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CAPÍTULO X: El Bosque del Silencio - Parte I: Donde los nombres desaparecen

La Promesa de las sombras · por Zuir · 30 de agosto de 2026

«Hay bosques que esconden caminos. Otros esconden secretos. Y existen algunos que no esconden nada... porque son ellos mismos el secreto.»


El camino hacia el norte se volvió cada vez más estrecho.

Aldren llevaba tres días viajando.

Había dejado atrás las últimas aldeas de Arken y, con ellas, los caminos frecuentados por comerciantes y soldados.

Ahora solo existía tierra húmeda.

Piedras.

Árboles.

Y una niebla que parecía aparecer cada mañana antes incluso de que saliera el sol.

Brann avanzaba lentamente.

El caballo había comenzado a inquietarse desde el segundo día.

Aldren lo había notado.

No era miedo.

Al menos, no exactamente.

Era reconocimiento.

Como si el animal hubiera estado allí antes.

—¿Qué ocurre?

Brann resopló.

Aldren acarició su cuello.

—Yo tampoco confío en este lugar.

Continuaron.

Frente a ellos se levantaban los árboles.

Eran enormes.

Demasiado antiguos.

Sus troncos parecían columnas naturales y sus ramas se entrelazaban tan arriba que apenas podía verse el cielo.

Aldren había escuchado historias sobre aquel bosque.

Los habitantes de las aldeas lo llamaban de distintas maneras.

El Bosque Gris.

El Bosque de los Susurros.

El Bosque de los Muertos.

Pero existía un nombre que aparecía repetidamente en los relatos más antiguos:

El Bosque del Silencio.

Aldren nunca había creído en aquellas historias.

Ahora no estaba tan seguro.

Detuvo a Brann frente al primer árbol.

Había una piedra junto al camino.

Aldren desmontó.

La piedra estaba cubierta de musgo.

Retiró parte con la mano.

Aparecieron unas palabras.

No estaban escritas en el idioma moderno.

Pero Aldren reconoció algunos símbolos.

Había estudiado lenguas antiguas durante sus años como capitán.

Aquello pertenecía a una escritura utilizada antes de la fundación de Arken.

La inscripción decía:

«Aquí termina el camino de quienes vienen a olvidar.»

Aldren permaneció observándola.

—Yo no vengo a olvidar.

El bosque respondió con silencio.

Aldren volvió a montar.

Y cruzó el límite.

La diferencia fue inmediata.

El sonido del viento desapareció.

No disminuyó.

Desapareció.

Brann continuó caminando.

Sus cascos golpeaban la tierra.

Aldren podía escucharlos.

Pero ningún pájaro cantaba.

Ningún insecto zumbaba.

Ninguna rama crujía.

Incluso su propia respiración parecía demasiado fuerte.

Aldren miró alrededor.

Los árboles permanecían inmóviles.

No había viento.

Sin embargo...

Las hojas se movían.

Una.

Dos.

Tres.

Todas al mismo tiempo.

Aldren llevó la mano hacia la espada.

Esperó.

Nada ocurrió.

—Continúa.

Brann avanzó.

Después de una hora...

Aldren encontró el primer altar.

Era pequeño.

Una estructura de piedra cubierta de raíces.

Sobre ella había cinco espacios circulares.

Cuatro estaban vacíos.

El quinto contenía una flor blanca.

Aldren desmontó.

La observó.

Era idéntica a la flor que había visto dibujada en uno de los antiguos documentos sobre el Reino del Último Umbral.

La misma que había aparecido en sueños desde la noche del incendio.

Aldren extendió la mano.

No llegó a tocarla.

La flor se cerró.

El caballero retiró los dedos.

Por primera vez sintió algo parecido al miedo.

No por sí mismo.

Por lo que aquello significaba.

—¿Qué eres?

La flor volvió a abrirse.

Dentro había una pequeña gota de agua.

Aldren la observó.

La gota comenzó a deslizarse por el pétalo.

Cayó sobre la piedra.

Y desapareció.

Aldren permaneció allí unos minutos.

Después escuchó algo.

Un murmullo.

Muy débil.

Se volvió rápidamente.

No había nadie.

Miró entre los árboles.

Nada.

Volvió a escuchar.

Esta vez distinguió una palabra.

—Eryn...

Aldren quedó paralizado.

El mundo pareció detenerse.

—¿Quién dijo eso?

Silencio.

Aldren desmontó.

—¿Quién está ahí?

Nada.

Caminó entre los árboles.

—¡Muéstrate!

La niebla comenzó a espesarse.

Aldren se detuvo.

Entonces escuchó una risa.

Infantil.

Una risa que conocía.

La sangre abandonó su rostro.

—Lyanna...

Corrió.

Apartó ramas.

Tropezó.

Continuó.

—¡Lyanna!

La risa volvió a escucharse.

Más lejos.

Aldren siguió el sonido.

Pero cuanto más avanzaba...

Más lejos parecía encontrarse.

Hasta que comprendió.

Se había alejado del camino.

Y ya no podía verlo.

El bosque permanecía inmóvil.

Aldren respiró profundamente.

No debía dejarse llevar.

Era imposible.

Sus hijos estaban muertos.

Lo sabía.

Había visto sus cuerpos.

Había enterrado sus nombres.

Había llorado frente a sus tumbas.

Aquello no podía ser ellos.

—No sois ellos.

Susurró.

El bosque guardó silencio.

Entonces una voz respondió.

No era la de Lyanna.

Era mucho más antigua.

Pero los recuerdas.

Aldren se giró.

Nada.

—¿Quién eres?

No hubo respuesta.

—¡Muéstrate!

Las ramas comenzaron a moverse.

