«Cuando un hombre pierde todo aquello que amaba, no siempre busca un nuevo hogar. A veces comienza a caminar porque quedarse en el lugar donde fue feliz resulta más doloroso que cualquier camino desconocido.»
La madrugada encontró a Aldren despierto.
La moneda negra continuaba sobre la mesa.
Junto a ella permanecía la caja de recuerdos.
Dos objetos que no deberían haber pertenecido jamás a la misma historia.
Uno contenía aquello que había perdido.
El otro señalaba hacia aquello que todavía desconocía.
Aldren había pasado toda la noche observándolos.
No había encontrado respuestas.
Pero había tomado una decisión.
Debía abandonar Arken.
No para huir.
Tampoco para olvidar.
Sino porque cada respuesta que necesitaba parecía encontrarse lejos de aquellas murallas.
Se levantó.
Abrió lentamente la caja.
Tomó la cinta azul de Lyanna.
La sostuvo durante unos segundos.
Después la guardó nuevamente.
Tomó la pequeña espada de madera de Eryn.
La contempló.
También volvió a guardarla.
Finalmente sacó una de las cartas de Líria.
No la abrió.
La acercó a su rostro.
Todavía podía imaginar su perfume.
Aquel recuerdo fue suficiente.
—Te llevaré conmigo.
Susurró.
Cerró la caja.
Aldren tomó su antigua armadura.
La había dejado abandonada durante semanas.
La contempló sobre la mesa.
El metal conservaba marcas de innumerables batallas.
Algunas cicatrices pertenecían a guerras que ya nadie recordaba.
Otras habían sido provocadas por enemigos cuyos nombres se habían perdido en la historia.
Pasó los dedos sobre una de ellas.
Recordó a Líria.
"Cada vez que vuelves con una herida nueva, me haces pensar que un día no volverás."
Él siempre respondía de la misma manera.
"Siempre volveré."
Aldren cerró los ojos.
La promesa había muerto.
Pero las palabras permanecían.
Y ahora comprendía algo que nunca había entendido.
Una promesa no deja de existir simplemente porque alguien no consiga cumplirla.
Puede convertirse en una herida.
Puede convertirse en culpa.
Puede convertirse incluso en una razón para seguir caminando.
Aldren volvió a colocarse la armadura.
No porque quisiera volver a ser el Caballero del Alba.
Sino porque el mundo exterior seguía siendo peligroso.
Y aunque su corazón estuviera roto...
Su entrenamiento seguía siendo el mismo.
Antes de abandonar la casa, tomó una última cosa.
La vela blanca que el sacerdote le había dejado.
La guardó dentro de la caja.
Luego salió.
El cielo comenzaba a aclararse cuando llegó a las puertas de Arken.
Los guardias lo reconocieron inmediatamente.
Uno de ellos se cuadró.
—Capitán.
Aldren se detuvo.
—Ya no soy capitán.
El joven bajó ligeramente la mirada.
—Para nosotros siempre lo será.
Aldren no respondió.
El guardia observó el caballo que esperaba junto a él.
—¿Se marcha?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
Aldren miró el camino.
—No lo sé.
El soldado dudó.
—¿Volverá?
Aldren permaneció en silencio.
Finalmente respondió:
—Cuando tenga algo que decir.
El guardia asintió.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Aldren cruzó el umbral.
No miró atrás.
Al menos...
Eso intentó.
Pero cuando había avanzado unos cuantos metros, se detuvo.
Volvió lentamente la cabeza.
Las murallas de Arken se elevaban frente al amanecer.
Durante veinte años había visto aquella ciudad como el corazón de su mundo.
Allí había recibido su espada.
Allí había jurado servir.
Allí había regresado después de cada batalla.
Y allí...
Había perdido todo.
Aldren observó las banderas del reino.
Durante unos instantes sintió la antigua necesidad de arrodillarse ante ellas.
No lo hizo.
Solo las contempló.
—No sé si todavía creo en vosotros.
Susurró.
Después miró el camino.
—Pero todavía creo en ellos.
Y continuó.
El viaje comenzó sin rumbo definido.
Aldren atravesó pequeños pueblos.
Cruzó bosques.
Durmió algunas noches en posadas.
Otras...
Bajo los árboles.
Nunca permanecía demasiado tiempo en un mismo lugar.
