Explorar novelas

La verdad construida

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 22 de julio de 2026

Capítulo 5: 

 

Entro al departamento cerrando la puerta con suavidad, como si nada supiera, como si no hubiera pasado la tarde vigilando cada movimiento suyo, cada mirada que le dedicó a él. Me acerco despacio, con esa sonrisa tranquila que he perfeccionado hasta hacerla parecer parte de mi propia piel. Me siento a su lado en el sofá y le paso el brazo por la espalda con esa ternura medida, calculada para hacerla sentir protegida, para hacerla mía poco a poco.

 

—¿Elena? —pregunto con voz suave y cariñosa—. Te veo muy pensativa, perdida en nada. ¿Te pasa algo? ¿Fue un día muy pesado en el taller?

 

Ella se mueve inquieta, juega con los bordes de su blusa y alza la mirada hacia mí con esos ojos que aún no terminan de saber qué es real y qué no. Duda unos segundos, traga saliva y trata de dibujar una sonrisa que no le llega a la mirada.

—No, nada… —responde bajito, bajando la vista al instante—. Solo estoy un poco cansada. Mucho trabajo, nada más.

 

Miente. Yo sé que miente. Sé que lleva el secreto guardado en el pecho como si fuera algo prohibido. Y esa mentira suya me da la excusa perfecta para reforzar lo que yo quiero que crea, para llenar esos huecos vacíos con mi propia verdad. No le reclamo, no le digo que sé lo que ocurrió. Solo asiento con comprensión infinita, le acaricio el hombro y le digo:

—A veces el cansancio hace que las cosas parezcan distintas, que la mente nos juegue malas pasadas… Por eso quiero recordarte lo que tenemos, lo que siempre hemos sido, para que nunca te pierdas.

 

Saco el celular del bolsillo, lo abro con lentitud y se lo pongo entre las manos con mucho cuidado.

—Mira —le digo despacio—. He guardado todo esto para cuando lo necesitaras. Cosas de antes de que te pasara nada, para que veas que no empezamos de cero en el hospital. Ya llevábamos mucho tiempo juntos.

 

Empiezo a deslizar las imágenes: fotos de nosotros en la playa, sentados en una cafetería que le gusta, caminando por el centro de la ciudad, abrazados, riendo. Todas editadas con tal perfección que parecen sacadas minutos antes. Después vienen los pequeños videos: yo le doy un beso en la frente, ella me toma la mano y me dice algo que no se escucha bien pero parece lleno de cariño.

—Estas son de meses antes del accidente —le explico con voz suave pero firme—. Éramos novios, Elena. Nos queríamos mucho, planeábamos muchas cosas juntos. Tú me hablabas de cómo querías ampliar tu taller, de que querías vivir cerca de los árboles… todo eso lo teníamos hablado, todo eso era nuestro.

 

La veo pasar las fotos una y otra vez, con el ceño fruncido, buscando en su memoria algún rastro, alguna imagen que encaje.

—No las reconozco —susurra con voz quebrada—. No recuerdo ninguno de estos sitios, ni estas ropas…

—Claro que no —le respondo acercándome más, tomándole la mano entre las mías—. Por culpa de alguien que no supo cuidar lo que le importaba, o por un descuido terrible, perdiste todo eso. Alguien que te distrajo, que te hizo estar en el lugar equivocado en el momento equivocado… y te arrebató todos esos recuerdos. Pero no te quitó lo que sentíamos. Yo estuve ahí en cuanto supe lo que pasó. Yo no me fui. Yo me quedé esperándote hasta que despertaste.

 

Le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos, mirándola con esa ternura que oculta tanto fuego y tanto control.

—Cuando abriste los ojos en esa cama de hospital, no sabías ni quién eras tú… pero me buscaste a mí. Me agarraste la mano y no la soltaste. Eso no es casualidad, mi vida. Eso es porque aunque tu mente lo perdió todo, tu corazón sabía que yo era el que te cuidaba, el que te amaba de verdad.

 

Ella se queda callada, mirando las fotos una última vez antes de dejar el celular sobre la mesa. Veo cómo la duda empieza a cambiar, cómo la confusión se va mezclando con lo que yo le digo, con la seguridad que le doy. Se apoya en mi pecho despacio, y yo la abrazo con fuerza contenida, sabiendo que estoy ganando terreno.

—No te dejes confundir por nada ni por nadie —le susurro al oído—. Lo que tuvimos, lo que tenemos, es real. Lo demás son solo sombras, recuerdos que no te pertenecen o mentiras de gente que no sabe respetar lo ajeno. Tú estás conmigo. Y yo voy a cuidarte para que nada te haga daño nunca más.

 

Mientras ella cierra los ojos buscando consuelo, yo miro hacia la pared con una frialdad absoluta. No mencioné su nombre. No necesito hacerlo todavía. Solo necesito que ella misma crea que cualquier otra voz, cualquier otra historia, es un error, es una amenaza para lo nuestro. Y lo lograré. Borraré cada rastro, cada recuerdo, cada carta que se interponga en mi camino. Porque ella es mía. Y nadie, absolutamente nadie, va a arrebatarmela

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Jennifer G en el lector de Culto de Papel. Es gratis.