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Capítulo VII: El Eco de la Traición - Parte IV: La Promesa Rota

La Promesa de las sombras · por Zuir · 06 de agosto de 2026

"Hay un instante en el que el destino deja de ser un camino. Se convierte en una herida. Y algunas heridas cambian el mundo para siempre."


La primera tabla de la puerta cedió con un estruendo que hizo temblar toda la casa.

Líria sujetó con más fuerza la espada ceremonial.

Era pesada.

Muy pesada.

No estaba hecha para una mujer acostumbrada a cultivar flores y amasar pan.

Era el arma de un caballero.

El símbolo de una vida que Aldren siempre había intentado dejar fuera de aquel hogar.

Sin embargo...

Aquella noche...

El mundo de la guerra había llegado hasta ellos.

Lyanna abrazaba con fuerza a su hermano.

Los dos permanecían detrás de su madre.

Ninguno lloraba.

Todavía.

Los niños perciben el peligro de una forma distinta a los adultos.

No entienden la muerte.

Pero sí reconocen cuándo el miedo invade el corazón de quienes los protegen.

Líria respiró profundamente.

Volvió a mirar la espada.

Recordó el día en que Aldren la colocó sobre la chimenea.

—Espero que jamás tengas que tocarla.

Ella había sonreído.

—Entonces procura volver siempre.

Él respondió besando su frente.

—Esa es la única promesa que nunca romperé.

Otro golpe.

La puerta comenzó a resquebrajarse.

Una voz surgió desde el exterior.

—¡Capitán Aldren!

¡En nombre del reino, abra la puerta!

Líria sintió un vacío en el pecho.

Reconocía aquella forma de hablar.

No era la voz de un bandido.

Era un soldado.

Mientras tanto...

Varick y la Guardia Negra descendían desesperadamente por la colina.

El humo era cada vez más espeso.

El comandante comprendió inmediatamente que algo iba mal.

Aquella operación había sido diseñada para capturar a Aldren.

No para incendiar su hogar.

—¡Más rápido!

gritó.

Los caballos casi volaban sobre el camino.

A varios cientos de metros de la casa...

Aldren apareció entre los árboles.

Vio las llamas.

Y el mundo dejó de existir.

Brann relinchó con desesperación.

El caballero no necesitó espolearlo.

Ambos corrieron con todas las fuerzas que aún les quedaban.

Dentro de la vivienda...

La puerta finalmente cayó.

Cinco soldados irrumpieron con las espadas desenvainadas.

Líria retrocedió un paso.

Reconoció inmediatamente el uniforme.

Ejército Real.

Pero había algo diferente.

Ninguno llevaba insignias personales.

Sus rostros permanecían ocultos bajo cascos negros.

El que parecía dirigirlos levantó una mano.

—Busquen al capitán.

Uno de los soldados respondió.

—No está.

El comandante permaneció inmóvil.

Después observó a Líria.

—Entonces...

Llévense a la familia.

Antes de que alguno pudiera avanzar...

Una nueva voz retumbó desde el exterior.

—¡¡DETÉNGANSE!!

Todos giraron.

Varick atravesó la puerta con la espada desenvainada.

Detrás de él aparecieron los hombres de la Guardia Negra.

Su mirada recorrió rápidamente la habitación.

Los niños.

Líria.

Los soldados.

Y comprendió la verdad.

Aquellos hombres...

No pertenecían a su unidad.

El comandante dio un paso al frente.

—¿Quién les dio esta orden?

El oficial desconocido sonrió detrás del casco.

—La misma persona que se la dio a usted.

Varick frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Jamás recibimos autorización para atacar civiles.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Porque ustedes solo conocen una parte del plan.

En ese instante...

Una flecha atravesó una de las ventanas.

Se clavó en una viga del techo.

Llevaba un pequeño recipiente de aceite ardiendo.

El fuego comenzó a extenderse.

Luego llegó una segunda.

Una tercera.

Una cuarta.

En pocos segundos...

La casa comenzó a incendiarse.

Todos quedaron paralizados.

Incluso los propios soldados.

Varick comprendió inmediatamente.

—¡Nos tendieron una emboscada!

No solo a Aldren.

También a la Guardia Negra.

Alguien pretendía eliminar a todos los testigos.

—¡¡Saquen a los niños!!

gritó.

Sus hombres obedecieron inmediatamente.

Dos guardias corrieron hacia Lyanna y Eryn.

Pero antes de alcanzarlos...

Las vigas comenzaron a desplomarse.

Un enorme tronco ardiente cayó entre ambos grupos.

El fuego dividió la habitación.

Líria abrazó con fuerza a sus hijos.

El humo comenzaba a llenar cada rincón.

La respiración resultaba cada vez más difícil.

Miró alrededor.

No existía salida.

Entonces...

Escuchó algo.

El galope de un caballo.

Uno que conocía mejor que ningún otro.

Brann.

Una esperanza inmensa iluminó su rostro.

—Ha vuelto...

susurró.

En el exterior...

Aldren desmontó incluso antes de que Brann se detuviera.

Corrió desesperadamente hacia la casa.

Las llamas rugían como bestias.

—¡¡LÍRIA!!

Su grito atravesó todo el valle.

Desde el interior...

Ella respondió.

—¡¡ALDREN!!