No buscaba compañía.
Tampoco la rechazaba.
Simplemente no la necesitaba.
Había aprendido a convivir con el silencio.
Sin embargo, algo comenzó a cambiar.
Cada vez que encontraba una familia necesitada...
Se detenía.
Una anciana que no podía pagar sus medicinas.
Un campesino cuyo caballo había sido robado.
Dos hermanos que habían perdido su cosecha.
Aldren ayudaba.
Nunca pedía dinero.
Nunca aceptaba agradecimientos.
Cuando alguien preguntaba su nombre...
Respondía simplemente:
—Aldren.
Nada más.
Había dejado de utilizar su título.
Pero sin saberlo...
El mundo comenzaba nuevamente a contar historias sobre él.
No como el Caballero del Alba.
Sino como un viajero que aparecía cuando alguien necesitaba ayuda.
Una tarde llegó a una pequeña aldea situada al borde del bosque.
Los habitantes estaban reunidos alrededor de una plaza.
Había tensión.
Aldren desmontó.
—¿Qué ocurre?
Un hombre respondió:
—Soldados.
Aldren miró hacia el camino.
—¿Qué soldados?
—Del reino.
Aquella respuesta hizo que su expresión cambiara.
—¿Qué quieren?
—Dicen que buscan a alguien.
Aldren observó a los habitantes.
—¿A quién?
El hombre negó.
—No lo sabemos.
Entonces aparecieron seis soldados.
Llevaban el emblema de la Corona.
El oficial al mando miró alrededor.
—Buscamos a un hombre.
Aldren sintió un extraño presentimiento.
—¿Nombre?
El oficial sacó un pergamino.
—Aldren.
El silencio cayó sobre la plaza.
Todos miraron al viajero.
Aldren no se movió.
El oficial señaló.
—Tú.
Aldren llevó lentamente la mano hacia la espada.
—¿Quién quiere encontrarme?
El soldado respondió:
—No lo sabemos.
—¿Quién firmó la orden?
El oficial dudó.
Aquella duda fue suficiente.
Aldren comprendió que la historia estaba repitiéndose.
Alguien volvía a utilizar el nombre del reino.
—Entrégate.
Aldren observó a los seis hombres.
No quería luchar.
No eran necesariamente culpables.
Pero tampoco permitiría que lo llevaran sin respuestas.
—Quiero ver la orden.
El oficial se acercó.
Le entregó el pergamino.
Aldren lo leyó.
No había sello real.
Solo una autorización secundaria.
Una firma.
La misma.
Lord Caelen.
Aldren sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
Le devolvió el documento.
—Decidle a vuestro superior que no estoy huyendo.
—Entonces, ¿por qué te marchaste de Arken?
Aldren miró hacia el bosque.
—Porque necesitaba respuestas.
El oficial desenvainó.
—No podemos dejarte marchar.
Aldren suspiró.
—Lo sé.
Desenvainó su espada.
Durante unos segundos...
Nadie se movió.
Entonces el primer soldado atacó.
Aldren bloqueó.
Giró.
Desarmó al hombre sin herirlo.
El segundo intentó golpearlo.
Aldren esquivó.
Utilizó el pomo de la espada para derribarlo.
El tercero retrocedió.
—¡Es el Caballero del Alba!
Aldren cerró los ojos.
Aquellas palabras le dolieron.
No quería volver a ser ese hombre.
Pero su cuerpo todavía recordaba.
Cada movimiento.
Cada defensa.
Cada principio.
En menos de un minuto, los seis soldados estaban en el suelo.
Vivos.
Desarmados.
Aldren guardó su espada.
—No quiero mataros.
El oficial lo observó desde el suelo.
—¿Por qué?
Aldren respondió:
—Porque no sé quién os está utilizando.
El hombre permaneció en silencio.
Aldren se inclinó y recogió el pergamino.
—Pero descubriré quién firma estas órdenes.
Se dio la vuelta.
Y continuó su camino.
Esa noche acampó junto al bosque.
Encendió una pequeña hoguera.
Sacó la caja de recuerdos.
La abrió.
El dibujo de Lyanna apareció nuevamente.
Las cinco figuras.
Aldren lo observó durante largo tiempo.
—¿Qué querías decirme?
Preguntó en voz baja.
No hubo respuesta.
