EL ENSAYO DE MANÍA A LA REBELIÓN EN LA GRANJA
Por. Roberto Chu
La granja Manor tenía el tamaño de una ciudad.
Había establos de cuatro pisos, corrales numerados y un matadero con sala de espera con un gallo de ule en el mostrador que hacía quiquiriquí cuando lo apretaban.
Y en las oficinas, unos cerdos con corbata decidían cuánto debía producir una vaca, cuántas horas podía dormir una gallina y qué parte del maíz pertenecía a animales que jamás habían visto una mazorca.
También había perros. Perros en las puertas. Perros en los caminos. Perros junto a las urnas. Perros vigilando los graneros. Perros sobre perros y algunos otros sobre perr...
El asunto era que el orden en la ciudad tenía colmillos.
Mientras tanto, en la habitación más pequeña del criadero número doce, una cerdita abría y cerraba el broche de su bolsito escolar. Abría. Cerraba. Abría. Cerraba porque ese ruido le permitía no escuchar cómo sus padres regresaban tarde, comían sin levantar la cabeza y se quedaban dormidos antes de preguntarle por su día...
La madre olía a desinfectante industrial. El padre, a polvo de alimento procesado ¿porcino? Pero ambos trabajaban para la misma compañía que vendía el alimento, alquilaba el establo, administraba el agua y cobraba intereses por las camas donde ellos descansaban.
La cerdita escribió sobre su situación:
«Esta granja/ciudad/prostíbulo es una mierda».
Lo escribió una vez más:
ESTA GRANJA ES UNA MIERDA.
La frase no mejoró con las mayúsculas, pero se veía más elegante con ese tono de crayón rosado fosforecente con el que continuó escribiendo...
Dijo que los padres ya no tenían tiempo para sus hijos porque alguien había convertido las horas familiares en propiedad empresarial. Dijo que la competencia honrada no existía porque las grandes compañías se habían asociado con los burócratas, que no eran más que otros cerdos con ropa más elegante y rabos cortos (lo de atrás también). Dijo que los perros administraban el orden con las patas cerrada y que las familias trabajaban sin descanso porque durante años les habían dicho que, si corrían lo suficiente, algún día llegarían a alguna parte.
Nadie había considerado necesario explicarles dónde: los animales más iguales que otros se habían guardado la respuesta y prometieron algún día soltarla del hocico.
Algún día nunca.
Volviendo a lo que nos concierne, la niña también escribió sobre el caballo.
Vivía cerca del molino abandonado y decía llamarse George. Era extranjero, hablaba poco y aseguraba haber aprendido a leer mirando los carteles de los caminos.
PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED.
PROPIEDAD PRIVADA.
PROPIEDAD PÚBLICA.
EL FUTURO EMPIEZA AQUÍ.
TU FUTURO TERMINA EN CASA.
EL PROGRESO EMPIEZA CON TU PAÍS.
Nadie sospechaba (mentira todos sospechaban) que, debajo de la piel equina, respiraba un ser humano llamado George Orwell que estaba allí para registrarlo todo para la segunda parte de su novela: Rebelión en la granja 2: esta vez es personal. Seguía pensando en el título mientras su disfraz se movía mal alrededor de los hombros y podía verse una mano donde debía haber una pata.
Los animales pensaban que era una deformidad; la pequeña cerdita sabía que era un humano con un disfraz ridículo.
Orwell asentía, regresaba al establo y anotaba:
«Incluso cuando ven una mano, prefieren llamarla pezuña».
En Manor existía un departamento encargado de registrar deformidades. Ocupaba tres oficinas y empleaba a doce funcionarios. Después de mandar a esterilzar a Orwell, este dejó una reseña sobre el trabajo literario de la cerdita...
«Terminó su manifiesto frente a la ventana del hambre y la sed. Lo dobló cuatro veces y lo dejó sobre el alféizar para que las futuras generaciones lo beban con los ojos».
Empero, las futuras generaciones nunca llegaron a beber por los ojos (Nadie bebe por los ojos). Y en su lugar, llegó la diosa greiga de la locura, Mania, quien cruzó la ventana con los ojos cubiertos por unas hierbas plateadas.
—¿Me llamaste?
La cerdita negó con la cabeza.
—Solo inundóme una pasión, la cual todavía me horroriza, pero me hizo escribir este panfleto, señora...
—Es lo mismo que escribirme.
Manía tomó el manifiesto. Lo leyó sin mover los labios. Cada oración entró en ella como un pulso óptico dentro de una película de arseniuro de galio: dolor y pensamiento, memoria y rabia en una órbita común, ahí, girando como partículas en un átomo.