Una detrás de otra.

Como si algo enorme caminara entre los árboles.

Aldren desenvainó.

El sonido metálico de la espada pareció despertar al bosque.

Durante unos segundos...

Todo permaneció inmóvil.

Después una bandada de cuervos salió de las copas.

Aldren levantó la espada.

Los animales desaparecieron entre la niebla.

Y nuevamente...

Silencio.

Aldren regresó al camino.

Le tomó casi una hora encontrarlo.

Cuando finalmente lo hizo, Brann estaba esperándolo.

El caballo permanecía exactamente donde lo había dejado.

Aldren montó.

Pero antes de avanzar...

miró hacia atrás.

Entre los árboles había algo.

Una silueta.

Pequeña.

Demasiado pequeña para ser un adulto.

Aldren bajó del caballo.

—¿Lyanna?

La figura no respondió.

Aldren avanzó.

Un paso.

Después otro.

La silueta permaneció inmóvil.

Entonces la niebla se abrió.

No había ningún niño.

Solo un árbol.

Aldren cerró los ojos.

—Estoy perdiendo la razón.

No hubo respuesta.

Pero detrás de él...

una pequeña flor blanca apareció sobre la tierra.

Continuó avanzando.

El sol comenzó a descender.

Aldren decidió detenerse antes de que oscureciera completamente.

Encontró un claro.

Encendió una pequeña hoguera.

Sacó la caja de recuerdos.

La abrió.

El dibujo de Lyanna estaba allí.

Las cinco figuras.

Aldren lo colocó sobre sus rodillas.

Observó la quinta.

Sin rostro.

Sin nombre.

—¿Qué viste aquí?

Preguntó.

—¿Por qué dibujaste este lugar?

El fuego crepitó.

Aldren recordó la conversación.

"Si te lo digo... ya no será secreto."

Cerró los ojos.

—¿Era este tu secreto?

Una ráfaga atravesó el claro.

Por primera vez desde que había entrado al bosque...

Aldren escuchó viento.

Abrió los ojos.

Las llamas de la hoguera se inclinaron.

Y el dibujo...

se movió.

No mucho.

Solo lo suficiente.

La quinta figura parecía ahora estar mirando hacia un punto concreto del bosque.

Aldren levantó lentamente la cabeza.

Miró en aquella dirección.

Entre los árboles...

había una luz.

Muy débil.

Blanca.

Aldren guardó el dibujo.

Tomó la espada.

Y se levantó.

No sabía cuánto tiempo caminó.

La luz permanecía siempre a la misma distancia.

Hasta que finalmente llegó a un pequeño claro.

En el centro había una estatua.

No pertenecía a Elarion.

Ni a Sylvara.

Ni a Vael.

Aldren reconoció el estilo.

Era mucho más antiguo.

La figura representaba a un hombre cubierto por una capa.

Su rostro había sido destruido.

Pero sostenía algo entre las manos.

Una pequeña llama.

Debajo de la estatua había una inscripción.

Aldren limpió la piedra.

Leyó:

«Aquel que recuerda no está solo.»

Aldren permaneció inmóvil.

Aquella frase no era una amenaza.

Era una advertencia.

O quizá...

una promesa.

Entonces escuchó pasos.

Uno.

Solo uno.

Detrás de él.

Aldren desenvainó inmediatamente.

Se giró.

Nada.

Los pasos volvieron a escucharse.

Más cerca.

Aldren levantó la espada.

—No sé quién eres.

Silencio.

—Pero no volveré a huir.

Los pasos se detuvieron.

Una voz surgió desde la oscuridad.

—No has venido a huir.

Aldren apretó la empuñadura.

—Entonces, ¿a qué he venido?

La voz respondió:

—A recordar.

Aldren sintió un escalofrío.

—¿Quién eres?

No obtuvo respuesta.

La niebla comenzó a cubrir el claro.

La pequeña luz blanca desapareció.

Y cuando volvió a disiparse...

Aldren estaba completamente solo.

Muy lejos de allí...

En el Reino del Último Umbral...

Morthael abrió los ojos.

Frente a él, las aguas del lago reflejaban el bosque.

Elyndra apareció a su lado.

—Ha entrado.

Morthael asintió.

—Sí.

—¿Lo llamarás?

El Guardián negó.

—No.

—Entonces seguirá escuchando voces.

Morthael contempló el reflejo de Aldren.

—Debe aprender a distinguirlas.

Elyndra permaneció en silencio.

—¿Y si escucha aquello que no debería?

Morthael cerró los ojos.

—Entonces recordará por qué vino.

En otro lugar...

Muy lejos del bosque...

Morghul observaba una pequeña llama negra.

Dentro de ella podía verse a Aldren.

El dios sonrió.

—La memoria es peligrosa.

La llama tembló.

—Porque un hombre que recuerda...

Morghul acercó un dedo.

—puede descubrir quién intentó hacerle olvidar.

La llama se extinguió.

Aldren regresó al campamento poco antes del amanecer.

No durmió.

Permaneció sentado frente al fuego.

La caja descansaba junto a él.

La espada sobre sus rodillas.

Y por primera vez comprendió algo que no había querido aceptar.

El bosque no estaba intentando matarlo.

Estaba intentando mostrarle algo.

Pero no sabía qué.

Y, peor aún...

No sabía si quería verlo.

Porque existían verdades que podían liberar a un hombre.

Y otras...

que podían destruir lo poco que quedaba de él.

Aldren miró hacia los árboles.

—Entonces muéstramelo.

El bosque permaneció en silencio.

Pero muy lejos, entre los árboles...

una quinta luz apareció.

Pequeña.

Blanca.

Esperando.

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