TITONO
Por: Roberto Chu
—ANDRARADROHARMOSISOPE...
Llegó al mundo con una sonrisa amplia, rodeado de lirios y anémonas: el condenado Titono que nació en un palacio, el condenado Titono que nació en Mitilene. A los cinco meses avanzó por sí mismo, balbuceante, y ya al sexto, articuló el nombre de su padre, el rey Laomedonte. Aquel adelanto mental fue entendido después, no como hazaña aislada, sino como anuncio de una voz futura, desbordada, que terminaría pidiendo tregua tras haber dicho el millón de millones de palabras en su tránsito oral.
—La vida. Amo esta vida. Amo ser jardinero de dicha en este huerto prestado.
Hasta cumplir seis años contó con su madre; luego, la muerte la retiró del mundo y lo dejó en manos de su nodriza. Titono aún la conserva en la memoria, aunque haya muerto hace miles de años, recuerda: las manos rosadas, los besos tibios, los abrazos casi maternos que se retiraron a los doce. Y aunque permanecía el padre junto con una decena de sirvientes para cubrir vacíos y miles de princesas para suplir la falta de gestos de amores...
—Nunca lo lograron.
En la casa de los sabios, hacia el 302 A.C., con dieciséis años, aprendió el lenguaje de la música y la voz del arpa. El tránsito de los dedos, hoy quebrados, calmaba el galope del tiempo. Incluso hicieron menos dolorosa la muerte del padre: a sus veinte. Sucedió a los veinte.
—56, se fue a los 56 años... Viviré la tristeza de su muerte 36 años, como mi hijo y el hijo suyo. Será una buena edad para morir.
A los veintidós conoció a una mujer de cabellos caoba: Andracoma. Dulce en manierismos, ojos cromados con la piel del cielo. Parecían disputar a Venus. Compartieron diez años de paz erótica.
—Amo, amo la vida, amo amar la vida.
Tuvo un hijo, Radamantis, y un perro, Pétrico. Tuvo, sobre todo, un mundo al que llamó esposa, y cuando ella murió; el suyo también...
o eso creyó. Los dioses, siempre existen esos dioses caprichosos.
—Titono, te amo, te amo, te amo, te amo—brotó en los labios de Eos, deidad de la aurora, pregonera de la luz solar. Un año después, durante un paseo de luto espeso, en ese camino inocente, en un instante no previsto, ella tomó su mano, lo acompañó y prometió desatar toda pena. Era hermosa, era la suma de las luces del alba. La carencia pide un fragmento de sonrisas, incluso cuando no es la pieza indicada, a veces encaja.
—Era el hombre más bello en ese entonces. Sus labios me llamaron a devorarlos... Sus brazos eran la descripción de los titanes. Era tan fuerte y joven, en ese entonces...
Eos, con su ascendencia divina, bastaba para quebrar las leyes naturales a las que los humanos estamos sujetos. Pero el reloj siempre será estricto. Lo que se dice e incluso como no se dice puede marcar la diferencia entre una buena vida o una llena de martirio.
Vivir sin final no exime de rendir cuentas al Saturno. La piel se oxida, los cabellos se desprenden, pero entonces él era ignorante de su nueva condición. Era solo un hombre de cuarenta años que vivía con su nueva esposa y con sus dos hijos; uno de ellos nacido de esa segunda concesión de la vida. Ya lo había estrechado contra el pecho con la misma sonrisa entre lirios y anémonas de su primer aliento.
—Harmonos, ¿ese era su nombre? Hijo mío. Sesenta años, viviré sesenta años... Pediré mi muerte y seré feliz mientras tú y tu hermano se despiden y alcanzo a conocer a mis nietos. Moriré con su sonrisa en los párpados.
Los sesenta llegaron. La felicidad persuade con facilidad, más aún cuando cada día se abre con la sonrisa del amanecer. Sus nietos lo tomaban de la mano, lo rodeaban de abrazos. Pero aún faltaban dos rostros: uno de ellos, mortal. Andramaco sería quien lo acompañara en la vejez temprana; la otra, recién nacida, apenas la vería antes del encierro. Eos la llamó Siso y luego la ocultó. Dijo que había nacido enferma, que el linaje híbrido la condenaba. Aseguró que las ninfas le enseñaban lo necesario para subsistir. No era cierto. La diosa oyó a su consorte murmurar una noche:
—Cuando vea a mi segunda nieta… estaré listo para partir.
Pasaron los años, diez exactos. El dolor en la columna se volvió constante; setenta años pesaban sobre sus piernas. Ya no abundaban las sonrisas. El amor se había adelgazado, las visitas también. Sus hijos gobernaban en su lugar: las lagunas mentales eran demasiadas, la mente ya no alcanzaba las decisiones justas. Recordaba con amargura la última: aceptar ayuda, cuando de joven juró no ser nunca una carga.
Algunas noches era más que cuidado. Se entregaba a encuentros y placeres nocturnos. Si no era con la diosa del amanecer, era con las sirvientas; Eos, entre la luna y el carruaje de Helios, las mataba antes de que germinara otra vida. Titono soportaba.
Pero el dolor era excesivo.
—Mi nieta, mi nieta, ¿dónde está, Eos? —lloraba cada noche, sin respuesta. Suplicó, amenazó, imploró, e intentó quitarse la vida. Tomó un cuchillo, lo llevó al cuello, obligó a Eos a ceder. Y un día ella regresó con una niña de cabellos dorados. Lo recuerda. Un alivio breve: Siso le fue entregada. Pero la pequeña no reconocía a nadie, ni siquiera a su madre. Había vivido demasiado tiempo en aislamiento. Ni el afecto logró alcanzarla.
