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CAPÍTULO X: El Bosque del Silencio - Parte IV: La verdad que sobrevive

La Promesa de las sombras · por Zuir · 02 de septiembre de 2026

La puerta se cerró detrás de Aldren.

No hubo estruendo.

No hubo un golpe seco que anunciara el final del camino.

Simplemente…

se cerró.

La oscuridad lo envolvió.

Durante unos segundos, Aldren permaneció inmóvil, con una mano todavía extendida hacia la piedra.

Esperó.

Nada.

Ni el sonido del bosque.

Ni el viento.

Ni siquiera su propia respiración parecía pertenecer a aquel lugar.

Entonces escuchó algo.

Un leve crujido.

Después otro.

Y otro.

Como si algo antiguo estuviera despertando bajo sus pies.

Aldren retiró lentamente la mano de la puerta.

—¿Varick?

Su voz se perdió en la oscuridad.

No recibió respuesta.

Avanzó un paso.

Luego otro.

La piedra bajo sus botas estaba húmeda.

No por lluvia.

Era agua.

Una fina película recorría el suelo formando pequeñas líneas que se perdían entre las grietas.

Aldren bajó la mirada.

El agua avanzaba en dirección contraria a la pendiente.

Subía.

Contra toda lógica.

Retrocedió instintivamente.

Entonces una tenue luz apareció al fondo del corredor.

No era una antorcha.

Era blanca.

Una luz parecida a la de las tres pequeñas llamas que había visto sobre el agua.

Aldren sintió que el pecho se le cerraba.

—No...

La luz no se acercó.

Simplemente permaneció allí.

Esperándolo.

Aldren apretó la caja de recuerdos contra su pecho.

Por un instante pensó en volver.

No porque tuviera miedo de la oscuridad.

Sino porque comenzaba a comprender que algunas verdades podían ser más dolorosas que cualquier mentira.

Pero entonces recordó las últimas palabras de Varick.

«Todavía puedo decirte la verdad.»

Y siguió caminando.

El corredor terminó en una cámara circular.

Aldren se detuvo en el umbral.

Había cinco columnas.

Cada una estaba cubierta de símbolos antiguos.

En el centro había una superficie de agua perfectamente inmóvil.

No parecía un estanque.

Parecía un espejo.

Aldren se acercó.

Y entonces lo vio.

No su rostro.

Una habitación.

Una habitación que reconoció inmediatamente.

Su antigua casa.

La noche del incendio.

Aldren dio un paso atrás.

—No.

La imagen continuó.

Pero esta vez no mostró las llamas.

Mostró algo que él nunca había visto.

La misma casa.

Horas antes.

Líria estaba sentada junto a la mesa.

Eryn jugaba con una pequeña espada de madera.

Lyanna dibujaba.

Aldren sintió que las piernas casi le fallaban.

La escena era demasiado real.

Podía escuchar las voces.

La risa de su hijo.

La voz de Líria.

El sonido de la pluma de Lyanna contra el papel.

Pero aquello no era un recuerdo suyo.

Era algo que él no había presenciado.

Era una memoria que pertenecía a otro.

La imagen cambió.

La puerta se abrió.

Varick entró.

Aldren contuvo el aliento.

El comandante llevaba la armadura de la Guardia Negra.

Su rostro mostraba cansancio.

Preocupación.

Y algo más.

Culpa.

Varick habló con Líria.

La imagen no tenía sonido.

Después levantó la mirada hacia una ventana.

Algo pareció inquietarlo.

Varick salió.

La escena volvió a cambiar.

Esta vez apareció un camino.

Un grupo de soldados avanzaba por el bosque.

No llevaban los colores de la Guardia Negra.

Pero sí vestían el uniforme del ejército del reino.

Aldren sintió un escalofrío.

Los observó.

Uno de ellos llevaba un estandarte doblado.

Otro sostenía una espada.

Y un tercero...

Aldren entrecerró los ojos.

El hombre llevaba una insignia.

No pertenecía al ejército.

Era un símbolo que Aldren nunca había visto.

Un círculo atravesado por cinco líneas.

La imagen desapareció.

El agua volvió a quedar inmóvil.

Aldren permaneció mirando su propio reflejo.

—¿Qué significa esto?

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Que la noche que destruyó tu hogar comenzó mucho antes de que llegaras.

Aldren se giró.

La voz de Varick.

No era una ilusión.

Era una grabación.

Un eco conservado en aquella cámara.

Aldren miró alrededor.

