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Capítulo V: Las Voces del Bosque Silencioso - Parte IV: La Profecía del Equilibrio

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 03 de agosto de 2026

"Toda civilización cree que será eterna. Hasta que un día descubre que la eternidad no pertenece a los reinos, sino a las consecuencias de sus decisiones."


El eco de las antiguas voces continuó resonando bajo la montaña.

No era un sonido que pudiera escucharse únicamente con los oídos.

Era algo mucho más profundo.

Cada lamento parecía atravesar el pecho de Aldren y despertar emociones que jamás había experimentado.

No eran recuerdos propios.

Eran recuerdos ajenos.

Dolor.

Esperanza.

Miedo.

Amor.

Miles de emociones mezcladas como si innumerables vidas intentaran contar una misma historia.

Aldren llevó una mano a su pecho.

Su respiración se aceleró.

—¿Qué... está ocurriendo?

Eamon observaba las runas iluminadas con una mezcla de asombro y preocupación.

—El Santuario está reaccionando a usted.

—¿Por qué?

El anciano respondió con una honestidad que revelaba su propia incertidumbre.

—Porque lo reconoce.

Aquella respuesta dejó al caballero completamente inmóvil.


El resplandor aumentó.

El enorme círculo de piedra situado en el centro de la sala comenzó a girar lentamente.

No producía ningún ruido.

Como si la roca hubiera dejado de pesar.

Las antiguas runas emitían una luz plateada que ascendía formando delicadas columnas luminosas.

Una tras otra.

Siete en total.

Cada una se dirigía hacia una de las estatuas.

Cuando la última columna alcanzó la figura encapuchada del Guardián del Último Umbral...

Toda la montaña tembló.

El suelo se abrió lentamente.

No como una grieta.

Sino como una puerta que llevaba siglos esperando ser abierta.

Desde las profundidades ascendió un aire antiguo.

Frío.

Pero extrañamente puro.

Eamon inclinó lentamente la cabeza.

—El Archivo de la Primera Era...

ha despertado.

Ambos comenzaron el descenso.

Una escalera tallada directamente sobre la roca desaparecía en la oscuridad.

No existían antorchas.

No eran necesarias.

Cristales incrustados en las paredes irradiaban una tenue luz azulada que parecía responder al paso de los visitantes.

Mientras descendían, Aldren observó incontables inscripciones.

No reconocía aquella escritura.

Sin embargo...

Extrañamente...

Podía comprender parte de su significado.

No leía palabras.

Leía conceptos.

Equilibrio.

Compasión.

Sacrificio.

Memoria.

Responsabilidad.

Cada símbolo transmitía una idea completa.

Como si el lenguaje hubiera existido antes que las propias palabras.

Tras varios minutos de descenso, llegaron a una inmensa cámara circular.

Aldren quedó sin aliento.

Las paredes estaban completamente cubiertas por murales.

No eran pinturas.

Eran relieves tallados con un detalle imposible.

Toda la historia de una civilización había sido inmortalizada en piedra.

Eamon permaneció en silencio.

Sabía que aquel lugar debía contemplarse antes de explicarse.

El primer mural mostraba un mundo completamente distinto.

Bosques infinitos.

Montañas cristalinas.

Ríos luminosos.

Animales conviviendo sin temor.

Y, sobre ellos...

Siete figuras colosales descendiendo desde el firmamento.

No imponían miedo.

Transmitían paz.

Aldren avanzó lentamente.

Debajo del relieve aparecían antiguos nombres.

Esta vez perfectamente legibles.

Elarion, Señor de la Luz y la Justicia.

Sylvara, Madre de la Vida.

Vael, Dios de la Guerra Honorable

Asteria, Dama del Destino.

Veridion, Señor de la Verdad y los Juramentos

Elyndra, Guardiana de la Esperanza y la Compasión.

Y finalmente...

La figura encapuchada.

Más alta que todas las demás.

Sosteniendo una flor blanca sobre una mano y una balanza sobre la otra.

Debajo de ella podía leerse:

Morthael.

Guardián del Último Umbral.

Custodio del Descanso Eterno.

Protector del Equilibrio entre la Vida y la Muerte.

Aldren permaneció inmóvil.

Durante toda su vida había escuchado hablar del temido Dios de la Muerte.

Pero aquella inscripción no hablaba de destrucción.

Hablaba de protección.

Eamon sonrió con melancolía.

—Los hombres deforman aquello que dejan de comprender.

Aldren seguía contemplando la imagen de Morthael.

—Entonces...

¿Nunca fue un dios maligno?

El anciano negó lentamente.

—¿Maligno?

No.

Jamás.

Era el más compasivo de todos.

Porque era el único que permanecía junto a cada alma en el momento más difícil de su existencia.

La última despedida.

Guardó unos segundos de silencio.

—Los hombres comenzaron a temerle porque confundieron el final del camino con quien simplemente los acompañaba hasta él.

Continuaron avanzando.

El segundo mural mostraba el nacimiento del Reino de Elyr.

Los hombres y las divinidades convivían respetando un mismo juramento.

Ningún bosque era talado sin necesidad.

Ningún río era desviado por ambición.

