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Donde siempre fuimos nosotros

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 22 de julio de 2026

Capítulo 10: 

 

Todo empieza envuelto en una niebla espesa, pesada, como si mi mente estuviera sumergida bajo el agua y no pudiera salir a la superficie. Escucho voces a lo lejos, muy lejanas, unas veces altas y tajantes, otras veces bajas y urgentes. Reconozco el tono de Lucas, pero hay otra voz que me hace vibrar por dentro, una voz que grita mi nombre con una desesperación que siento como si fuera mía. Intento abrir los ojos, intento moverme para saber qué pasa, pero mis miembros no me obedecen, mis párpados pesan toneladas, y poco a poco esa oscuridad me vuelve a atrapar, arrastrándome hacia un sueño profundo, sin sueños, sin tiempo.

 

Cuando despierto, la luz del sol entra suavemente por la cortina de la habitación. Me siento aturdida, la cabeza me duele levemente, y tengo esa sensación extraña de haber llorado mucho sin recordar por qué. Me siento en la cama despacio, mirando a mi alrededor: todo está en su lugar, todo parece normal… pero yo no me siento normal. Siento que me falta algo, que ocurrió algo importante anoche que mi mente se negó a guardar.

 

La puerta se abre y entra Lucas, con una bandeja en las manos y esa sonrisa tranquila que siempre intenta transmitirme calma. Se acerca despacio y me deja un vaso con jugo sobre la mesa.

—¿Cómo te sientes, mi vida? —pregunta con voz suave—. Anoche te dio un colapso, te desmayaste de repente. Te sentí muy cansada, así que te acosté para que descansaras. No quise llamar a nadie, solo quería que durmieras tranquila.

 

Lo miro y trato de buscar en su mirada alguna señal de lo que sentí anoche, alguna huella de esas voces que escuché… pero no veo nada. Solo veo al hombre que ha estado conmigo desde que desperté sin recuerdos.

—¿Un colapso? —murmuro—. No recuerdo nada… solo recuerdo que estaba muy confundida, y luego… nada.

—Tu mente sigue saturada —me dice acariciándome la frente—. No te preocupes, es normal. Solo necesitas tranquilidad y descanso. Nada malo pasó. Todo está bien.

 

Asiento, aunque esa sensación de vacío no se va. Me levanto, me preparo y trato de seguir con mi día como si nada hubiera ocurrido. Voy al taller, toco los libros, resto el papel, pero mi mente no está ahí. Vuelvo una y otra vez a esa sensación de pesadez, a esa voz que gritaba mi nombre, y no entiendo por qué se me aprieta el pecho cada vez que intento darle una cara a ese recuerdo.

 

A mediodía decido salir a comer algo, necesito tomar aire. Entro a una pequeña cafetería cerca de la plaza, me siento en una mesa junto a la ventana y pido algo ligero. Miro hacia la calle distraída, y entonces lo veo.

 

Está parado afuera, mirando hacia adentro, como si hubiera estado esperando a que yo apareciera. Su rostro se ve cansado, con ojeras marcadas, pero sus ojos brillan con una intensidad que me hace detenerse el corazón. Mateo. Se acerca despacio, abre la puerta y entra. No se acerca de golpe, se queda unos pasos de distancia, como si temiera asustarme.

 

—¿Puedo hablarte un momento? —me pregunta con voz baja, temblando levemente—. Por favor, no te vayas.

 

No sé qué decir, pero tampoco siento ganas de huir. Asiento despacio. Él se acerca un poco más y me mira con esa ternura que me resulta tan familiar y tan ajena a la vez.

—Sé que estás confundida —empieza a decir—. Sé que te han dicho muchas cosas, muchas mentiras. Pero hay un lugar… un lugar que solo nosotros dos conocíamos. Antes del accidente, solíamos ir ahí cuando queríamos estar solos, cuando queríamos olvidarnos de todo el mundo. No te voy a contar nada, no te voy a presionar. Solo te pido que vengas conmigo un momento. Si al llegar ahí sientes que no es tuyo, te dejo volver y no te molesto más. Solo dame esa oportunidad.

 

Lo miro a los ojos y no sé qué me pasa. No debería irme con un extraño. No debería dejarme llevar por palabras que no entiendo. Pero hay algo en él, algo en su forma de mirarme, en su voz, que me dice que no hay peligro, que estoy segura. Y antes de que mi mente pueda encontrar una razón para negarme, ya estoy de pie, recogiendo mis cosas.

—Está bien —digo bajito—. Solo un momento.

 

Caminamos en silencio, lado a lado, sin tocarnos, pero siento que cada paso que damos es un paso que ya he dado antes. Pasamos por calles que parecen conocerse, giramos por callejones que me provocan un cosquilleo en la memoria, hasta que llegamos a un pequeño mirador apartado, con unos bancos de madera y una vista hermosa de la ciudad y los cerros al fondo. Hay unos árboles que nos cubren del sol y del ruido de la gente.

 

En cuanto pongo un pie ahí, un sobresalto me recorre todo el cuerpo. Me llevo la mano a la boca.

—Yo… he estado aquí —susurro con lágrimas en los ojos—. No sé cuándo, no sé cómo… pero sé que he estado aquí contigo.

 

Mateo se acerca despacio, muy despacio, y esta vez sí toma mis manos entre las suyas con una delicadeza infinita.

—Sí —dice con voz quebrada—. Aquí veníamos todas las tardes. Aquí me dijiste que me amabas por primera vez. Aquí prometimos que nada nos separaría jamás.

 

Me quedo mirándolo, y de repente no importan las fotos, no importan las palabras de Lucas, no importa que no recuerde las fechas. En este lugar, con él, todo tiene sentido. Siento que vuelvo a respirar después de tres años de estar ahogándome en un sueño ajeno. Él me mira como si fuera la cosa más valiosa del mundo, y yo me pierdo en esos ojos que mi alma reconoce desde siempre.

 

Se acerca un poco más, hasta que puedo sentir su respiración, hasta que su frente roza levemente la mía.

—No necesito que recuerdes nada ahora —susurra contra mis labios—. Solo necesito que sientas esto.

 

Y entonces me besa. Es un beso suave al principio, lleno de temor y de ternura, y luego se hace profundo, desesperado, como si ambos estuviéramos recuperando todo el tiempo perdido. Y en ese instante, cuando sus labios tocan los míos, siento que se rompe la última cadena que me ataba a la mentira. Cierro los ojos y me dejo llevar, sabiendo con certeza absoluta que aquí es donde pertenezco. Que él es quien siempre ha sido mío. Y que pase lo que pase, nada volverá a ser igual.

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