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Capítulo I: El Caballero del Alba

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 27 de julio de 2026

"No existe armadura capaz de proteger el corazón de un hombre que ama."


El alba siempre llegaba antes que el sonido de las campanas.

Era una costumbre tan antigua como el propio Reino de Arken.

Cuando las primeras luces del sol comenzaban a teñir de dorado las montañas orientales, la ciudad despertaba lentamente como un gigante adormecido.

Las panaderías abrían sus puertas dejando escapar el aroma del pan recién horneado.

Los herreros avivaban sus fraguas mientras las primeras chispas ascendían hacia el cielo aún gris.

Los comerciantes preparaban sus puestos en la plaza principal.

Y, mucho antes de que todo aquello ocurriera, en el patio de entrenamiento del castillo ya resonaba el inconfundible choque del acero.

—¡Otra vez!

La voz grave del instructor atravesó el aire.

Dos jóvenes caballeros levantaron sus espadas casi al mismo tiempo.

El acero chocó.

Uno perdió inmediatamente el equilibrio.

El otro avanzó con decisión.

Un movimiento.

Otro.

Un tercer golpe.

La espada salió despedida.

El muchacho derrotado cayó sentado sobre la tierra húmeda mientras respiraba con dificultad.

El instructor negó con la cabeza.

—La fuerza jamás sustituirá a la disciplina.

Los demás aprendices permanecieron inmóviles.

Nadie quería convertirse en el siguiente.

Entonces una sombra apareció detrás del instructor.

No hizo ruido.

No necesitó anunciar su presencia.

Bastó con verla para que todos los soldados enderezaran la espalda.

—Capitán Aldren...

El instructor inclinó respetuosamente la cabeza.

Aldren respondió con una leve sonrisa.

Vestía la armadura plateada de la Guardia Real.

No estaba adornada con joyas.

Ni con grabados ostentosos.

Solo llevaba el escudo de Arken grabado sobre el pecho.

El mismo escudo que había protegido durante más de dos décadas.

Su cabello castaño comenzaba a mostrar algunas hebras plateadas.

Las cicatrices marcaban discretamente su rostro y sus manos.

Cada una contaba una historia.

Pero ninguna era exhibida con orgullo.

Las llevaba con la misma humildad con la que un agricultor contempla las arrugas nacidas tras una vida de trabajo.

Su sola presencia transmitía tranquilidad.

Jamás imponía respeto mediante el miedo.

Lo hacía mediante el ejemplo.

 

Uno de los aprendices reunió el valor suficiente para hablar.

—Señor...

Aldren volvió la mirada.

El muchacho no debía tener más de dieciséis años.

Sus manos aún temblaban después del combate.

—¿Sí?

—¿Es verdad que usted derrotó solo a doce mercenarios durante la Guerra del Norte?

Varias sonrisas aparecieron entre los demás jóvenes.

Aquella historia era casi una leyenda dentro del reino.

Aldren soltó una pequeña risa.

—No.

Los muchachos se miraron confundidos.

—Eran once.

Las carcajadas estallaron inmediatamente.

Incluso el instructor terminó sonriendo.

—¿Entonces la historia era cierta?

Aldren negó despacio.

—No exactamente.

Se acercó al muchacho que seguía sentado sobre la arena.

Le ofreció una mano.

El joven dudó un instante antes de aceptarla.

Cuando estuvo nuevamente de pie, Aldren habló con absoluta serenidad.

—Lo que la gente recuerda siempre termina siendo más grande que lo que realmente ocurrió.

—Pero... ¿usted ganó?

—Sobreviví.

La diferencia es importante.

Los jóvenes guardaron silencio.

Aldren continuó.

—Aquellos hombres no eran monstruos.

Eran soldados como nosotros.

Tenían familias.

Tenían miedo.

Tenían sueños.

Simplemente luchaban bajo un estandarte diferente.

Uno de los aprendices preguntó:

—¿Nunca odió a sus enemigos?

Aldren tardó varios segundos en responder.

—Cuando era joven...

Sí.

