"Las llamas consumen la madera, el hierro y la carne. Pero existen recuerdos que ni el fuego, ni el tiempo, ni la muerte consiguen reducir a cenizas."
La lluvia terminó imponiéndose al incendio.
Poco a poco, el rugido de las llamas fue transformándose en un largo lamento de madera quebrándose bajo el peso del agua.
Columnas de humo ascendían lentamente hacia el cielo oscuro.
El aroma del hogar había desaparecido.
Solo permanecía el olor de la ceniza.
Y de la muerte.
Nadie se atrevía a hablar.
Los hombres de la Guardia Negra caminaban entre los restos calcinados con el respeto que se reserva a los campos donde acaba de librarse una batalla imposible de ganar.
No buscaban enemigos.
Buscaban cuerpos.
Cada tabla retirada era una oración silenciosa.
Cada piedra levantada era una esperanza que se desvanecía un instante después.
Varick observaba a sus hombres trabajar.
Había ordenado que nadie pronunciara una sola palabra.
No por disciplina.
Sino porque comprendía que el silencio era la única muestra de respeto que aún podían ofrecer.
A unos pasos de él, Aldren seguía arrodillado.
No ayudaba.
No lloraba.
No hablaba.
Miraba fijamente las ruinas.
Como si esperara que, en cualquier momento, la puerta volviera a abrirse.
Que Líria apareciera limpiándose las manos en el delantal.
Que Lyanna corriera con su corona de flores.
Que Eryn levantara orgulloso su espada de madera.
La mente humana posee una extraña misericordia.
Cuando el dolor resulta insoportable...
Durante unos instantes se niega a aceptar la realidad.
—Comandante...
Varick levantó la vista.
Uno de sus hombres permanecía inmóvil frente a un enorme bloque de madera ennegrecida.
Su voz temblaba.
—Creo... que los hemos encontrado.
Nadie respondió.
Tres soldados acudieron inmediatamente para ayudar.
Con enorme cuidado comenzaron a retirar las vigas.
El sonido de la madera húmeda rompiéndose parecía resonar en todo el valle.
Finalmente...
La estructura cedió.
Varick cerró lentamente los ojos.
Había visto demasiada muerte para sorprenderse.
Pero jamás lograría acostumbrarse.
Bajo los restos del techo descansaban tres cuerpos.
Líria.
Abrazaba aún a sus hijos.
Incluso en el último instante...
Había intentado protegerlos.
Sus brazos permanecían rodeándolos con la misma ternura con la que los había abrazado incontables noches antes de dormir.
Ni el fuego...
Había conseguido romper aquel último gesto de una madre.
Uno de los soldados bajó la cabeza.
Otro comenzó a llorar en silencio.
Ninguno ocultó sus lágrimas.
Porque en aquel abrazo comprendieron que existían derrotas para las que ningún hombre estaba preparado.
Varick respiró profundamente.
—Con cuidado...
Su voz apenas era un susurro.
—Que nadie los separe.
Los soldados obedecieron.
No estaban recuperando cadáveres.
Estaban rescatando una familia.
Entonces Aldren se levantó.
Sus pasos eran lentos.
Inseguros.
Como si cada movimiento le exigiera un esfuerzo imposible.
Llegó hasta ellos.
Nadie intentó detenerlo.
Se arrodilló junto a Líria.
Su mano tembló al rozar su cabello ennegrecido.
Aún conservaba algunos mechones del color del trigo bajo el sol.
El mismo cabello que tantas veces había acariciado mientras ella dormía.
La misma frente que había besado antes de partir hacia cada campaña.
Ahora...
Estaba inmóvil.
Aldren deslizó lentamente sus dedos sobre el rostro de su esposa.
No buscaba comprobar si seguía con vida.
Sabía que no.
Solo quería recordarla.
No como la veía aquella noche.
Sino como había sido.
Sonriendo junto al jardín.
Riéndose cuando la harina terminaba cubriéndole el rostro.
Cantando para que los niños conciliaran el sueño.
El hombre más fuerte del reino...
Se inclinó lentamente.
Apoyó su frente sobre la de ella.
Y rompió a llorar.
