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Capítulo IV: Las Voces del Bosque Silencioso - Parte II: El susurro entre los árboles

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 01 de agosto de 2026

"No toda voz que pronuncia nuestro nombre desea que la encontremos. Algunas solo desean descubrir cuánto estamos dispuestos a perder para volver a escuchar aquello que más amamos."


Aldren permaneció inmóvil.

La niebla seguía deslizándose lentamente entre los enormes robles del bosque oriental, cubriendo las raíces como un río blanco y silencioso.

Su mano descendió instintivamente hasta la empuñadura de su espada.

No la desenvainó.

Todavía no.

Respiró profundamente.

Durante años había aprendido que el miedo era un mal consejero.

En el campo de batalla, quien reaccionaba antes de comprender moría primero.

Pero aquello...

Aquello no era un campo de batalla.

Era un silencio que parecía observarlo.

La voz volvió a escucharse.

Mucho más cerca.

—...Aldren...

Esta vez no hubo duda.

Era Líria.

No solo su voz.

También la forma en que pronunciaba su nombre.

Con aquella dulzura tranquila que únicamente existía cuando estaban solos.

El corazón del caballero se estremeció.

Por un instante olvidó dónde estaba.

Recordó el jardín.

Las flores.

Las noches junto al fuego.

Las risas de sus hijos.

La imagen fue tan nítida que creyó sentir incluso el perfume de los lirios.

Un paso.

Solo dio un paso hacia el bosque.

Brann relinchó con fuerza.

El caballo se interpuso delante de él.

Sus ojos reflejaban un miedo salvaje.

Un miedo que Aldren jamás le había visto.

—¿Qué ocurre?

preguntó en voz baja.

Brann golpeó el suelo con una de sus patas.

Retrocedió nuevamente.

Como si cualquier dirección fuera preferible antes que internarse entre aquellos árboles.

Aldren apoyó la frente contra la del animal.

—Nunca me has fallado...

susurró.

Si tienes miedo...

Yo también debo tenerlo.

Aquellas palabras bastaron para devolverle la claridad.

Volvió a respirar.

La emoción comenzó a disiparse.

La razón recuperó lentamente el control.

Líria estaba viva.

Esperándolo en casa.

Aquella voz no podía ser real.

—Muéstrate.

dijo con firmeza.

El bosque respondió únicamente con silencio.

—No sé quién eres.

Ni qué pretendes.

Pero no utilizarás el nombre de mi esposa para atraerme.

Las palabras resonaron entre los árboles.

Durante varios segundos no ocurrió absolutamente nada.

Después...

El viento regresó.

Suave.

Casi imperceptible.

Las hojas comenzaron a moverse nuevamente.

Y la voz desapareció.

Como si jamás hubiera existido.

Aldren permaneció atento durante varios minutos.

No volvió a escuchar nada.

Sin embargo, una sensación persistía.

La de haber sido observado.

No por una persona.

Sino por el propio bosque.

El caballero decidió no internarse aquella misma tarde.

La luz comenzaba a extinguirse y avanzar en un terreno desconocido durante la noche habría sido una imprudencia.

Encontró un pequeño claro junto a un arroyo.

Allí levantó un campamento sencillo.

Encendió una pequeña hoguera.

No por el frío.

Sino porque el fuego siempre había sido un recordatorio de que el hombre aún conservaba un espacio propio frente a la inmensidad de la naturaleza.

Mientras preparaba una sencilla comida, recordó algo que Gareth le había dicho años atrás durante una campaña en las montañas.

"Cuando un lugar intenta convencerte de que estás solo... observa las sombras. Si todas miran hacia el mismo sitio, significa que alguien también te está observando."

Aldren levantó discretamente la vista.

Las sombras proyectadas por la hoguera parecían normales.

Excepto una.

Una sombra demasiado larga.

Permanecía inmóvil entre los árboles.

No pertenecía a ningún tronco.

No tenía forma definida.

Y, sin embargo...

Estaba allí.

Observándolo.

El caballero llevó lentamente la mano hasta la espada.

La figura retrocedió.

No caminó.

Simplemente...

Se desvaneció con la oscuridad.

Como si nunca hubiera existido.

Aquella noche durmió poco.

Los sonidos del bosque eran extraños.

No amenazantes.

Simplemente...

Equivocados.

Las ramas crujían sin viento.

Las hojas caían cuando ningún árbol era sacudido.

En varias ocasiones creyó escuchar pasos alrededor del campamento.

Siempre a la misma distancia.

Nunca se acercaban.

Nunca se alejaban.

Solo permanecían allí.

Esperando.

Antes del amanecer decidió recorrer el perímetro.

No encontró huellas humanas.

Ni de animales.

Pero sí algo mucho más inquietante.

Alrededor del campamento habían aparecido pequeños montículos de piedras.

Siete en total.

Cada uno formado por exactamente siete piedras blancas.

Perfectamente alineadas.

Ninguno estaba allí la noche anterior.

Aldren los examinó con detenimiento.

No parecían marcas de advertencia.

Ni símbolos militares.

Tampoco pertenecían a ninguna tradición funeraria que él conociera.

Se arrodilló junto a uno de ellos.

