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CAPÍTULO IX: Un Hombre Sin Alma - Parte II: El Hombre que Ya No Reconocía su Nombre

La Promesa de las sombras · por Zuir · 16 de agosto de 2026

«Hay momentos en los que un hombre no pierde solamente a quienes ama. Pierde también la versión de sí mismo que existía junto a ellos.»


La noche había cubierto Arken cuando Aldren regresó.

No encendió ninguna lámpara.

Entró en la pequeña casa de huéspedes y dejó la puerta abierta detrás de él.

La lluvia había empapado su ropa.

El agua recorría lentamente su rostro y caía al suelo.

No se molestó en secarse.

Caminó hasta la mesa.

Dejó la caja de recuerdos sobre ella.

Después permaneció de pie.

Mirándola.

Durante varios minutos.

Había algo extraño en aquel objeto.

Antes de la tragedia, aquella caja representaba momentos felices.

Ahora parecía contener una vida que ya no le pertenecía.

Aldren extendió la mano.

La tocó.

Y retiró los dedos.

No la abrió.

Aquella noche no quería recordar.

Por primera vez...

Quería olvidar.

Se sentó junto a la ventana.

Desde allí podía observar las luces lejanas de Arken.

La ciudad seguía viva.

Había música en algunas tabernas.

Carros atravesando las calles.

Guardias patrullando las murallas.

Familias cenando detrás de ventanas iluminadas.

Aldren contempló aquella escena durante largo tiempo.

Pensó en cuántas personas estarían abrazando a sus hijos.

Cuántas mujeres esperarían a sus esposos.

Cuántos hombres regresarían aquella noche a sus hogares.

Y comprendió algo que le resultó insoportable.

El mundo estaba lleno de vidas que continuaban existiendo.

Mientras la suya...

Había terminado.

Al amanecer, Aldren recibió una visita inesperada.

No era Varick.

Era un anciano.

Vestía una túnica sencilla de color gris y llevaba consigo un pequeño bastón.

Aldren lo reconoció.

Era el sacerdote que había oficiado el funeral.

El hombre se detuvo frente a la puerta.

—¿Puedo pasar?

Aldren dudó.

Finalmente asintió.

El sacerdote entró.

Observó la habitación.

La caja.

La espada de Aldren apoyada contra una pared.

Y al antiguo caballero sentado junto a la ventana.

—No has dormido.

No era una pregunta.

Aldren negó con la cabeza.

—¿Has comido?

—No tengo hambre.

El sacerdote suspiró.

—El dolor también miente.

Aldren lo miró.

—¿Qué significa eso?

—Que te hace creer que no necesitas nada.

El anciano se sentó frente a él.

—Pero el cuerpo sigue siendo un cuerpo.

Aldren permaneció callado.

El sacerdote observó la espada.

—¿Vas a volver al ejército?

Aldren tardó en responder.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya no puedo servir al rey.

El sacerdote frunció ligeramente el ceño.

—¿Porque sospechas de él?

Aldren negó.

—Porque ya no sé qué significa servir.

Aquella respuesta sorprendió al anciano.

—Durante veinte años creí que proteger el reino era proteger a las personas.

Miró sus manos.

—Pero alguien utilizó ese mismo juramento para destruir mi hogar.

El sacerdote permaneció en silencio.

—Entonces quizá tu juramento no estaba equivocado.

Aldren levantó la mirada.

—¿Qué?

—Quizá depositaste tu fe en el lugar equivocado.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Aldren no respondió.

El anciano continuó.

—Los hombres confunden con demasiada frecuencia una corona con un reino.

—¿No son lo mismo?

—No.

El sacerdote negó lentamente.

—Un rey gobierna.

Un reino pertenece a quienes viven en él.

Aldren bajó la mirada.

—Entonces...

Su voz se quebró.

—¿A quién serví durante veinte años?

El anciano no respondió.

Porque aquella pregunta no necesitaba una respuesta inmediata.

Necesitaba tiempo.

Antes de marcharse, el sacerdote dejó algo sobre la mesa.

Una pequeña vela blanca.

—¿Para qué es?

—Para cuando quieras recordar sin sentir que estás muriendo con ellos.

Aldren observó la vela.

—No necesito una vela.

El anciano sonrió tristemente.

—Todavía no.

Y salió.

Los días siguientes se volvieron idénticos.

Aldren caminaba por Arken.

Sin uniforme.

Sin insignias.

Sin espada.

La gente comenzó a reconocerlo.

Algunos inclinaban la cabeza.

Otros murmuraban su nombre.

—Es Aldren.

—El Caballero del Alba.

—Dicen que perdió a su familia.

—Fue una tragedia.

Aldren escuchaba.

Nunca respondía.

El título que antes había significado orgullo...

Ahora le resultaba insoportable.

El Caballero del Alba.

Había sido el hombre que regresaba a casa con cada amanecer.

El hombre que protegía.

El hombre que creía.

Ese hombre había muerto en el incendio.

Una tarde llegó hasta el antiguo campo de entrenamiento.

Los jóvenes soldados practicaban con espadas de madera.

Uno de ellos falló un golpe.

Su instructor gritó.

—¡Otra vez!

El muchacho respiró profundamente.

Volvió a intentarlo.

Aldren se quedó observando.

Recordó sus primeros años.

La primera espada.

El primer entrenamiento.

La voz de su antiguo maestro.

«Una espada no sirve para matar, Aldren. Sirve para proteger aquello que no puedes permitirte perder.»

Cerró los ojos.

