«Un hombre puede perder su hogar, su título y hasta el deseo de vivir. Pero mientras conserve un nombre que pronunciar, todavía existe algo que la muerte no ha conseguido llevarse.»
La mañana llegó lentamente.
Aldren despertó antes del amanecer.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo.
No recordaba haber dormido tan profundamente desde la muerte de su familia.
Tampoco recordaba haber soñado.
Aquello debería haber sido un alivio.
Sin embargo, había algo extraño en su despertar.
Por primera vez en muchas semanas...
No sentía únicamente vacío.
Sentía una pregunta.
Una pregunta que llevaba días creciendo dentro de él.
¿Quién había ordenado aquello?
No podía devolverle la vida a Líria.
No podía recuperar a Eryn.
No podía escuchar nuevamente la risa de Lyanna.
Pero podía impedir que sus nombres desaparecieran bajo el peso del tiempo.
Se incorporó.
Miró la caja de recuerdos.
Después miró la espada que descansaba contra la pared.
Durante unos instantes permaneció contemplando ambas cosas.
Finalmente tomó la espada.
La sostuvo entre sus manos.
Pesaba exactamente igual que siempre.
Pero él ya no era el mismo hombre.
Aldren salió de la casa.
Arken comenzaba a despertar.
Los primeros comerciantes abrían sus puestos.
Los panaderos encendían los hornos.
Los soldados cambiaban la guardia de las murallas.
La vida continuaba.
Pero aquella mañana Aldren la observó de una manera diferente.
No veía únicamente una ciudad.
Veía personas.
Familias.
Hombres regresando de sus trabajos.
Mujeres esperando a sus esposos.
Niños corriendo detrás de sus padres.
Y comprendió que su tragedia no podía convertirse en una excusa para dejar de mirar el sufrimiento de los demás.
Quizá ese había sido siempre el verdadero significado de su juramento.
No proteger una corona.
Proteger vidas.
Llegó hasta el antiguo archivo militar.
El edificio era pequeño y oscuro.
Allí se conservaban registros de campañas, órdenes, movimientos de tropas y documentos relacionados con las operaciones de la Corona.
Aldren había entrado cientos de veces durante sus años como capitán.
Pero aquella vez...
Era diferente.
El escribano encargado del archivo levantó la mirada.
Al reconocerlo, se puso inmediatamente de pie.
—Capitán Aldren.
Aldren negó con la cabeza.
—Ya no.
El hombre pareció incómodo.
—Perdone.
—No tienes por qué hacerlo.
Aldren dejó una mano sobre el mostrador.
—Necesito consultar los registros de la noche del incendio.
El escribano palideció.
—Esos documentos son reservados.
—Lo sé.
—Necesitaría autorización del Consejo.
Aldren sacó lentamente un pequeño sello metálico de su bolsillo.
Era su antigua insignia militar.
La colocó sobre la mesa.
—Entonces registra que el antiguo capitán Aldren solicita consultar los documentos que afectan directamente a su familia.
El escribano miró el sello.
Después al hombre que tenía delante.
Finalmente suspiró.
—Espere aquí.
Pasaron varios minutos.
Después regresó con tres carpetas.
Las colocó sobre la mesa.
—Esto es todo lo que encontramos.
Aldren abrió la primera.
Órdenes de movilización.
Informes.
Nombres.
Firmas.
Nada.
Abrió la segunda.
Movimientos de tropas.
La Guardia Negra aparecía registrada.
La orden de captura también.
Pero había algo extraño.
La autorización superior estaba incompleta.
Aldren frunció el ceño.
—¿Dónde está el sello real?
El escribano se acercó.
—Debería estar aquí.
—¿Debería?
—Todas las operaciones que involucran a miembros de la Guardia Negra requieren la aprobación del Consejo o de la Corona.
Aldren pasó los dedos por el documento.
—Entonces alguien retiró esta página.
El hombre permaneció callado.
Aldren abrió la tercera carpeta.
Allí encontró una lista.
Los nombres de los soldados enviados aquella noche.
Leyó uno por uno.
Algunos pertenecían a la Guardia Negra.
Otros no.
Y entre los nombres de aquellos hombres apareció uno que reconoció.
Darian Voss.
Aldren cerró los ojos.
Lo había conocido.
