"El destino no anuncia a sus elegidos con coronas ni con milagros. Los señala mucho antes de que ellos mismos sepan quiénes son, y los deja caminar entre los hombres como uno más... hasta que llega el día en que el mundo los necesita."
Las eras continuaron sucediéndose unas a otras.
Imperios surgieron de las cenizas de antiguas civilizaciones.
Otros desaparecieron sin dejar más recuerdo que ruinas devoradas por la tierra.
Las montañas permanecieron inmóviles mientras incontables generaciones nacían y morían bajo el mismo cielo.
Para los mortales, aquellos siglos parecían una eternidad.
Para los Guardianes...
No eran más que el lento latido del mundo.
Desde el Reino Celestial contemplaban el fluir de la existencia sin alterar su curso.
Celebraban el nacimiento de cada nueva vida.
Lloraban en silencio cada guerra que la humanidad elegía librar.
Y recibían con respeto a cada alma que atravesaba el Último Umbral.
Así había sido desde el principio.
Así debía continuar.
Porque el Equilibrio no era la ausencia del sufrimiento.
Era la libertad de cada ser para decidir quién deseaba ser.
En el centro del Reino Celestial existía un lugar al que ni siquiera los dioses acudían con ligereza.
No era un palacio.
No era un templo.
Era un inmenso salón construido con una piedra blanca que parecía contener en su interior el brillo de las estrellas.
Sus columnas se elevaban más allá de la vista.
Sobre su bóveda se reflejaban los cielos de todos los mundos.
En aquel lugar se reunían los Siete Guardianes cuando el Equilibrio exigía deliberación.
Los antiguos lo llamaban...
El Salón del Primer Juramento.
Ningún mortal había puesto jamás un pie allí.
Y ninguno lo haría.
Aquella ocasión era distinta.
El silencio reinaba entre las siete divinidades.
Ninguno hablaba.
Frente a ellos flotaba una esfera cristalina.
No mostraba imágenes del presente.
Mostraba posibilidades.
Millones de futuros nacían y desaparecían a cada instante.
Reinos que jamás existirían.
Héroes cuyo nombre nunca sería pronunciado.
Civilizaciones enteras condenadas antes incluso de haber sido fundadas.
Asteria observaba aquellos caminos con la serenidad de quien llevaba contemplándolos desde el origen del tiempo.
Fue ella quien rompió el silencio.
—Los hilos han comenzado a entrelazarse.
Su voz era tan delicada que parecía confundirse con el murmullo del viento.
Elarion dio un paso al frente.
—¿Es inevitable?
La Dama del Destino cerró lentamente los ojos.
—Nada es inevitable.
Pero algunos caminos comienzan a repetirse con demasiada frecuencia.
Sobre la esfera apareció entonces una sombra.
No tenía forma definida.
Solo una oscuridad que se extendía lentamente sobre numerosos reinos.
Sylvara observó con tristeza aquella visión.
Donde la sombra avanzaba...
Los bosques enfermaban.
Los ríos perdían claridad.
Los campos dejaban de florecer.
No era una plaga.
Era algo más profundo.
Era el reflejo de los corazones humanos.
Vael apoyó ambas manos sobre el mango de su enorme espada.
Su mirada permanecía fija en la esfera.
—Cada generación combate la misma guerra.
Solo cambian los nombres.
Veridion respondió con serenidad.
—Porque cada generación vuelve a olvidar el precio de sus promesas.
Elyndra bajó la mirada.
Miles de pequeñas luces flotaban alrededor de ella.
Cada una representaba una esperanza nacida en el corazón de algún mortal.
Muchas se apagaban antes de alcanzar la madurez.
Otras brillaban con fuerza durante toda una vida.
—Cada vez son menos...
susurró.
El silencio volvió a extenderse.
Morthael permanecía inmóvil.
No observaba la esfera.
Observaba las incontables almas que atravesaban el Último Umbral.
Su reino nunca descansaba.
Cada nacimiento anunciaba una futura despedida.
Cada despedida conservaba un recuerdo.
Era un deber que aceptaba con humildad desde el comienzo de la Creación.
Sin embargo...
Aquella vez percibía algo distinto.
Miles de almas llegaban marcadas por un mismo sentimiento.
No era miedo.
No era odio.
Era vacío.
Morían convencidas de que la justicia jamás había existido.
Y ese pensamiento...
Comenzaba a preocupar incluso al Guardián del Último Umbral.
Fue entonces cuando Asteria volvió a hablar.
Su voz resonó en todo el salón.
—He contemplado un futuro que jamás había visto.
Todos dirigieron la mirada hacia ella.
Incluso Morthael.
La esfera cambió.
Las incontables posibilidades comenzaron a desaparecer.
Una tras otra.
Hasta quedar una sola.
Difusa.
Incompleta.
