"Los dioses pueden contemplar el curso de los siglos. Los hombres solo viven un instante. Y, sin embargo, a veces es ese breve instante el que decide el destino de toda la eternidad."
Pasaron los siglos.
Después los milenios.
El tiempo continuó avanzando con la serenidad de un río imposible de detener.
Los árboles nacían de pequeñas semillas, crecían hasta rozar el cielo y terminaban convirtiéndose en polvo que alimentaba nuevos bosques.
Los mares cambiaban lentamente la forma de los continentes.
Las montañas se quebraban bajo el peso de los inviernos.
Las estrellas seguían ocupando el mismo lugar desde donde contemplaban el destino del mundo.
Solo una cosa permanecía inmutable.
El Pacto del Equilibrio.
Los Siete Guardianes continuaban velando por Elyr.
No como gobernantes.
No como jueces.
Sino como silenciosos protectores de una creación cuya mayor virtud seguía siendo la libertad.
Y precisamente por esa libertad...
La humanidad comenzó a olvidar.
Las generaciones sucedieron a las generaciones.
Los relatos de la Primera Era fueron transformándose en leyendas.
Las leyendas terminaron convertidas en cuentos.
Y los cuentos acabaron siendo considerados simples supersticiones.
Los nombres de Elarion, Sylvara, Vael, Asteria, Veridion, Elyndra y Morthael aún eran pronunciados en algunos templos.
Pero muy pocos comprendían quiénes habían sido realmente.
Los sacerdotes discutían sobre antiguas escrituras que casi nadie sabía interpretar.
Los reyes invocaban a Elarion antes de cada coronación.
Los guerreros rezaban a Vael antes de entrar en batalla.
Las madres pedían protección a Sylvara cuando un hijo enfermaba.
Los ancianos hablaban en voz baja de Morthael al despedirse de quienes partían hacia el Último Umbral.
Sin embargo...
La esencia del antiguo Juramento había comenzado a desvanecerse.
Los hombres seguían recordando los nombres.
Pero habían olvidado su significado.
Y cuando el significado desaparece...
Los nombres dejan de proteger.
Muy lejos del mundo de los mortales...
Los Guardianes observaban aquel lento cambio.
No existía tristeza en sus rostros.
Existía aceptación.
Ellos sabían que la memoria era frágil.
Era el precio inevitable del paso del tiempo.
Fue entonces cuando Elyndra rompió el silencio.
—Cada vez recuerdan menos.
Su voz estaba impregnada de una melancolía imposible de ocultar.
Sylvara acarició una pequeña flor que había brotado entre las piedras blancas del Reino Celestial.
—Olvidan nuestros nombres...
Pero aún aman.
Mientras una madre siga abrazando a su hijo...
Mientras un desconocido ayude a otro sin esperar recompensa...
Mientras exista alguien dispuesto a sacrificarlo todo por otra vida...
Nuestro juramento seguirá vivo.
No importa si nadie vuelve a pronunciar nuestros nombres.
Elarion sonrió levemente.
—Los templos pueden caer.
Las estatuas pueden convertirse en polvo.
Pero la justicia jamás necesita un altar para existir.
Veridion añadió con serenidad.
—Ni la verdad necesita testigos.
Porque incluso cuando todos mienten...
Ella continúa siendo la misma.
Las palabras de sus hermanos devolvieron cierta calma al salón.
Pero no a Morthael.
El Guardián del Último Umbral permanecía contemplando el interminable río de almas.
Durante miles de años había recibido reyes y mendigos.
Sabios y asesinos.
Niños que apenas habían comenzado a vivir.
Ancianos que habían contemplado varias generaciones.
Nunca había hecho distinciones.
La muerte igualaba a todos.
Sin embargo...
Algo estaba cambiando.
Las almas llegaban más pesadas.
No porque hubieran cometido más pecados.
Sino porque morían cargando un peso diferente.
Arrepentimiento.
Muchos lamentaban no haber amado lo suficiente.
Otros comprendían demasiado tarde el daño que habían causado.
Algunos morían convencidos de que el mundo era incapaz de albergar justicia.
Aquello preocupaba a Morthael.
Porque cuando demasiadas almas abandonaban la vida creyendo que la justicia no existía...
El Equilibrio comenzaba a debilitarse.
No por voluntad de los dioses.
Sino por decisión de los hombres.
Mientras tanto...
En algún lugar donde la luz jamás llegaba...
Morghul sonreía.
No necesitaba conquistar ciudades.
Ellas caerían por sí solas.
No necesitaba levantar imperios.
Los hombres lo harían en su nombre sin siquiera conocerlo.
Bastaba con una pequeña grieta.
Una injusticia.
Un resentimiento.
Una ambición ignorada.
Una humillación.
El resto nacía por sí solo.
Porque la oscuridad nunca entra derribando una puerta.
Entra cuando alguien la deja pasar.
—Pronto...
susurró.
La palabra apenas alteró el vacío.
—Todavía no...
respondió una voz surgida de las sombras que lo rodeaban.
No era un servidor.
No era un dios.
Era una de las incontables entidades nacidas de la corrupción de las almas.
Una criatura sin nombre.
Sin voluntad propia.
Una simple extensión del poder de Morghul.
—Los hombres aún conservan demasiada esperanza.