Creía que todos los hombres del reino enemigo eran malvados.

Hasta que vi morir a uno de ellos.

Los jóvenes escuchaban atentos.

—Tendría mi misma edad.

En una mano llevaba la espada.

En la otra...

Una pequeña muñeca de madera.

Quedó en silencio.

El viento movía lentamente las banderas del castillo.

—Comprendí demasiado tarde que no era un monstruo.

Era un padre.

Desde entonces prometí no olvidar nunca que antes de ser soldados...

Somos personas.

El instructor observó a los aprendices.

Todos permanecían completamente inmóviles.

Ninguna lección con espadas habría podido enseñarles tanto como aquellas pocas palabras.

 

Mientras abandonaba el patio de entrenamiento, un pequeño grupo de soldados comenzó a seguirlo.

No porque se les hubiera ordenado.

Sino porque era costumbre caminar junto a él.

Uno de ellos rompió el silencio.

—Capitán.

¿Es cierto que hoy llega la delegación de Varelia?

—Eso parece.

—Dicen que traerán un tratado de paz.

Otro soldado soltó una carcajada.

—También dijeron eso hace cinco años.

Y acabamos luchando durante tres inviernos.

Algunos rieron.

Aldren no.

Observaba las murallas del reino.

Después respondió.

—Mientras exista una posibilidad de evitar una guerra...

Siempre valdrá la pena escuchar.

El soldado sonrió.

—Por eso todos lo respetan, capitán.

Porque aún cree en esas cosas.

Aldren levantó una ceja.

—¿Qué cosas?

—La justicia.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Aldren miró el enorme estandarte de Arken ondeando sobre la torre principal.

Durante unos instantes pareció regresar veinte años atrás.

Recordó el día en que juró servir al rey.

Apenas era un muchacho.

Su armadura le quedaba grande.

Las manos le temblaban.

Pero su voz jamás vaciló.

"Juro proteger este reino incluso a costa de mi propia vida."

Nunca rompió aquel juramento.

Ni una sola vez.

 

El salón del consejo era inmenso.

Las columnas de mármol ascendían hasta perderse entre enormes bóvedas decoradas con pinturas de antiguas victorias.

En el centro se encontraba el trono del rey.

Sentado sobre él estaba Edric III, soberano de Arken.

Su barba comenzaba a encanecer.

Su rostro mostraba el cansancio de los años.

Pero sus ojos conservaban la serenidad de quien había gobernado durante décadas.

Cuando Aldren entró en la sala, el rey descendió del trono antes incluso de que pudiera arrodillarse.

—No.

Cuántas veces tendré que decirte que dejes de hacer eso cuando estamos solos.

Aldren sonrió.

—Mientras usted sea mi rey...

Siempre me arrodillaré.

Edric negó con resignación.

—Y por eso jamás conseguiré cambiarte.

Ambos rieron.

La relación entre ellos iba mucho más allá del protocolo.

El rey había visto crecer a Aldren.

Lo había nombrado caballero con sus propias manos.

Había celebrado su boda.

Había cargado en brazos a su primer hijo.

Más que un capitán...

Era parte de su familia.

—¿Cómo está Líria?

preguntó el monarca.

Una luz distinta apareció inmediatamente en el rostro del caballero.

—Como siempre.

Insiste en que trabajo demasiado.

—Tiene razón.

—Lo sé.

—¿Y los niños?

Aldren dejó escapar una risa llena de orgullo.

—Eryn dice que quiere ser caballero.

Edric sonrió.

—¿Y la pequeña?

—Lyanna asegura que será reina.

Los dos hombres soltaron una carcajada.

—Entonces será mejor que empiece a prepararme para obedecer sus órdenes.

Aldren inclinó ligeramente la cabeza.

—Majestad...

Gracias.

El rey lo miró confundido.

—¿Por qué?

—Por permitirme volver siempre con ellos.

Edric permaneció unos segundos en silencio.

Después apoyó una mano sobre el hombro del caballero.

—No.

Gracias a ti.

Porque mientras existan hombres como tú...

Este reino seguirá teniendo esperanza.

