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El día que volví a verte

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 22 de julio de 2026

Capítulo 4: 

 

Han pasado treinta días. Treinta días que se han sentido como tres años más, como si el tiempo se hubiera detenido el día que me obligaron a alejarme de ella y ahora avanzara con una lentitud que me desgarra por dentro. Cada tarde he recorrido el mismo camino, he pasado por delante de su taller, he visto su silueta entre las cortinas o saliendo a buscar algo al umbral… y me he detenido en la esquina, con el corazón en la garganta, sin atreverme a cruzar la calle.

 

No quería aparecer de golpe. No quería ser yo quien le dijera las palabras que su mente no estaba lista para escuchar. Preferí confiar en el destino, en que esa carta que guardé con tanto miedo y tanto amor dentro de su libro favorito llegaría a sus manos en el momento justo, cuando ella estuviera lista para sentirlo más allá de cualquier explicación. Sabía que al leerla, algo en ella se movería. Sabía que aunque no recordara los nombres ni las fechas, su alma reconocería las palabras que le escribí con todo lo que soy.

 

Hoy es diferente. Al llegar a la calle, veo que la puerta sigue entreabierta, como si hubiera salido solo un instante y hubiera vuelto a entrar con prisa. No hay nadie más. El silencio de la tarde parece estar guardando el momento. Doy un paso, luego otro, y mis piernas pesan como plomo y a la vez parecen no tocar el suelo. Al llegar a la puerta, me detengo y la veo.

 

Está de espaldas a mí, sentada ante la mesa de trabajo, con el libro abierto frente a ella y la carta entre sus dedos. La luz dorada del atardecer cae sobre su cabello, y por un segundo es como si el tiempo se deshiciera y volviera a aquella tarde en que nos conocimos, igual aquí, rodeados de libros y de un silencio que nos pertenecía solo a nosotros. Se la ve tan frágil, tan perdida… y a la vez tan hermosa que me cuesta respirar. Veo cómo sus hombros tiemblan levemente, cómo una lágrima cae sobre el papel y ella la aparta con el dorso de la mano con infinito cuidado.

 

—Sabía que la encontrarías —susurro, y mi propia voz me sorprende, ronca y cargada de todo lo que he callado.

 

Ella se gira de golpe. Sus ojos se abren con sorpresa, luego con duda, y después con esa confusión que me duele más que cualquier golpe. Pero no me echa. No me pide que me vaya. Solo se queda mirándome, como si estuviera tratando de encajar una pieza que lleva años buscando.

 

—¿Tú…? —empieza a decir, y su voz se quiebra—. ¿Eres quien escribió esto?

 

Asiento despacio, temiendo asustarla, temiendo que todo sea un sueño del que despertaré solo.

—Sí. La escribí para ti. Para que si algún día te olvidabas de mí, supieras que nunca dejé de ser tuyo.

 

Doy un paso hacia ella, y esta vez no me detengo. El aire entre nosotros cambia, se llena de ecos: recuerdo su risa cuando le enseñaba a distinguir las edades de los libros, el calor de su mano en la mía cuando caminábamos bajo la lluvia, la forma en que me miraba como si yo fuera la única cosa importante en su mundo. Todo regresa con una fuerza avasalladora, y me doy cuenta de que nunca dejé de vivir en esos recuerdos, aunque ella no estuviera ahí para compartirlos.

 

—No recuerdo nada —dice ella bajito, como si se estuviera confesando un pecado—. No recuerdo tus ojos, ni tu voz, ni tu nombre… pero al leer esto… al mirarte ahora… siento que me falta el aire. Siento que he estado caminando sin saber hacia dónde, y ahora de repente veo el camino.

 

—No necesito que recuerdes —le digo, y siento que las lágrimas me corren por las mejillas sin que pueda detenerlas—. Solo necesito que me dejes estar aquí. Que me dejes volver a ser parte de tu vida, aunque tengamos que empezar desde cero. Yo te enseñaré quién eres. Yo te contaré todo lo que vivimos, y si nada de eso encaja, me iré y no te molestaré más. Pero por favor… no me cierres la puerta todavía.

 

Ella me mira largo rato, y veo cómo en su mirada pasa el miedo, la duda, y luego esa chispa que nunca se apagó del todo. Extiende la mano despacio, igual que yo hice ese día, y sus dedos rozan los míos. Al contacto, siento una descarga que me recorre todo el cuerpo, como si el destino me estuviera diciendo que no me equivoqué, que este es mi lugar.

 

—No sé si sea lo correcto —susurra ella—, pero no quiero que te vayas.

 

En ese instante siento que he recuperado el alma que creí perdida para siempre. Me inclino levemente, respetando su espacio, y respiro su aroma: papel viejo, jazmín y esa esencia única que siempre ha sido ella. Por primera vez en tres años, siento que respiro de verdad. No sé qué nos espera, no sé si seremos capaces de reconstruir lo que el accidente rompió, pero sé que no hay nada en este mundo que me importe más que intentarlo.

 

Estoy tan absorto en esa pequeña y enorme victoria que no noto nada más. No sabe que fuera de esa puerta hay alguien que ha visto todo. No sabe que la sombra que creía alejada sigue ahí, vigilando, esperando el momento justo para separarnos de nuevo. Solo sabe que por fin esta con ella, y que por nada del mundo volverá a soltarla.

 

 

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