Morghul cerró lentamente los ojos.
—Precisamente por eso vencerán primero.
La desesperación solo florece en aquellos que alguna vez conocieron la esperanza.
Después abrió nuevamente los ojos.
En ellos no existía ira.
Solo una paciencia infinita.
—Esperaremos.
Siempre esperamos.
Porque el tiempo...
Siempre termina trabajando para nosotros.
Asteria observó el tejido del destino.
Los hilos continuaban moviéndose.
Millones de posibilidades nacían y desaparecían a cada instante.
Sin embargo...
Uno de aquellos hilos brilló con una intensidad diferente.
Era apenas un destello.
Tan pequeño que cualquier otro habría pasado por alto.
Pero ella lo reconoció inmediatamente.
No pertenecía a un rey.
Ni a un héroe.
Ni siquiera a un hombre famoso.
Era el hilo de un niño que aún no había nacido.
Asteria sonrió.
No porque conociera su destino.
Sino porque comprendía que incluso los futuros más extraordinarios siempre comenzaban de la misma forma.
Con un nacimiento.
Morthael también percibió aquel brillo.
Por primera vez desde la visión del Salón del Primer Juramento...
Sintió que el tiempo comenzaba a avanzar hacia el momento anunciado por la profecía.
No habló.
Los Guardianes no intervenían en los designios de Asteria.
Pero comprendió una verdad.
El hombre que algún día sostendría sobre sus hombros el destino del Equilibrio...
Ya no pertenecía únicamente al futuro.
Su historia estaba a punto de comenzar.
Mucho tiempo después...
Cuando las generaciones hubieran olvidado incluso los nombres de los antiguos héroes...
Cuando los reinos se alzaran unos contra otros por orgullo y ambición...
Cuando la corrupción comenzara a extenderse como una enfermedad silenciosa...
En el extremo occidental del continente de Elyr surgiría un reino conocido por su disciplina, su prosperidad y la aparente rectitud de sus gobernantes.
Un reino llamado...
Arken.
Sus murallas serían admiradas por todos.
Sus ejércitos serían respetados.
Sus leyes serían consideradas ejemplo de honor.
Nadie imaginaba que, bajo aquella apariencia de estabilidad, ya comenzaban a formarse las primeras grietas.
No eran visibles.
Ni siquiera peligrosas.
Todavía.
Pero toda gran tragedia comienza con una fisura que nadie considera importante.
Y mientras los nobles celebraban banquetes...
Mientras los soldados juraban lealtad a la corona...
Mientras el pueblo confiaba plenamente en la justicia de su rey...
Morghul ya había comenzado a sembrar, en los corazones adecuados, la más pequeña de las semillas.
No necesitaba apresurarse.
Conocía el desenlace.
Sabía que el árbol de la corrupción tardaría años en crecer.
Pero también sabía que, cuando extendiera sus raíces...
Sería demasiado tarde para arrancarlo.
Fue en aquellos días...
Cuando el viento aún llevaba el perfume de los bosques.
Cuando las campanas anunciaban la paz en lugar de la guerra.
Cuando un niño podía correr libremente por los campos sin conocer el significado del miedo.
Que, en una humilde casa del reino de Arken...
Nació un niño.
No hubo señales en el cielo.
No descendieron ángeles.
No se escucharon voces proféticas.
Solo el llanto de un recién nacido.
Y la sonrisa emocionada de unos padres que ignoraban por completo que acababan de abrazar al hombre cuya promesa cambiaría el destino del mundo.
Su nombre era...
Aldren.
Todavía no era un caballero.
Todavía no conocía la pérdida.
Ni el sacrificio.
Ni la desesperación.
Solo era un niño.
Y precisamente por eso...
La esperanza seguía intacta.
Porque incluso el destino más extraordinario comienza con algo profundamente humano.
Un primer aliento.
Un primer abrazo.
Una familia.
Un hogar.
Sin saberlo...
El tablero del destino acababa de colocar a la última pieza.
Y, desde algún lugar donde la luz y la oscuridad jamás dejaban de enfrentarse, los Guardianes contemplaron en silencio el inicio de una historia que cambiaría para siempre el curso de los mundos.
No sabían si aquel niño se convertiría en el salvador anunciado por la profecía.
Tampoco sabían si terminaría sucumbiendo al mismo dolor que había destruido a incontables hombres antes que él.
Porque ni siquiera los dioses podían contemplar el final de una historia escrita por un corazón verdaderamente libre.
Solo había una certeza.
El Equilibrio había encontrado a su futuro guardián.
Y las sombras...
También.
Así comenzó una historia que los bardos cantarían durante generaciones.
La historia de un hombre que perdería todo cuanto amaba.
De un caballero cuya fe sería puesta a prueba por la traición.
De un padre cuyo corazón sería quebrado por la crueldad del mundo.
Y de una promesa tan poderosa que ni el tiempo, ni la muerte, ni la oscuridad serían capaces de destruirla.
Porque, aunque los hombres aún no lo sabían...
El verdadero enemigo nunca había sido la muerte.
Siempre había sido el olvido.
Y mientras existiera alguien dispuesto a recordar...
La esperanza jamás desaparecería.
Así comienza la leyenda del Caballero de la Muerte.