—¿Puedes arreglarlo? —preguntó la pequeña.
Manía miró a los padres dormidos. Cansados.
—No—respondió.
La cerdita bajó la cabeza.
—Pero puedo convencerlos para que ellos mismos lo arreglen.
La niña hablaba de la edición de su obra, pero lo que Manía le había prometido también ayudaba.
A la mañana siguiente, las sirenas de las fábricas despertaron a la ciudad-granja.
Las gallinas y las vacas se levantaron; los caballos bajaron la cabeza para recibir los arneses; y las ovejas se alinearon frente a los vehículos de transporte.
Y fue ahí cuando Manía subió al tejado de un granero y pronunció:
—Quédense; sus hijos los necesitan. Familia. Eso es lo que se pierde primero cuando creen que el progreso depende del tamaño de la bandera.
Las palabras caminaron por las calles, los corrales y las tuberías hasta entrar en las casas.
—Quédense en casa.
Una gallina se sentó junto a sus polluelos; una vaca dejó caer el uniforme; y un caballo soltó el arnés.
Familia.
Los padres de la cerdita no salieron. Su madre preparó el desayuno. Su padre permaneció frente a la mesa sin saber qué hacer con tantas horas libres.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—No lo sé—dijo la madre.
—Ahora mírenla —dijo Manía.
Y miraron a su hija.
La cerdita abrió y cerró el broche del bolsito esta vez con una sonrisa.
En la fábrica número siete existía un reloj que adelantaba tres minutos. Nadie lo había reparado porque esos tres minutos, multiplicados por cuatrocientos trabajadores y trescientos días, constituían una cantidad apreciable de trabajo gratuito; la fábrica esperó tenerlos esos tres minutos más dentro aquel día de la revolución, pero los trabajadores no llegaron. El café se enfrió en los despachos y las máquinas conservaron dentro una quietud más profunda que la sangre.
Los empresarios enviaron avisos, amenazas, promesas; pero nadie respondió.
Ya regresaran, de lo contrario se morirán de hambre, dijeron.
Sin embargo, Manía ya lo tenía cubierto:
—Ahorros y trueque. Dos semanas. Solo dos semanas y ya verán, esos burócratas.
Había escogido una buena fecha. En tres días más comenzaría la campaña electoral y en ocho, las votaciones.
Para incentivar el voto, los cerdos pegaron carteles de sí mismos en las paredes. Para contrarrestar el proselitismo y autobombo, Manía caminó entre los animales y susurró otra idea día y noche:
—Entre los ensayos más lúcidos que he leído... me llevó uno a la inutilidad que es el sufragio y la democracia; ¿por qué votaríamos para que nuestro verdugo realice su labor en nuestras cabezas? ¿Por qué por el mismo colmillo en el cuello con otro rostro? Deberíamos escoger a la familia y al amor por encima de la filosofía, el poder y el egoísmo. Ese es el camino familiar.
El pensamiento pasó de hocico en hocico.
—No iré.
—No iremos.
—Qué se vayan a la mier...
Las urnas se abrieron ese día y nadie se acercó a ellas. Los perros vigilaron el vacío mientras se mascaban las pelotas. Y, en sus oficinas, los candidatos pasaron de la calma a la irritación, y de la irritación al miedo.
George Orwell, bajo su piel de caballo, escribió sobre el hecho:
«Una urna vacía hace más ruido que una multitud obediente».
Quedó así hasta llegar el incidente de los impuestos.
Aquel noveno día de insubordinación, la administración exigió el pago del agua, del suelo, de los establos y del aire filtrado por las chimeneas mientras mandaban a los percentores tocar de puerta en puerta.
Manía les dijo (a través de otras bocas):
—No pagaremos por aquello que la madre naturaleza otorga sin colas ni papeleos. No es culpa nuestra que hayan monopolizado el servicio para comercializar con ella.
La frase se extendió.
—No pago.
—No pagamos.
—No.
—Váyanse a la mier...
Una oveja guardó sus monedas, seguida de otra y otra, hasta que fueron tresecientas (todas en la ciudad). La supresión del miedo debía ser completa para evitar la decoherencia. Una cantidad mínima de obediencia podía introducir efectos no lineales en la multitud. Por eso Manía caminó de casa en casa repitiendo la palabra:
—Desobediencia civil.
Los cerdos golpearon las mesas.
—¡Trabajen!
No.
—¡Voten!
Nop.
—¡Paguen!
Nopiti nopiti no.
Ante la insolencia mandaron a los perros quienes salieron de noche. Derribaron puertas, arrastraron ovejas por las calles y persiguieron a quienes guardaban pan para mayo. Mordieron a una cabra frente a sus hijos para que todos comprendieran que el orden seguía teniendo dientes.