Como si el propio destino se negara a mostrarla por completo.
En medio de aquella niebla apareció la silueta de un hombre.
Vestía una armadura completamente negra.
Su espada parecía forjada con la oscuridad del firmamento.
Tras él caminaban innumerables sombras.
Pero ninguna mostraba hostilidad.
Lo seguían como hijos que regresan junto a su padre.
Ningún dios reconoció aquel rostro.
Solo Morthael sintió un estremecimiento.
Porque aquella presencia...
Le resultaba extrañamente familiar.
—¿Quién es?
preguntó Vael.
Asteria negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no existe.
Elarion frunció el ceño.
—Entonces...
¿por qué aparece en el tejido del destino?
La respuesta tardó varios instantes en llegar.
—Porque será elegido.
No por nosotros.
No por el poder.
Sino por sus propias decisiones.
La visión continuó.
El misterioso caballero aparecía rodeado por un ejército.
No levantaba su espada.
La mantenía apuntando hacia el suelo.
Como si jamás hubiera deseado combatir.
Después...
La imagen cambió.
El hombre caía de rodillas.
Sus manos temblaban.
Frente a él...
Tres figuras desaparecían envueltas por la luz.
Una mujer.
Dos niños.
El salón entero quedó en silencio.
Incluso las estrellas parecieron detener su movimiento.
Elyndra llevó una mano a su pecho.
Jamás había sentido un dolor semejante.
No porque conociera a aquellas personas.
Sino porque podía percibir la intensidad del amor que las unía.
La visión cambió una última vez.
El caballero permanecía completamente solo.
Arrodillado en un bosque cubierto por la lluvia.
Frente a él...
Una mano surgía desde la oscuridad.
No transmitía odio.
No transmitía temor.
Solo una inmensa tristeza.
Morthael comprendió inmediatamente lo que estaba viendo.
No era una tentación.
Era un encuentro.
Consigo mismo.
Con el deber que aún ignoraba.
Elarion habló con solemnidad.
—¿Será él quien restaure el Equilibrio?
Asteria respondió con honestidad.
—No lo sé.
Podría salvar incontables mundos.
O podría condenarlos para siempre.
Porque nunca he visto un hilo tan frágil.
Ni uno con tantas posibilidades.
Veridion observó atentamente la figura del caballero.
—Hay algo más.
Todos dirigieron la vista hacia él.
—Sobre sus hombros pesa un juramento.
Uno tan profundo...
Que sobrevivirá incluso a la muerte.
Morthael cerró lentamente los ojos.
Sabía que Veridion jamás se equivocaba cuando hablaba de promesas.
Aquel hombre todavía no había nacido.
Y, sin embargo...
Su destino ya estaba unido a una promesa que ningún dios podía romper.
En ese instante...
Una carcajada apagada recorrió los confines del vacío.
No provenía del Salón.
No provenía de ningún reino conocido.
Procedía del lugar donde la luz dejaba de existir.
Morghul también había contemplado aquella visión.
No podía ver el rostro del futuro caballero.
Pero sí podía percibir el inmenso dolor que algún día habitaría en su corazón.
Y sonrió.
Porque sabía que el sufrimiento era el terreno más fértil para la desesperación.
—Qué extraordinario...
susurró para sí.
Un hombre capaz de cambiar el destino de los mundos...
Siempre resulta más interesante cuando todavía ignora quién será.
Las palabras de Morghul jamás llegaron hasta el Reino Celestial.
Pero Morthael levantó lentamente la mirada.
Durante un breve instante creyó escuchar un eco lejano.
No distinguió ninguna voz.
Solo una sensación.
Como si una sombra hubiera comenzado a moverse.
No dijo nada.
Sin embargo...
Por primera vez desde el nacimiento del Pacto del Equilibrio...
Sintió miedo.
No por sí mismo.
No por los dioses.
Sino por el hombre desconocido cuya vida acababa de entrelazarse con el destino del mundo.
Porque comprendía una verdad que los demás aún ignoraban.
No sería el poder lo que decidiría su futuro.
Sería el dolor.
Y ningún dios...
Por más compasivo que fuese...
Podría impedir que ese dolor llegara.
Así quedó sellada la primera profecía del Último Guardián.
No escrita sobre piedra.
Ni grabada en antiguos pergaminos.
Sino conservada en la memoria inmortal de quienes juraron proteger el Equilibrio.
Pasarían siglos antes de que aquel hombre naciera.
Siglos antes de que pronunciara su primer juramento.
Siglos antes de que el mundo conociera su nombre.
Pero desde aquel día...
Las siete divinidades comprendieron que el destino de todos los reinos ya no dependería únicamente de dioses, reyes o ejércitos.
Algún día...
Todo descansaría sobre el corazón de un solo hombre.
Y ese hombre...
Aún era apenas un susurro entre los hilos del destino.