«Hay lugares donde los muertos descansan. Hay lugares donde los muertos son olvidados. Y existen otros donde la muerte no consigue borrar un nombre.»
El amanecer llegó sin pájaros.
Aldren lo supo antes de abrir los ojos.
Durante unos segundos permaneció tendido sobre la tierra húmeda, observando el cielo entre las ramas.
Gris.
Inmóvil.
Sin una sola nube que justificara aquella ausencia de sonido.
Había pasado la noche junto a la hoguera.
No había dormido más de unas horas.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar aquella voz.
Aldren.
Eryn.
Lyanna.
Pero los recuerdas.
No sabía cuál de todas aquellas voces había sido real.
Y eso era precisamente lo que más le inquietaba.
Un hombre puede enfrentarse a un enemigo que puede ver.
Pero...
¿Cómo se lucha contra algo que utiliza los recuerdos como rostro?
Aldren se incorporó.
La hoguera se había apagado.
Brann seguía dormido a pocos metros.
El caballo levantó lentamente la cabeza cuando Aldren se puso de pie.
—Buenos días.
Brann resopló.
Aldren sonrió ligeramente.
—Sí.
Miró los árboles.
—Yo tampoco dormí bien.
Recogió sus pertenencias.
La caja de recuerdos seguía cerrada.
Aldren la revisó.
No había sido abierta.
Eso debería haberlo tranquilizado.
Sin embargo, algo llamó su atención.
La tierra alrededor de la caja estaba húmeda.
Y sobre la tapa había una pequeña hoja.
Blanca.
No verde.
Blanca.
Aldren la tomó entre los dedos.
No parecía pertenecer a ningún árbol cercano.
La observó.
Después la guardó dentro de la caja.
No sabía por qué.
Simplemente sintió que debía hacerlo.
Continuó hacia el norte.
Durante las primeras horas no encontró nada extraño.
Solo árboles.
Raíces.
Piedras.
Niebla.
Pero conforme avanzaba...
comenzó a notar algo.
El bosque no era igual en todas partes.
Había zonas donde los árboles crecían densamente.
Otras donde parecía haber caminos naturales.
Algunas tenían flores.
Otras estaban completamente muertas.
Aldren comenzó a comprender que estaba siguiendo una ruta.
No sabía quién la había construido.
Pero existía.
Y parecía conducir hacia alguna parte.
A media mañana encontró una piedra.
Luego otra.
Y después una tercera.
Todas tenían la misma marca.
Tres círculos entrelazados.
Aldren desmontó.
Se acercó.
Esta vez encontró una inscripción.
La limpió cuidadosamente.
Las palabras estaban escritas en la antigua lengua de las primeras civilizaciones.
Tardó varios minutos en traducirlas.
Finalmente leyó:
«Aquí comienzan los nombres que no deben ser olvidados.»
Aldren sintió un escalofrío.
Miró alrededor.
Había cientos de árboles.
Cientos de piedras.
Pero ninguna tumba.
—¿Nombres de quién?
Silencio.
Aldren esperó.
Nada.
Entonces escuchó un sonido.
Una voz.
Muy lejana.
—Aldren...
El caballero se giró.
—¿Quién eres?
No hubo respuesta.
—¡Muéstrate!
La voz volvió.
Pero esta vez no pronunció su nombre.
Pronunció otro.
—Darian...
Aldren quedó inmóvil.
El soldado.
El hombre cuyo expediente había desaparecido.
El hombre que había muerto después del incendio.
Aldren cerró los ojos.
—No.
La voz volvió a escucharse.
—Darian Voss...
Aldren abrió los ojos.
La dirección había cambiado.
La voz venía desde el oeste.
Caminó hacia allí.
No demasiado rápido.
No quería cometer el mismo error de la noche anterior.
El bosque parecía observarlo.
Cada vez que se detenía...
el silencio se detenía con él.
Cada vez que avanzaba...
las hojas comenzaban a moverse.
Después de unos minutos encontró una pequeña cabaña.
Estaba abandonada.
La puerta permanecía abierta.
Aldren entró.
No había muebles.
Solo una mesa.
Sobre ella descansaban varias piedras.
Cada una llevaba un nombre.
Aldren se acercó.
Leyó la primera.
Darian Voss.
Se quedó sin respiración.
Había otra.
Marek Talan.
No lo conocía.
Otra.
Seris Hal.
Tampoco.
Otra.
Jon Var.
Y otra.
Y otra.
Decenas.
Quizá cientos.
Todos nombres.
Algunos recientes.
Otros tan antiguos que apenas podían leerse.
Aldren pasó los dedos sobre la madera.
—¿Quién los escribió?
Nadie respondió.
Entonces comprendió algo.
Aquello no era un cementerio.
No había cuerpos.