No había gritos.
No había desesperación.
Solo lágrimas.
Lentas.
Silenciosas.
Tan profundas...
Que todos los presentes desviaron la mirada.
Aquel dolor pertenecía únicamente a él.
Varick sintió un peso insoportable sobre el pecho.
Se acercó unos pasos.
—Capitán...
Aldren no respondió.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras parecieron absurdamente pequeñas.
¿Cómo podía alguien pedir perdón por algo semejante?
¿Cómo podía existir una frase capaz de aliviar semejante pérdida?
No existía.
Aun así...
Era lo único que podía ofrecer.
Aldren permaneció inmóvil.
Después habló por primera vez.
Su voz sonaba vacía.
—¿Quién dio la orden?
Varick tardó varios segundos en responder.
—No lo sé.
—Mírame.
El comandante obedeció.
Jamás olvidaría aquellos ojos.
No había ira.
No había odio.
No había lágrimas.
Solo un vacío tan inmenso...
Que resultaba aterrador.
—Dime la verdad.
Varick apretó los dientes.
—La orden que recibí fue capturarte y llevarte ante el Consejo Real.
Nunca atacar a tu familia.
Nunca incendiar tu hogar.
Nunca matar inocentes.
Aldren permaneció observándolo.
Como si intentara descubrir una mentira.
No encontró ninguna.
Varick continuó.
—Alguien utilizó el nombre del reino.
Y también utilizó el mío.
Nos convirtieron en piezas de una misma trampa.
El silencio volvió a caer entre ambos.
Muy lentamente...
Aldren bajó la mirada hacia el cuerpo de Líria.
Recordó entonces las palabras del anciano prisionero.
"La oscuridad ya está dentro del reino."
Hasta aquella noche había pensado que eran las delirantes advertencias de un hombre vencido por los años.
Ahora comprendía que cada una de aquellas palabras era cierta.
El enemigo nunca había estado al otro lado de las murallas.
Había dormido bajo el mismo estandarte que él había jurado defender.
Mientras los soldados continuaban retirando los escombros, uno de ellos se agachó junto a los restos de la antigua mesa familiar.
—Comandante...
Varick se volvió.
El joven sostenía entre las manos un pequeño objeto ennegrecido por el humo.
No era una espada.
No era una joya.
Era una sencilla caja de madera.
Sorprendentemente...
No presentaba daño alguno.
Ni una grieta.
Ni una quemadura.
Como si el fuego hubiera decidido respetarla.
—La encontré debajo de la mesa...
susurró el muchacho.
Varick comprendió inmediatamente que aquello no le pertenecía al reino.
Le pertenecía a una familia.
Caminó lentamente hasta Aldren.
Se arrodilló frente a él.
Y, sin pronunciar una sola palabra, depositó la pequeña caja entre sus manos.
Aldren la observó largo rato.
Sus dedos recorrieron la tapa con una delicadeza infinita.
Reconoció cada pequeña marca de la madera.
Él mismo la había tallado años atrás.
Dentro guardaban aquello que más valor tenía para ellos.
No monedas.
No documentos.
Recuerdos.
Las primeras flores secas que Lyanna había regalado a su madre.
Una pluma que Eryn aseguraba pertenecer a un halcón legendario.
Las cartas que Líria escribía mientras Aldren estaba en campaña y nunca llegaba a enviar porque prefería leerlas junto a él cuando regresaba.
Pequeños fragmentos de una vida sencilla.
Una vida que ya no existía.
Aldren abrazó la caja contra su pecho.
Con la misma fuerza con la que, horas antes, había abrazado a su familia antes de partir hacia el bosque.
Comprendió entonces que el fuego podía destruir un hogar.
Pero jamás aquello que el hogar había sembrado en el corazón de quienes lo habitaron.
Muy lejos, en el Reino del Último Umbral, Morthael contempló la escena a través de las aguas del Lago de las Memorias.
No sonrió.
No habló.
Solo cerró lentamente los ojos.
Porque incluso el Guardián de las Almas sabía reconocer cuándo un hombre acababa de cargar, sin saberlo, con el legado que habría de cambiar el destino del mundo.