Solo escuchar aquella voz bastó para devolverle la vida.

Intentó entrar.

Pero una explosión lanzó una lluvia de brasas frente a él.

El calor era insoportable.

Varick apareció entre el humo.

Sujetó a Aldren antes de que atravesara el fuego.

—¡No puedes entrar!

Aldren lo empujó con una fuerza descomunal.

—¡¡MI FAMILIA ESTÁ AHÍ!!

—¡El techo va a caer!

—¡¡NO ME IMPORTA!!

Los ojos de ambos hombres se encontraron.

Varick comprendió inmediatamente quién era aquel caballero.

Había oído innumerables historias sobre él.

Nunca imaginó conocerlo así.

Ni convertirse en el hombre que intentaba impedirle salvar a quienes amaba.

Dentro de la casa...

Líria observó cómo el fuego avanzaba.

Comprendió que ya no quedaba tiempo.

Se arrodilló frente a sus hijos.

Los abrazó con una ternura infinita.

Besó la frente de Lyanna.

Luego la de Eryn.

Su voz permanecía completamente serena.

Como si quisiera regalarles un último recuerdo libre de miedo.

—Escuchadme...

Los dos la miraban llorando.

—Papá va a venir.

Como siempre.

Y cuando llegue...

Quiero que recordéis algo.

Eryn apenas podía respirar.

—Tengo miedo...

Líria lo abrazó con fuerza.

—Yo también.

Pero el valor no significa dejar de tener miedo.

Significa proteger aquello que amas incluso cuando el miedo existe.

Después miró a Lyanna.

La niña lloraba en silencio.

—Cuida siempre de tu hermano.

La pequeña asintió.

Entre lágrimas.

En ese instante...

Las llamas comenzaron a rodearlos completamente.

El techo crujió.

La madera ya no resistía.

Líria cerró los ojos.

Y por primera vez en muchos años...

Rezó.

No pidió un milagro.

No pidió salvarse.

Solo pronunció una oración.

—Si existe alguien que escuche a las madres...

No permitas que mis hijos sufran.

Muy lejos de allí...

En el Reino del Último Umbral...

Morthael abrió lentamente la palma de su mano.

La flor blanca comenzó a perder sus pétalos.

Uno tras otro.

Las sombras lo observaban.

Ninguna hablaba.

Entonces...

Una figura luminosa apareció frente a él.

Era Elyndra, Guardiana de la Esperanza.

Su luz llenó el inmenso salón.

—Ha llegado el momento.

dijo con infinita tristeza.

Morthael asintió.

—Lo sé.

—¿Estás preparado?

El Guardián permaneció largo tiempo en silencio.

Después respondió con una voz que parecía contener todo el dolor del universo.

—Ningún guardián está preparado para recibir a un niño.

En el mundo de los hombres...

Aldren consiguió finalmente romper una de las ventanas.

Las llamas devoraban cada habitación.

El humo le impedía ver.

—¡¡LÍRIA!!

Escuchó su voz.

Muy débil.

—...aquí...

Se lanzó al interior.

El fuego comenzó a consumir su capa.

No le importó.

Siguió avanzando.

Tropezó.

Cayó.

Volvió a levantarse.

Cada respiración quemaba sus pulmones.

Pero continuó.

Porque el amor puede hacer que un hombre desafíe incluso aquello que sabe imposible.

Entonces la vio.

Líria.

De pie entre las llamas.

Abrazando a sus hijos.

Sonreía.

No con resignación.

Sino con el mismo amor con el que siempre lo había esperado al regresar de la guerra.

Sus labios se movieron lentamente.

Aldren no escuchó ninguna palabra.

Pero supo exactamente lo que decía.

"Has vuelto."

Corrió hacia ella.

Extendió la mano.

Solo unos pasos más.

Solo uno.

Entonces...

El techo entero se desplomó entre ellos.

El estruendo sacudió todo el valle.

El fuego rugió hacia el cielo.

Y el grito de Aldren atravesó la noche con una fuerza tan desgarradora...

Que incluso el viento dejó de soplar.

En el Reino del Último Umbral...

Morthael cerró lentamente los ojos.

Las aguas del lago se agitaron.

Tres pequeñas luces comenzaron a elevarse desde el mundo de los hombres.

No eran almas llenas de miedo.

Eran tres llamas serenas.

Una mujer.

Dos niños.

El Guardián dio un paso al frente.

No vestía como un dios.

Vestía como un humilde caminante.

Y, con una delicadeza infinita, extendió ambas manos.

Las tres luces descendieron suavemente sobre ellas.

Morthael inclinó la cabeza.

Como quien recibe a antiguos amigos.

—Bienvenidos.

Aquí...

Ningún dolor volverá a alcanzarlos.

Lyanna observó al desconocido.

—¿Papá llegará?

Morthael sonrió con una tristeza inmensa.

—Sí.

Pero todavía no.

Tiene una promesa que cumplir.

La niña tomó la mano de su hermano.

Líria levantó la mirada.

Comprendió inmediatamente quién era aquel ser.

No sintió miedo.

Solo paz.

—Cuídalo.

susurró.

Morthael inclinó lentamente la cabeza.

—Lo haré.

Aunque para lograrlo...

Él tendrá que odiarme primero.

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