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CAPÍTULO VIII: El Caballero Arrodillado - Parte IV: La Oscuridad Está Dentro del Reino

La Promesa de las sombras · por Zuir · 12 de agosto de 2026

"Los muertos encuentran descanso cuando termina su camino. Los vivos continúan caminando con el peso de aquello que jamás podrán dejar atrás."


El cielo permaneció cubierto durante tres días.

Ni una sola vez el sol consiguió atravesar las densas nubes que envolvían el valle de Arken.

Los aldeanos comenzaron a decir que incluso Sylvara había inclinado la cabeza ante aquella tragedia.

Otros aseguraban que eran los propios cielos quienes lloraban por la familia del caballero.

Nadie discutía aquellas palabras.

Porque nadie recordaba haber visto una lluvia tan persistente.

Tan silenciosa.

Tan triste.

El funeral se celebró al amanecer del cuarto día.

No hubo trompetas.

No hubo estandartes.

No hubo discursos de gloria.

Solo el sonido del viento entre los robles que rodeaban el pequeño cementerio donde descansaban generaciones de campesinos, artesanos y soldados.

Aldren había pedido una única cosa.

—No los llevéis al Panteón de los Héroes.

Varick lo miró sorprendido.

—Capitán... allí descansan los grandes servidores del reino.

Aldren permaneció observando los tres ataúdes de madera clara.

Su voz sonó serena.

Pero completamente vacía.

—Líria nunca quiso ser recordada por un reino.

Quería ser recordada por sus hijos.

Después miró los pequeños féretros.

—Y ellos...

Solo querían volver a casa.

Varick no encontró argumento alguno.

Comprendió que existían honores mucho más grandes que los concedidos por una corona.

Los aldeanos acudieron en silencio.

El herrero dejó sobre el ataúd de Eryn una pequeña espada de madera que había prometido terminar cuando el niño cumpliera nueve años.

La anciana del templo depositó un ramo de lirios blancos sobre el féretro de Líria.

—Las flores siempre recuerdan a quienes las cuidaron con amor.

Susurró una oración a Sylvara antes de retirarse.

Una niña del pueblo, amiga de Lyanna, dejó una corona tejida con margaritas silvestres.

Nadie le había pedido que lo hiciera.

Simplemente pensó que a Lyanna le habría gustado.

Aquellos pequeños gestos valían más que cualquier ceremonia real.

Porque nacían del cariño.

No del deber.

Cuando el sacerdote terminó las plegarias, todos esperaron que Aldren dijera unas palabras.

Él permaneció inmóvil.

Largo tiempo.

Tan inmóvil que algunos pensaron que no había escuchado la petición.

Finalmente avanzó.

Se arrodilló frente a las tres tumbas recién cerradas.

Apoyó lentamente la caja de los recuerdos sobre la tierra húmeda.

La abrió.

Sacó la pequeña figura de madera que Eryn había tallado.

La colocó sobre la tumba del niño.

Después dejó la cinta azul sobre las flores de Lyanna.

Por último, tomó una de las cartas de Líria.

La besó con infinita delicadeza.

Y la sostuvo entre ambas manos.

No la enterró.

Volvió a guardarla en la caja.

Porque comprendió que algunas palabras no debían descansar bajo la tierra.

Debían seguir acompañando a quienes permanecían vivos.

Entonces habló.

No levantó la voz.

Ni siquiera miró a quienes lo rodeaban.

Solo habló para ellos.

Para su familia.

—No pude cumplir mi promesa.

El viento pareció detenerse.

—Juré que siempre volvería a casa.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

—Y cuando regresé...

Ya era demasiado tarde.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Perdonadme.

El silencio que siguió fue más desgarrador que cualquier grito.

No existía nadie capaz de aliviar aquella culpa.

Porque el hombre que se encontraba de rodillas jamás dejaría de pensar que, si hubiera llegado unos minutos antes...

Todo habría sido distinto.

Muy lejos de allí...

En el Reino del Último Umbral...

Las aguas del Lago de las Memorias permanecían completamente inmóviles.

Lyanna observaba fascinada un pequeño reflejo que danzaba sobre la superficie.

Era el mundo de los vivos.

—Papá está llorando...

Susurró con tristeza.

Eryn apretó los puños.

—Quiero ir con él.

