"No toda oscuridad nace de la ausencia de luz. Algunas sombras son creadas por quienes, habiendo contemplado la luz, deciden volverle la espalda."
Durante incontables eras, el Pacto del Equilibrio permaneció inquebrantable.
Los siete Guardianes velaban por el mundo sin reclamar dominio sobre él.
Los hombres nacían.
Vivían.
Amaban.
Morían.
Y sus decisiones, nobles o crueles, eran únicamente suyas.
Aquella libertad era el mayor regalo concedido por los dioses.
Pero también sería la raíz de todas las tragedias.
Porque donde existe la posibilidad de elegir el bien...
También existe la posibilidad de abrazar el mal.
Y ninguna divinidad podía impedirlo.
Así lo exigía el Juramento.
Los siglos transcurrieron.
Las primeras civilizaciones comenzaron a levantar ciudades de piedra donde antes solo existían bosques.
Aprendieron a cultivar la tierra.
A contemplar las estrellas.
A escribir su historia sobre tablillas de arcilla y pergaminos de piel.
Los reyes gobernaban recordando las enseñanzas de Elarion.
Los sanadores pronunciaban plegarias a Sylvara antes de atender a los enfermos.
Los caballeros juraban sus espadas ante Vael, prometiendo combatir únicamente para proteger a quienes no podían defenderse.
Los sabios consultaban los antiguos observatorios buscando comprender los misteriosos designios de Asteria.
Los jueces pronunciaban sentencias bajo la mirada invisible de Veridion, conscientes de que toda mentira acabaría revelándose.
Los desesperados encontraban fuerzas para levantarse gracias al silencioso consuelo de Elyndra.
Y cuando una vida llegaba a su fin, Morthael, conocido en la Primera Era como Nerath, recibía cada alma con la misma serenidad con la que un padre abre la puerta de su hogar al hijo que regresa después de un largo viaje.
Así prosperó Elyr.
No porque los hombres fueran perfectos.
Sino porque aún comprendían que ningún reino podía sostenerse sin virtud.
Sin embargo...
Los dioses conocían una verdad que jamás revelaron a la humanidad.
Toda creación proyecta una sombra.
Y el Equilibrio, por perfecto que pareciera, no era la excepción.
Existía un nombre que nunca era pronunciado durante los Consejos Celestiales.
No porque hubiera sido olvidado.
Sino porque incluso los inmortales comprendían el peligro que encerraba.
Era un nombre borrado de los templos.
Arrancado de los pergaminos.
Oculto en las leyendas más antiguas.
No debía ser venerado.
No debía ser invocado.
No debía ser recordado.
Pero el olvido jamás consigue encadenar para siempre aquello que nació del deseo.
Ese nombre era...
Morghul.
Los hombres lo llamarían siglos después el Dios de la Ambición.
Los eruditos preferían nombrarlo como el Señor de la Corrupción.
Los pocos supervivientes de la Primera Era lo conocían simplemente como...
El Octavo Nombre.
Porque nunca formó parte de los Siete Guardianes.
Jamás pronunció el Juramento del Equilibrio.
Jamás aceptó limitar su poder para preservar la libertad de los mortales.
No porque careciera de fuerza.
Sino porque rechazaba la idea misma de los límites.
Mientras los Guardianes comprendían que el poder existía para proteger...
Morghul creía que el poder solo tenía un propósito.
Dominar.
No gobernaba ejércitos.
No necesitaba reinos.
No exigía sacrificios.
Su mayor virtud era también su mayor horror.
La paciencia.
Podía esperar un siglo.
Podía esperar mil años.
Porque sabía que el corazón de los hombres cambiaría mucho antes que las montañas.
Y cuando ese momento llegara...
Solo tendría que susurrar.
Jamás obligaba a nadie.
Nunca arrebataba el libre albedrío.
Eso habría quebrantado las antiguas leyes que incluso él debía respetar.
No.
Su método era infinitamente más sutil.
Se acercaba al corazón de un hombre cuando nadie podía verlo.
Cuando la soledad era más profunda.
Cuando el miedo vencía a la razón.
Cuando el orgullo era herido.
Y entonces...
Pronunciaba apenas dos palabras.
—Mereces más.
Nada más.
Jamás daba órdenes.
Jamás prometía destruir el mundo.