—¿Dónde estás?

Silencio.

Después, la voz volvió a escucharse.

—Si has llegado hasta aquí, probablemente ya hayas comprendido que el incendio no fue una operación de la Guardia Negra.

Aldren cerró los puños.

—Eso ya lo sé.

—No.

La voz fue tranquila.

—Sabes que no fueron mis hombres.

Una pausa.

—Todavía no sabes quiénes fueron.

Aldren sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

La cámara pareció hacerse más pequeña.

—Entonces dime quién.

No hubo respuesta inmediata.

Cuando Varick volvió a hablar, su voz había cambiado.

Sonaba más baja.

Más cansada.

Como la voz de un hombre que había repetido aquellas palabras demasiadas veces en su cabeza.

—No lo sé.

Aldren abrió los ojos.

—¿Qué?

—No sé quién dio la orden.

La sinceridad de aquella respuesta resultó más inquietante que cualquier nombre.

Aldren miró el agua.

—Mentiroso.

—Ojalá lo fuera.

La voz continuó.

—Durante años serví al reino creyendo que las órdenes que recibíamos provenían de personas que respondían ante el rey. Era sencillo. Había una cadena de mando. Un capitán recibía órdenes de un comandante. El comandante respondía ante el consejo. El consejo respondía ante la corona.

La superficie del agua comenzó a ondularse.

—Pero aquella noche...

La voz se detuvo.

—Aquella noche había órdenes que nadie reconocía.

La imagen apareció nuevamente.

Soldados entrando en la casa.

Flechas incendiarias.

La Guardia Negra llegando.

Varick comprendiendo demasiado tarde que alguien había preparado una trampa.

Aldren observó cada detalle.

Esta vez no apartó la mirada.

—Cuando llegamos a tu casa —continuó Varick—, encontramos hombres vestidos como soldados del reino. Pensé que eran una unidad enviada para arrestarte.

La imagen mostró a Varick desenvainando su espada.

—Entonces uno de ellos dijo algo.

Aldren se inclinó ligeramente hacia el agua.

—¿Qué dijo?

Silencio.

—Dijo que nosotros tampoco debíamos salir vivos de allí.

Aldren sintió un frío profundo.

La misma idea que había sospechado aquella noche.

La Guardia Negra no había sido enviada simplemente para capturarlo.

También era un obstáculo.

Un testigo.

Varick continuó:

—Comprendí entonces que la operación no tenía como objetivo únicamente a tu familia.

La imagen desapareció.

Solo quedó el rostro de Varick.

—Era una limpieza.

Aldren respiró lentamente.

—¿Limpieza de qué?

La voz tardó en responder.

—De personas que sabían demasiado.

La cámara quedó en silencio.

Aldren bajó la cabeza.

Durante años había pensado que su familia había muerto porque alguien quería destruirlo.

Ahora aparecía una posibilidad todavía peor.

Quizá su familia no había sido el verdadero objetivo.

Quizá habían sido una pieza.

Una consecuencia.

Un daño colateral dentro de algo mucho más grande.

—¿Qué sabía mi familia?

La voz no respondió.

Aldren levantó la mirada.

—¡¿Qué sabía Líria?!

El eco de su voz recorrió la cámara.

Por primera vez, la voz de Varick pareció quebrarse.

—No lo sé.

Aldren golpeó la piedra con el puño.

—¡Entonces dime algo que sí sepas!

El silencio volvió.

Y finalmente:

—Líria no era el objetivo.

Aldren quedó inmóvil.

La frase atravesó la habitación.

—¿Qué quieres decir?

—Que aquella noche alguien estaba buscando algo.

El agua comenzó a moverse.

Las imágenes aparecieron una tras otra.

La casa.

La mesa.

El bosque.

Los soldados.

El fuego.

Y finalmente...

La caja.

La misma caja que Aldren sostenía contra su pecho.

Aldren la miró.

—No...

Varick continuó:

—Cuando inspeccioné la casa después del incendio, encontré algo extraño.

Aldren apretó la caja.

—¿Qué?

—No todos los soldados estaban buscando personas.

La imagen mostró a uno de aquellos hombres revolviendo cajones.

Otro levantaba tablas.

Otro examinaba documentos.

Uno de ellos entró en la habitación donde Líria guardaba sus pertenencias.

Y allí encontró algo.

Un pequeño paquete.

Aldren no podía distinguirlo.

La imagen se distorsionó.

—¿Qué era?