Las piedras estaban tibias.

Como si alguien las hubiera colocado apenas unos minutos antes.

Mientras las observaba, una voz anciana surgió detrás de él.

—No las toque.

Aldren giró de inmediato.

A pocos pasos se encontraba un anciano vestido con una sencilla túnica de lana.

Su barba gris descendía hasta el pecho.

Llevaba un bastón tallado con antiguas runas.

Su rostro estaba profundamente surcado por el tiempo.

Pero sus ojos...

Sus ojos conservaban una serenidad extraordinaria.

—Buenos días.

dijo el desconocido con una leve inclinación de cabeza.

Aldren respondió al saludo.

—No lo escuché acercarse.

El anciano sonrió.

—Hace muchos años que aprendí a caminar sin molestar al bosque.

—¿Quién es usted?

—Me llaman Eamon.

Solo soy el último guardabosques de estas tierras.

Aldren observó nuevamente los montículos.

—¿Los colocó usted?

Eamon negó con calma.

—No.

Ellos.

El caballero frunció el ceño.

—¿Ellos?

El anciano levantó lentamente la vista hacia las copas de los árboles.

—Los Vigilantes.

El silencio se instaló entre ambos.

Aldren esperó.

Eamon parecía elegir cuidadosamente cada palabra.

—Hace siglos...

Mucho antes de que existiera Arken...

Este bosque ya era considerado un lugar sagrado.

Los hombres podían atravesarlo.

Cazar.

Recoger leña.

Pero existía una condición.

Nunca debían olvidar que eran visitantes.

No dueños.

Aldren escuchaba atentamente.

—Con el paso del tiempo...

Los reinos crecieron.

Los caminos se multiplicaron.

Los hombres comenzaron a talar más árboles.

A construir fortalezas.

A extraer piedra.

Hierro.

Oro.

El anciano suspiró.

—Y poco a poco dejaron de pedir permiso.

—¿Está diciendo que el bosque se está defendiendo?

preguntó Aldren.

Eamon negó lentamente.

—No.

El bosque nunca ataca primero.

Solo recuerda.

Aquella respuesta dejó al caballero profundamente pensativo.

—¿Qué son los Vigilantes?

preguntó finalmente.

El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Nadie lo sabe con certeza.

Algunos dicen que son espíritus antiguos.

Otros creen que fueron los primeros guardianes elegidos por los dioses.

Mi abuelo...

Sonrió con nostalgia.

Decía que eran los recuerdos vivos del mundo.

Aldren volvió la vista hacia los montículos.

—¿Y qué significan estas piedras?

Eamon permaneció varios segundos en silencio.

Como si lamentara tener que responder.

—Significan que ellos ya saben que usted ha llegado.

El viento volvió a recorrer lentamente el claro.

Las hojas comenzaron a caer una tras otra.

El anciano continuó hablando.

—Cuando colocan siete montículos...

Es porque están observando a alguien.

Aldren sostuvo su mirada.

—¿Para juzgarlo?

Eamon sonrió.

—No.

Para decidir si merece conocer la verdad.

El caballero sintió un leve estremecimiento.

Durante toda su vida había sido evaluado por reyes.

Por generales.

Por maestros.

Jamás imaginó que algún día sería observado por algo que escapaba por completo a su comprensión.

Entonces recordó la voz.

—Ayer escuché a mi esposa.

Eamon no pareció sorprendido.

Ni siquiera un poco.

—Sí.

Eso hacen.

—¿Quiénes?

—Los Susurrantes.

No son los Vigilantes.

Son otra cosa.

Imitan aquello que más amas.

Aquello que más extrañas.

Aquello por lo que estarías dispuesto a abandonar el camino.

Aldren permaneció inmóvil.

Ahora comprendía.

No era una maldición cualquiera.

Era una prueba.

Una que atacaba directamente el corazón.

Eamon comenzó a caminar lentamente hacia el interior del bosque.

Después de unos pasos se detuvo.

Sin girarse, habló con voz tranquila.

—Si realmente desea encontrar a los desaparecidos...

No siga los senderos.

Los senderos fueron hechos por los hombres.

Siga el silencio.

Porque allí donde el bosque deja de respirar...

Es donde alguien ha comenzado a morir.

El anciano continuó avanzando.

La niebla comenzó a envolverlo.

Aldren dio dos pasos.

—¡Espere!

No obtuvo respuesta.

Corrió hasta el lugar donde lo había visto por última vez.

No había nadie.

Ni huellas.

Ni ramas movidas.

Ni señales de que una persona hubiera estado allí hacía apenas unos segundos.

Solo permanecía un objeto.

Apoyado sobre una roca cubierta de musgo.

Una pequeña medalla de madera.

Tallada con el mismo símbolo que Aldren había visto en el libro secreto del rey.

El círculo dividido entre luz y oscuridad.

El antiguo emblema del Equilibrio.

El caballero la tomó lentamente entre sus manos.

Y, por primera vez desde el inicio de aquella misión, comprendió que las desapariciones de la frontera no eran un simple problema del reino.

Eran el eco de una historia mucho más antigua.

Una historia que los hombres habían olvidado...

Pero que el mundo jamás había dejado de recordar.

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