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Capítulo V: Las Voces del Bosque Silencioso - Parte III: El Santuario del Equilibrio

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 02 de agosto de 2026

"Los hombres levantan templos para recordar a los dioses. Pero existen templos que fueron levantados por los dioses para recordar a los hombres quiénes eran antes de corromperse."


El pequeño medallón de madera permanecía inmóvil sobre la palma de la mano de Aldren.

El símbolo era inconfundible.

Un círculo dividido por dos mitades.

Luz.

Oscuridad.

No enfrentadas.

Complementándose.

Exactamente igual al grabado que el rey Edric le había mostrado en la Crónica del Primer Reino.

Aquello ya no podía ser una coincidencia.

Demasiadas piezas comenzaban a unirse.

Las aldeas desaparecidas.

Las antiguas leyendas de Elyr.

Las voces del bosque.

El anciano Eamon.

Y ahora...

El símbolo del Equilibrio.

Aldren guardó cuidadosamente el medallón dentro de una pequeña bolsa de cuero junto al colgante que Líria le había regalado años atrás.

Sin darse cuenta, ambos objetos quedaron uno junto al otro.

El recuerdo de su familia.

Y el recuerdo de una civilización olvidada.

Como si el destino hubiera decidido unir dos historias que aún no comprendía.

El bosque parecía diferente aquella mañana.

No porque hubiera cambiado.

Sino porque Aldren comenzaba a observarlo con otros ojos.

Los árboles no crecían al azar.

Las enormes raíces parecían formar antiguos caminos invisibles.

Las piedras estaban distribuidas en círculos casi perfectos.

Incluso el curso del arroyo describía curvas demasiado precisas para ser completamente naturales.

Durante años había recorrido incontables bosques.

Jamás había visto uno así.

Era como si todo el lugar hubiese sido diseñado siguiendo una voluntad superior.

No una voluntad humana.

Algo mucho más antiguo.

Brann avanzaba despacio.

Aunque seguía inquieto, ya no intentaba retroceder.

Parecía aceptar que aquel sendero debía recorrerse.

Aldren observó el cielo.

Las nubes ocultaban nuevamente el sol.

Sin embargo, una tenue claridad descendía entre las copas de los árboles.

No provenía del firmamento.

Parecía nacer del propio bosque.

Entonces recordó unas palabras de Eamon.

"No siga los senderos de los hombres..."

El caballero detuvo el caballo.

Frente a él existía un camino perfectamente marcado.

A su izquierda...

Solo árboles.

Musgo.

Raíces.

Nada que indicara el paso de persona alguna.

Sonrió levemente.

—Supongo que aquí comienza la verdadera prueba.

Descendió de Brann.

Sujetó las riendas.

Y comenzó a caminar hacia donde ningún sendero existía.

Al principio todo parecía normal.

Las ramas dificultaban el avance.

Las raíces obligaban a mirar constantemente el suelo.

Pero conforme penetraba en el bosque...

Algo comenzó a cambiar.

El aire.

Era distinto.

Más puro.

Más antiguo.

El olor de la tierra húmeda se mezclaba con un perfume imposible de identificar.

No era una flor.

Ni resina.

Ni lluvia.

Era un aroma que despertaba recuerdos.

Recuerdos que nunca había vivido.

Aldren sintió una extraña paz.

No era la tranquilidad del descanso.

Era la sensación de estar regresando a un lugar conocido.

Como si aquella parte del bosque hubiera esperado su llegada durante siglos.

Después de casi una hora de marcha encontró la primera señal.

Una columna de piedra.

Cubierta casi por completo de musgo.

Solo sobresalía la parte superior.

Tallada sobre ella aparecía nuevamente el símbolo del Equilibrio.

Pero también siete figuras.

Cada una sostenía un objeto distinto.

Una espada.

Una balanza.

Una llama.

Una luna.

Un río.

Un árbol.

Y un reloj de arena.

Aldren recorrió los grabados con la yema de los dedos.

La piedra estaba sorprendentemente cálida.

En ese instante...

Una voz volvió a surgir detrás de él.

—Ellos juraron proteger el mundo.

Aldren giró con rapidez.

Eamon permanecía de pie a pocos metros.

Como si hubiera estado allí desde siempre.

El anciano sonrió con serenidad.

—Veo que eligió el camino correcto.

—¿Me estaba esperando?

—No.

El bosque sí.

Ambos continuaron caminando.

Esta vez juntos.

Durante varios minutos ninguno habló.

Hasta que Aldren rompió el silencio.

—¿Quiénes eran los siete?

Eamon apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Los primeros Guardianes del Equilibrio.

Los elegidos por las Divinidades para custodiar cada uno de los pilares sobre los que debía sostenerse la existencia.

—¿Pilares?

—Vida.

Muerte.

Tiempo.

Naturaleza.

Sabiduría.

Verdad.

Y Esperanza.

Aldren escuchaba con atención.

—Con el paso de los siglos...

Los hombres dejaron de comprender que aquellos pilares no pertenecían únicamente a los dioses.

