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JANTO Y BALIO

Lecturas sibilinas a un Saturno nuevo · por Roberto Chu Maravi · 07 de septiembre de 2026

JANTO Y BALIO

Por: Roberto Chu

 

—En nuestros ojos, Janto, hay espejos de un cielo que solloza, donde brilla la culpa que no nos pertenece, y cada paso que damos, arrastrando el peso de órganos y sangre, es una nada para los caminos que ignoran... Nuestros cascos resuenan tal canto de trueno contra la tierra herida, antaño libres como la brisa, ahora sólo un movimiento instintivo y pavloviano; huida del dolor hasta la marcha bajo el toque del látigo.

—¡No queremos Balio, no ansiamos seguir el camino! Pero el yugo nos pliega, y ese tal dolor nos somete, arrancándonos un aliento que, en otra vida, fue Arcadia.

—¿Lo sientes, Janto? Cada paso es previsible, canción infinita, una vibración memorizada que lleva el peso de algo más que nosotros. Pero no miraremos atrás para descubrirlo. No, ¡no hacia donde el látigo despierta las heridas!

—Lo siento, hermano, lo siento, Balio, lo siento en mis tendones ¡Es un nervio que amenaza con llorar! Pero más temo a la memoria que espera al regreso... temo a las órdenes de Areus. No volvamos. No volveremos. Que el polvo nos oculte. Vayamos hacia el norte... Siempre el norte.

—¿Y si él nos sigue, Janto? ¿Y si no hay rincón donde el azote no nos alcance? El horizonte es vasto, pero su reino siempre fue igual...

—Entonces seguiremos, Balio. Más vale perderse bajo un cielo extraño que en lo conocido de su reino. Si no hay quietud que nos salve; al menos el movimiento, que nos perdone nuestro jinete, será nuestra quietud.

—¿Crees que el hombre nos perdonará, hermano? Somos monstruos forjados a golpes, nuestras patas no llevan sino el mismo dolor que sentimos. Y, aun así, seguimos.

—Él no necesita perdonarnos, Balio. Sólo necesita olvidarnos... Como el anterior a él lo hizo y como lo hará el siguiente y el siguiente... Que nuestras huellas se borren con el viento y que sus cuencas desvíen sus ojos de nuestro trayecto... Que nos perdone nuestro jinete. Pero el camino ya está hecho.

 

***

 

Podría ser color cielo, podría ser color sangre, podría ser color noche, color mar... pero no todos a la vez. Aunque el rastro de las contusiones lo despertaba y, de vez en cuando, lo hacía dormir, se sentía la carga de la abertura acumulada. De tal tamaño que incluso podría un hombre entrar en él: uno pequeño, sí, es seguro. Las pezuñas han pasado por tantos lugares que han conocido enanos y gigantes, delgados y gordos; no creerían la visión de esos cuatro ojos. ¡Es increíble, incluso en su movimiento perpetuo! Desearía el mísero Riocrates tener el panorama de su caballería no comandada, conocer a alguien a quien pueda contarle su travesía. Contarle sus proezas, incluso reírse de la de otros. Quizás la de aquel proclamado rey de los judíos, no en malicia o en vanagloria… No. Solo para hacer valor de las cicatrices que carga consigo; para que no sea un rastro baladí.

Incluso ha conversado con la muerte…

—Hola— y despierta.

—¿Quién eres? — y despierta.

—¡Ayúdame! — quizá no es tan pronto…

Pero los golpes y el derrame de materia gris no ayudan a recordar las charlas con su visitante intermitente. O quizás sea él quien la visite. Si tuviera tiempo, pensaría en esas cosas. Algún día quizás se acostumbre. Aún no llega el día, pero ¿y si llegara?

Recuerda, al menos, los nombres de sus torturadores involuntarios: Janto y Balio. Los corceles forjados por el aliento de Céfiro, que conocieron el peso de manos humanas que, más que guiar, profanaron. Mucho después de las manos en brida de Aquiles, fueron los látigos de Menetes, aquel que nunca midió su rabia, aquella aberración pesada que se cernió sobre sus lomos. Y después fueron las cadenas de Dolion, ese herrero de dedos salvajes, que mordió sus cascos divinos; y aún sus CHAS, CHAS resuenan en sus pesadillas junto a los hacedores de campos.

Riocrates recuerda también al hombre que lo ató a ambas pezuñas. Su nombre era Areus. ¿Y Olous? Oh, Olous, la última tierra que sus pies tocaron sin peso, cuando la épica de los galopes aún no era un castigo. Sí, recuerda el último lugar de paz: Olous.

Y, aunque no se explica la razón por la que su muerte se ha extendido por siglos, les preguntamos a los dioses: ¿por qué?, ¿por qué no existe el tiempo para que tomes aire y expongas el dolor?, ¿y si se diera el instante?, ¿sería el de tu relato estertoroso, apagándose y levantándose ante el proceso de conciencia…? ¿Olvidarías lo que ha pasado en sus nervios casi oxidados? Y, gracias a eso… ¿percibirías algunas cosas más? ¿Paz, razón?

Percibe, sí, la velocidad con la que es arrastrado. A veces celebra los segundos bajo el mar. Es relativamente maravilloso. Es un momento de calma, y considera, que tragar mares y mares de agua es lo menos malo de sus viajes. Si es que existe algo como eso: ¿menos malo? Es asombroso cuando mira a los caballos correr sobre el agua y no hundirse. Pero la primera vez la pensó un alivio. Creyó que se hundirían y cesarían su paso, percibido correctamente, imparable….

—Hola, soy Tánatos— y despierta. Es la cabalgata sobre la arena. Cuando la siente, sabe que ya no está en casa. A veces se pregunta, en la suavidad de la textura arenosa, si ese es su dolor. Siente otro cuerpo, a veces…

—Hola, soy Riocrates— descansa. Despierta.