Durante varias horas, la ciudad se hizo pis encima. Nadie sabía que hacer... estaban apunto de ceder hasta que...
—¿Qué palabra dirás ahora?— la cerdita preguntó.
—Ninguna sociedad se salva con simples palabras— Manía contestó para luego inclinarse y hablar junto a la oreja porcina:
—Empatía.
La niña repitió:
—¿Empatía?
La palabra era difícil. Exigía mirar el dolor ajeno hasta descubrir que el corazón era una isla con una superficie unida a otros continentes. Suena cursi, sí... también difícil, pero alguien tenía que dar el primer paso...
Ese alguien fue la cerdita quien fue a cuidar a la cabra herida por la fuerza de choque estatal. Sus padres, antes improductivos ante las muestras de emociones ajenas, llevaron comida para ayudar con la labor de su hija.
Y fue así como una muestra de amor nos hizo escribir un recurso literario que encontrarías fácilmente en un libro de auto-ayuda y deberías insertar aquí.
—Empatía.
Y las gallinas escondieron a los perseguidos debajo de la paja. Las vacas compartieron leche. Los caballos bloquearon las avenidas con sus cuerpos. Las aves llevaron mensajes de tejado en tejado.
—Empatía.
—Empatía.
—Empatía.
No preguntes por quién doblan las campanas... En la ciudad-granja doblaban por la puerta ajena y por la propia, por el animal perseguido y por quien había guardado silencio mientras lo perseguían; ya para cuando los perros regresaron, se encontraron un solo ejercito aglomerado en una sola casa por donde los perros intentaron avanzar; y, sin embargo, por donde los caballos le cerraron el camino; por donde las cabras ocuparon los puentes; por donde los toros derribaron las barreras; y por donde las aves cubrieron el cielo hasta volver inútiles los refuerzos.
Algunos perros se negaron a perder sus privilegios. Otros observaron a la multitud hasta que uno dejó caer los colmillos postizos que llevaba entre los dientes.
Los animales no lo despedazaron. No corrió sangre ese día. Solo les quitaron los uniformes, los collares y las llaves. Los expulsaron de los puestos de vigilancia y les ofrecieron quedarse únicamente si aprendían a vivir sin decidir el miedo de los demás.
Pocos se quedaron.
Sin trabajadores, sin impuestos, sin votos y sin perros que defendieran sus oficinas, los empresarios descubrieron que su poder no estaba dentro de ellos. Había vivido en las patas de quienes trabajaban, en las bocas de quienes obedecían y en las familias que habían permanecido separadas.
Los burócratas se encerraron en el edificio central. Los cerdos se asomaron a las ventanas. Abajo, el país avanzaba; y por lo tanto, avanzaban familias, madres con hijos, padres con hijos. Animales heridos sostenidos por animales que apenas conocían. Todos caminaban juntos, sin dejar a nadie atrás.
Los cerdos intentaron negociar. Prometieron reducir las horas. Devolver una parte del grano. Cambiar a los perros. Cambiar los uniformes por unos más rosados. Cambiar las palabras por algunas más inclusivas. Pero ya nadie más creía en sus palabras.
Aquella noche huyeron en los mismos vehículos con los que transportaban a los trabajadores. Se llevaron maletas, contratos y medallas. Dejaron las oficinas encendidas. Oficinas donde ya no quedaba nadie.
George Orwell observó la partida desde el molino. Se quitó por un momento la cabeza de caballo para respirar mejor y escribió:
«Los animales descubrieron que los más iguales solo eran más iguales mientras los demás aceptaban ser menos».
Manía estaba detrás de él.
George cubrió rápidamente su cabeza con el disfraz.
—Puedo explicarlo.
El escritor cerró su cuaderno.
En la distancia, la cerdita que llamó a Manía sin saberlo cenaba con sus padres. El bolsito permanecía cerrado sobre una silla. Ya no necesitaba escuchar el cierre para evitar la carencia en el corazón y lágrimas en los ojos —o frases cursis como esta—.
Manía miró las ventanas, los tejados y las calles que volvían a pertenecer a quienes las habitaban.
—Si tan solo fuera igual de fácil hacerlo con los otros animales de dos patas.
George levantó el lápiz para anotar la frase, para preguntarle a la diosa su nombre...
Pero Manía ya se alejaba...
—Gracias—fue lo último que George le dijo a la locura quien cruzó los cultivos, pasó junto a las fábricas detenidas y salió de la ciudad-granja.
No se fue más allá del firmamento. Solo dejó a los animales esperándola junto a la ventana, por si alguna noche la empatía empezaba a olvidar su nombre.