"Existen batallas que no se libran con espadas. Se libran contra el tiempo. Y el tiempo jamás ha conocido la misericordia."
Brann corría como nunca antes lo había hecho.
Sus cascos golpeaban el antiguo Camino del Roble con una violencia que hacía temblar la tierra húmeda.
Las ramas se apartaban a su paso.
Las hojas caían como lluvia dorada detrás de él.
Aldren apenas sentía el viento golpeando su rostro.
Su mente había dejado de observar el camino.
Solo existía un destino.
Su hogar.
Una y otra vez regresaban a su memoria las últimas palabras del explorador.
"No vuelva a casa..."
No.
Aquello no podía significar lo que él imaginaba.
Debía tratarse de otra cosa.
Tal vez una emboscada.
Tal vez un intento de capturarlo.
Pero cada vez que intentaba convencerse...
Recordaba el miedo en los ojos de aquel muchacho.
Y el corazón volvía a estremecerse.
Mientras avanzaba, comenzaron a surgir recuerdos que parecían aferrarse desesperadamente a su conciencia.
El primer día que vio a Líria.
Ella caminaba por el mercado llevando una enorme cesta de manzanas.
Tropezó con un niño.
Las frutas rodaron por toda la plaza.
Aldren, todavía un joven escudero, corrió a ayudarla.
Ella soltó una risa tan limpia que el bullicio del mercado desapareció para él.
—Gracias...
Había dicho.
—Aunque creo que usted ha recogido más manzanas de las que realmente eran mías.
Aldren, avergonzado, observó que también había recogido las de otro comerciante.
Ambos terminaron riendo.
Aquella risa...
Había cambiado toda su vida.
Después recordó el nacimiento de Lyanna.
Jamás había sentido tanto miedo.
No durante una guerra.
No frente a un dragón de las montañas.
No enfrentando ejércitos enteros.
Solo frente a aquella pequeña habitación donde Líria luchaba por traer una nueva vida al mundo.
Cuando escuchó el primer llanto de su hija...
Las lágrimas brotaron sin pedir permiso.
Nunca volvió a avergonzarse de llorar.
Porque comprendió que existían victorias demasiado grandes para ser celebradas en silencio.
Y después...
Eryn.
Su pequeño hijo.
El niño que había heredado la curiosidad de su madre y la obstinación de su padre.
Apenas tenía cuatro años cuando intentó levantar por primera vez la espada de entrenamiento de Aldren.
Naturalmente...
La espada pesaba más que él.
Cayó sentado sobre el césped.
Miró el arma.
Luego a su padre.
Y declaró con absoluta seriedad:
—Cuando sea grande...
Yo también voy a proteger a mamá.
Aldren había soltado una carcajada.
Líria también.
Pero aquella noche...
Cuando los niños dormían...
Ella le confesó algo.
—¿Sabes cuál es mi mayor miedo?
—¿Que nuestro hijo no aprenda a usar una espada?
Ella negó entre risas.
—No.
Tengo miedo de que algún día quiera parecerse demasiado a ti.
Aldren frunció el ceño.
—¿Eso sería malo?
Ella acarició lentamente la cicatriz que cruzaba el pecho de su esposo.
—No quiero que nuestros hijos aprendan que amar significa estar dispuesto a morir.
Quiero que aprendan que amar significa encontrar siempre una razón para volver.
Aquellas palabras golpearon el corazón de Aldren con una fuerza insoportable.
Sujetó con más firmeza las riendas.
—Voy a volver...
susurró.
Lo prometí.
Muy lejos de allí...
La casa de Aldren despertaba con la misma paz de siempre.
Los primeros rayos del sol atravesaban las ventanas.
Líria ya se encontraba preparando el desayuno.
El aroma del pan recién horneado llenaba cada rincón del hogar.
Lyanna ayudaba a colocar los platos sobre la mesa.
Eryn perseguía a un pequeño cachorro por todo el jardín.
La vida continuaba.
Ajena al peligro.
Líria salió al exterior llevando una cesta de flores.
Los lirios comenzaban a abrirse con el calor de la mañana.
Se arrodilló frente al pequeño jardín.
Mientras retiraba algunas hojas secas, sonrió para sí misma.
—Seguro que Aldren ya está regañando a algún soldado por olvidar afilar su espada...
dijo en voz baja.
No podía evitar imaginarlo.
Lo conocía demasiado bien.
Lyanna apareció detrás de ella.
Llevaba entre las manos un pequeño cuaderno de dibujos.
—Mamá...
¿Puedo enseñarte algo?
—Claro.
La niña abrió lentamente el cuaderno.
Había realizado un nuevo dibujo.
Esta vez aparecían los cuatro miembros de la familia.
Pero había añadido algo más.
Sobre ellos...
Una enorme figura cubierta por una capa negra.
No tenía rostro.
Solo dos ojos blancos.
Y una mano extendida hacia la familia.
Líria sintió un leve escalofrío.
—¿Quién es?
preguntó.
Lyanna respondió con absoluta naturalidad.