¿Eres ese u otro cuerpo, otro soldado? Muere y pregunta:

—Tánatos, ¿por qué no me llevas? — muere… Pero lo intenta de nuevo y la muerte hace la síntesis:

—Porque ya lo hice, Héctor.

Pero está despierto, con párpados rotos, despedazados, pero despierto. Recuerda luego el penitente haber recorrido esos lares anteriormente… Quizás hace 3000 años. Quizás dentro de 1000 más. Todo sucede al mismo tiempo. ¡Qué importa! Es como si las ataduras en sus tobillos lo unieran más allá que a las pezuñas de sus torturadores involuntarios.

Pero siente el asfalto, el metal. El cambio de carreteras… Y los niños y niñas, hombres y mujeres, lo miran y gritan. Lo llaman Wallace, Charette, Julián, Cuauhtémoc. Es un espejismo en el viento de la historia. Y muere, y muere, y muere… Y habla: «¿Por qué no me llevas?» Y la respuesta es la misma…

—Porque ya lo hice, Riocrates.

Recorre el cambio de banderas, tierras e infraestructuras… Recorre siglos y no comprende… Y no hay pausa. Todo lo arrastra, le destroza la cabeza… La evolución del hombre, de su entorno, su economía, su sociedad… Lo arrastra y sigue siendo arrastrado. Y su piel se abre, sus huesos se rompen y no hay tregua.

No hay misericordia, y recuerda: asesinar a un joven siempre es un joven… Siempre es un familiar, siempre es la venganza. Y los caballos le hablan, le dicen que llega el día, está cerca. Y no recuerda el día exacto. Piensa que se puede evitar, pero cuando lo evita… ya está atado.

Es como si naciera de esa manera y se viera a sí mismo en el borde del mundo. Cuando llegue el día, cuando llegue el final de todo, incluso de la tierra y las tierras en todo el universo, se mirará a sí mismo en todo el recorrido. Mirará en sus heridas su trayecto, todo el trayecto. Mirará a Héctor, se mirará a él y a otros, y se encontrarán todos. Y dormirá, despertará como lo habrá hecho por milenios y milenios.

—Porque ya estoy muerto, Riocrates— y no entiende ahora—. Porque ya estoy muerto, Héctor— y no comprende, pero lo hará.

Porque cuando llegue el fin de los días y la muerte entienda que un movimiento perpetuo no se puede segar, su labor habrá acabado. Y Riocrates, entre su piel y su cuerpo abierto, verá a una mujer leyendo el futuro… Mirará en sus ojos y se verá a sí mismo…

—Porque ya estás muerto, Riocrates—, y luego será atado a los caballos, a esas dos pezuñas compartidas… Y continuará. Incluso con las cuatro patas en las estrellas, ellos continuarán.

 

***

 

El décimo segundo día de Hecatombeón, una madre preocupada… Muy preocupada, quizás también por su peinado caótico, se me acercó a mí y pidió una litomancia: una lectura a través del lanzamiento de piedras. Quería saber cuál sería el destino de su hijo, quien iba a parar a la Guerra de Cremónides. Mi pecho se abrió en descontrol… Para nada por el gran tamaño de los pectorales o el tamaño de la espada de mi objetivo de lectura, sino al conocer el destino del pobre, pobre joven.

Janto y Balio eran dos caballos inmortales, otrora propiedad del grandioso y sanguinario (y sexy) héroe Aquiles, quien había desatado la ira de su arsenal en el cuerpo del príncipe troyano, hijo de Príamo y Hécuba —e igual de sensual que su adversario—, Héctor. Aquiles, no contento con haberle arrebatado la vida, decidió atar el cuerpo del pobre a las pezuñas de sus dos caballos e injuriarlo en muerte; lo desfiguró y trituró el cuerpo con todo el extenso camino hasta las orillas troyanas. En mi opinión, creo que se pasó un poco.

Los dos caballos, ignorantes de su rol en el sufrimiento del hombre, acompañaron a Aquiles en las futuras batallas hasta el día de su muerte, cuando estos, al ver el fuego que bañaba la ciudad de Troya, dejaron el esbelto y bien diseñado cuerpo del pélida… Se perdieron en la historia, hasta el día de hoy…

En realidad… unos meses más tarde. El tercer día de Pianepsión…

Y empezó, y empezará. Incluso con las patas cuadrúpedas en los mares.

El segundo día de Pianepsión, la madre se llevará a su hijo fuera del país, lo golpeará, quizás jalándolo de la oreja hacia un éxodo a Thera. En el trayecto serán atacados por una flota espartana… El hijo protegerá a la madre, asesinará a un joven… (Porque siempre comienza con un joven). Los soldados se llevarán al hijo a la tierra firme de Olous. La madre no verá lo siguiente. Pero él sí… Lo verá todo y a todos. Porque ya lo hizo… y al final siempre vuelve a estar atado a Janto y a Balio.

Incluso cuando no existan ojos para ver, recordará saborear cada roca, cada ejemplar de fauna y cuerpos acuáticos… Recordará mis ojos mientras lo ven continuar su viaje.

Gracias por acompañarme. Serás tú, junto a mí, quien presencie el fin de los tiempos—Porque ya lo hizo— El segundo día de Pianepsión evitará Thera… Besos, cientos de ellos:

—Todo es por tu bien…—dirá la madre.

Pero siempre acaban en Thera… incluso aunque viajen al sur, siempre irán a su norte porque él…

—Porque ya lo hice… Y al final siempre vuelvo a estar atado a Janto y a Balio.

 

 

El fin

 

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