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La noticia que rompe el alma

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 28: 

 

Han pasado cinco días. Cinco días que parecen cinco años, cinco siglos. No recuerdo la última vez que dormí más de unos minutos seguidos, ni la última vez que probé bocado sin que se me quedara atravesado en la garganta. Me miro en el espejo roto de la entrada y apenas me reconozco: la barba me crece sin control, los ojos se me han hundido en sombras oscuras, la ropa me cuelga como si hubiera perdido kilos en nada. Camino por la casa que debimos compartir, tocando sus cosas, respirando su aroma que poco a poco se va desvaneciendo, y siento que me estoy muriendo un poco cada segundo que pasa sin saber de ella.

 

He recorrido la ciudad de punta a punta. He hablado con todos los que conocemos, he puesto carteles en cada esquina, he rogado a la policía que no se detenga, que Lucas es capaz de cualquier cosa. Pero cada respuesta es la misma: no hay rastro, no hay llamadas, no hay pistas. Sus padres pasan las horas aquí conmigo, llorando en silencio o abrazados, compartiendo este dolor que nos une y nos destroza a la vez. No hay palabras que alcancen. No hay consuelo cuando el alma se siente vacía y perdida.

 

Estaba sentado en el suelo de la sala, con una foto de ella entre las manos, cuando el teléfono sonó. Me quedé helado un instante, con el corazón dando un salto que casi me parte las costillas, y contesté con la mano temblando tanto que apenas pude llevarlo al oído. Era el detective encargado del caso. Su voz sonaba grave, pausada, y antes de hablar ya supe que algo terrible había pasado.

 

—Mateo… tenemos que hablar. Encontraron algo. Una bodega incendiada a las afueras. Había restos humanos. Y las pertenencias… coinciden con las de Elena.

 

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me levanté de golpe y luego caí de rodillas, como si me hubieran golpeado con fuerza en el pecho.

—No —alcancé a decir con un hilo de voz que parecía no ser mío—. No, por favor… no. No puede ser ella. Él la tiene. Sé que él la tiene.

 

—Los análisis preliminares y las cosas que encontramos… el collar, su cartera, la ropa que llevaba ese día… todo indica que es ella —dijo él con tono compasivo, pero cada palabra era una puñalada—. Lamento mucho darte esta noticia. Tenemos que ir a identificar los restos.

 

No recuerdo cómo llegué. No recuerdo si caminé, si corrí o si me llevaron. Solo recuerdo el ruido de las sirenas, el humo que todavía flotaba en el aire, y el silencio sepulcral que parecía envolverlo todo. Cuando vi lo que quedaba de aquel lugar, cuando vi los objetos que le pertenecían y que yo conocía de memoria, sentí que todo en mí se rompía para siempre. Me arrodillé entre las cenizas y lloré con un dolor tan profundo, tan desgarrador, que parecía que mi propio cuerpo se iba a deshacer en pedazos.

 

Sus padres llegaron poco después, y sus gritos de dolor se mezclaron con los míos, llenando aquel lugar de desolación. Yo no podía creerlo. No podía aceptar que la mujer que amaba, la que acababa de volver a mí, la que llevaba dentro una vida nuestra… ya no estuviera. Pero al mismo tiempo, en lo más profundo de mi corazón, una pequeña voz me decía que algo no encajaba. Que Lucas era capaz de cualquier mentira, de cualquier engaño. Que él no la mataría así, porque para él ella era su posesión más preciada. Pero el dolor era tan grande que apenas podía escuchar esa voz.

 

Me quedé allí mucho tiempo, abrazando sus cosas, hablándole bajito como si pudiera escucharme.

—No te fuiste —le susurraba entre lágrimas—. No te fuiste sin mí. Lo sé. Lo siento aquí. No te he perdido. No puedo haberte perdido ahora.

 

Pero la policía ya hablaba de cierre de caso, de accidente o de crimen pasional, de dar por terminada la búsqueda. Y yo me sentía impotente, roto, sin saber si aferrarme a la verdad que mis ojos veían o a la certeza que mi alma no olvidaba.