No había tumbas.
Solo nombres.
Como si alguien hubiera decidido que aquello era suficiente.
Como si el bosque no necesitara conservar los restos.
Solo necesitara recordar quiénes habían sido.
Aldren encontró una última piedra.
Era diferente.
No tenía nombre.
Solo una fecha.
La fecha del incendio.
Su corazón se detuvo.
—No...
Se acercó.
Debajo de la fecha había tres pequeñas marcas.
Una mujer.
Dos niños.
No estaban escritos sus nombres.
Pero Aldren los reconoció.
Líria.
Eryn.
Lyanna.
Su mano comenzó a temblar.
—¿Quién hizo esto?
Esta vez una voz respondió.
Muy cerca.
—El bosque.
Aldren se giró.
Había una mujer de pie junto a la puerta.
Anciana.
Cabello completamente blanco.
Vestía ropas sencillas.
No parecía una guerrera.
Tampoco una sacerdotisa.
Simplemente...
parecía pertenecer a aquel lugar.
Aldren llevó la mano hacia la espada.
La mujer levantó una mano.
—No la necesitas.
—¿Quién eres?
—Una guardiana.
—¿De qué?
La anciana observó las piedras.
—De los nombres.
Aldren señaló la piedra.
—¿Quién puso esto aquí?
La mujer no respondió directamente.
—¿Conoces a los muertos?
—Conocía a tres de ellos.
La anciana lo miró.
—No.
Aldren frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Todavía los conoces.
Aquellas palabras lo atravesaron.
Aldren apretó los dientes.
—Están muertos.
—Sí.
—Entonces ya no puedo conocerlos.
La anciana negó lentamente.
—Eso depende de lo que entiendas por conocer.
Aldren permaneció en silencio.
La mujer continuó:
—Hay personas que permanecen vivas durante cien años y no dejan nada detrás.
Miró las piedras.
—Y hay quienes mueren jóvenes, pero continúan viviendo en las decisiones de aquellos que los amaron.
Aldren bajó lentamente la mirada.
La anciana señaló su pecho.
—Mientras recuerdes...
Tocó la piedra de Líria.
—...ella permanece.
Después la de Eryn.
—Mientras alguien pronuncie su nombre...
Y finalmente la de Lyanna.
—...ella no habrá desaparecido completamente.
Aldren sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse.
No quería llorar.
No allí.
No delante de una desconocida.
Pero la anciana no lo juzgó.
Simplemente esperó.
—¿El bosque puede devolverlos?
La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.
La anciana negó.
—No.
Aldren cerró los ojos.
Aquella respuesta, extrañamente...
lo alivió.
Porque significaba que el bosque no estaba mintiendo.
No prometía milagros.
Solo memoria.
—Entonces, ¿por qué me llamó?
La anciana lo observó.
—Porque tú llamaste primero.
Aldren abrió los ojos.
—Yo no hice nada.
—Pronunciaste sus nombres.
Silencio.
—Y los lugares antiguos escuchan cuando alguien recuerda con suficiente fuerza.
Aldren miró nuevamente las piedras.
—¿Qué es este lugar?
La anciana tardó en responder.
—Un lugar que existía antes de que Arken tuviera nombre.
Aldren observó los símbolos.
—¿Quién lo construyó?
—Nadie.
—¿Entonces?
—Algunos lugares no necesitan ser construidos.
La anciana caminó hacia la puerta.
—Solo necesitan ser encontrados.
Aldren la siguió.
—Espera.
Ella se detuvo.
—Necesito respuestas.
La mujer lo miró.
—No.
—¿No?
—Necesitas recordar qué preguntas debes hacer.
Aldren frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La anciana señaló el camino.
—Tu respuesta está más adelante.
—¿Dónde?
La mujer sonrió.
—Donde el bosque deje de hablar.
Aldren sintió un escalofrío.
—¿Y cuándo ocurrirá eso?
La anciana desapareció entre la niebla.
Su voz llegó una última vez:
—Cuando llegues al lugar donde los muertos comienzan a recordar a los vivos.
Aldren salió de la cabaña.
La niebla había aumentado.
Miró hacia atrás.
La estructura había desaparecido.
No se había derrumbado.
No había huellas.
Simplemente...
ya no estaba.
Aldren permaneció inmóvil.
Después miró las piedras.
Los nombres continuaban allí.
La única prueba de que la cabaña había existido.
Guardó silencio.
Luego dijo:
—Líria.
El bosque permaneció inmóvil.
—Eryn.
Una hoja cayó.
—Lyanna.
Tres flores blancas aparecieron sobre la tierra.
Aldren retrocedió.
No volvió a hablar.
Continuó caminando.
Pero algo había cambiado.
Ya no sentía que el bosque quisiera asustarlo.
