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Capítulo VII: El Eco de la Traición - Parte III: La noche en que el reino perdió a su caballero

La Promesa de las sombras · por Zuir · 05 de agosto de 2026

"Las tragedias no anuncian su llegada. Se sientan a la mesa como un invitado más y esperan pacientemente el instante en que la felicidad baja la guardia."


El crepúsculo cubría los campos de Arken con un manto dorado.

Desde la ventana de la cocina, Líria contemplaba cómo el viento hacía ondular los trigales. Aquel paisaje siempre conseguía tranquilizarla.

Era la misma vista que había observado el día de su boda.

La misma que había contemplado mientras sostenía a Lyanna por primera vez.

La misma que veía cada vez que Aldren regresaba de una campaña.

Sin embargo...

Aquella tarde había algo distinto.

Una inquietud silenciosa.

Como si el propio aire contuviera una advertencia imposible de comprender.

Apoyó una mano sobre el cristal.

—Vuelve pronto...

susurró.

No sabía por qué lo decía.

Simplemente lo necesitaba.

Dentro de la casa, Eryn construía un castillo con pequeños bloques de madera.

Cada torre recibía un nombre.

—Esta es la torre de papá.

Colocó un bloque más alto.

—Esta es la de mamá.

Luego añadió otras dos.

—Y estas son las nuestras.

Lyanna sonrió mientras observaba a su hermano.

—Falta alguien.

—¿Quién?

La niña levantó la mirada hacia la ventana.

Su expresión se volvió extrañamente seria.

—El hombre del sueño.

Eryn hizo una mueca.

—Otra vez con eso.

Mamá dice que solo son sueños.

Lyanna negó lentamente.

—No.

Esta vez está despierto.

Líria escuchó aquellas palabras desde la cocina.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Durante los últimos meses su hija había pronunciado frases demasiado extrañas para una niña de ocho años.

A veces describía lugares que jamás había visitado.

Otras veces hablaba de personas fallecidas como si acabara de conversar con ellas.

Jamás le dio importancia.

Hasta aquel día.

Porque, por primera vez...

También ella comenzaba a sentir que alguien observaba la casa.

Muy lejos de allí...

La columna de la Guardia Negra detuvo su avance.

Varick levantó la mano.

Los treinta jinetes frenaron al unísono.

Frente a ellos se extendía una colina desde la que podía verse la pequeña vivienda de Aldren.

Las luces comenzaban a encenderse.

Una escena completamente normal.

Demasiado normal.

Varick permaneció inmóvil.

Su mirada no estaba fija sobre la casa.

Sino sobre el pequeño jardín.

Los lirios.

Decenas de flores blancas balanceándose con el viento.

Recordó entonces a su propia esposa.

Había muerto siete inviernos atrás.

La fiebre se la llevó antes de que él pudiera regresar de la frontera.

Aún conservaba una carta sin abrir.

La última que ella había escrito.

Nunca encontró el valor para leerla.

Uno de los soldados rompió el silencio.

—Comandante...

La voz del hombre temblaba.

—Todavía podemos regresar.

Varick no respondió.

Seguía observando las flores.

Finalmente habló.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre un verdugo y un soldado?

El joven negó con la cabeza.

—El verdugo mata porque alguien lo ordena.

El soldado...

Hace todo lo posible por evitar que llegue ese momento.

Guardó silencio unos instantes.

—Hoy...

No sé cuál de los dos soy.

Al mismo tiempo...

En el castillo de Arken...

El rey Edric acababa de recibir un informe urgente.

Lo leyó una sola vez.

Su rostro perdió todo color.

Se puso de pie de inmediato.

—¡Preparen mi caballo!

Uno de los guardias lo observó sorprendido.

—¿Majestad?

Edric levantó el documento.

—¿Quién autorizó movilizar a la Guardia Negra?

El hombre dudó.

—Fue una orden firmada por el Canciller.

El rey frunció el ceño.

—Yo no la aprobé.

El silencio que siguió fue insoportable.

Edric comprendió entonces algo que llevaba meses negándose a aceptar.

Había órdenes circulando por su reino...

Que él jamás había dado.

En el ala occidental del castillo, Lord Vaust permanecía completamente solo.

Frente a él ardía una chimenea.

Sobre la mesa descansaban decenas de documentos antiguos.

Uno de ellos permanecía abierto.

Era un mapa del desaparecido Reino de Elyr.

En el centro del pergamino aparecía una inscripción casi borrada por el tiempo.

"Cuando el Guardián sea hallado por el Equilibrio, la humanidad elegirá una vez más entre el sacrificio... o la extinción."

Vaust acarició lentamente aquellas palabras.

Su mirada estaba cargada de un cansancio inmenso.

