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CAPÍTULO X: El Bosque del Silencio - Parte III: Los nombres de los vivos

La Promesa de las sombras · por Zuir · 02 de septiembre de 2026

«Los muertos dejan recuerdos. Los vivos dejan decisiones. Y algunas decisiones son capaces de sobrevivir a quienes las tomaron.»


El amanecer llegó envuelto en niebla.

Aldren llevaba despierto desde mucho antes.

Había pasado la noche junto al arroyo.

La carta de Líria descansaba dentro de la caja.

No la había vuelto a leer.

No porque no quisiera.

Sino porque había comprendido que algunas cosas debían permanecer cerradas para poder seguir avanzando.

Guardó la caja cuidadosamente.

Luego se puso de pie.

Brann lo observaba desde el otro lado del claro.

—Nos vamos.

El caballo golpeó suavemente el suelo con una de sus patas.

Aldren sonrió.

—Sí.

Miró una última vez el arroyo.

No había luces.

No había voces.

Solo agua.

Y silencio.

Por alguna razón...

aquello le resultaba suficiente.

El camino continuaba hacia el norte.

La vegetación comenzó a cambiar.

Los árboles eran todavía más antiguos.

Sus raíces sobresalían del suelo como enormes serpientes petrificadas.

Aldren tuvo que desmontar.

Avanzar a caballo resultaba imposible.

Caminó junto a Brann.

Cada cierto tiempo encontraba piedras con inscripciones.

Ya no se detenía a leerlas todas.

Algunas hablaban de nombres.

Otras de juramentos.

Una decía:

«Lo que se pronuncia aquí no desaparece.»

Otra:

«Lo que se promete aquí no pertenece únicamente a quien lo promete.»

Aldren se detuvo ante aquella.

La frase le recordó algo.

Una promesa.

La de regresar siempre.

La que había pronunciado frente a Líria.

Aldren cerró los ojos.

—Lo intenté.

Susurró.

El bosque no respondió.

—No pude cumplirla.

Una rama crujió detrás de él.

Aldren se volvió.

Nada.

Solo árboles.

Pero esta vez no sintió miedo.

—No sé si eso importa aquí.

Continuó caminando.

Al mediodía encontró un puente.

Era de piedra.

Antiguo.

Demasiado antiguo.

No parecía formar parte de ningún camino moderno.

Aldren examinó sus pilares.

Había nuevamente tres círculos.

Pero debajo del símbolo apareció algo diferente.

Una espada.

Un árbol.

Y una corona.

Aldren frunció el ceño.

—Familia.

Miró el árbol.

—Vida.

Después la corona.

—Reino.

Y la espada.

—Guerra.

No sabía qué significaban juntos.

Cruzó el puente.

Al otro lado encontró una pequeña plaza natural.

Había doce piedras.

Doce nombres.

Aldren comenzó a leer.

Ser Edric Valen.

Maera Doss.

Taren Holt.

Veyra An.

Continuó.

Nombres desconocidos.

Hasta llegar al sexto.

Aldren se detuvo.

Varick Thorne.

Su respiración se volvió lenta.

—No...

Pasó los dedos sobre la piedra.

El nombre estaba perfectamente conservado.

Debajo aparecía una fecha.

No era antigua.

Era de apenas unas semanas atrás.

Aldren retrocedió.

—Varick está vivo.

Silencio.

Miró alrededor.

—Lo vi.

Nada.

—Hablé con él.

Las hojas comenzaron a moverse.

Aldren apretó los dientes.

—Entonces, ¿qué significa esto?

No obtuvo respuesta.

Miró nuevamente la piedra.

Había algo escrito debajo del nombre.

Una sola palabra.

«Elegirá.»

Aldren sintió un escalofrío.

—¿Elegirá qué?

La niebla se movió.

Y una nueva voz apareció.

No detrás de él.

No delante.

Parecía surgir de todas partes.

—Entre la verdad...

