Capítulo 26:
(Desde la mirada de Lucas)
La he estado observando durante horas, escondido entre las sombras de los árboles frente a su casa, y cada movimiento suyo me parece la cosa más hermosa y perfecta del mundo. Camina despacio, acariciándose el vientre con esa ternura que me parte el alma y a la vez me llena de una rabia feroz al pensar que no es por mí. Habla sola, o habla con él en su mente, y cada palabra que sale de sus labios es como una aguja que se clava en mi pecho. Pero ya no importa. Ya no importa nada de lo que pasó, ni de lo que dijo, ni de quién cree que es. Ahora por fin será mía. Completamente mía.
He esperado el momento exacto: cuando él sale, cuando los padres no están, cuando la calle queda vacía y solo queda ella, tan frágil y tan hermosa, sin saber que su salvador viene a buscarla. Me acerco despacio, sin hacer ruido, como tantas veces soñé hacerlo. Cuando ella me ve, sus ojos se abren de par en par, llenos de terror, y retrocede como si viera a un monstruo. Pero yo no soy un monstruo. Soy el hombre que la ama más que nadie en este mundo. Soy el único que ha estado ahí cuando todos los demás la abandonaron.
—No tengas miedo, mi vida —le digo con voz suave, aunque siento que me ardo por dentro—. Por fin llegué. Por fin estaremos juntos como debimos haber estado siempre.
—¡Aléjate! —grita ella con voz temblorosa, retrocediendo hasta chocar contra la pared—. ¡Mateo va a volver! ¡No te atrevas a tocarme!
Su grito me duele, me hace daño, pero me hace más fuerte. Sé que solo está confundida. Sé que él le ha metido ideas falsas en la cabeza.
—Él no te quiere de verdad —le digo acercándome paso a paso—. Él solo te quiere para quitarte lo que es mío. Pero yo te voy a cuidar. A ti y a lo que llevas dentro. Seremos una familia perfecta. Nadie nos va a molestar. Nadie nos va a separar.
Ella intenta correr, pero la alcanzo al instante. La tomo entre mis brazos con firmeza, con esa posesión que debí haber ejercido desde el primer día, y aunque ella lucha, aunque me golpea con sus manos pequeñas y débiles, no me duele. Solo siento que por fin la tengo cerca, que por fin su corazón late contra el mío como siempre debió haber hecho. Le tapo la boca suavemente para que no haga ruido, la levanto en brazos y la llevo hacia el coche que tengo preparado. Mientras la acomodo en el asiento y le ato el cinturón, ella me mira con ojos llenos de lágrimas y odio, y yo solo puedo sonreír con una ternura que me consume:
—Ya verás como te vas a dar cuenta. Ya verás como al final me agradecerás que te salve de todos.
(Desde la mirada de Elena)
Todo pasó tan rápido que apenas pude reaccionar. Un momento estaba en la puerta esperando a Mateo, y al siguiente él estaba ahí, con esa mirada que antes me parecía cariñosa y ahora solo me da escalofríos. Cuando me tomó en brazos sentí que el mundo se me venía encima. Grité, luché con todas mis fuerzas, pero era inútil: él era mucho más fuerte, mucho más decidido, y en sus ojos ya no quedaba nada de la persona que yo creía conocer. Solo había una obsesión ciega, una locura que no entendía razones.
Me empujó suavemente al asiento del coche y cerró la puerta con un golpe seco que resonó como un trueno. Cuando se puso al volante, me miró por el espejo retrovisor con una sonrisa que me heló la sangre.
—Vamos a nuestro nuevo hogar —dijo con una alegría que no parecía humana—. Un lugar donde nadie nos encuentre. Donde podamos empezar de cero. Solo nosotros tres.
—No hay nosotros tres —le respondí con voz quebrada, abrazándome a mí misma y protegiendo mi vientre instintivamente—. Esto no es amor. Esto es locura. Lucas, por favor, déjame ir. Piensa en lo que haces. Piensa en el bebé.
—¡El bebé será mío! —gritó de golpe, golpeando el volante con fuerza, para luego volver a su tono suave y aterrador—. Lo criaré como a mi propio hijo. Le enseñaré a amarme como tú debes amarme. Y tú… tú olvidarás a ese hombre malo. Olvidarás todas las mentiras que te contaron. Y volverás a ser la chica dulce y mía que conocí en el hospital.
El camino se me hizo eterno. No reconocía las calles. Todo parecía alejarse más y más de la ciudad, hacia zonas oscuras y solitarias. Yo pensaba en Mateo, en sus padres, en el susto que se llevarían al no encontrarme. Pensaba en la pequeña vida que crecía en mí y en el peligro en el que nos encontrábamos. Y mientras Lucas hablaba solo, diciéndome todo lo que haríamos, todo lo que me daría, todo lo que él creía que yo quería, me di cuenta de que no había lógica en su mente. No había razón. Solo había una necesidad enfermiza de poseerme, de tenerme para sí mismo, aunque tuviera que encerrarnos en una jaula para siempre.
Cuando por fin se detuvo el coche, estaba frente a una casa pequeña, apartada, rodeada de árboles altos que no dejaban ver nada a su alrededor. Al entrar, vi que todo estaba preparado: mis cosas, ropa que él había cogido sin que me diera cuenta, comida, todo lo necesario para vivir allí encerrada mucho tiempo. Lucas cerró la puerta y puso varias cerraduras, y al darse la vuelta, me miró con esa mezcla de adoración y furia que me hacía temblar.
—Aquí estaremos a salvo —dijo acercándose despacio—. Aquí nadie nos va a molestar. Y poco a poco, irás entendiendo que todo lo que hice fue por amor. Un amor tan grande que no permito que nadie te toque, ni te hable, ni te mire. Porque eres mía. Y solo mía.