—El señor del sueño.
Dice que papá va a necesitar ayuda muy pronto.
El corazón de Líria dio un vuelco.
—¿Quién te dijo eso?
La pequeña señaló inocentemente el bosque.
—Él.
Viene cuando sueño.
Nunca tiene miedo.
Siempre está triste.
Pero cuando habla...
Hasta las estrellas lo escuchan.
Líria cerró lentamente el cuaderno.
Intentó sonreír.
—Solo fue un sueño.
Lyanna negó con tranquilidad.
—No.
Los sueños normales desaparecen cuando despiertas.
Él sigue aquí.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambas.
Líria abrazó con fuerza a su hija.
No sabía explicar por qué.
Pero una inquietud comenzó a instalarse en su corazón.
A varios kilómetros de allí...
Una columna de treinta jinetes avanzaba por el camino del norte.
No llevaban el estandarte del reino.
Vestían armaduras negras cubiertas por capas oscuras.
Ninguno hablaba.
Cabalgaban con una disciplina perfecta.
Al frente marchaba Varick Draeven.
En su mano sostenía un pergamino lacrado.
No necesitaba abrirlo.
Conocía perfectamente su contenido.
"Protocolo Ceniza."
Nunca antes había recibido aquella orden.
Esperaba no volver a recibir otra semejante.
Uno de sus capitanes acercó el caballo.
—Comandante...
¿Realmente debemos hacerlo?
Varick permaneció en silencio durante varios segundos.
Finalmente respondió.
—Nuestra tarea no consiste en decidir.
Consiste en obedecer.
—Pero...
Son inocentes.
Varick cerró lentamente los ojos.
Una expresión de cansancio cruzó su rostro.
—Lo sé.
—Entonces...
¿Por qué seguimos adelante?
El comandante observó el horizonte.
Su voz apenas era un susurro.
—Porque hace veinte años hice un juramento muy parecido al que hizo Aldren.
Y hoy...
Ese juramento me obliga a convertirme en aquello que más desprecio.
El joven capitán bajó la cabeza.
No insistió.
Comprendía demasiado bien aquellas palabras.
Todos los hombres de la Guardia Negra habían entregado sus vidas al reino.
La diferencia era que ellos también habían prometido cargar con los pecados que ningún otro soldado debía conocer.
Mientras tanto...
En Arken...
El rey Edric caminaba solo por la antigua capilla real.
No llevaba corona.
Ni espada.
Solo una sencilla túnica blanca.
Se arrodilló frente a un antiguo altar.
Permaneció largo rato en silencio.
Después habló.
No como rey.
Sino como un hombre agotado.
—Padre...
Si todavía puedes escucharme...
Dime qué decisión estoy dejando de ver.
He intentado proteger este reino.
He intentado evitar otra guerra.
Pero...
Cada día siento que el suelo desaparece bajo mis pies.
Cerró lentamente los ojos.
—Y lo que más me duele...
Es comenzar a sospechar de los hombres en quienes más confié.
Una lágrima descendió por su rostro.
No recibió respuesta.
Solo el silencio.
El mismo silencio que acompañaba a los reyes cuando debían cargar solos con el peso de la corona.
Mientras la oración del rey terminaba...
Una figura permanecía oculta entre las sombras de la capilla.
No era un asesino.
No era un espía.
Era el anciano bibliotecario real.
Alaric.
El mismo hombre que décadas atrás había enseñado historia al joven Edric.
Esperó hasta que el rey abandonó la capilla.
Solo entonces salió de entre las columnas.
Su mirada permanecía fija sobre el altar.
—Ya comenzó...
murmuró.
Sacó lentamente un antiguo medallón idéntico al que Aldren llevaba consigo.
Lo sostuvo con fuerza.
—Morthael...
Si realmente has vuelto a mover tus piezas...
Entonces nosotros también debemos despertar.
En ese mismo instante...
Aldren cruzaba el viejo puente de piedra que marcaba la mitad del camino hacia su hogar.
El sol comenzaba a ocultarse.
Sabía que, incluso cabalgando sin descanso, no llegaría antes del anochecer.
Y por primera vez desde que juró proteger el reino...
Rezó.
No pidió victoria.
No pidió gloria.
Ni siquiera pidió justicia.
Solo cerró los ojos un instante y susurró con la voz quebrada:
—Permíteme llegar a tiempo.
Aunque después me arrebates todo lo demás.
Muy lejos de él...
Sin que nadie pudiera verlo...
Una silueta cubierta por una túnica oscura permanecía inmóvil sobre la copa de un enorme árbol.
Su rostro seguía oculto.
Pero sus ojos...
Observaban simultáneamente a Aldren.
A la casa.
Y a la columna de la Guardia Negra.
No intervino.
Todavía no.
Solo levantó lentamente una mano.
Miles de pequeñas sombras comenzaron a moverse bajo la tierra.
No obedecían al odio.
Obedecían a una antigua promesa.
Y por primera vez en siglos...
El Guardián del Último Umbral...
Comenzaba a preparar el tablero.