Una pausa.

—...y aquello que la protege.

Aldren desenvainó.

—¿Quién eres?

Silencio.

—¡Muéstrate!

Nada.

Aldren golpeó la piedra con la palma.

—¡Dime qué significa!

El bosque permaneció inmóvil.

Después...

otra palabra apareció lentamente sobre la piedra.

Como si una mano invisible estuviera escribiéndola.

«Espera.»

Aldren observó el mensaje.

Después guardó la espada.

—No me gusta esperar.

El bosque no respondió.

Continuó avanzando.

Pero ahora algo había cambiado.

El bosque ya no hablaba únicamente de los muertos.

Había comenzado a hablar de los vivos.

Y aquello era mucho más peligroso.

Porque un muerto no podía cambiar su destino.

Un vivo sí.

Por la tarde encontró un segundo claro.

Había restos de una antigua construcción.

Muros derruidos.

Columnas partidas.

Un altar cubierto de raíces.

Aldren entró.

En una de las paredes encontró pinturas.

Cinco figuras.

Aldren se acercó.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Las figuras estaban representadas de manera sencilla.

Una sostenía una espada.

Otra llevaba una corona.

Otra tenía las manos llenas de flores.

La cuarta sostenía un libro.

La quinta...

no tenía rostro.

Aldren retrocedió.

—Otra vez.

Observó la figura sin rostro.

Era exactamente igual a la del dibujo de Lyanna.

La misma postura.

El mismo vacío.

Aldren sacó lentamente el dibujo de la caja.

Lo comparó.

No había duda.

Era la misma figura.

Pero había algo más.

Debajo de la pintura existía una inscripción.

Aldren la tradujo lentamente.

«Cinco recordarán.
Cuatro vivirán.
Uno llevará aquello que los otros dejaron.»

Aldren quedó inmóvil.

Leyó nuevamente.

Después otra vez.

—¿Uno?

Miró la quinta figura.

—¿Qué significa?

Nada.

Guardó el dibujo.

Pero antes de salir...

escuchó una voz.

Muy débil.

Una voz femenina.

—Papá...

Aldren cerró los ojos.

No se giró.

No esta vez.

La voz volvió.

—Papá...

Una lágrima descendió por su rostro.

—No eres ella.

Silencio.

—Lo sé.

La voz desapareció.

Aldren abrió los ojos.

—Pero gracias.

Y salió.

Al caer la noche...

el bosque cambió.

La niebla desapareció.

El cielo quedó completamente despejado.

Las estrellas eran visibles entre las ramas.

Aldren encendió una pequeña hoguera.

Brann se acomodó cerca.

El caballero permaneció sentado.

Pensando.

Varick.

El santuario.

Los símbolos.

La quinta figura.

Las voces.

Los nombres.

Todo parecía formar parte de una misma historia.

Pero todavía faltaba algo.

Una pieza.

Un nombre.

Una explicación.

Aldren abrió la caja.

Sacó el dibujo.

Lo observó durante largo tiempo.

—¿Qué viste aquel día, Lyanna?

Silencio.

—¿Por qué dibujaste cinco?

La llama iluminó las cinco figuras.

Aldren pasó el dedo sobre la quinta.

—¿Quién eres?

La respuesta no llegó.

Pero una pequeña brisa movió el dibujo.

El papel se levantó.

Y detrás apareció algo que Aldren nunca había visto.

Una pequeña inscripción escrita en el reverso.

Apenas unas palabras.

La letra era infantil.

La reconoció inmediatamente.

Era la letra de Lyanna.

Aldren dejó de respirar.

Leyó:

«Mamá dice que los recuerdos necesitan un lugar donde quedarse.»

Aldren cerró los ojos.

Otra línea continuaba debajo.

«Por eso hice cinco.»

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Había una última frase.

Aldren la leyó.

Y sintió que algo dentro de él se quebraba.

«Uno es para cuando papá se sienta solo.»