Solo despertaba aquello que ya dormía en el interior de cada alma.
La codicia.
El orgullo.
La envidia.
La soberbia.
El deseo de controlar el destino de otros.
La necesidad de poseer aquello que nunca les perteneció.
Y eran los propios hombres quienes elegían recorrer ese camino.
Por eso los Guardianes no podían detenerlo.
Porque nunca era Morghul quien tomaba la decisión.
Siempre era el corazón humano.
Las grandes guerras comenzaron así.
No con espadas.
Sino con pensamientos.
Un rey convencido de que merecía un reino más grande.
Un sacerdote que creyó merecer la voz exclusiva de los dioses.
Un general que pensó merecer el trono de su soberano.
Un hermano que sintió que el destino había sido injusto con él.
Todos habían escuchado exactamente el mismo susurro.
Y todos creyeron que aquella voz les pertenecía.
Con el paso de los siglos, los hombres olvidaron el origen de aquellas ideas.
Pero los Guardianes jamás lo hicieron.
Cada reino destruido.
Cada ciudad reducida a cenizas.
Cada niño convertido en huérfano.
Era una herida más sobre el Equilibrio.
Hubo quienes intentaron buscar a Morghul.
Creían que derrotándolo terminarían todas las guerras.
Nunca regresaron.
Porque Morghul no poseía un reino.
No habitaba un trono.
No caminaba entre los hombres.
Vivía allí donde nacían los deseos más oscuros.
En el instante exacto en que una virtud comenzaba a transformarse en obsesión.
En el momento en que el deber cedía ante la ambición.
En el segundo en que el amor era reemplazado por la posesión.
Allí estaba él.
Invisible.
Sonriendo.
Una vez, durante un antiguo Consejo del Equilibrio, Elyndra dirigió una pregunta a Morthael.
—¿Crees que algún día los hombres dejarán de escuchar su voz?
El Guardián del Último Umbral permaneció largo tiempo observando las incontables almas que atravesaban el Umbral.
Finalmente respondió.
—Mientras exista libertad...
Existirá la posibilidad de caer.
Elyndra bajó la mirada.
—Entonces...
¿Estamos condenados a perderlos una y otra vez?
Morthael negó lentamente.
—No.
Porque mientras exista alguien dispuesto a levantarse después de caer...
El Equilibrio jamás desaparecerá.
Aquellas palabras quedaron grabadas en la eternidad.
No como una profecía.
Sino como una esperanza.
Los Guardianes comprendieron que jamás podrían construir un mundo donde el mal no existiera.
Pero sí podían preservar un mundo donde siempre existiera alguien dispuesto a enfrentarlo.
Sin saberlo...
Aquella sencilla conversación cambiaría el destino de los siglos venideros.
Porque llegaría el día en que un hombre perdería todo aquello que amaba.
Un caballero cuya fe sería destruida.
Un esposo cuyo corazón sería reducido a cenizas.
Un padre obligado a contemplar el final de su propio mundo.
Y, cuando la oscuridad intentara reclamar su alma, no sería el odio lo que respondería a su llamado.
Sería una promesa.
Una promesa nacida del amor.
Lejos de la mirada de los hombres...
Morghul contemplaba el mundo en silencio.
No tenía rostro.
No tenía cuerpo.
Era una presencia suspendida entre la luz y la sombra.
Frente a él ardían incontables llamas.
Cada una representaba un alma.
Las observaba con infinita paciencia.
No buscaba a los más fuertes.
Ni a los más sabios.
Buscaba a aquellos cuyo dolor pudiera convertirse en desesperación.
Porque sabía que incluso el corazón más noble podía quebrarse.
Y cuando eso ocurriera...
El Equilibrio entero temblaría.
Una sombra pareció inclinarse ante él.
—¿Ha llegado el momento?
La oscuridad permaneció inmóvil.
Después respondió con una voz tan suave que parecía confundirse con el viento.
—No.
Aún no.
Todavía debe nacer el hombre que creerá haberlo perdido todo.
Solo entonces...
La partida comenzará.
Y por primera vez en incontables siglos...
Las sombras sonrieron.
No porque hubieran vencido.
Sino porque el tablero del destino acababa de recibir a la primera de sus piezas.
Sin que los hombres lo supieran...
La historia ya había comenzado.