Era un soldado joven.
Había servido bajo su mando durante dos campañas.
Un hombre disciplinado.
No especialmente valiente.
Pero tampoco cruel.
Recordó una conversación que habían tenido años atrás.
Darian le había preguntado:
—¿Por qué sigue luchando después de tantos años?
Aldren había respondido:
—Porque algún día quiero volver a casa y saber que hice lo correcto.
Aquel recuerdo lo golpeó con una fuerza inesperada.
Darian había muerto durante la operación.
Pero si él había estado allí...
Entonces quizá conocía la verdad.
Aldren señaló su nombre.
—¿Dónde está su expediente?
El escribano negó lentamente.
—No lo tenemos.
Aldren levantó la mirada.
—¿Cómo que no?
—Su expediente desapareció hace cuatro días.
Cuatro días.
Exactamente después de que su cuerpo fuera encontrado.
Aldren permaneció completamente inmóvil.
La conspiración no solo había asesinado.
También estaba borrando rastros.
Nombres.
Documentos.
Testigos.
Recuerdos.
—¿Quién tiene acceso a estos archivos?
El escribano tragó saliva.
—El Consejo Real.
—¿Quién más?
—Los comandantes superiores.
—¿Nombres?
El hombre dudó.
Aldren lo observó.
—No voy a hacerte daño.
—Lo sé.
—Entonces dime.
El escribano respiró profundamente.
—Lord Caelen.
—¿Quién?
—El canciller.
Aldren conocía aquel nombre.
Caelen era uno de los hombres más cercanos al rey.
No era un militar.
No tenía fama de guerrero.
Su poder provenía de los documentos, los tratados y las decisiones políticas.
Aldren frunció el ceño.
—¿Y el rey?
El escribano bajó la voz.
—Su Majestad no revisa personalmente la mayoría de estos registros.
Aldren permaneció pensativo.
Eso no demostraba nada.
Pero confirmaba una posibilidad.
Alguien podía estar utilizando el poder de la Corona sin que el propio monarca conociera todas sus acciones.
El misterio seguía intacto.
Y, precisamente por eso...
Resultaba más peligroso.
Aldren abandonó el archivo.
No había encontrado una respuesta.
Había encontrado algo peor.
Una puerta.
Y detrás de ella...
Más preguntas.
Caminó hasta una pequeña plaza.
Allí encontró a un grupo de niños jugando.
Uno de ellos llevaba una espada de madera.
Otro sostenía una rama como si fuera una lanza.
Aldren se detuvo.
El niño de la espada lo observó.
—¿Eres un caballero?
Aldren miró el arma.
—Lo era.
—¿Y ahora?
No supo responder.
El niño insistió.
—¿Ya no quieres serlo?
Aldren observó a aquellos pequeños.
Pensó en Eryn.
En aquella espada de madera que descansaba dentro de la caja.
Finalmente respondió:
—No sé.
El niño frunció el ceño.
—Mi papá dice que los caballeros protegen a las personas.
Aldren sintió una punzada en el pecho.
—Tu padre tiene razón.
—Entonces todavía eres caballero.
Aldren lo miró.
El niño sonrió.
—Porque todavía puedes proteger.
Aldren permaneció inmóvil.
Aquellas palabras eran demasiado simples.
Y precisamente por eso...
Llegaron más profundo que cualquier discurso.
El niño levantó su espada de madera.
—¿Quieres luchar?
Por primera vez en semanas...
Aldren sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi invisible.
—Otro día.
El niño asintió satisfecho.
—Te estaré esperando.
Aldren continuó caminando.
Pero aquella conversación permaneció con él.
Esa tarde regresó al cementerio.
Se arrodilló frente a las tumbas.
Abrió la caja.
Sacó la pequeña espada de madera de Eryn.
La sostuvo entre ambas manos.
—Hoy conocí a un niño.
Miró la tumba.
—Me recordó a ti.
Guardó silencio.
—Me preguntó si todavía era un caballero.
Una lágrima descendió por su rostro.
—No supe qué responder.
Miró la espada.
—Pero quizá tú sí lo sabías.
Dejó el pequeño objeto sobre la tumba.
—No sé qué clase de hombre seré después de esto.
Aldren respiró profundamente.
—Pero sé algo.
