"Hay dolores que hacen llorar a un hombre. Y existen otros tan profundos que incluso las lágrimas renuncian a nacer."
El estruendo del techo desplomándose aún retumbaba entre las montañas cuando el tiempo pareció detenerse.
Las llamas seguían elevándose hacia el cielo nocturno como un inmenso árbol de fuego cuyas ramas pretendían alcanzar las estrellas.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Incluso el viento, que durante toda la noche había alimentado el incendio, pareció desaparecer ante el peso de aquella tragedia.
Aldren permanecía inmóvil.
Arrodillado frente a las ruinas.
Su brazo continuaba extendido hacia el lugar donde apenas unos instantes antes había visto el rostro de Líria sonriéndole entre las llamas.
Su mano seguía abierta.
Como si todavía esperara alcanzar la de ella.
Como si el tiempo pudiera retroceder un solo segundo.
Uno más.
Solo uno.
Pero el universo jamás concede ese privilegio.
Entonces ocurrió.
Su brazo cayó lentamente.
No porque hubiera aceptado la realidad.
Sino porque el cuerpo ya no encontraba fuerzas para sostener una esperanza imposible.
—...no...
La palabra apenas escapó de sus labios.
Tan débil que casi fue devorada por el crepitar del fuego.
Después otra.
—No...
Una tercera.
Cada vez más rota.
—No...
Hasta que finalmente el silencio estalló.
—¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
El grito atravesó el valle como un relámpago invisible.
Los caballos se encabritaron.
Las aves ocultas entre los árboles levantaron el vuelo al mismo tiempo.
Los soldados de la Guardia Negra sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Ninguno de ellos olvidaría jamás aquel sonido.
No era el grito de un guerrero.
Era el corazón de un esposo quebrándose.
Era el alma de un padre negándose a aceptar que el mundo pudiera ser tan cruel.
Aldren intentó levantarse.
Sus piernas no respondieron.
Cayó nuevamente sobre las rodillas.
Entonces comenzó a avanzar.
No caminando.
Arrastrándose.
Las manos desnudas se hundían entre las brasas todavía incandescentes.
La piel empezó a quemarse.
No se detuvo.
Apartaba maderas ardientes.
Piedras.
Hierro retorcido.
Todo aquello que pudiera esconder una mínima posibilidad.
—¡Capitán!
Varick dio un paso hacia él.
Dos soldados intentaron sujetarlo.
Aldren los apartó con una fuerza nacida únicamente de la desesperación.
—¡Todavía están ahí!
Su voz ya no sonaba como la de un hombre.
Era un rugido roto.
—¡Ayúdenme!
Nadie respondió.
No porque no quisieran.
Sino porque todos comprendían una verdad imposible de pronunciar.
Ya era demasiado tarde.
Varick observó el incendio.
Durante toda su carrera había visto pueblos arrasados.
Campos cubiertos de cadáveres.
Niños huérfanos.
Compañeros morir entre sus brazos.
Pero nunca había sentido una vergüenza semejante.
Aquella tragedia había ocurrido bajo el estandarte del reino.
Bajo el mismo símbolo que juró proteger.
Apretó con fuerza el puño alrededor de la empuñadura de su espada.
—Registren los alrededores.
Los soldados lo miraron sorprendidos.
—Señor...
—¡Ahora!
La orden resonó con dureza.
No buscaban supervivientes.
Buscaban culpables.
Porque Varick acababa de comprender que aquella noche alguien había declarado la guerra a la verdad.
Aldren seguía removiendo los escombros.
Las llamas consumían lentamente los restos del techo.
Cada tabla que apartaba dejaba al descubierto únicamente ceniza.
Nada más.
Sus manos comenzaron a sangrar.
La sangre se mezclaba con la ceniza húmeda.
No parecía darse cuenta.
Solo repetía una y otra vez el mismo nombre.
—Líria...
Como si pronunciarlo pudiera devolverla.
Como si el amor bastara para desafiar a la muerte.
Muy lejos de allí...
En el Reino del Último Umbral...
Morthael permanecía inmóvil junto al Lago de las Memorias.
Las tres pequeñas luces descansaban ahora sobre la superficie cristalina del agua.
No tenían miedo.
Lyanna observaba fascinada los reflejos que danzaban bajo sus pies.
Eryn sostenía con fuerza la mano de su hermana.
Líria mantenía la mirada fija en un único punto.
No observaba el lago.
Observaba el mundo de los vivos.
Como si aún pudiera sentir el sufrimiento del hombre al que había amado durante tantos años.
Morthael siguió aquella mirada.
No necesitó contemplar el reino de los hombres para saber qué estaba ocurriendo.
Lo escuchaba.
No con los oídos.
Con las almas.
Después de un largo silencio, habló casi en un susurro.
—El dolor también deja cicatrices en el espíritu.
Elyndra apareció a su lado envuelta en una luz tenue.
—¿Lo salvarás?
Morthael tardó varios segundos en responder.
Sus ojos permanecían perdidos en la inmensidad del lago.
—No.
La Guardiana de la Esperanza bajó lentamente la cabeza.
—Porque aún no desea ser salvado.
Morthael asintió.
—Primero deberá atravesar la noche más larga de su existencia.
Solo entonces comprenderá por qué sigo esperándolo.
En el mundo de los hombres...
El incendio comenzaba a extinguirse.
La lluvia regresó.
Lenta.
Silenciosa.
Las primeras gotas cayeron sobre el rostro de Aldren.
Se confundieron con las lágrimas que, por fin, habían conseguido abrirse paso.
No lloraba con fuerza.
No gritaba.
Solo permanecía allí.
Arrodillado.
Con ambas manos hundidas entre las cenizas del lugar que alguna vez había llamado hogar.
El mismo hogar donde había aprendido que existía una victoria más grande que cualquier batalla.
Y ahora...
Solo quedaban ruinas.
Muy cerca de él, casi oculto bajo un fragmento ennegrecido de la antigua mesa familiar, algo permanecía intacto.
Una pequeña caja de madera.
Cubierta de ceniza.
Cerrada.
Esperando el momento en que unas manos temblorosas la descubrieran.
Sin saberlo, aquella humilde caja era lo único que el fuego no había logrado arrebatar.
Porque hay recuerdos que ni siquiera las llamas pueden consumir.
Y hay promesas que sobreviven incluso cuando el mundo entero parece haber desaparecido.