También vivían dentro de cada persona.

Cuando uno de ellos se corrompe...

Todo el mundo comienza a desequilibrarse.

El sendero terminó abruptamente.

Frente a ambos apareció una enorme escalinata de piedra cubierta por raíces centenarias.

Descendía hacia las profundidades de la montaña.

Aldren permaneció inmóvil.

Jamás habría imaginado que semejante construcción existiera bajo aquel bosque.

—¿Qué lugar es este?

preguntó.

Eamon bajó lentamente los primeros escalones.

—El Santuario del Equilibrio.

Olvidado por los hombres.

Nunca por los dioses.

Las antorchas de las paredes estaban apagadas.

Sin embargo...

La estancia permanecía iluminada.

Una suave luz azul parecía brotar de los propios muros.

El recinto era gigantesco.

Decenas de columnas sostenían una bóveda decorada con constelaciones desconocidas.

En el centro descansaba un inmenso círculo de piedra negra.

Sobre él estaban grabadas miles de pequeñas runas.

Aldren jamás había contemplado una obra semejante.

Ni siquiera los templos reales podían compararse.

El silencio era absoluto.

Pero no resultaba incómodo.

Transmitía una profunda sensación de respeto.

Como si aquel lugar siguiera siendo sagrado.

Mientras avanzaban, Aldren comenzó a descubrir numerosas estatuas.

Siete en total.

Cada una representaba a una divinidad diferente.

No tenían nombres grabados.

Solo símbolos.

La primera sostenía una semilla.

La segunda una espada invertida.

La tercera un reloj de arena.

La cuarta llevaba una corona formada por ramas.

La quinta mantenía un libro abierto.

La sexta ocultaba su rostro tras una máscara.

Y la séptima...

Vestía una larga túnica oscura.

Su rostro permanecía completamente cubierto por una capucha.

En una mano sostenía una balanza.

En la otra...

Una flor blanca.

Aldren se detuvo frente a ella.

Algo lo obligaba a contemplarla.

No era miedo.

Era una extraña familiaridad.

Eamon observó discretamente su reacción.

—La siente.

No era una pregunta.

Era una certeza.

—¿Quién es?

El anciano respondió con una voz apenas superior a un susurro.

—El Guardián del Último Umbral.

Aquel que guía a las almas cuando termina una vida...

Y vela para que ninguna muerte ocurra antes de su tiempo.

Aldren sintió un escalofrío.

—¿El Dios de la Muerte?

Eamon permaneció en silencio.

Durante varios segundos.

Finalmente respondió.

—Los hombres comenzaron a llamarlo así cuando dejaron de comprenderlo.

Pero ese nunca fue su verdadero propósito.

La muerte...

No era su dominio.

Era su responsabilidad.

El anciano levantó lentamente la vista hacia la estatua.

—Él jamás deseó la muerte de nadie.

Solo impedía que el equilibrio del mundo se rompiera.

Aldren permaneció contemplando la figura.

La flor de piedra que sostenía la estatua le recordó inmediatamente los lirios que crecían frente a su hogar.

Una sensación extraña recorrió todo su cuerpo.

Sin comprender por qué...

Sintió deseos de inclinar la cabeza.

Y lo hizo.

No por obligación.

Sino por un respeto nacido de lo más profundo de su corazón.

En el mismo instante en que lo hizo...

Toda la sala comenzó a vibrar suavemente.

El círculo central emitió un leve resplandor.

Las runas comenzaron a iluminarse una tras otra.

Eamon dio un paso atrás.

Su expresión cambió por completo.

Ya no había serenidad.

Había asombro.

—No puede ser...

murmuró.

Aldren levantó la cabeza.

—¿Qué sucede?

El anciano observaba incrédulo las antiguas inscripciones.

Las runas seguían despertando.

Como si hubieran permanecido dormidas durante siglos.

—Nadie...

susurró con voz quebrada.

Nadie había conseguido activar el Santuario...

Desde la caída de Elyr.

Entonces...

Una profunda vibración recorrió toda la montaña.

El suelo tembló.

Pequeños fragmentos de piedra comenzaron a desprenderse del techo.

Brann relinchó violentamente desde el exterior.

Y, por primera vez desde que había entrado al bosque...

Aldren escuchó un sonido completamente distinto.

No era una voz.

No era el viento.

Era un lamento.

Un lamento colectivo.

Miles de voces pronunciando la misma palabra.

Muy lejos.

Bajo la tierra.

Como si incontables almas olvidadas intentaran ser escuchadas.

Eamon cerró lentamente los ojos.

Su rostro perdió todo color.

—Han despertado...

Aldren llevó instintivamente la mano a la empuñadura de su espada.

—¿Quiénes?

El anciano abrió los ojos.

En ellos ya no había paz.

Solo una preocupación inmensa.

—Los que jamás encontraron descanso.

Y si ellos han comenzado a despertar...

Significa que el Equilibrio...

Ya ha empezado a romperse.

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