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CAPÍTULO IX: Un Hombre Sin Alma - Parte I: Después del Adiós

La Promesa de las sombras · por Zuir · 16 de agosto de 2026

«La muerte no siempre llega cuando el corazón deja de latir. A veces llega mucho antes, cuando un hombre deja de encontrar una razón para levantarse.»


La vida continuó.

Esa fue la primera crueldad que Aldren tuvo que aprender.

El sol volvió a salir sobre Arken.

Los comerciantes volvieron a abrir sus puestos.

Los herreros regresaron a sus talleres.

Los campesinos continuaron sembrando los campos.

Los niños volvieron a correr por las calles.

El reino siguió respirando.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si tres vidas no hubieran desaparecido.

Como si una familia entera no hubiera sido arrancada de la existencia.

Y aquella normalidad resultaba más dolorosa que cualquier herida.

Aldren no podía comprender cómo el mundo tenía la insolencia de continuar.

Durante veinte años había creído que la vida y la muerte obedecían algún orden.

Que cada sacrificio tenía un significado.

Que proteger al reino significaba proteger aquello que amaba.

Pero ahora...

Su hogar era una tumba.

Su esposa era un recuerdo.

Sus hijos eran dos nombres escritos sobre piedra.

Y el reino por el que había entregado su juventud seguía ondeando sus banderas sobre las murallas.

Pasaron siete días.

Después diez.

Después quince.

Aldren permaneció en la pequeña casa de huéspedes que Varick había conseguido para él en las afueras de Arken.

No quería volver al castillo.

No quería regresar al ejército.

Tampoco quería abandonar la ciudad.

Simplemente...

No sabía dónde quería estar.

La caja de recuerdos permanecía sobre una mesa.

Nunca se separaba de ella.

Cada mañana la abría.

Cada noche la cerraba.

A veces pasaban horas sin tocar nada.

Solo observaba.

La cinta azul.

La pequeña espada de madera.

Las cartas.

El dibujo.

Aquellos fragmentos de una vida que ahora parecían pertenecer a otra persona.

Una mañana, alguien llamó a la puerta.

Aldren no respondió.

Volvieron a llamar.

—Capitán.

Era Varick.

Silencio.

—Sé que estás ahí.

Aldren permaneció sentado junto a la ventana.

Varick abrió lentamente la puerta.

Encontró al antiguo caballero exactamente como lo había dejado la noche anterior.

Sentado.

Con la mirada perdida.

La barba había comenzado a crecer.

Su cabello estaba desordenado.

La ropa llevaba varios días sin cambiarse.

Y sobre la mesa...

Había un plato de comida intacto.

Varick suspiró.

—Tienes que comer.

Aldren no respondió.

—Aunque sea un poco.

Nada.

Varick dejó un pequeño paquete sobre la mesa.

—Pan.

Después colocó otro.

—Carne.

Y finalmente una botella de vino.

Aldren levantó lentamente la mirada.

—No quiero.

Varick se sentó frente a él.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué sigues viniendo?

El comandante permaneció en silencio.

La respuesta era sencilla.

Pero difícil de pronunciar.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

Aldren bajó la mirada.

—No necesito que me cuiden.

—No.

Varick lo observó fijamente.

—Necesitas que alguien te recuerde que sigues vivo.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en la habitación.

Aldren cerró los ojos.

—No sé si eso importa.

Varick apretó la mandíbula.

—Importa.

—¿Por qué?

—Porque Líria habría querido que siguieras viviendo.

Aldren abrió los ojos.

Aquella frase lo atravesó.

—No vuelvas a hablar por ella.

Varick no retrocedió.

—Entonces háblale tú.

Aldren se quedó inmóvil.

—Dile que vas a seguir viviendo.

—No puedo.

—¿Por qué?

La respuesta llegó después de un largo silencio.

—Porque no sé cómo.

Varick bajó la mirada.

Por primera vez comprendió que aquella era la verdadera herida.

No era únicamente que Aldren hubiera perdido a su familia.

Había perdido la identidad que había construido alrededor de ellos.

Durante veinte años había sido soldado.

Caballero.

Protector.

Esposo.

Padre.

Y ahora...

¿Qué quedaba?

Varick se levantó.

Caminó hasta la ventana.

—Encontramos algo más.

Aldren no reaccionó.

—Un nombre.

Eso sí consiguió llamar su atención.

Varick se volvió.

—Uno de los soldados que participó en el ataque fue encontrado muerto hace tres noches.

Aldren permaneció inmóvil.

—¿Cómo?

—Su cuerpo apareció en una posada al norte de Arken.

—¿Quién lo mató?

—No lo sabemos.

Varick hizo una pausa.

—Pero antes de morir dejó algo escrito.

Sacó un pequeño papel.

Lo colocó sobre la mesa.

Aldren lo tomó.

Solo había una frase.

«No debimos obedecer.»

Debajo...

Un segundo mensaje.

Más pequeño.

Casi ilegible.

«Ellos ya están dentro.»

Aldren leyó aquellas palabras varias veces.

Varick habló lentamente.

—No sé quiénes son "ellos".

—Pero sabes que existen.

—Sí.

Aldren dobló el papel.

—¿Y el rey?