La hoja cayó de sus manos.

Aldren permaneció inmóvil.

No lloró inmediatamente.

Simplemente...

dejó de respirar.

Después llevó ambas manos al rostro.

Y lloró.

Sin vergüenza.

Sin intentar contenerse.

Como un hombre que finalmente comprendía que incluso después de morir...

su hija había dejado algo para él.

No una profecía.

No un poder.

No una respuesta.

Un recuerdo.

Un pequeño intento infantil de asegurarse de que su padre nunca estuviera completamente solo.

Muy lejos de allí...

en el Reino del Último Umbral...

una pequeña luz se acercó a la orilla del lago.

Morthael estaba sentado junto al agua.

La luz tomó la forma de una niña.

Lyanna.

Ella observó el reflejo del mundo de los vivos.

—Lo encontró.

Morthael asintió.

—Sí.

—¿Está triste?

El Guardián permaneció en silencio.

—Sí.

Lyanna bajó la mirada.

—Quiero ayudarlo.

Morthael la observó.

—Ya lo has hecho.

La niña sonrió.

—¿Cómo?

Morthael miró el lago.

—Le dejaste un motivo para continuar.

Lyanna permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Papá va a morir?

Morthael no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Algún día.

La niña apretó las manos.

—No quiero que venga todavía.

—Lo sé.

—Quiero que viva.

Morthael cerró los ojos.

—Entonces recuerda.

Lyanna levantó la mirada.

—¿Recordar qué?

El Guardián respondió:

—Que todavía tiene cosas que enseñar al mundo.

La escena desapareció.

El lago volvió a quedar inmóvil.

En el bosque...

Aldren cerró la caja.

Esta vez no lo hizo con tristeza.

La cerró con cuidado.

Como quien protege algo sagrado.

Se levantó.

Miró hacia el norte.

—Voy a descubrir la verdad.

Tomó la espada.

—Pero no olvidaré por qué empecé.

Brann levantó la cabeza.

Aldren acarició su cuello.

—Vamos.

Comenzaron a caminar.

Pero después de unos pocos pasos...

Aldren se detuvo.

Había algo delante.

Un sendero.

No estaba allí antes.

Era estrecho.

Cubierto de flores blancas.

Y al final...

había una puerta de piedra.

Sin edificio.

Sin murallas.

Solo una puerta.

Aldren se acercó.

Sobre ella aparecía nuevamente el símbolo de los tres círculos.

Debajo...

una inscripción.

«Solo entra quien está dispuesto a recordar aquello que preferiría olvidar.»

Aldren permaneció frente a ella.

Sabía que no debía continuar.

Todavía no.

Pero también sabía algo más.

Había llegado demasiado lejos para regresar.

Colocó una mano sobre la piedra.

La puerta comenzó a abrirse.

Muy lentamente.

Del otro lado no había oscuridad.

Había luz.

Una luz blanca y tenue.

Y dentro de aquella luz...

Aldren escuchó una voz.

Esta vez no era la de Líria.

Ni la de Eryn.

Ni la de Lyanna.

Era la voz de un hombre.

Una voz cansada.

Una voz humana.

Una voz que Aldren conocía.

—Aldren...

El caballero abrió los ojos.

—¿Varick?

La voz respondió:

—Si estás escuchando esto...

Una pausa.

—...significa que ya no puedo protegerte.

La puerta terminó de abrirse.

Aldren permaneció inmóvil.

La voz continuó:

—Pero todavía puedo decirte la verdad.

Y entonces...

el bosque entero quedó en silencio.

No como antes.

Esta vez...

era el silencio que precedía a una revelación.

Aldren cruzó la puerta.

Y la cerró detrás de él.

En algún lugar desconocido...

una llama negra volvió a encenderse.

Morghul observó.

Pero esta vez...

no sonrió.

Porque aquello que Aldren acababa de encontrar...

no formaba parte de sus planes.

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