La voz de Varick respondió:

—No lo sé.

La imagen se apagó.

Aldren sintió frustración.

—¡¿Qué era?!

Nada.

—¡Varick!

Entonces apareció una última imagen.

Una mano.

La mano de Varick.

Sosteniendo un pequeño fragmento de papel.

Sobre él había una sola palabra.

Nerath.

Aldren se quedó inmóvil.

La palabra le resultaba extrañamente familiar.

No sabía de dónde.

No sabía por qué.

Pero al verla sintió algo.

Como si hubiera escuchado aquel nombre en un sueño olvidado.

La voz de Varick volvió a escucharse.

—No entendí qué significaba.

Una pausa.

—Así que investigué.

El agua comenzó a oscurecerse.

—Encontré referencias en textos demasiado antiguos para pertenecer a la historia oficial del reino.

Aldren levantó lentamente la mirada.

—¿Qué decían?

Varick tardó en responder.

—Que Nerath era un nombre utilizado antes de que existiera nuestro reino.

Aldren sintió un escalofrío.

—¿De quién?

La respuesta llegó casi como un susurro.

—Del guardián del último umbral.

El aire desapareció de los pulmones de Aldren.

Morthael.

El nombre no fue pronunciado.

No era necesario.

Aldren recordó al dios que había visto entre las sombras de sus sueños.

Recordó aquellas palabras.

«Recordar no significa negarse a dejar partir.»

Varick continuó:

—Pensé que se trataba de una leyenda.

La imagen mostró antiguos manuscritos.

Símbolos.

Cinco figuras.

Una puerta.

Un río.

Y una figura sin rostro.

—Pero entonces descubrí algo que me hizo comprender que la leyenda no estaba muerta.

Aldren se acercó.

—¿Qué?

La imagen se detuvo.

Un documento apareció.

Había un sello real.

Aldren reconoció el símbolo.

Era el sello de la corona.

Su respiración se detuvo.

Pero el documento estaba parcialmente quemado.

Solo algunas palabras permanecían legibles.

«...cuando los cinco recuerden...»

El resto había desaparecido.

Aldren sintió que algo dentro de él se estremecía.

Cinco.

La pintura.

Las cinco figuras.

Las cinco luces de Lyanna.

La inscripción.

Y ahora aquel documento.

—¿Quiénes son los cinco?

La voz de Varick no respondió.

En cambio, dijo:

—Eso es lo que nunca pude descubrir.

Aldren cerró los ojos.

Por un momento recordó la sonrisa de Lyanna.

La manera en que sujetaba las flores.

La voz de Líria.

Eryn diciendo que algún día sería un caballero.

Cinco.

La palabra parecía perseguirlo.

Pero antes de que pudiera formular otra pregunta, Varick habló nuevamente.

—Hay algo más que debes saber.

Aldren abrió los ojos.

—¿Qué?

—Yo no dejé este mensaje para que buscaras venganza.

Aldren permaneció inmóvil.

—Lo dejé porque sabía que algún día alguien intentaría convertir tu dolor en un arma.

El silencio se volvió pesado.

—Y si estás escuchando esto —continuó Varick—, significa que probablemente ya lo esté intentando.

Aldren sintió que la temperatura de la cámara descendía.

No estaba solo.

No sabía cómo.

Pero lo sintió.

Algo estaba escuchando.

Algo que no pertenecía al bosque.

Algo que había estado observándolo desde mucho antes de que cruzara la puerta.

La voz de Varick se volvió apenas audible.

—No confíes en aquellos que te prometan respuestas fáciles.

Aldren miró hacia la oscuridad.

—¿Por qué?

—Porque la verdad nunca llega completa.

La imagen del agua comenzó a desaparecer.

—A veces llega como una herida.

Otra imagen.

Líria.

Sonriendo.

—A veces como un recuerdo.

Eryn.

Corriendo.

—Y a veces...

Lyanna.

Con su dibujo entre las manos.

—...como alguien que todavía te ama desde el lugar al que no puedes llegar.

Aldren cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su rostro.

—Varick...

La voz hizo una última pausa.

—Aldren.

Él levantó la mirada.

—Si algún día dudas de todo lo que te dijeron...

La imagen de Varick desapareció.

—Recuerda esto.

Silencio.

—Yo también estuve allí.

La cámara quedó completamente oscura.

Y entonces Aldren comprendió.

Varick no le había dejado una respuesta.

Le había dejado una advertencia.

Durante varios minutos, Aldren no se movió.