Aquella enseñanza había definido toda su vida.

Y, sin embargo...

No había conseguido protegerlos.

Un joven soldado se acercó.

—Señor.

Aldren abrió los ojos.

—¿Sí?

—¿Es verdad que usted es Aldren?

Él asintió.

El muchacho sonrió.

—Mi padre hablaba de usted.

Aldren permaneció inmóvil.

—Decía que era el mejor caballero de Arken.

Una expresión de dolor atravesó el rostro de Aldren.

—Tu padre se equivocaba.

El muchacho frunció el ceño.

—¿Por qué?

Aldren miró el campo de entrenamiento.

—Porque un buen caballero siempre regresa a casa.

El joven no supo qué responder.

Aldren se marchó.

Aquella misma noche...

Varick recibió un informe.

Lo leyó una vez.

Después otra.

Y finalmente lo arrojó sobre la mesa.

—Malditos sean...

Uno de sus hombres permanecía frente a él.

—¿Qué ocurre?

Varick señaló el documento.

—Tres soldados relacionados con la operación han desaparecido.

—¿Desertores?

—No.

El comandante negó lentamente.

—Uno de ellos dejó su familia atrás.

El segundo abandonó todas sus pertenencias.

Y el tercero...

Hizo una pausa.

—¿Qué?

—Fue encontrado muerto.

El soldado tragó saliva.

—¿Cómo?

Varick tomó el informe.

—No tenía heridas visibles.

—Entonces...

—Su corazón se detuvo.

El hombre quedó en silencio.

Varick continuó leyendo.

Había una última anotación.

Una frase escrita por el propio soldado antes de morir.

«Nos está escuchando.»

Varick levantó lentamente la mirada.

—¿Quién?

No obtuvo respuesta.

En otro lugar de Arken...

Aldren dormía.

O al menos eso parecía.

Su cuerpo descansaba sobre la cama.

Pero su mente seguía atrapada en aquella noche.

Fuego.

Humo.

Gritos.

Líria.

Sus hijos.

Intentó alcanzarlos.

Corrió.

Pero cada vez que estaba a punto de llegar...

El techo volvía a caer.

Aldren despertó violentamente.

Respirando con dificultad.

Su corazón golpeaba contra el pecho.

Miró alrededor.

La habitación estaba vacía.

—Líria...

Silencio.

Entonces escuchó algo.

Una voz.

Muy débil.

Casi imposible de distinguir.

—Papá...

Aldren se quedó inmóvil.

La respiración se detuvo.

—¿Lyanna?

Nada.

Se levantó lentamente.

Abrió la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Salió a la calle.

Miró alrededor.

Nada.

Solo lluvia.

Aldren cerró los ojos.

Tal vez había sido un sueño.

Tal vez el dolor comenzaba a destruir su mente.

Entonces recordó las palabras de Morthael, aunque todavía no sabía quién era aquel ser.

«Mientras alguien recuerde...»

No sabía de dónde había surgido aquella frase.

Pero había aparecido en su mente.

Como un eco.

Como un recuerdo que no le pertenecía.

Caminó hasta el cementerio.

Era pasada la medianoche.

La lluvia había convertido los caminos en barro.

Aldren se arrodilló frente a las tumbas.

—Estoy aquí.

No sabía por qué lo decía.

—No sé si podéis escucharme.

Miró la tumba de Lyanna.

—Pero estoy aquí.

Después la de Eryn.

—No sé qué hacer.

Finalmente...

La de Líria.

Aldren apoyó una mano sobre la piedra.

—Y no sé cómo seguir viviendo sin ti.

Cerró los ojos.

—Pero lo intentaré.

Una lágrima cayó sobre la tierra.

—No por mí.

Su voz apenas era audible.

—Por vosotros.

El viento atravesó los árboles.

Y por un instante...

Aldren sintió calor en la palma de su mano.

Una sensación breve.

Tan breve que pudo haber sido imaginación.

Pero no estaba solo.

Muy lejos de allí...

En el Reino del Último Umbral...

Lyanna había colocado una pequeña mano sobre la superficie del lago.

—Lo escuchó.

Eryn sonrió.

Líria observó a Morthael.

—¿Puede sentirnos?

El Guardián permaneció en silencio.

Después respondió:

—Todavía no.

Líria comprendió.

—Pero algún día...

Morthael contempló el reflejo de Aldren.

—Algún día.

Cuando Aldren regresó a la casa, encontró la vela blanca que había dejado el sacerdote.

La encendió.

La pequeña llama iluminó la habitación.

Después abrió la caja de recuerdos.

Sacó el dibujo de Lyanna.

Las cinco figuras.

Lo observó durante largo tiempo.

Cinco presencias.

Cinco vidas.

Cinco luces.

Aldren acarició el dibujo con el pulgar.

—No sé quién eres.

Susurró mirando la quinta figura.

—Pero si algún día descubro por qué te dibujó...

Guardó el dibujo nuevamente.

—Quizá encuentre la respuesta que estoy buscando.

Cerró la caja.

Y por primera vez desde la tragedia...

Aldren durmió.

No porque hubiera dejado de sufrir.

Sino porque había encontrado una razón para despertar.

La verdad.

Todavía no sabía que aquella búsqueda lo llevaría lejos de Arken.

Mucho más lejos de cualquier reino humano.

Hacia bosques donde los hombres no pronunciaban nombres.

Hacia templos olvidados.

Hacia dioses que observaban desde más allá del mundo.

Y finalmente...

Hacia un lugar donde la muerte no significaba el final.

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