Explorar novelas

Capítulo VII: El Eco de la Traición Parte I: Cuando la verdad comienza a sangrar

La Promesa de las sombras · por Zuir · 05 de agosto de 2026

"La traición nunca nace el día en que se alza una espada. Nace mucho antes, en el instante en que alguien decide que el fin justifica aquello que jamás debería hacerse."


La lluvia comenzó a caer sobre el Bosque Silencioso como si el propio cielo hubiera decidido guardar luto.

Las gotas descendían lentamente entre las antiguas ramas, golpeando las hojas con un ritmo casi hipnótico.

Aldren permanecía inmóvil frente al último mural del Santuario.

Su mirada seguía fija sobre la figura del desconocido Caballero del Umbral.

No podía explicar por qué.

No existía parecido alguno entre ambos.

Y, sin embargo...

Cada vez que contemplaba aquella figura de piedra, una sensación extraña recorría su pecho.

Como si aquella historia...

De alguna forma...

También le perteneciera.

Eamon rompió el silencio.

—Es hora de marcharnos.

Aldren tardó unos segundos en reaccionar.

—Aún quedan muchas preguntas.

—Y muchas respuestas que todavía no debes escuchar.

El caballero giró lentamente hacia el anciano.

—¿Por qué?

Eamon sonrió con una tristeza difícil de describir.

—Porque el conocimiento también tiene su propio tiempo.

Si un niño intenta levantar una espada destinada a un hombre...

La espada terminará destruyéndolo.

Aldren guardó silencio.

No estaba conforme.

Pero comprendía aquellas palabras.

Durante toda su vida había enseñado a los jóvenes escuderos que el dominio de una espada comenzaba mucho antes del primer combate.

Primero se fortalecía el espíritu.

Después el brazo.

Quizá la verdad funcionaba de la misma manera.

Mientras ascendían por la larga escalinata del Santuario, Aldren volvió a observar las siete estatuas.

Al pasar frente a la figura de Morthael, ocurrió algo inesperado.

La flor de piedra que el dios sostenía en una de sus manos...

Comenzó a florecer.

No era una ilusión.

Ante sus ojos, la roca gris se cubrió lentamente de un delicado color blanco.

Un lirio.

Perfectamente abierto.

Tan hermoso que parecía recién cortado del jardín de Líria.

Aldren se detuvo.

Su respiración quedó suspendida.

Eamon también observó el prodigio.

Por primera vez desde que se conocían...

El anciano cayó de rodillas.

No por miedo.

Sino por absoluta reverencia.

—Después de más de quinientos años...

susurró con la voz quebrada.

...ha vuelto a florecer.

Aldren observaba aquella flor sin comprender.

—¿Qué significa?

Eamon permanecía inclinado.

Las lágrimas descendían lentamente por sus mejillas.

—La leyenda decía...

Que el día en que el lirio del Guardián volviera a florecer...

El Equilibrio habría encontrado nuevamente a un protector.

El caballero dio un paso atrás.

Negó lentamente con la cabeza.

—Debe tratarse de un error.

Solo soy un soldado.

Un hombre cualquiera.

El anciano levantó la vista.

Su expresión transmitía una paz profunda.

—Precisamente por eso.

Los dioses jamás eligen a quienes desean el poder.

Eligen a quienes jamás lo buscaron.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Aldren recordó la conversación con el rey.

Las enseñanzas de Gareth.

La promesa hecha a Líria.

Jamás había luchado para ser recordado.

Solo había querido proteger aquello que amaba.

Eamon continuó hablando.

—No temas.

Todavía no ha llegado tu momento.

La flor simplemente...

Te ha reconocido.

Abandonaron finalmente el Santuario.

El bosque los recibió con un viento mucho más cálido.

Los pájaros habían regresado.

Los insectos volvían a cantar.

Parecía como si toda la naturaleza hubiera recuperado la respiración.

Pero aquella tranquilidad duró apenas unos instantes.

Brann comenzó a relinchar con violencia.

Miraba hacia el norte.

Las orejas completamente erguidas.

El caballo olía peligro.

Aldren desenvainó lentamente la espada.

Su instinto jamás lo engañaba.

Alguien se acercaba.

Y no era un aldeano.

Pocos minutos después apareció un joven cubierto de barro y sangre.

Corría desesperadamente entre los árboles.

Tropezó varias veces antes de desplomarse frente a Aldren.

—¡Ayuda...!

El caballero corrió hacia él.

Lo sostuvo antes de que golpeara el suelo.

Era uno de los exploradores del reino.

Llevaba el uniforme de la Guardia Fronteriza.

Su pecho estaba atravesado por una profunda herida de lanza.

Aún respiraba.

Pero por muy poco tiempo.

Aldren presionó la herida con ambas manos.

—¡Resiste!

El muchacho abrió lentamente los ojos.

Reconoció inmediatamente al capitán.

Una expresión de alivio cruzó su rostro.

—Gracias a los dioses...

Lo encontré...

Su voz apenas era un susurro.

Eamon comenzó a preparar rápidamente vendas utilizando plantas medicinales.

Pero ambos comprendían que era demasiado tarde.

—¿Qué ocurrió?

preguntó Aldren.

El explorador tragó saliva.

Le costaba cada palabra.

—No...

No fueron monstruos...

El caballero frunció el ceño.

—¿Quiénes fueron?

El joven intentó incorporarse.