Ahora comprendía que estaba siendo observado.
No por una criatura.
No por un monstruo.
Sino por algo mucho más antiguo.
Algo que parecía comprender la diferencia entre olvidar...
y dejar partir.
Al caer la tarde encontró un arroyo.
Se arrodilló para beber.
El agua estaba completamente quieta.
Demasiado quieta.
Aldren observó su reflejo.
Durante un instante vio su propio rostro.
Después...
el reflejo cambió.
Vio una mesa.
Una casa.
Una mujer riendo.
Líria.
Aldren dejó de respirar.
La imagen continuó.
Líria estaba sentada frente a él.
Tenía harina en las manos.
Sonreía.
—Llegas tarde.
Aldren sintió que el corazón se le rompía nuevamente.
—Líria...
La imagen levantó la mirada.
—¿Otra vez vienes herido?
Aldren cayó de rodillas.
—Lo siento.
El reflejo permaneció en silencio.
—Lo siento tanto...
La imagen comenzó a desvanecerse.
Aldren extendió una mano hacia el agua.
—¡Espera!
El reflejo desapareció.
El arroyo volvió a quedar vacío.
Aldren permaneció arrodillado.
No sabía si aquello había sido un recuerdo suyo.
Una ilusión.
O algo más.
Pero había escuchado su voz.
Y por primera vez desde su muerte...
no había sentido únicamente dolor.
Había sentido calor.
Cuando la noche llegó...
Aldren no encendió fuego.
Se sentó junto al arroyo.
Abrió la caja.
Sacó una de las cartas de Líria.
Esta vez...
la abrió.
La letra era sencilla.
Reconocible.
«Aldren:
Eryn dice que quiere convertirse en caballero.
Lyanna dice que quiere llenar nuestro jardín de flores.
Yo creo que ambos heredaron tu terquedad.
Pero no se lo digas.
Esta noche te prepararé tu comida favorita.
Regresa pronto.
Líria.»
Aldren leyó la carta dos veces.
Después una tercera.
La acercó al pecho.
Y lloró.
No como el caballero que había sido.
No como el hombre que buscaba respuestas.
Simplemente...
como un esposo que extrañaba a su mujer.
El bosque no interrumpió.
No hubo voces.
No hubo apariciones.
Solo silencio.
Un silencio que, por primera vez...
no parecía vacío.
Parecía respeto.
Muy lejos de allí...
Morthael permanecía junto al lago.
Elyndra estaba a su lado.
—Ha comenzado a comprender.
Morthael observó las aguas.
—Todavía no.
—¿Entonces qué ha comprendido?
El Guardián tardó en responder.
—Que recordar no significa negarse a dejar partir.
Elyndra bajó la mirada.
—¿Y eso lo ayudará?
Morthael observó la pequeña luz de Lyanna reflejada sobre el lago.
—Tal vez.
—¿Y si no?
Morthael cerró los ojos.
—Entonces el bosque le enseñará.
En otro lugar...
Morghul observaba una de las mismas aguas.
Pero su reflejo era diferente.
No veía a Aldren.
Veía a Líria.
Después a Eryn.
Después a Lyanna.
Y finalmente...
a Aldren.
Morghul sonrió.
—El recuerdo puede convertirse en esperanza.
La imagen cambió.
—Pero también puede convertirse en obsesión.
Una sombra apareció detrás de él.
—¿Debemos alimentar su dolor?
Morghul negó.
—No.
—¿Entonces?
El dios observó la imagen de Aldren.
—Déjalo elegir.
Sonrió.
—Las decisiones tomadas libremente son las más deliciosas.
La noche avanzó.
Aldren cerró la caja.
Guardó la carta.
Y se quedó mirando el agua.
No sabía cuánto tiempo permaneció allí.
Quizá minutos.
Quizá horas.
Hasta que algo apareció al otro lado del arroyo.
Una pequeña luz blanca.
Luego otra.
Después una tercera.
Aldren se levantó.
Las tres luces flotaron sobre el agua.
No se acercaron.
No huyeron.
Simplemente permanecieron allí.
Aldren sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—¿Sois vosotros?
Las luces temblaron.
Una.
Dos.
Tres veces.
Aldren cerró los ojos.
—No importa.
Respiró profundamente.
—No necesito saberlo.
Las luces comenzaron a desaparecer.
Aldren sonrió.
Una sonrisa triste.
Pero sincera.
—Mientras os recuerde...
Miró el agua.
—seguiréis conmigo.
Las tres luces desaparecieron.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Pero esta vez...
Aldren comprendió que aquel silencio no significaba ausencia.
Significaba espera.
Y en algún lugar, mucho más profundo dentro del bosque...
algo acababa de despertar.
Algo que llevaba siglos esperando que un hombre pronunciara los nombres correctos.