 

 Han pasado diez días. Diez días que parecen una eternidad marcada por el llanto, el silencio y una incredulidad que me quema por dentro. Para todos los demás, el caso está cerrado. La policía ha archivado la búsqueda, ha dado por confirmada la identidad de los restos y ha escrito en sus informes que Elena ya no está. Sus padres, con el corazón destrozado y la razón vencida por el dolor, han tenido que hacer el funeral, han tenido que despedirse de lo que creen que fue su niña, aunque sea contra su voluntad.

 

Los vi ayer, de pie frente a la tumba, abrazándose con una fragilidad que me parte el alma. Su madre acariciaba la lápida como si todavía pudiera tocarla, llorando bajito, sin fuerzas ya para gritar.

—Perdónanos, hija —decía entre sollozos—. Perdónanos por no haber sabido cuidarte. Por haber dejado que te llevaran tan lejos. Pensamos que te estábamos salvando y solo te perdimos para siempre.

 

Su padre, con la mirada perdida y la cara marcada por el sufrimiento, me miró y me dijo con voz rota:

—Tenemos que aceptarlo, Mateo. La policía dice que no hay dudas. Las cosas que encontraron… eran suyas. Lucas desapareció también. No hay nadie más a quien buscar. Tenemos que dejarla descansar.

 

Pero yo no puedo. No puedo aceptar que la mujer que amaba, la que acababa de volver a mí, la que llevaba en su vientre una parte de nosotros, haya desaparecido así de fácil, así de cruel, dejándome tantas cosas sin decir, tantos sueños sin cumplir. Y hay algo más: conozco a Lucas. Sé cómo piensa. Sé que para él ella era una posesión, algo que no dejaría ir, algo que jamás habría destruido porque la necesitaba para sí mismo. Si hubiera querido matarla, no habría esperado tanto. Y no habría dejado tantas señales perfectas, tan preparadas, como si quisiera asegurarse de que todos creyeran en esa mentira.

 

—Yo no me rindo —les dije con voz firme, aunque se me quebraba por momentos—. No importa lo que digan los informes, no importa lo que parezca. Mi corazón me dice que ella sigue ahí. Que él la tiene escondida en algún lugar, esperando a que pase la tormenta. Y yo voy a encontrarla. Cueste lo que cueste.

 

Por eso, esa misma tarde, fui a ver a alguien que conocía de hace años: un detective privado, un hombre que no se deja llevar por las apariencias y que sabe cómo buscar donde otros no ven. Le conté toda la historia, desde el accidente hasta la desaparición, le mostré las fotos, le conté sobre la obsesión de Lucas y sobre esa extraña coincidencia de la bodega incendiada justo cuando ella desaparecía.

 

—Todo parece muy claro en la superficie —me dijo él después de escucharme con atención—. Pero hay demasiadas cosas que no encajan. Si Lucas planeó esto a la desesperada, ¿cómo consiguió todo tan perfecto? ¿Cómo sabía exactamente dónde ir y qué dejar? Y sobre todo… ¿por qué desapareció él también sin dejar rastro, si supuestamente ella murió en un accidente? Te ayudaré. No te prometo nada, pero buscaré la verdad más allá de lo que los papeles dicen.

 

Salí de su oficina con el peso de diez días de dolor todavía encima, pero con una pequeña llama de esperanza volviendo a encenderse en mi pecho. Sé que es difícil. Sé que todos creen que estoy loco, que no quiero aceptar la realidad. Pero yo sé lo que sentí. Sé lo que ella y yo teníamos. Y lo que el alma no olvida, jamás acepta que se ha perdido sin más.

 

Regresé a la tumba donde sus padres todavía estaban, me arrodillé y apoyé la mano sobre la fría piedra.

—No te preocupes —le susurré muy bajito—. No voy a dejarte ahí. Voy a seguir buscando hasta encontrar el lugar donde realmente estés. Y cuando lo haga, te prometo que nadie volverá a separarnos. Ni la mentira, ni la locura, ni la muerte misma.

 

Sus padres me miraron, y aunque todavía había dolor y miedo en sus ojos, también vi un poco de esa vieja esperanza regresando. Tal vez en el fondo, ellos también lo sabían. Tal vez nadie termina de creer que ha perdido a quien ama, hasta que no hay absolutamente nada más que hacer. Y yo todavía tengo mucho por hacer. Todavía tengo que recuperar mi vida. Todavía tengo que recuperar a Elena.

 

 

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