—Perdóname, viejo amigo...

murmuró.

No sé si aún queda un camino donde todos puedan sobrevivir.

Mientras tanto...

Aldren seguía cabalgando sin descanso.

Brann comenzaba a mostrar signos de agotamiento.

Su respiración era pesada.

La espuma cubría parte de su cuello.

Aldren redujo ligeramente el paso.

Acarició la crin del animal.

—Solo un poco más.

Ya casi estamos.

Brann respondió con un leve relincho.

Como si comprendiera perfectamente cada palabra.

Habían compartido doce años de campañas.

Entre ambos existía una confianza que iba más allá de cualquier entrenamiento.

No eran jinete y caballo.

Eran compañeros.

Entonces ocurrió.

El viento cambió de dirección.

Un olor penetrante llegó hasta ellos.

Humo.

Aldren levantó inmediatamente la cabeza.

Su corazón dejó de latir durante un instante.

Muy a lo lejos...

Sobre la línea del horizonte...

Una delgada columna gris comenzaba a elevarse hacia el cielo.

No era una tormenta.

No eran nubes.

Era humo.

Procedía exactamente del lugar donde se encontraba su hogar.

—¡Brann!

El caballo respondió antes de que terminara la orden.

Volvió a lanzarse al galope.

Cada zancada parecía arrancarle las últimas fuerzas.

Pero continuó corriendo.

Porque también él reconocía aquel camino.

También él sabía quién lo esperaba al final.


La columna de la Guardia Negra observó la misma humareda.

Uno de los soldados tragó saliva.

—Comandante...

Eso no estaba previsto.

Varick levantó bruscamente la vista.

El humo aumentaba.

Demasiado rápido.

Demasiado intenso.

Aquello no era una operación controlada.

Era un incendio.

Y alguien había actuado antes de tiempo.

Por primera vez desde el inicio de la misión...

Varick sintió auténtico miedo.

—¡Cabalgad!

gritó.

—¡Todos!

Los treinta hombres descendieron por la colina como una tormenta de acero.

En la casa...

Líria abrazaba a sus hijos.

El olor a humo comenzaba a entrar por las ventanas.

Pero no provenía del interior.

Venía del establo.

Se escuchaban gritos.

Golpes.

Caballos relinchando.

Después...

El sonido del acero.

Líria comprendió inmediatamente.

No eran bandidos.

Aquellos movimientos eran demasiado precisos.

Demasiado disciplinados.

Eran soldados.

Su sangre se heló.

Tomó con fuerza las manos de sus hijos.

—Escuchadme con atención.

Los dos la miraron.

Jamás habían visto aquella expresión en el rostro de su madre.

No era miedo.

Era determinación.

—Pase lo que pase...

No soltéis mi mano.

¿Entendido?

Ambos asintieron.

Un golpe estremeció la puerta principal.

Después otro.

Y otro más.

Las bisagras comenzaron a ceder.

Líria retrocedió lentamente.

Su mirada recorrió la habitación.

No había armas.

Solo la espada ceremonial que Aldren conservaba sobre la chimenea.

La tomó.

Era pesada.

Nunca había combatido.

Pero tampoco pensaba entregar a sus hijos sin luchar.

En ese mismo instante...

A varios kilómetros de distancia...

Morthael abrió lentamente los ojos.

Sentado sobre un antiguo trono de piedra negra, contemplaba un inmenso lago cuyas aguas reflejaban todos los rincones del mundo.

En una de aquellas superficies apareció la imagen de la casa de Aldren.

A su alrededor comenzaron a reunirse incontables sombras.

No pronunciaban palabra alguna.

Esperaban.

El Guardián del Último Umbral observó en silencio.

Su rostro permanecía oculto bajo la capucha.

Solo una voz profunda quebró la quietud.

—Aún no.

Las sombras se inmovilizaron.

Una de ellas dio un paso adelante.

—Señor...

Si esperamos más...

La tragedia será inevitable.

Morthael inclinó levemente la cabeza.

Su respuesta estuvo cargada de una tristeza infinita.

—Lo sé.

—Entonces...

¿Por qué no intervenimos?

El dios cerró lentamente la mano sobre la flor blanca que siempre lo acompañaba.

—Porque existe una ley que ni siquiera nosotros podemos romper.

Si un dios arrebata a un hombre el derecho de elegir su camino...

También le arrebata el derecho de convertirse en quien realmente puede llegar a ser.

El silencio volvió a reinar.

Solo el sonido del lago permanecía vivo.

Morthael observó una última vez el reflejo de Aldren cabalgando desesperadamente.

Y, por primera vez en incontables siglos...

Una única lágrima cayó sobre las aguas eternas.

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