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cuando el dolor se vuelve fuerza

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 25 de julio de 2026

Capítulo 27 

El sonido de la cuchara al caer pareció romperme algo dentro del pecho, algo que llevaba intacto a pesar de todas las mentiras, de todos los miedos y de todo el encierro. Me quedé mirando el reloj que desapareció en su bolsillo, sintiendo que el aire se me escapaba de golpe, que el suelo se abría bajo mis pies y me tragaba hacia un abismo sin fondo. No podía ser verdad. No podía haberme quedado sola. No ahora que por fin habíamos vuelto a encontrarnos, ahora que teníamos una vida nueva esperándonos.

 

—¿Qué le hiciste? —volví a preguntar, con la voz quebrada en un sollozo que no pude contener—. ¡Dime qué le hiciste, maldita sea! ¡Dímelo!

 

Me levanté de un salto, olvidando todo miedo, toda prudencia, y me lancé contra él golpeándole el pecho con los puños pequeños y débiles, con toda la rabia y todo el dolor que me habían acumulado durante meses. Él no se defendió. Solo se quedó quieto, recibiendo mis golpes como si se los mereciera, y me sostuvo las muñecas con suavidad hasta que me cansé y me desplomé entre sus brazos, llorando con un dolor que parecía partirme el alma en dos.

 

—Ya no sufra más —me susurró al oído, con esa voz que ya no me engaña pero que todavía me hace temblar—. Ya no hay nadie que nos estorbe. Ahora solo somos nosotros. Y nadie nos va a separar jamás.

 

Me arrastró hasta la habitación, me acostó con cuidado y se sentó a mi lado, observándome como si fuera una obra de arte que acababa de conseguir después de años de buscarla. Yo no podía dejar de llorar, de imaginarme lo peor, de ver la cara de Mateo, su sonrisa, su forma de mirarme, y sentir que se me iba la vida con cada recuerdo. Pensé en el bebé, en que ahora crecería sin conocer a su padre, en que Lucas le mentiría sobre él, y sentí que el odio me quemaba por dentro tanto como el dolor.

 

Pasaron las horas, no sé cuántas. El sol se ocultó y la oscuridad llenó la pequeña casa apartada. Lucas salió un momento y volvió a entrar con mantas nuevas y ropa limpia. Me miró con esa mezcla de adoración y locura que me helaba la sangre.

—Mañana empezaremos de nuevo —me dijo—. Olvidaremos todo lo malo. Tú, yo y nuestro hijo. Seremos la familia perfecta que siempre debimos ser.

 

Cuando se durmió en el sofá de la sala, me levanté despacio, con el corazón latiéndome desbocado, y me acerqué a la puerta. Estaba cerrada con tres cerrojos, imposibles de abrir desde adentro sin hacer ruido. Me asomé a la ventana: solo había árboles y oscuridad, ningún camino visible, ninguna luz que indicara que había alguien cerca. Me deslicé por el suelo hasta quedar sentada en un rincón, abrazándome las rodillas y protegiendo mi vientre con todas mis fuerzas.

 

—No te has ido —susurré con lágrimas en los ojos, hablándole al vacío, hablándole a él—. No te has ido, lo sé. El alma no olvida, y yo siento que todavía estás ahí. No me dejes sola. No nos dejes solos.

 

Y entonces, entre el dolor inmenso, algo cambió. El miedo paralizante se transformó poco a poco en una fuerza que no sabía que tenía. Si Mateo había dado todo por recuperarme, si había luchado tanto por nosotros, yo no podía rendirme ahora. No podía dejar que la locura de Lucas ganara. Tenía que sobrevivir. Tenía que proteger a este pequeño que venía en camino. Tenía que esperar. Y si había una mínima posibilidad de que él todavía estuviera vivo… haría todo lo posible por volver a su lado.

 

A la mañana siguiente, cuando Lucas entró con el desayuno, ya no tenía esa mirada de terror absoluto de la noche anterior. Tenía los ojos hinchados de llorar, pero la mandíbula apretada, la mirada firme.

—Vamos a establecer reglas —le dije con voz temblorosa pero clara—. Si quieres que me quede tranquila, si quieres que coma y que cuide al bebé, tienes que dejarme saber algo. Tienes que decirme si él está vivo o muerto.

 

Lucas se detuvo en seco, sorprendido por mi cambio de actitud. Me miró largo rato, y por primera vez vi duda en sus ojos.

—No importa —dijo al final, evasivo—. Ya no importa nada de lo que pasó antes.

 

—Para mí sí —respondí sin apartarle la mirada—. Es el padre de mi hijo. Y necesito saber la verdad. Si quieres que empiece a confiar en ti, si quieres que deje de odiarte… empieza por decirme la verdad.

