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Ecos en el silencio

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 22 de julio de 2026

Capítulo 2: 

 

El aire en el taller se sentía espeso, cargado de palabras que no se decían y de sentimientos que parecían haber estado esperando años para salir a la luz. Mateo no apartaba la mirada de ella, como si temiera que, si parpadeaba, Elena desapareciera de nuevo. Y ella, por su parte, sentía que cada latido de su corazón le gritaba que aquel hombre no era un extraño, aunque su mente se empeñara en no darle nombre a lo que veía.

 

—¿Quién eres? —preguntó ella al fin, con voz temblorosa, apoyando ambas manos sobre la mesa para no dejarse llevar por la inestabilidad que sentía en las piernas.

 

Él cerró los ojos un instante, como si reuniera fuerzas para responder. Cuando los abrió, había en ellos una ternura tan inmensa que a ella se le llenaron los ojos de lágrimas sin querer.

—Me llamo Mateo —dijo despacio, saboreando su propio nombre como si esperara que algo en ella reaccionara al escucharlo—. Y ese libro… esa carta… eran tuyas. De los dos.

 

Elena dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza.

—No… no puede ser. Yo no recuerdo nada de eso. No te conozco.

—Tu mente no me recuerda —admitió él con un hilo de voz, dando un paso hacia ella sin llegar a invadir su espacio—, pero tu alma sí. Lo sentiste en cuanto me viste. Lo sentiste al leer esas palabras. No te pido que me creas ahora mismo… solo te pido que no me alejes todavía. Por favor.

 

Había en su mirada una súplica tan sincera que Elena no pudo rechazarla. Se sentó en la silla que tenía al lado, sintiéndose de repente muy cansada, como si hubiera recorrido un camino largo sin darse cuenta. Mateo se quedó de pie unos segundos más, y luego, con una lentitud extrema, se sentó frente a ella, manteniendo siempre una distancia prudente, como si temiera que cualquier movimiento brusco rompiera el frágil hilo que acababa de volver a unirlos.

 

—¿Cómo sabes que soy yo? —preguntó ella, mirándolo fijamente, buscando en sus rasgos algún indicio, alguna imagen que encajara en los huecos vacíos de su memoria.

 

Mateo soltó un suspiro profundo, como si le costara empezar a contar una historia que le dolía en cada fibra de su ser.

—Hace cuatro años —empezó a decir, con la voz suave pero cargada de emoción—, nos conocimos aquí mismo. Tú acababas de abrir el taller, y yo traje unos libros de mi abuelo para restaurar. No te lo vas a creer… pero tardamos tres meses en hablar de algo más que de papel y tinta. Nos sentábamos horas enteras aquí, cuando ya cerrabas, y hablábamos de todo: de los sueños que teníamos, de los miedos que nadie más conocía, de cómo nos sentíamos pequeños frente al mundo pero grandes cuando estábamos juntos.

 

Elena escuchaba cada palabra con el corazón encogido. Algo en lo que él decía resonaba en su interior: la sensación de calma que le transmitía, la forma en que su voz la hacía sentir protegida, como si ya hubiera estado ahí antes.

—¿Y… qué pasó? —preguntó ella, temiendo la respuesta.

 

Mateo bajó la mirada hacia sus manos, entrelazando los dedos con fuerza.

—Un día de lluvia —dijo con voz quebrada—, ibamos en el coche camino a casa. Un camión perdió el control… yo pude girar a tiempo, pero el golpe te dio a ti. Cuando despertaste en el hospital, no sabías quién era yo. Los médicos dijeron que era mejor no presionarte, que los recuerdos podían volver o no, y que si te obligaba a aceptar un pasado que no sentías, te haría más daño que bien. Tu familia me pidió que me alejara… y lo hice. Porque te amaba lo suficiente para dejarte ir, si eso era lo que necesitabas para sanar.

 

Las lágrimas corrían por las mejillas de Elena sin que pudiera detenerlas. No recordaba el accidente, ni el camino, ni la lluvia… pero sentía el dolor de él como si fuera propio.

—¿Y por qué volviste ahora? —susurró ella.

 

—Porque han pasado tres años —respondió él, alzando de nuevo la mirada hacia ella—, y nunca dejé de esperar. Y cuando supe que ese libro iba a volver a tus manos… supe que era el momento. No vine a exigirte nada, Elena. No vine a decirte que me ames como antes. Solo vine a pedirte que me dejes conocerte de nuevo. Que me dejes demostrarte que lo que tuvimos no fue un sueño… sino la verdad más grande que he tenido en mi vida.

 

El silencio volvió a llenar la habitación, pero ya no era un silencio vacío. Estaba lleno de preguntas, de miedos, pero también de esa chispa que no se apaga aunque el tiempo pase. Elena miró la carta que aún tenía sobre la mesa, y luego volvió a mirar la cicatriz en la mano de Mateo —esa que le había traído un destello fugaz que no lograba atrapar—. Y entonces, sin saber muy bien por qué, estiró su mano sobre la mesa, despacio, hasta que sus dedos rozaron levemente los de él.

 

Al contacto, Mateo dio un respingo, y luego cerró los ojos, dejando escapar un sollozo contenido.

—No recuerdo los días —dijo ella muy bajito—, no recuerdo los lugares ni las fechas… pero al tocarte… siento que estoy en casa.

 

Cuando él abrió los ojos, estaban llenos de lágrimas y de una esperanza que brillaba más fuerte que cualquier luz.

—Entonces empecemos de cero —propuso él con una sonrisa temblorosa, pero llena de fe—. Empecemos por volver a presentarnos. Hola, Elena. Soy Mateo. Y estoy dispuesto a esperarte todo el tiempo que haga falta.

 

Ella asintió, sintiendo por primera vez en años que el hueco en su pecho empezaba a cerrarse poco a poco.

—Hola, Mateo —respondió ella, y al decir su nombre, sintió que siempre lo había sabido—. Creo que… creo que me gustaría volver a conocerte.

 

Fuera, el sol ya se había puesto por completo, y la luna empezaba a iluminar las calles. Pero dentro del taller, algo nuevo acababa de nacer: no era solo el regreso de un pasado olvidado, sino la promesa de un futuro que todavía estaban a tiempo de escribir juntos. Y aunque el camino sería difícil, lleno de dudas y de sombras que intentarían separarlos, ambos sabían que su lazo era más fuerte que el olvido, más fuerte que el tiempo… porque lo que el alma no olvida, nunca se pierde del todo.

 

 

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