Me quedé contra la pared, sin fuerzas, sin saber qué hacer, viendo cómo la puerta se convertía en una barrera infranqueable. Y en ese silencio aterrador, solo podía rezar, con todo mi ser, para que Mateo me encontrara antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que la locura de Lucas terminara por destruirnos a los tres.
Pasaron minutos que se me hicieron eternos, apoyada contra la pared, abrazándome el vientre con todas mis fuerzas, escuchando cómo él se movía por la casa con pasos lentos y pesados, como si estuviera disfrutando de cada segundo de este encierro. No había gritos, no había amenazas… y eso me daba más miedo que cualquier golpe. Porque su silencio estaba lleno de esa certeza enfermiza de que ya había ganado, de que ahora yo le pertenecía sin remedio.
Al rato regresa con una bandeja en las manos: sopa caliente, pan, un vaso con jugo. La deja sobre la mesa pequeña y se acerca a mí con esa sonrisa tierna que tantas veces me engañó, pero que ahora solo me hace estremecer de pies a cabeza.
—No has comido nada —me dice con voz suave, casi cariñosa, extendiendo una mano hacia mí que yo esquivo instintivamente—. No puedes dejar de alimentarte. Tú y el pequeño necesitan fuerzas. No voy a permitir que nada les falte.
—No quiero nada tuyo —le respondo con voz quebrada, retrocediendo hasta que la pared me impide seguir—. Déjame ir, Lucas. Por favor. ¿No te das cuenta de lo que haces? Esto no es amor. Esto es una pesadilla. Mateo vendrá. La policía vendrá. Y cuando lo hagan…
—¡Que vengan! —grita de golpe, perdiendo el control un instante, para luego volver a su tono suave y helado como si nada hubiera pasado—. Que vengan si quieren. Pero no nos encontrarán. Y si por casualidad lo hacen… tendrán que pasar por encima de mi cadáver para tocarte. Tú eres mía. Me costó mucho trabajo recuperarte, mucho dolor y mucho sufrimiento, como para dejar que nadie te quite de mi lado ahora.
Se acerca despacio, me toma suavemente de los hombros y me hace caminar hasta la silla, obligándome a sentarme. Me sirve la comida con una delicadeza que me parte el alma, como si realmente estuviera cuidando de lo más preciado que tiene, sin darse cuenta de que está destruyéndonos a todos.
—Comé —me ordena bajito, sosteniendo la cuchara frente a mis labios—. Por favor, mi vida. Hazlo por mí. Hazlo por nosotros. Ya no hay razones para estar triste. Ya no hay mentiras. Solo somos tú, yo y lo que viene. Todo lo demás se olvidó.
Cierro los ojos y las lágrimas me caen sin poder evitarlo. No sé qué hacer. Si lucho, se pone violento. Si obedezco, siento que traiciono a Mateo, traiciono a mí misma y a este bebé que crece en mi interior. Abro la boca y como sin ganas, sin sabor, con la sensación de que estoy tragando mi propia angustia. Él me mira comer con una devoción que da miedo, acariciándome el cabello una y otra vez, hablándome como si fuera una niña pequeña, diciéndome todo lo que haremos, todo lo que me dará, todo el amor que nos tendremos, sin darse cuenta de que sus palabras son cadenas que me aprietan más y más.
—Sabes —me dice de repente, mirándome fijamente a los ojos—, a veces me pregunto qué habría pasado si yo no hubiera estado ahí esa noche. Si no hubiera sido yo quien te encontró entre los hierros retorcidos del coche. Él te habría perdido. Él nunca supo cuidarte como yo lo hice. Y ahora… ahora me das lo más hermoso que existe. Una vida que nace de nuestro amor. Aunque él crea que es suyo… yo lo criaré como si fuera mi propia sangre. Y jamás le diré quién fue su verdadero padre. Jamás le diré que existió alguien que te quiso apartar de mí.
Esas palabras me helaron la sangre.
—No te atrevas —susurré con todas las fuerzas que me quedaban—. No te atrevas a quitarle la identidad a mi hijo. No te atrevas a borrarlo de su vida.
Lucas sonríe, una sonrisa triste y a la vez terrible.
—Yo haré lo que sea necesario para que tú solo me veas a mí. Para que él solo me vea a mí. Y si tengo que hacer desaparecer cualquier rastro de él… lo haré. Ya sabes que soy capaz de todo. Y si no me crees… mira lo que hice para tenerte aquí conmigo.
Se levanta despacio, se acerca a una repisa y toma un objeto pequeño que estaba escondido. Al darse la vuelta, lo veo claramente: es el reloj que Mateo siempre llevaba puesto, el que le regalé yo años atrás, el que nunca se quitaba. Lo sostiene entre sus dedos como si fuera un trofeo de guerra y me mira con esa sonrisa que me parte el alma en mil pedazos.
—Ya no vendrá nadie —me dice con voz baja y segura—. Él no podrá venir a buscarte nunca más.
Se me cae la cuchara de las manos. El ruido seco resuena en toda la casa. Lo miro a los ojos, sintiendo cómo el mundo se me viene encima, y por primera vez desde que me trajo aquí, el miedo se mezcló con un dolor tan profundo que sentí que me moría en ese mismo instante.
—¿Qué le hiciste? —logré preguntar con un hilo de voz, sintiendo que el corazón dejaba de latirme—. ¿Qué le hiciste a Mateo?
Lucas guarda el reloj en su bolsillo y se acerca a mí, acariciándome la mejilla con una ternura que me da náuseas.
—Lo que tenía que hacer para que fuéramos felices —responde simplemente, como si hubiera quitado un estorbo cualquiera—. Ahora ya no hay nadie que nos moleste. Ahora solo existimos nosotros. Para siempre.