Ninguno de los dos podía imaginar que aquellas palabras serían recordadas con amargo dolor muchos años después.

 

Al caer la tarde, Aldren abandonó finalmente el castillo.

No tomó el camino principal.

Nunca lo hacía.

Prefería atravesar el mercado.

Todos lo conocían.

Los comerciantes lo saludaban por su nombre.

Las ancianas le regalaban frutas.

Los niños corrían tras él fingiendo blandir espadas de madera.

—¡Capitán!

¡Capitán!

¡Míreme!

Un niño levantó una espada construida con dos ramas atadas mediante un trozo de cuerda.

—¿Qué te parece?

Aldren tomó el improvisado arma.

La examinó con absoluta seriedad.

—Excelente equilibrio.

El pequeño abrió los ojos sorprendido.

—¿De verdad?

—Solo le falta algo.

—¿Qué?

Aldren le devolvió la espada sujetándola por la empuñadura.

—Un hombre honorable que la sostenga.

El niño sonrió con un brillo imposible de describir.

—¡Lo seré!

—Entonces ya tienes la mejor espada del reino.

Los padres observaron la escena con emoción.

Aquello era Aldren.

El hombre al que todos admiraban.

No por las guerras que había ganado.

Sino por la paz que inspiraba.

 

Cuando el sol comenzó a ocultarse tras los bosques occidentales, el caballero abandonó la ciudad.

Su caballo conocía el camino de memoria.

No necesitaba ser guiado.

Avanzó por senderos cubiertos de flores silvestres, atravesó un pequeño puente de piedra y llegó a una humilde colina donde una casa de madera descansaba rodeada por un jardín lleno de lirios blancos.

Antes incluso de desmontar...

La puerta se abrió.

Una mujer salió corriendo.

Su vestido azul se agitaba con el viento.

Su largo cabello oscuro danzaba sobre sus hombros.

Y en sus ojos brillaba la misma alegría de siempre.

—¡Has vuelto!

Aquellas dos palabras bastaban para borrar cualquier recuerdo de la guerra.

Aldren descendió del caballo.

Líria llegó hasta él casi sin aliento.

No dijo nada más.

Simplemente apoyó la frente contra la de él.

Los dos cerraron los ojos.

No hacía falta hablar.

El silencio entre ambos decía mucho más que cualquier poema.

Finalmente fue ella quien rompió el momento.

—Llegas tarde.

Aldren sonrió.

—El rey insiste en seguir gobernando.

—Qué hombre tan considerado.

Ambos rieron.

Era una risa sencilla.

Cotidiana.

La clase de felicidad que suele pasar desapercibida... hasta que desaparece.

En ese instante, dos pequeñas figuras irrumpieron desde el jardín.

—¡¡PAPÁ!!

Eryn y Lyanna corrieron hacia él con todas sus fuerzas.

Aldren apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que ambos se lanzaran sobre él.

Cayó de espaldas sobre la hierba entre carcajadas.

—¡Me atraparon!

—¡Ganamos!

—¡Papá perdió!

Líria cruzó los brazos fingiendo severidad.

—¿El gran capitán de Arken derrotado por dos niños?

Aldren levantó las manos en señal de rendición.

—No tuve oportunidad alguna.

Y, mientras el sol desaparecía lentamente en el horizonte, la risa de aquella familia llenó el valle.

Muy lejos de los palacios.

Muy lejos de las conspiraciones.

Muy lejos de los dioses.

Existía un pequeño hogar donde un hombre había encontrado aquello que toda su vida había estado buscando.

No la gloria.

No la fama.

Sino un lugar al que siempre deseara regresar.

Y, desde un reino que ningún mortal podía contemplar, Nerath observó aquella escena en silencio.

No intervino.

No podía hacerlo.

Pero, por primera vez desde que contempló el futuro de Aldren en el Sanctum Aeternum, comprendió el verdadero peso del destino que aguardaba a aquel hombre.

Porque solo quien ha conocido una felicidad tan pura...

Puede sufrir una pérdida capaz de cambiar el mundo.

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