Levantó la mirada.
—No permitiré que os conviertan en nombres olvidados.
El viento pasó entre las lápidas.
Aldren cerró los ojos.
—Eryn.
Luego...
—Lyanna.
Finalmente...
—Líria.
Pronunciar sus nombres no devolvía sus vidas.
Pero mantenía vivo aquello que habían sido.
Y quizá...
Eso era lo único que todavía podía hacer por ellos.
Aquella noche, mientras regresaba a la ciudad, Aldren encontró a un hombre esperándolo en un callejón.
Era anciano.
Vestía una capa gris.
Su rostro estaba parcialmente oculto.
—Aldren.
El antiguo caballero se detuvo.
—¿Quién eres?
El anciano no respondió.
En cambio, preguntó:
—¿Sigues buscando la verdad?
Aldren llevó una mano hacia la espada.
—¿Sabes quién destruyó mi hogar?
—Sé quiénes participaron.
Aldren dio un paso.
—Entonces habla.
—No aquí.
—¿Dónde?
El anciano miró hacia las murallas.
—Hay cosas que no deben decirse bajo los ojos del reino.
Aldren estrechó la mirada.
—¿Por qué debería confiar en ti?
El anciano sonrió tristemente.
—No deberías.
Aquella respuesta sorprendió a Aldren.
—Entonces, ¿por qué viniste?
El hombre se acercó.
—Porque conocí a un hombre que creía que la justicia protegía a los inocentes.
Aldren permaneció inmóvil.
—Ese hombre murió aquella noche.
—No.
El anciano negó lentamente.
—Todavía no.
Antes de que Aldren pudiera responder...
El anciano desapareció entre las sombras.
Aldren corrió tras él.
Giró la esquina.
Nada.
Solo una calle vacía.
Pero en el suelo había algo.
Una pequeña moneda negra.
Aldren la recogió.
En una de sus caras había un símbolo.
Tres círculos entrelazados.
El mismo que había encontrado en la flecha.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
La guardó.
Y por primera vez desde la tragedia...
Sintió algo parecido a propósito.
No esperanza.
Todavía no.
Pero sí dirección.
Muy lejos de allí...
En un lugar donde ninguna luz humana podía penetrar...
Una figura abrió lentamente los ojos.
Morghul observaba un tablero cubierto de piezas.
Una de ellas representaba a un caballero.
Todavía estaba de pie.
El dios de la Ambición sonrió.
—Qué interesante.
Una voz surgió detrás de él.
—¿Debemos eliminarlo?
Morghul negó.
—No.
Tomó la pieza entre dos dedos.
—Déjenlo buscar.
—¿Por qué?
Morghul colocó nuevamente la figura.
—Porque la verdad puede destruir a un hombre.
Pero también puede convertirlo en algo mucho más útil.
La oscuridad volvió a cubrir el tablero.
En el Reino del Último Umbral...
Morthael permanecía junto al lago.
Elyndra se acercó.
—Ha encontrado el símbolo.
Morthael asintió.
—Sí.
—¿Intervendrás?
—No.
Elyndra lo observó.
—Cada paso lo acerca al abismo.
Morthael contempló el reflejo de Aldren.
—También cada paso lo acerca a la verdad.
La Guardiana de la Esperanza guardó silencio.
Morthael cerró los ojos.
—Todavía debe caminar solo.
—¿Y si no consigue soportarlo?
El Guardián permaneció inmóvil.
Después respondió:
—Entonces yo caminaré con él.
Aquella noche Aldren volvió a su habitación.
Colocó la moneda negra sobre la mesa.
Junto a ella dejó la caja de recuerdos.
Dos objetos.
Dos mundos.
Uno pertenecía al pasado.
El otro...
A aquello que todavía no comprendía.
Aldren observó ambos durante largo tiempo.
Después tomó la espada.
No se la colocó al cinturón.
Simplemente la sostuvo.
Y comprendió que ya no buscaba recuperar al hombre que había sido.
Ese hombre había quedado enterrado junto a su familia.
Ahora debía descubrir quién podía ser.
Un hombre sin reino.
Sin hogar.
Sin esposa.
Sin hijos.
Sin fe.
Pero todavía...
Con memoria.
Y mientras existiera memoria...
Todavía quedaba algo que proteger.