A la mañana siguiente pidió a los sirvientes que lo mataran y que expulsaran a Eos de su reino. Pero el amanecer llegó… y ella los mató. A todos. No hubo fuga de la vida, tampoco del tiempo. El rey seguía vivo.
—Te amé, te amé, te amé, te amé, te amé… Titono.
Eos alejó a su amante del reino. Lejos de su descendencia. Lo confinó en un lugar olvidado junto a Siso, para impedir que volviera a intentar quitarse la vida.
—Siso, tu nieta. Que sea tu nueva razón para vivir. Vive, Titono. Tu debes vivir. Respirar por mí.
A los setenta y cinco años, su primer hijo había muerto y su primer nieto gobernaba la ciudad amurallada de Troya. Titono intentó huir un par de veces. Con sus propias manos golpeó las paredes de la habitación. Sin embargo, con la fuerza que le quedaba, habría necesitado siglos; los tenía, pero la decadencia del cuerpo avanzaba más rápido. Eos lo visitaba de vez en cuando. ¿Cómo podría ella olvidarlo?
Ojalá lo hubiera hecho.
—Te amé, te amé, te amé, Titono.
Le llevaba alimento, pero él lo rechazaba, lo devolvía, se negaba a comer. Ni el hambre pudo con él. Lo padecía día y noche, esperando que fuera suficiente para matarlo, quizá una mañana frente a la odiada Eos. Pero...
—No delante de mi nieta.
Con Siso a su lado recordó al hijo que ya no estaba y a la primera mujer a la que había llamado esposa. Pensó en enseñarle, algún día, a su última nieta qué era el amor, qué era la vida, qué era el dolor. La miró y, aun con la voz reducida a un resto cansado, terminó amándola.
Diez años después llegó una respuesta de su nieta. Y Titono le pidió a Siso lo impensable: que lo ahogara, que lo apuñalara, que pusiera fin a todo de una vez. Las dos primeras tentativas fracasaron. En la tercera intervino Eos. Tomó a la niña del cabello y la estrelló contra la pared. De su sangre brotaron peonías.
—Te amé, Titono, nadie te apartará de mi lado.
Tres mil seiscientos cincuenta y dos amaneceres después, Eos dejó de besarlo. Él nunca supo por qué. Nadie lo supo. La obstinación fue abandonada. Los dioses solo deciden, no explican.
A los noventa y cinco años se mordió la lengua, se levantó de la cama y se lanzó contra la pared, contra el suelo. Repitió el gesto día tras día. No hubo muerte.
—No hubo sangre suficiente ni herida capaz de terminar conmigo.
No recibió visitas. No tuvo familia. No tuvo amantes. Treinta años antes lo habían llevado a un recinto apartado, donde nadie podía oírlo. La sangre se fue agotando y la piel quedó pegada a los huesos, aplastada, vacía de aquello que alguna vez fue un hombre. Su única compañía fue el tiempo, que no se detuvo.
Pasaron cinco años y no murió. Pasaron diez. Pasaron quince. Siguió vivo. Ya nadie lo recordaba.
—Durante ciento veinticinco años extrañé al niño que dijo el nombre de su padre demasiado pronto. Extrañé el rostro de mi madre y el de mi segunda madre. Extrañé al joven que lloró la muerte de su padre, a los veinte. Fue a los veinte. Y viví esa tristeza cincuenta y seis años mientras extrañaba al hombre que perdió a su primera esposa y a su primogénito. Lloré el olvido de la descendencia divina. Lloré a la nieta que no volverá a sentir esta bella vida que, según el orden natural, no debí haber vivido tanto.
Los huesos cedieron con los años. La piel dejó de sostenerse. El cabello perdió su color. Las articulaciones se endurecieron hasta negar cualquier movimiento. Los ojos se apagaron en los amaneceres que Eos seguía llamando y, cuando la luz lo alcanzaba, Titono maldecía el día.
Inmóvil en la cama donde fue dejado, el cuerpo terminó por confundirse con las telas y los algodones. La mujer que le dio vida había sembrado también en él el deseo constante de dejar de sentir.
—Ciento cincuenta años… extraño el amor y padezco el amor, amor, amor... Dolor.
Hacía ya cien años que las palabras no significaban nada. El cuerpo, si aún podía llamarse así, permanecía en una preservación involuntaria. Los huesos, corroídos y frágiles, se redujeron a un polvo calcáreo, resto tenue de lo que alguna vez sostuvo una sonrisa. La piel, apenas un vestigio marchito, se había deshecho décadas atrás en partículas arrastradas por el calor del amanecer.
—Cobarde… cobarde… Tánatos, termina tu labor.
Donde hubo carne quedó sólo una materia adherida al armazón final: una figura inmóvil, cuarteada, un cuerpo trabajado por el tiempo hasta el silencio. Las cuencas vacías ya no miraron ni lloraron. Fueron huecos oscuros, ocupados por restos del pasado. En su interior no quedaba órgano alguno. El corazón, que sostuvo sueños, hijos y nietos, se volvió polvo seco, indistinguible del resto.
—Andra… Radam… Andro… Harmo… Siso… Peonías… ANDRARADROHARMOSISOPE…
Las articulaciones desaparecieron. El polvo se asentó donde antes hubo movimiento. Los nervios se extinguieron. Las neuronas murieron. Pero Titono permanecía.
Así continuó existiendo, cuando la vida se aplazó más allá de toda lógica. Permaneció. Y si no fue de la muerte, lo fue de la tierra. La naturaleza empezó a reclamarlo: musgo, raíces y líquenes se enredaron en lo que quedaba de él, integrándolo al ciclo. Y así siguió, hasta este día, lectores, entre dolores, entre lirios y anémonas, en la ciudad de Mitilene.
—Mil quinientos años… odio… este huerto prestado llamado vida, vida, vida.