Ninguna guerra comenzaba sin agotar antes todas las posibilidades de paz.

No era un mundo perfecto.

Pero sí un mundo equilibrado.

Aldren observó una escena donde un rey entregaba su corona frente a las siete estatuas.

—¿Qué significa esto?

preguntó.

Eamon respondió:

—Cada nuevo rey juraba recordar que gobernaba al pueblo.

No al reino.

Porque el reino era solo piedra.

El pueblo...

Era vida.

Aquellas palabras quedaron profundamente grabadas en el corazón del caballero.

Sin embargo...

El tercer mural era completamente distinto.

La armonía desaparecía.

Los hombres comenzaban a levantar enormes fortalezas.

Talaban bosques enteros.

Extraían minerales de las montañas hasta vaciarlas.

Los ríos aparecían teñidos de un color oscuro.

La riqueza aumentaba.

También la soberbia.

Las siete divinidades permanecían inmóviles.

Observando.

No castigaban.

Esperaban.

Como padres que contemplan a un hijo alejándose del camino correcto.

Aldren sintió un profundo pesar.

Aquella historia le resultaba dolorosamente familiar.

No porque conociera Elyr.

Sino porque comenzaba a reconocer el mismo patrón en Arken.

Ambición.

Poder.

Secretos.

Desconfianza.

Recordó a Lord Vaust.

Recordó el cansancio del rey.

Recordó las aldeas desaparecidas.

Y por primera vez...

Sintió miedo por el futuro del reino.

Llegaron entonces al último mural.

Era el más grande de todos.

Y el más deteriorado.

Parte de la piedra había sido destruida deliberadamente.

Como si alguien hubiera intentado borrar aquella historia.

Solo permanecían intactas algunas escenas.

Un cielo cubierto por sombras.

Una ciudad consumida por la oscuridad.

Los siete dioses reunidos.

Y...

Un hombre.

Un caballero.

Completamente solo.

Arrodillado frente a Morthael.

Su espada permanecía rota.

Su armadura cubierta de sangre.

No era posible distinguir su rostro.

Pero había un detalle imposible de ignorar.

Sobre su pecho llevaba grabado el mismo símbolo del Equilibrio que Aldren guardaba en su bolsa.

El caballero permaneció inmóvil.

Un extraño escalofrío recorrió todo su cuerpo.

—¿Quién fue él?

preguntó con voz casi inaudible.

Eamon respondió con un profundo respeto.

—Nadie recuerda su nombre.

Solo sabemos cómo terminó siendo conocido.

Aldren aguardó.

El anciano levantó lentamente la vista hacia la figura de piedra.

Y pronunció aquellas palabras como si recitara una oración olvidada.

—Fue el primer Caballero del Umbral.

El primer hombre elegido por Morthael para caminar entre la vida y la muerte cuando el Equilibrio del mundo comenzó a romperse.

El corazón de Aldren comenzó a latir con fuerza.

No comprendía el motivo.

Pero una parte de su alma parecía responder a aquellas palabras.

Como si aquel antiguo guerrero...

No le resultara completamente desconocido.

En ese mismo instante...

Muy lejos del bosque.

En la torre occidental del castillo de Arken.

Lord Cedric Vaust permanecía observando el horizonte.

Las puertas de su despacho se abrieron.

Entró un hombre vestido completamente de negro.

Era el comandante Varick Draeven, líder de la Guardia Negra.

Se inclinó brevemente.

—Mi señor.

Vaust no apartó la vista de la ventana.

—¿Qué noticias trae?

Varick entregó un pequeño cilindro de plata.

Dentro había un diminuto cristal.

El comandante habló con voz grave.

—Nuestros observadores confirman actividad en el Bosque Silencioso.

El Santuario...

Ha despertado.

Por primera vez en siglos.

Durante algunos segundos...

Lord Vaust no respondió.

Sus ojos permanecieron fijos sobre el horizonte.

Después cerró lentamente la mano alrededor del cristal.

Y, por primera vez desde su aparición en la historia...

Su serenidad se quebró apenas un instante.

No por miedo.

Sino por reconocimiento.

Como quien contempla el regreso de un enemigo que creía extinguido.

—Así que era cierto...

murmuró.

Varick aguardó instrucciones.

Vaust caminó lentamente hacia el enorme mapa del reino.

Su mirada descendió hasta una pequeña marca negra.

La casa de Aldren.

Permaneció contemplándola durante largo tiempo.

Luego habló con absoluta frialdad.

—Adelantaremos el plan.

Varick levantó la vista.

—¿Incluso si el rey se opone?

Vaust respondió sin vacilar.

—Hay momentos en que salvar un reino exige cometer actos que la historia jamás perdonará.

Y precisamente por eso...

Nunca deberá conocer la verdad.

El comandante inclinó la cabeza.

—Entendido.

Abandonó la habitación.

Vaust permaneció completamente solo.

Observó una vez más el punto marcado sobre el mapa.

Y por primera vez...

Susurró el nombre del hombre al que hasta entonces solo había considerado una pieza política.

—Perdóname...

Aldren.

Porque si el destino realmente te ha elegido...

Yo tendré que convertirme en el villano de tu historia.

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