Capítulo 3:
Cierro la puerta del taller y me apoyo en ella con la espalda, sintiendo cómo todo mi cuerpo tiembla como si hubiera corrido kilómetros sin descanso. El silencio de la calle me golpea, pero en mi cabeza no hay nada más que ruido: su voz, sus ojos, la cicatriz en su mano, la carta… todo gira una y otra vez, mezclándose con la sensación de que acabo de despertar de un sueño muy largo, solo para descubrir que la realidad es mucho más extraña de lo que imaginaba.
Subo las escaleras hacia mi departamento con pasos torpes, como si ya no conociera el camino que hago todos los días. Al entrar, dejo mi bolso en la primera silla que encuentro y me quedo de pie en la oscuridad, sin encender la luz. Solo quiero sentir, sin que nadie me mire. Me toco el pecho, y mi corazón late tan fuerte que duele, golpeando contra las costillas como si quisiera salir para buscar a alguien que mi mente insiste en decirme que no conozco.
¿Cómo es posible? ¿Cómo puede dolerme tanto alguien que, según yo, nunca ha formado parte de mi vida? Cierro los ojos y vuelvo a verlo: esa mirada llena de un amor tan antiguo y tan profundo que me hizo sentir desnuda, como si él supiera cada rincón escondido de mi alma, incluso aquellos que yo misma he olvidado. Me dijo que fuimos todo el uno para el otro. Me dijo que me amó lo suficiente para alejarse y dejarme sanar. Y por más que intento buscar una mentira en sus palabras, no encuentro nada… solo una verdad que me rompe por dentro.
Me siento en el borde de la cama y saco la carta del bolsillo, la acaricio con cuidado, como si fuera un tesoro frágil. La vuelvo a leer, y cada frase me golpea más fuerte que la anterior. “No soy un extraño”, dice. Y es cierto. No se siente como un extraño. Se siente como volver a casa después de un viaje eterno, donde todo es familiar aunque no recuerdes exactamente dónde está cada cosa. Me pregunto si habrá estado esperándome todo este tiempo, solo, con ese dolor en los ojos que no pudo ocultar. Me pregunto cómo habrá soportado verme y tener que marcharse, sabiendo que yo no lo reconocería. Y una parte de mí, una parte muy profunda, le duele a él más que a mí misma.
Pero al mismo tiempo, la confusión me ahoga. ¿Qué hago con todo esto? ¿Cómo puedo creerle si mi mente se niega a mostrarme nada? ¿Y si todo es un error? ¿Y si solo es un hombre que sabe demasiado y se aprovecha de mis huecos vacíos? Por un momento el miedo me paraliza, y quiero romper la carta, quiero olvidar que lo vi, quiero volver a mi vida tranquila y segura… pero entonces recuerdo el roce de sus dedos con los míos, y sé que no puedo fingir que nada pasó. Porque algo se rompió hoy dentro de mí, y al mismo tiempo, algo se armó.
Pasan los minutos, quizás las horas, y yo sigo allí, perdida entre lo que siento y lo que debería pensar. Pienso en los tres años que han pasado desde el accidente. En cómo he reconstruido mi vida, poco a poco, con mucho esfuerzo y ayuda. En cómo aprendí a no preguntar demasiado, a aceptar que hay cosas que no vuelven. Y ahora, de repente, aparece él con una historia que cambia todo lo que creí saber sobre mí misma.
Estoy tan absorta en mis pensamientos que no escucho el ruido de las llaves hasta que la puerta se abre despacio. Me sobresalto, guardo la carta rápidamente en el cajón de la mesa de noche y me seco las lágrimas con la manga de la camisa, intentando recuperar la compostura.
—¿Elena? ¿Estás ahí, amor? —su voz suena suave, conocida, la voz que ha estado a mi lado todos estos años.
Entra Lucas, mi novio. El que estuvo conmigo en el hospital desde el primer día. El que me ayudó a volver a caminar, a recordar mi nombre, a rehacer cada pedacito de mi mundo cuando yo no podía. Cierra la puerta y se acerca a mí con esa calma que siempre lo caracteriza, esa seguridad que me ha sostenido durante tanto tiempo. Se sienta a mi lado y me acaricia la espalda con ternura.
—Te vi pasar muy distraída cuando saliste del taller —me dice con voz cariñosa—, y no contestaste al teléfono. ¿Te sientes mal? ¿Te cansaste mucho hoy?
Lo miro, y siento una culpa inmensa apoderarse de mí. Lucas ha sido mi ancla. Nunca me ha presionado, siempre ha tenido paciencia infinita con mis olvidos y mis miedos. Me ha dado un amor seguro, tranquilo, el tipo de amor que te hace sentir protegida. Y ahora, en un solo día, todo se ha puesto patas arriba. No sé qué decirle. No sé cómo explicarle que acabo de encontrarme con un hombre que hace que mi corazón grite un nombre que no recuerdo, mientras estoy sentada al lado de quien me ha cuidado desde que desperté sin saber quién era.
—Estoy bien —miento, y la voz se me quiebra al final—. Solo… solo tuve un día muy pesado con los libros. Me cansé un poco, nada más.
Él me atrae hacia sí y me abraza fuerte, y al sentir su abrazo, no siento esa paz que siempre me ha dado. Al contrario: siento una sensación de vacío, de que no estoy en el lugar correcto. Y me aterra darme cuenta de eso. Me aterra pensar que el amor que me ha salvado la vida no es el que mi alma reconoce como suyo.
—Todo va a estar bien —me susurra él al oído—. Estoy aquí contigo. Nunca te dejaré sola.
Cierro los ojos y las lágrimas vuelven a brotar, pero esta vez no sé por quién lloro. ¿Por Mateo, por el amor perdido que vuelve a mí? ¿Por Lucas, por el miedo a lastimarlo? ¿O por mí misma, por estar atrapada entre dos mundos, entre un pasado que no recuerdo y un presente que de repente ya no me parece tan mío?
En ese momento, en la oscuridad de mi habitación, entiendo que nada será fácil. Que elegir no será solo elegir entre dos hombres, sino elegir entre la seguridad y la verdad, entre lo que mi mente ha construido y lo que mi alma no ha dejado de gritarme desde el primer día. Y lo peor de todo… es que no sé si estoy lista para la respuesta. Ni siquiera sé cuál de las dos es la correcta.