Solo permaneció de pie frente al agua.

La caja de recuerdos seguía contra su pecho.

Su mano temblaba.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Tal vez minutos.

Tal vez horas.

Finalmente abrió la caja.

Sacó las cartas.

El dibujo.

La pequeña nota de Lyanna.

La sostuvo frente a la luz que aún quedaba en la cámara.

«Mamá dice que los recuerdos necesitan un lugar donde quedarse.»

Aldren pasó el dedo sobre las palabras.

—Lo encontraste tú primero...

Su voz se quebró.

—¿Verdad, pequeña?

Nadie respondió.

Pero por primera vez desde aquella noche...

Aldren no necesitó una respuesta.

Guardó nuevamente el dibujo.

Después las cartas.

Cerró la caja.

Y se puso de pie.

Ya no era el hombre que había entrado en aquella cámara.

Seguía teniendo dolor.

Seguía teniendo preguntas.

Seguía queriendo encontrar a los responsables.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez, comprendía que su camino no consistía únicamente en descubrir quién había provocado la tragedia.

También debía descubrir por qué alguien había querido borrar aquello que su familia había dejado atrás.

Aldren caminó hacia el centro de la cámara.

Las cinco columnas comenzaron a emitir una tenue luz.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

La quinta permaneció oscura.

Aldren la observó.

No sabía por qué.

Pero sintió que debía esperar.

Entonces una gota cayó desde el techo.

Golpeó el agua.

Y la superficie volvió a mostrar una imagen.

No era Varick.

No era Líria.

No era Lyanna.

Era un hombre sentado en un trono.

Aldren sintió que el corazón se detenía.

El rey.

La imagen era borrosa.

Demasiado antigua.

Demasiado incompleta.

Aldren se acercó.

El rey levantó lentamente la cabeza.

Parecía estar hablando con alguien.

Pero no había sonido.

Aldren esperó.

La imagen se distorsionó.

Y por un instante creyó ver una segunda figura detrás del trono.

Una sombra.

Alta.

Inmóvil.

Sonriendo.

Entonces la imagen desapareció.

Aldren retrocedió.

—¿Quién eres?

No hubo respuesta.

Pero desde algún lugar profundo del bosque llegó un sonido.

Un cuervo.

Uno solo.

Después otro.

Y otro.

El silencio que había dominado el Bosque del Silencio comenzó a romperse.

Muy lentamente.

Como si el bosque hubiera terminado de mostrarle aquello que necesitaba ver.

Aldren se giró hacia la puerta.

Esta vez estaba abierta.

Más allá esperaba la niebla.

Y dentro de ella...

una pequeña flor blanca había aparecido sobre el suelo.

Aldren se acercó.

La recogió.

La sostuvo entre los dedos.

Y recordó las palabras de la guardiana de los nombres.

«No has venido a huir.»

«Has venido a recordar.»

Aldren miró hacia el bosque.

—Entonces recordaré.

Guardó la flor dentro de la caja.

Y comenzó a caminar.

No hacia el pasado.

No hacia la venganza.

Hacia la verdad.

Sin saber todavía que la verdad que buscaba también estaba buscándolo a él.

Muy lejos de allí.

En un lugar donde no existían caminos.

Donde la oscuridad no era ausencia de luz, sino una presencia antigua.

Una figura observaba.

Morghul permanecía inmóvil.

Había seguido cada paso.

Cada recuerdo.

Cada descubrimiento.

Pero ahora no sonreía.

La puerta antigua.

El mensaje de Varick.

El nombre de Nerath.

Las cinco figuras.

Algo no encajaba.

—Eso no debía estar allí.

Su voz apenas fue un murmullo.

Por primera vez en mucho tiempo, una duda cruzó su rostro.

No era miedo.

Todavía no.

Era algo más peligroso.

Incertidumbre.

Porque Morghul comprendía una verdad que pocos seres podían comprender.

Las personas podían ser manipuladas.

Los reinos podían caer.

Los recuerdos podían deformarse.

Pero algunas cosas...

algunas cosas antiguas...

no obedecían a nadie.

Y aquella noche, en lo profundo del bosque, algo había despertado.

No un dios.

No todavía.

Una memoria.

Morghul entrecerró los ojos.

—Entonces veremos cuánto puede recordar.

La oscuridad volvió a envolverlo.

Y el bosque guardó silencio una vez más.

Pero esta vez...

no era el silencio de algo dormido.

Era el silencio de algo que estaba escuchando.

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