Solo el sonido del bosque.
Entonces recordó algo.
Una conversación que había tenido con Lyanna meses antes.
Ella estaba sentada junto a Líria, dibujando.
Aldren había preguntado:
—¿Quiénes son esas personas?
Lyanna había respondido:
—Nosotros.
—Solo hay cinco.
—Sí.
—Pero somos cuatro.
La niña había sonreído.
—Por eso hay un secreto.
Aldren había reído.
—¿Y cuál es?
Lyanna había colocado un dedo sobre los labios.
—Si te lo digo...
Ya no será secreto.
Aldren había prometido no preguntarlo nunca más.
Ahora aquella promesa parecía adquirir un significado distinto.
Guardó el dibujo.
No intentaría descubrirlo todavía.
Algunas cosas necesitaban permanecer ocultas hasta que llegara su momento.
La hoguera comenzó a apagarse.
Aldren se recostó contra un árbol.
Cerró los ojos.
Entonces escuchó algo.
Un sonido lejano.
Una campana.
Abrió los ojos.
No había ninguna aldea cerca.
Volvió a escucharla.
Una vez.
Dos.
Tres.
El sonido parecía venir del interior del bosque.
Aldren se puso de pie.
Tomó la espada.
Avanzó entre los árboles.
La oscuridad era cada vez más profunda.
La luna desapareció detrás de las nubes.
Entonces encontró una pequeña estructura de piedra.
Un santuario abandonado.
En su interior había una estatua deteriorada.
Aldren acercó la antorcha.
No reconoció al dios representado.
La figura llevaba una mano sobre el corazón y otra sobre una espada.
Debajo había una inscripción casi borrada.
Aldren limpió la piedra.
Pudo leer algunas palabras.
«Lo que es jurado...»
El resto había desaparecido.
Pero debajo...
Había un segundo símbolo.
Los tres círculos entrelazados.
Aldren dio un paso atrás.
La moneda negra comenzó a calentarse dentro de su bolsillo.
La sacó.
El símbolo coincidía exactamente.
Por primera vez...
Comprendió que aquello no era una simple marca.
Era una señal.
Y alguien había querido que él la encontrara.
Muy lejos de allí...
En una cámara donde ninguna llama podía extinguirse...
Morghul observaba una esfera de cristal.
Dentro de ella podía verse a Aldren.
—Ya ha encontrado el santuario.
Una figura permanecía detrás.
—¿Debemos intervenir?
Morghul negó.
—No.
—¿Por qué?
El dios sonrió.
—Porque todavía cree que está siguiendo pistas.
Se acercó a la esfera.
—No comprende que las pistas lo están siguiendo a él.
En el Reino del Último Umbral...
Morthael levantó lentamente la mirada.
Las aguas del lago comenzaron a agitarse.
Elyndra apareció junto a él.
—Ha encontrado la señal.
Morthael permaneció en silencio.
—¿Es demasiado pronto?
El Guardián negó.
—No.
—¿Entonces qué ocurrirá?
Morthael contempló el reflejo de Aldren.
—Ahora comenzará a descubrir que su tragedia no fue solamente una tragedia.
Elyndra comprendió.
—¿Y después?
Morthael cerró los ojos.
—Después llegará al bosque.
La Guardiana guardó silencio.
Morthael añadió:
—Y allí comenzará a escuchar.
Aldren permaneció frente al santuario hasta el amanecer.
No encontró a nadie.
No recibió ninguna respuesta.
Pero antes de marcharse...
Colocó la moneda negra sobre la piedra.
Luego la volvió a recoger.
Miró hacia el bosque.
Había algo allí.
No sabía qué.
Pero podía sentirlo.
No era una presencia maligna.
Tampoco amistosa.
Era algo antiguo.
Algo que llevaba mucho tiempo esperando.
Aldren montó su caballo.
La caja de recuerdos descansaba junto a él.
La espada en su cintura.
La moneda en su bolsillo.
Y los nombres de Líria, Eryn y Lyanna...
Dentro de su corazón.
Comenzó a avanzar hacia el bosque.
Sin saber que aquel camino lo conduciría finalmente hasta el lugar donde los hombres habían dejado de pronunciar un nombre durante siglos.
Un nombre que pertenecía a la muerte.
Un nombre que algún día cambiaría su destino.
Morthael.