Morthael permanecía detrás de ambos.

Su mirada estaba fija sobre Aldren.

—Todavía no.

Líria se acercó lentamente.

No había lágrimas en su rostro.

Solo una inmensa serenidad.

—Él cree que nos falló.

Morthael bajó la cabeza.

—Es el peso que siempre cargan los corazones más nobles.

Elyndra apareció envuelta en su habitual resplandor.

La Guardiana de la Esperanza observó la escena en silencio.

—¿Debemos intervenir?

Morthael negó con suavidad.

—No podemos impedir el dolor.

Solo evitar que el dolor destruya aquello que hace humano a un alma.

Entonces añadió unas palabras que ninguna de las almas presentes olvidaría jamás.

—El duelo es el precio del amor.

Quien jamás ha amado...

Nunca comprenderá el verdadero significado de una pérdida.

En el mundo de los hombres...

Cuando el funeral terminó, los aldeanos comenzaron a marcharse lentamente.

Varick permaneció el último.

Esperó pacientemente hasta que ambos quedaron completamente solos.

Entonces sacó de su capa la flecha encontrada entre los restos del incendio.

Y junto a ella...

Un pequeño trozo de pergamino.

—Uno de mis exploradores lo encontró cerca del bosque.

Aldren tomó el documento.

Era apenas un fragmento ennegrecido.

Solo podían leerse unas pocas palabras.

"...la operación deberá ejecutarse antes del regreso del capitán..."

Más abajo...

"...ningún testigo..."

Y finalmente...

"...por orden del..."

El resto había sido consumido por el fuego.

Aldren cerró lentamente los ojos.

No necesitaba leer más.

Aquello confirmaba lo que comenzaba a sospechar.

La tragedia no había sido un accidente.

Había sido preparada.

Con tiempo.

Con precisión.

Con la intención de borrar cualquier rastro.

Varick respiró profundamente.

—Esto ya no es una simple conspiración.

Aldren levantó lentamente la vista.

Por primera vez desde el incendio...

Había algo nuevo en sus ojos.

No era odio.

Todavía no.

Era una decisión.

Fría.

Silenciosa.

Inquebrantable.

—La oscuridad...

Murmuró.

Recordando nuevamente al anciano de las mazmorras.

—Siempre estuvo dentro del reino.

Varick asintió.

—Y quien la dirige posee poder suficiente para utilizar el nombre de la Corona.

El comandante dudó unos segundos antes de continuar.

Era la decisión más difícil de toda su vida.

Porque, al pronunciar aquellas palabras, estaba traicionando todo aquello que había jurado defender.

—Aldren...

No sé quién está detrás de esto.

Y precisamente por eso...

Ya no sé en quién puedo confiar.

Los dos hombres permanecieron frente a frente.

Caballeros del mismo reino.

Unidos por un mismo juramento.

Y separados, desde aquella noche, por una misma herida.

Cuando Varick se marchó, el cementerio volvió a quedar en silencio.

Aldren permaneció mucho tiempo junto a las tres tumbas.

El viento comenzó a mover suavemente las flores.

Por un instante...

Le pareció escuchar una risa infantil.

Después otra.

Y el murmullo de una voz que conocía mejor que la suya propia.

"Has vuelto..."

Cerró los ojos.

No respondió.

Solo apoyó la caja de los recuerdos contra su pecho.

Comprendió que aquella sería, desde ese día, su verdadera armadura.

No una hecha de acero.

Sino de memorias.

De promesas.

De amor.

Y de un legado que ningún fuego había logrado destruir.

Levantó lentamente la vista hacia las murallas de Arken.

Durante más de veinte años las había contemplado con orgullo.

Aquella mañana...

Las observó por primera vez con una pregunta que jamás creyó formular.

¿En qué momento dejó de existir el reino por el que había entregado su vida?

Muy por encima de las nubes, invisible para los hombres, Morghul contempló la escena con una sonrisa apenas perceptible.

No celebraba la muerte.

Celebraba algo mucho más peligroso.

La primera grieta en la fe de un hombre justo.

Porque sabía que un corazón roto podía convertirse en el arma más poderosa del mundo... o en la luz capaz de frustrar siglos de ambición.

Y ni siquiera él conocía aún cuál de los dos caminos elegiría Aldren.

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