La pregunta hizo que Varick guardara silencio.

Durante varios segundos.

—No lo sé.

Aldren levantó la mirada.

—¿Crees que ordenó la muerte de mi familia?

Varick respiró profundamente.

—No tengo pruebas.

—Eso no responde.

—No.

Aldren esperó.

Varick finalmente añadió:

—No creo que el rey haya dado esa orden.

Aldren permaneció observándolo.

—¿Por qué?

—Porque si quisiera eliminarte...

Varick señaló el papel.

—No habría necesitado una operación tan complicada.

Aquello tenía sentido.

Demasiado.

Alguien había utilizado la autoridad de la Corona.

Pero quizá...

La Corona no había dado la orden.

La diferencia parecía pequeña.

En realidad podía significarlo todo.

Aldren se levantó.

Por primera vez en semanas.

Caminó hasta la mesa.

Tomó la caja.

La cerró.

Luego se colocó la capa sobre los hombros.

Varick lo observó.

—¿Adónde vas?

Aldren respondió sin mirarlo.

—A ver mis tumbas.

El cementerio estaba vacío.

La tarde comenzaba a caer.

Aldren se arrodilló frente a las tres lápidas.

No llevó flores.

No llevó armas.

Solo la caja.

La colocó sobre la tierra.

—He intentado seguir adelante.

Su voz era tranquila.

—Pero no sé hacia dónde.

El viento movió suavemente las ramas.

—He intentado dormir.

Nada.

—He intentado comer.

Nada.

—He intentado recordar quién era antes de vosotros.

Cerró los ojos.

—No existe.

Una lágrima cayó sobre la piedra de Líria.

—Vosotros erais mi vida.

Silencio.

—Y ahora no sé qué soy.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Entonces...

Una pequeña mariposa blanca descendió sobre la lápida de Lyanna.

Aldren la observó.

Recordó inmediatamente el jardín.

Lyanna persiguiendo mariposas.

Eryn diciéndole que algún día construiría una espada suficientemente grande para protegerla.

Líria riendo desde la puerta.

El recuerdo fue tan vívido que por un instante...

Aldren pudo volver a escuchar sus voces.

No eran fantasmas.

No eran apariciones.

Eran recuerdos.

Y comprendió algo.

Quizá eso era lo único que la muerte no había podido quitarle.

Aldren cerró lentamente la caja.

—No sé qué haré ahora.

Miró las tres tumbas.

—Pero os prometo algo.

Se puso de pie.

—No permitiré que vuestra historia termine aquí.

No juró venganza.

No juró matar.

No juró destruir el reino.

Solo hizo una promesa.

Una promesa nacida del amor.

—Descubriré la verdad.

El viento volvió a soplar.

Y por primera vez desde aquella noche...

Aldren sintió que todavía existía un camino frente a él.

No era un camino de gloria.

Tampoco de honor.

Era simplemente...

Un camino.

Muy lejos de allí, bajo las raíces de una fortaleza abandonada, una figura encapuchada colocó una pieza negra sobre un tablero.

Frente a él había varios hombres.

Uno de ellos habló.

—El caballero sigue vivo.

La figura no respondió inmediatamente.

Movió otra pieza.

—¿Y Varick?

—Investiga.

—Déjalo.

El hombre dudó.

—¿Y Aldren?

Una sonrisa apareció en la oscuridad.

—Aldren todavía cree que busca al responsable de la muerte de su familia.

Levantó lentamente la mirada.

—Todavía no comprende que su familia fue solamente el principio.

Una vela se apagó.

La habitación quedó completamente oscura.

Y una voz susurró:

—La oscuridad ya está dentro del reino.

En algún lugar que ningún mapa humano podía alcanzar...

Morthael escuchó aquella frase.

Abrió los ojos.

Las aguas del Lago de las Memorias comenzaron a agitarse.

Elyndra apareció detrás de él.

—Lo ha dicho.

Morthael permaneció inmóvil.

—Sí.

—¿Qué significa?

El Guardián de la Muerte contempló el reflejo de Aldren sobre las aguas.

—Que ha comenzado a caminar.

Elyndra guardó silencio.

—¿Hacia nosotros?

Morthael negó lentamente.

—Todavía no.

Después observó las pequeñas luces que descansaban junto al lago.

—Primero debe descubrir qué significa caminar sin aquello que amaba.

La Guardiana de la Esperanza bajó la mirada.

—¿Y cuando lo descubra?

Morthael cerró los ojos.

—Entonces tendrá que decidir qué hará con el vacío.

Aldren abandonó el cementerio cuando ya había caído la noche.

No regresó inmediatamente a la casa.

Caminó.

Sin dirección.

Sin caballo.

Sin espada.

Sin armadura.

Por primera vez en veinte años...

Aldren caminaba como un hombre común.

Y nadie que lo hubiera conocido en el pasado habría reconocido al caballero que avanzaba lentamente bajo la lluvia.

Pero en el interior de aquel hombre vacío...

Algo comenzaba a despertar.

No era odio.

No era venganza.

Era memoria.

Y todavía no lo sabía...

Pero la memoria sería la primera llama de un fuego que algún día iluminaría incluso el reino de los muertos.

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