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Prólogo - Cuando la justicia olvidó su juramento

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 27 de julio de 2026

"Existe una diferencia entre un hombre que mata por odio y un hombre que carga con la muerte porque el mundo dejó de creer en la justicia."

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Mucho antes de que los hombres levantaran reinos.

Mucho antes de que existieran las coronas, las guerras y las promesas.

El mundo pertenecía únicamente a los dioses.

No eran seres caprichosos.

Ni tiranos.

Eran guardianes.

Cada uno sostenía una parte del equilibrio que mantenía con vida toda la creación.

Mientras uno guiaba el nacimiento de cada criatura, otro recibía su último aliento.

Mientras unos bendecían las cosechas, otros velaban para que el invierno llegara cuando debía hacerlo.

Todo poseía un propósito.

Todo obedecía un ciclo.

Y ninguna deidad podía alterar el dominio de otra.

Aquella ley era más antigua que el propio tiempo.

Una ley escrita no sobre piedra, sino sobre la esencia misma del universo.

La llamaban...

El Pacto del Equilibrio.

Quien lo rompiera condenaría a todos los mundos.

Durante incontables eras, aquel pacto jamás fue cuestionado.

Los hombres nacían.

Vivían.

Amaban.

Odiaban.

Morían.

Y los dioses observaban en silencio.

No porque fueran indiferentes.

Sino porque comprendían una verdad que los mortales jamás aceptarían por completo.

La libertad siempre tiene un precio.

Incluso cuando conduce hacia la destrucción.

 

Entre todos los dioses existía uno al que incluso las demás divinidades trataban con un respeto solemne.

No era el más poderoso.

Tampoco el más temido.

Pero era el único cuya labor jamás podía detenerse.

Su nombre era Nerath.

El Guardián del Último Umbral.

El Señor de la Memoria Eterna.

El Dios de la Muerte.

Sin embargo, los hombres lo habían malinterpretado desde el principio.

Lo llamaban verdugo.

Lo llamaban monstruo.

Rezaban para no encontrarlo.

Ignoraban que Nerath nunca arrebataba una vida.

Solo recibía aquellas cuyo tiempo había concluido.

Era el último rostro que contemplaban los inocentes.

El primero que encontraba a quienes partían solos.

Quien tomaba de la mano al niño que jamás volvió a despertar.

Quien escuchaba el último pensamiento del anciano que cerraba los ojos rodeado de su familia.

Quien acompañaba al guerrero caído para que no caminara solo hacia la eternidad.

Nerath jamás juzgaba.

Solo recordaba.

Porque sabía que la muerte era inevitable.

Pero el olvido...

El olvido era la verdadera desaparición.

Cada alma conservaba un recuerdo.

Cada recuerdo formaba parte del gran tejido que mantenía unido al universo.

Por eso era conocido también como el Dios de la Memoria.

Mientras alguien fuera recordado...

Jamás desaparecería por completo.

 

Los otros dioses observaban los acontecimientos del mundo desde sus respectivos dominios.

Elarion, Señor de la Luz y la Justicia, protegía las virtudes que inspiraban a los reyes justos y a los jueces incorruptibles.

Sylvara, Madre de la Vida, hacía florecer los bosques, bendecía los nacimientos y enseñaba a los hombres que toda existencia merecía una oportunidad.

Vael, Dios de la Guerra Honorable, otorgaba valor a quienes luchaban para proteger, nunca para conquistar.

Asteria, Dama del Destino, tejía los incontables hilos que unían el pasado, el presente y aquello que aún estaba por suceder.

Y oculto tras la apariencia de un dios menor, aguardaba quien algún día pondría en peligro el equilibrio de todos los mundos.

Morghul.

Dios de la Ambición.

De la Corrupción.

Del poder sin límites.

No gobernaba mediante ejércitos.

Gobernaba mediante susurros.

Jamás obligaba a nadie.

Simplemente despertaba aquello que los hombres ya escondían dentro de sus corazones.

La codicia.

El orgullo.

La envidia.

La sed de dominio.

Una sola idea bastaba.

"Mereces más."

Con esas dos palabras había nacido la mayoría de las guerras.

Los dioses conocían su existencia.

Pero mientras ningún mortal pronunciara su nombre con devoción absoluta, Morghul no podía actuar directamente.

Era paciente.

Había aprendido que las semillas más peligrosas eran aquellas que crecían lentamente.

 

Los siglos pasaron.

Los imperios nacieron y desaparecieron.

Los héroes fueron olvidados.

Los villanos terminaron convertidos en leyendas.

Y poco a poco algo comenzó a cambiar.

Los hombres dejaron de buscar justicia.

Comenzaron a buscar poder.

Las coronas dejaron de simbolizar responsabilidad.

Se transformaron en instrumentos de dominación.

Los juramentos perdieron valor.

Las monedas empezaron a decidir el destino de pueblos enteros.

Los templos continuaban elevando plegarias a los dioses.

Pero muchas de aquellas voces ya no pedían sabiduría.

Pedían riqueza.

Victoria.

