recuerdo ninguna otra noche, ningún otro momento igual… pero no siento que sea algo nuevo. Siento que es algo que siempre nos perteneció, algo que el tiempo y el olvido solo lograron pausar, pero nunca borrar.
Mis dedos recorren despacio su pecho, reconociendo cada latido, y siento cómo mi propio corazón responde al suyo, latiendo al mismo ritmo. No entiendo cómo es posible. No entiendo cómo mi mente puede estar tan vacía de recuerdos de él y al mismo tiempo mi cuerpo y mi alma lo conocen tan bien. Pero por primera vez en mucho tiempo, dejo de preguntarme el porqué. Dejo de buscar respuestas en fotos o en palabras ajenas. Porque lo que siento aquí, ahora, entre sus brazos, es la única verdad que necesito.
Se mueve levemente y abre los ojos. Al verme ya despierta, una sonrisa dulce y llena de esperanza se dibuja en su rostro. Me acerca más a él y me besa suavemente en la frente, con esa devoción que me hace temblar por dentro.
—Pensé que quizás… cuando despertaras, todo sería como un sueño —me susurra con voz todavía ronca por el sueño—. Pensé que te asustarías y te irías.
Niego con la cabeza y le acaricio la mejilla.
—No sé quién eres en mi pasado —le digo muy bajito—, pero sé quién eres en mi piel. Sé quién eres en lo que siento. Y tengo miedo, sí… pero tengo más miedo de volver a alejarme de ti sin saber por qué.
Me abraza con fuerza, como si quisiera fundirme en él, y siento que todas las piezas empiezan a encajar poco a poco. Sé que hay muchas cosas que no sé. Sé que hay secretos, mentiras y alguien que ha estado construyendo una vida falsa alrededor de mí. Pero ahora sé que no estoy sola. Sé que él está dispuesto a luchar por mí, a esperarme, a enseñarme todo lo que mi mente perdió.
Sin embargo, la realidad no tarda en volver. Sé que en algún momento tendré que volver. Sé que tendré que enfrentarme a Lucas, a sus preguntas, a esa calma fingida que ya no me da paz. Y al pensar en él, un escalofrío me recorre. Recuerdo esa sensación extraña al despertar ayer, esa pesadez en la cabeza, esas voces que escuché a lo lejos y que no logré entender. Ahora me pregunto si todo fue un sueño, o si hubo algo más. Me pregunto qué es lo que realmente me dio de beber, y por qué de repente me siento tan extraña al estar cerca de quien yo creía mi refugio.
Mateo nota mi cambio y me toma la mano con firmeza.
—No tienes que enfrentarlo sola —me dice, como si leyera mis pensamientos—. Sé que hay muchas cosas que no sabes, muchas que te han ocultado. Pero te prometo que te diré toda la verdad, aunque duela. Y no dejaré que nadie te haga daño nunca más.
Lo miro y asiento. Sé que el camino no será fácil. Sé que habrá dudas, miedos y batallas que librar. Pero ahora tengo algo que ayer no tenía: la certeza de que mi corazón no se equivoca. Que lo que el alma no olvida, es la única verdad que importa. Y estoy lista para descubrirla, cueste lo que cueste.