No pudo.

—Llevaban...

La respiración comenzó a fallarle.

—La insignia...

Del reino.

Aldren sintió un golpe en el pecho.

—¿Soldados?

El explorador asintió débilmente.

—No...

No todos...

Vestían negro...

Jamás había visto esa armadura...

Pero obedecían órdenes...

Muy precisas...

Eamon intercambió una mirada con Aldren.

Guardia Negra.

Ambos pensaron exactamente lo mismo.

Una unidad cuya existencia era casi desconocida incluso dentro del ejército.

Respondían únicamente ante el Canciller Real.

Lord Cedric Vaust.

El muchacho continuó hablando con enorme esfuerzo.

—Nos enviaron...

A investigar...

Las desapariciones...

Pero...

No querían...

Que encontráramos...

La verdad...

Aldren sintió que cada palabra pesaba como una piedra.

—¿Qué verdad?

Los ojos del explorador comenzaron a perder brillo.

Sin embargo...

Hizo un último esfuerzo.

Sujetó con fuerza la muñeca de Aldren.

—Capitán...

No vuelva...

A casa...

El corazón del caballero se detuvo por un instante.

—¿Qué has dicho?

El muchacho comenzó a toser sangre.

—Ellos...

Saben...

Quién es usted...

Saben...

Dónde vive...

Proteja...

A...

Su...

La última palabra jamás llegó a pronunciarse.

Su mano perdió toda fuerza.

Sus ojos quedaron inmóviles.

El bosque volvió a guardar silencio.

Aldren permaneció arrodillado.

Sujetando el cuerpo del joven.

No lloró.

No habló.

Simplemente cerró lentamente los ojos del muchacho.

Después apoyó una mano sobre su pecho.

—Que encuentres paz.

Aquellas palabras eran las mismas que pronunciaba cada vez que uno de sus hombres caía en combate.

Pero esta vez...

Resultaban mucho más pesadas.

Porque aquel hombre no había muerto luchando contra enemigos del reino.

Había muerto...

A manos del propio reino.

Eamon observó el rostro endurecido del caballero.

Era la primera vez desde que lo conocía que el dolor comenzaba a transformarse lentamente en desconfianza.

Una grieta diminuta.

Casi invisible.

Pero suficiente para cambiar el rumbo de una vida.

—Debemos partir inmediatamente.

dijo el anciano.

Aldren levantó la vista.

—Voy a regresar.

—No.

El anciano negó con firmeza.

—Eso es exactamente lo que esperan.

—¡Mi familia está en peligro!

La voz de Aldren retumbó entre los árboles.

Nunca antes había gritado de aquella manera.

El bosque pareció estremecerse.

Eamon permaneció completamente sereno.

—Y precisamente porque está en peligro...

Debes pensar como esposo.

No como soldado.

Aquellas palabras golpearon con fuerza el corazón del caballero.

Respiró profundamente.

Intentó recuperar la calma.

Pero su mente ya no permanecía en el bosque.

Estaba en casa.

Junto a Líria.

Junto a Lyanna.

Junto a Eryn.

Muy lejos de allí...

En el castillo de Arken.

Lord Vaust observaba varios informes extendidos sobre su escritorio.

Frente a él permanecían tres personas.

El comandante Varick.

El general Halvor.

Y un hombre cuya identidad permanecía oculta bajo una capa oscura.

Ninguno hablaba.

Finalmente, Vaust rompió el silencio.

—¿Ha encontrado el Santuario?

Varick inclinó la cabeza.

—Sí.

—¿Entró?

—Así es.

El canciller cerró lentamente los ojos.

Durante algunos segundos nadie se atrevió a interrumpirlo.

Cuando volvió a hablar...

Su voz era mucho más grave.

—Entonces ya no queda tiempo.

El hombre encapuchado dio un paso al frente.

—¿Activamos el Protocolo Ceniza?

El general Halvor levantó inmediatamente la mirada.

—¡Eso significaría ejecutar ciudadanos inocentes!

Vaust lo observó fijamente.

—No.

Significa impedir que el mundo vuelva a caer como cayó Elyr.

Halvor apretó los puños.

—Hay otros caminos.

Vaust negó lentamente.

—Los hubo.

Hace quinientos años.

Y nadie los tomó.

El silencio volvió a dominar la estancia.

Finalmente...

El canciller pronunció las palabras que cambiarían para siempre el destino de Aldren.

—Que nadie abandone la capital.

Que todas las rutas permanezcan vigiladas.

Y...

Miró directamente a Varick.

—Si el Capitán Aldren intenta regresar antes de recibir una nueva orden...

Deténganlo.

Cueste lo que cueste.

A cientos de kilómetros de allí...

Sin conocer aquellas órdenes...

Aldren montaba nuevamente sobre Brann.

Jamás había espoleado al caballo con tanta fuerza.

Cada segundo perdido era una puñalada en su corazón.

No sabía exactamente qué estaba ocurriendo.

Pero había aprendido algo durante veinte años de servicio.

Cuando un hombre honesto comienza a sospechar de quienes juró proteger...

Ya suele ser demasiado tarde.

Y mientras el bosque desaparecía lentamente a su espalda...

Una única idea ocupaba toda su mente.

"Debo llegar antes que ellos."

Pero el destino...

Ya había comenzado a correr más rápido que él.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Zuir en el lector de Culto de Papel. Es gratis.