Influencia.

Venganza.

Incluso Elarion comenzó a percibir que sus bendiciones eran utilizadas para justificar guerras injustas.

Vael observaba con tristeza cómo su nombre era invocado por conquistadores que confundían valentía con crueldad.

Sylvara lloraba cada bosque incendiado por la ambición de los hombres.

Y Nerath...

Nerath recibía cada vez más almas.

Demasiadas.

Niños.

Madres.

Ancianos.

Soldados que jamás comprendieron por qué estaban luchando.

Cada uno llegaba con una historia distinta.

Pero todos hacían la misma pregunta.

—¿Por qué?

Nerath jamás respondía.

Porque ni siquiera un dios podía explicar la crueldad nacida del libre albedrío.

 

Una noche, los cinco dioses se reunieron en el Sanctum Aeternum, el lugar donde convergían todos los planos de la existencia.

No había paredes.

No existía cielo.

Ni suelo.

Solo un océano infinito de estrellas suspendidas en la oscuridad.

Cada una representaba una vida.

Millones de luces.

Millones de recuerdos.

Millones de historias.

Elarion fue el primero en romper el silencio.

—Cada vez hay más reinos que utilizan mi nombre para justificar atrocidades.

Su voz irradiaba una luz cálida, pero en ella había una tristeza que pocas veces dejaba ver.

Vael cruzó los brazos.

Su enorme armadura resonó como una montaña de acero.

—Y los guerreros olvidaron que una espada debe proteger antes que conquistar.

Sylvara cerró lentamente los ojos.

En sus manos florecieron pequeñas flores blancas que, apenas nacían, se marchitaban.

—Los niños mueren antes de aprender a hablar.

Los bosques son talados para alimentar guerras interminables.

Mi don está siendo convertido en sufrimiento.

Solo Asteria permanecía inmóvil.

Sus ojos contemplaban incontables futuros al mismo tiempo.

—Los hilos del destino están cambiando.

Hay algo que no debería existir.

Una sombra está creciendo entre los hombres.

Todos dirigieron la mirada hacia Nerath.

El dios de la muerte observaba las estrellas.

Una de ellas acababa de apagarse.

Luego otra.

Y otra.

Finalmente habló.

Su voz era profunda.

Serena.

Tan antigua como el propio universo.

—Las almas llegan con miedo.

No por morir.

Sino porque creen que nadie recordará quiénes fueron.

Nadie respondió.

Porque todos comprendían la gravedad de aquellas palabras.

Morir era inevitable.

Ser olvidado...

Era insoportable.

 

Entonces ocurrió.

En medio del océano de estrellas apareció una visión.

Una pequeña llama azul.

No pertenecía al presente.

Tampoco al pasado.

Era un fragmento del futuro.

Asteria extendió una mano.

La llama comenzó a crecer.

Poco a poco tomó forma.

Un hombre.

Vestía una armadura completamente negra.

Su espada parecía forjada con la oscuridad del firmamento.

Su rostro permanecía oculto.

Pero había algo imposible de ignorar.

No caminaba rodeado por muerte.

Caminaba rodeado por recuerdos.

Detrás de él aparecían incontables figuras.

Madres.

Niños.

Ancianos.

Guerreros.

Inocentes.

Ninguno hablaba.

Simplemente lo seguían.

Como si hubieran encontrado al fin a alguien que se negaba a olvidarlos.

Vael dio un paso hacia la visión.

—¿Quién es?

Asteria negó lentamente con la cabeza.

—Aún no existe.

Sylvara sintió un escalofrío.

—¿Será un héroe?

Nerath permaneció observándolo largo tiempo.

Después respondió con una serenidad inquietante.

—No.

Hubo un silencio profundo.

Tan profundo que incluso las estrellas parecieron detener su brillo.

Entonces añadió:

—Será un hombre al que el mundo obligará a cargar con un dolor que ningún mortal debería soportar.

Elarion frunció el ceño.

—¿Y podremos evitarlo?

Asteria respondió antes que Nerath.

—No.

Porque si salvamos a ese hombre...

Condenaremos a miles más.

El Pacto del Equilibrio no permitía alterar un destino cuyo sufrimiento daría origen a una esperanza mayor.

Nerath cerró lentamente los ojos.

Por primera vez desde el nacimiento del universo...

Sintió compasión antes de conocer a un hombre.

Muy lejos de allí...

En un pequeño reino llamado Arken...

Un niño acababa de nacer.

Sus padres lo sostuvieron entre lágrimas de felicidad.

No sabían que aquel pequeño crecería para convertirse en el caballero más noble de su generación.

Tampoco imaginaban que un día perdería todo cuanto amaba.

Ni que su nombre sería pronunciado durante siglos con una mezcla de respeto, temor y esperanza.

Porque aún faltaban muchos años para que el destino revelara su verdadero propósito.

Aquel niño se llamaba...

Aldren.

Y sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia una promesa que desafiaría incluso a la muerte.


"Toda leyenda comienza con un héroe.

La nuestra comienza con un hombre."

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