 

Él bajó la mirada, y en ese silencio, en esa incapacidad para responderme, sentí una pequeña llama de esperanza encenderse en mi pecho. Si no se atrevía a decirme que lo había matado… tal vez no lo había hecho. Tal vez esa amenaza era solo otra mentira para romperme y tenerme solo para él. Y si era así… entonces todavía había tiempo. Todavía había una oportunidad.

 

Me acerqué a la ventana, mirando hacia la inmensidad verde y oscura que nos rodeaba, y prometí en silencio: lucharía. Lucharía con las armas que tuviera, con paciencia, con astucia, fingiendo lo que fuera necesario, hasta que llegara el momento de escapar. Porque lo que el alma no olvida, jamás se rinde. Y mi alma sabía que mi lugar no era ahí. Mi lugar era al lado de Mateo, y lucharía con todo lo que soy hasta volver a encontrarlo.

La escucho hablar, la veo mirarme con esa nueva firmeza que me descoloca un instante, pero que al final solo me confirma que debo actuar más rápido y con más cuidado. Si ella empieza a resistirse, si empieza a mantener la esperanza de que él vuelva, mi trabajo no habrá terminado. Necesito cortar cualquier lazo que la una a su vida anterior. Necesito que para el resto del mundo, para sus padres, para la policía… y sobre todo para ella misma… esa mujer que conocieron ya no exista. Que solo quede yo. Y solo hay una forma de lograrlo de verdad.

 

He tenido el plan en la cabeza desde que supe lo del bebé, desde que supe que él le había dado algo que nadie podría borrar con palabras. Ahora lo pondré en marcha. Todo está calculado al milímetro. Conozco una bodega vieja en las afueras, abandonada hace años, lejos de cualquier mirada, donde nadie suele pasar. Conseguí lo necesario: un cuerpo de una mujer de su misma estatura, su misma complexión, encontrada sin identificar en el hospital de la ciudad. Nadie la reclamaría. Nadie la buscaría. Y es perfecta para lo que necesito.

 

Espero a que ella se duerma, agotada de llorar y de pelear contra mí, y salgo sigilosamente. Conduzco hacia la bodega con la mente clara, fría, sin sentir nada más que la satisfacción de saber que estoy a punto de dar el paso final. Al llegar, dejo el cuerpo en el centro del suelo de cemento, y empiezo a colocar las cosas con una precisión casi obsesiva: la blusa que ella usaba esa mañana, el collar que nunca se quita, el pequeño dije con forma de libro que le regaló él y que siempre lleva en el bolsillo, su cartera con sus documentos. Todo está ahí. Todo parece indicar que ella entró ahí y que nunca salió.

 

Riego el suelo con líquido inflamable, cuidando de no dañar las prendas que la identificarán. Me detengo un instante mirando esa figura tendida en el suelo, y una sonrisa amarga se me dibuja en los labios.

—Ahora todos creerán que te perdieron —murmuro a la oscuridad—. Ahora él, si es que todavía está vivo, tendrá que aceptar que ya no estás. Ahora tus padres tendrán que enterrar lo que creen que eres. Y cuando pase el tiempo, cuando todos hayan olvidado tu nombre… tú serás solo mía. Sin recuerdos, sin esperanzas, sin nadie que te busque.

 

Enciendo la llama y me alejo despacio. El fuego empieza a devorar la madera y el metal con una furia silenciosa, levantando una columna de humo negro que se pierde en la noche. Me quedo mirando unos instantes, satisfecho. Cuando lleguen los bomberos y la policía, encontrarán lo suficiente para confirmar su identidad. El fuego habrá hecho el resto, dejando solo lo necesario para que nadie tenga dudas. Ella habrá muerto para el mundo. Y habrá nacido de nuevo solo para mí.

 

Regreso a la casa apartada justo cuando empieza a clarear el día. Me lavo las manos, me cambio de ropa, y entro en la habitación como si hubiera pasado la noche entera al lado de su cama. Al despertarse, me mira con esa mezcla de miedo y desafío que ya conozco, pero yo ya tengo la victoria casi en la mano.

—Pronto todo cambiará —le digo con voz suave, acariciándole la frente—. Pronto dejarán de buscarnos. Pronto entenderán que no hay vuelta atrás.

 

Ella frunce el ceño, confundida por mi calma repentina, pero no sabe que en este mismo momento, a kilómetros de aquí, la policía está encontrando los restos de lo que todos creen que es ella. No sabe que en pocas horas, sus padres estarán arrodillados en el suelo, llorando una muerte que no es real. No sabe que el hombre que ama, si sigue vivo, sentirá que se le rompe el corazón en mil pedazos al saber que la perdió para siempre. Y todo… todo para que ella no tenga más remedio que aceptar que su única salvación, su único refugio, soy yo.

 

El plan es perfecto. No hay errores. No hay fallos. Y cuando ella se entere de la noticia, cuando crea que todos la han perdido y que nadie la busca ya… entonces sí, por fin, será mía. Completamente mía.

 

 

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