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EL MONÓLOGO DE LA LOCURA

Lecturas sibilinas a un Saturno nuevo · por Roberto Chu Maravi · 07 de septiembre de 2026

EL MONÓLOGO DE LA LOCURA

Por: Roberto Chu

Humanidad, por ayudarla, por eso me llamaron loca y me diagnosticaron de bondad; la mala costumbre ¡necia! de seguir regando un jardín que ya nadie, ni siquiera los dioses pueden ayudar a florecer.

Soy la hija de la idiotez. La hija de un jardín destinado a congelarse. Hija de un clima bastardo que nevó cada noche sobre lo que antes era mío, solo para verme regar amor un poco, y que la helada sobre los hombros de mis hijos cambie sus rostros: hielo agudo, iceberg entero metido entre las horas de sus días.

Soy la hija de un domingo en el que el Señor granjero fue expulsado de la tierra y dejó a los cerdos continuar sus papeles sin que nadie los mire desde arriba. *OINNK*, *OINK*. Desde entonces cada día los hocicos se quitan la máscara y el traje de padre y rezan sin adorno al látigo solo para sostenerse en el papel del mendigo laborante un día más.

Hay cosas que tenían sentido para esta niña, y hay quienes robaron ese sentido y lo tiraron lejos. Unos se fueron a la taberna con rabia, otros al mercado a comprar pan, papeles, quizá algo de conocimiento. Otros muchos, astutos y malvados, cargaron las arma. Algunos enloquecieron o murieron. Otros siguen ahí, llorando, preguntándose si hubo alguna vez un sentido en la niñez.

Y los que no lloran o no se hacen filósofos eternos pegados a hacerse preguntas, las hacen al resto. ¡Son los dueños del dinero que se sientan en la misma mesa que administra las leyes! Son los padres del vestido de alabastro, de tiza, de un blanco de leche que no ensucia nunca. Querían ser pavos reales. Son solo ladrones disfrazados de reyes y de presidentes, que con las manos sucias prohibieron la locura de los que antes bailaban sobre el vientre de la madre Natura, de los que antes en el banquete grande, guardaban su amor suspendido en el aire.

El amor a las familias que arrastran los patas hacia otra granja, las patas que enseñaron a ignorar el camino de la muchedumbre para que no se las lleven según su ajeno humor. Corren con la plenitud de la testa y una sola pata, cansadas de la repetición, protestando sin saberlo contra el mismo giro en el día del sufragio. 

¡Oh, sufragio entre esos embusteros!

Prometieron entregarle al animalito pequeño, que lleva dentro el hambre, a la primera mujer o al primer hombre que encuentren en la ruta, con tal de aligerarle el peso de medio mundo. 

Así era el futuro.

Felizmente, yo puse el progreso en la heladera, junto a las zanahorias: ahí está mejor, quieto, sin pudrirse. Y el pasado y sus promesas las tiré todas al inodoro; las dejé todas en el agua corriendo días y días, para cortarle el camino de vuelta... Completamente blanco, y me olvidaron encerrada aquí, con tuétano de tinta soplado hasta los huesos. Palabras de hielo clavadas una a una en los glóbulos de la sangre.

Dijeron que nos salvarían a todos. Mientras tanto, cae el granizo como confites sobre la flor —polen, cáliz, receptáculo, estambre, pistilo— sobre lo que antes fue una inundación de flores y hoy solo es blanco cayendo, vacío cayendo sobre esta hija del invierno.

¡Cuánto nieva esta noche de locura!

¡Cuánto duele esta noche de locura en que te digo, humanidad, te amo tanto, eres mi padre!

Te perdono.

Gracias por el frío, humanidad.

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