"Existen lugares donde el bosque parece respirar con la misma tranquilidad que los hombres. Pero también existen otros donde incluso los árboles recuerdan aquello que la humanidad decidió olvidar."
El alba apenas comenzaba a teñir de oro las montañas cuando Aldren abandonó el castillo de Arken.
No llevaba el estandarte de la Guardia Real.
Ni escolta.
Ni trompetas anunciando su partida.
Solo vestía una armadura de viaje, más ligera que la ceremonial, cubierta por una capa gris cuyo color ocultaba el brillo del acero. Sobre su espalda descansaba la espada que lo había acompañado durante más de dos décadas.
Edric había sido claro.
Aquella misión no pertenecía al reino.
Pertenecía a la verdad.
Brann avanzaba con paso tranquilo por el antiguo Camino del Roble, una ruta olvidada por la mayoría de los comerciantes desde la construcción del nuevo camino imperial.
Era más largo.
Más solitario.
Pero también permitía llegar a las aldeas orientales sin llamar demasiado la atención.
Aldren levantó la vista hacia el cielo.
Las nubes se desplazaban lentamente hacia el este.
El aire era frío.
Más frío de lo habitual para aquella época del año.
—Parece que el otoño llegó antes de tiempo...
murmuró mientras acariciaba el cuello de Brann.
El caballo respondió con un leve resoplido.
Durante las primeras horas de viaje el paisaje parecía completamente normal.
Campesinos arando la tierra.
Niños persiguiendo ovejas.
Molinos girando con el viento.
La vida seguía su curso.
Sin embargo...
Conforme avanzaba hacia la frontera oriental, comenzaron a aparecer pequeños detalles imposibles de ignorar.
Un campo de trigo abandonado antes de la cosecha.
Una carreta detenida junto al camino, con las mercancías intactas pero sin rastro de su dueño.
Una chimenea apagada en una casa cuya puerta permanecía abierta de par en par.
Aldren desmontó.
Empujó lentamente la puerta.
El interior estaba limpio.
No existían señales de lucha.
Los platos permanecían sobre la mesa.
El pan aún descansaba dentro del horno de piedra.
Incluso una pequeña muñeca de trapo seguía sentada junto a la ventana.
Como si la familia hubiera salido solo unos minutos antes.
Pero...
El polvo comenzaba a cubrirlo todo.
Aquella vivienda llevaba varios días vacía.
—¿Dónde fueron...?
susurró.
No encontró respuesta.
Antes de marcharse observó algo que llamó poderosamente su atención.
Sobre el alféizar de la ventana había un pequeño jarrón.
Dentro crecían lirios blancos.
El mismo tipo de flores que Líria cultivaba frente a su casa.
Aldren sonrió con melancolía.
Recordó la última noche bajo las estrellas.
La promesa.
El abrazo.
El perfume de aquellas flores.
Sin darse cuenta, llevó una mano al pequeño colgante de madera que Líria le había entregado años atrás.
Lo llevaba siempre oculto bajo la armadura.
—Volveré pronto.
Lo prometí.
Volvió a montar.
Continuó el viaje.
Al mediodía llegó a la pequeña aldea de Elden Hollow.
Era el último asentamiento habitado antes de internarse en los grandes bosques orientales.
Los habitantes lo reconocieron inmediatamente.
—¡Es el Capitán Aldren!
Un anciano dejó caer su sombrero para saludarlo.
Varias mujeres inclinaron respetuosamente la cabeza.
Los niños comenzaron a seguir a Brann con una mezcla de admiración y curiosidad.
Pero algo llamó la atención del caballero.
Nadie sonreía.
El respeto seguía allí.
La alegría no.
La taberna del pueblo permanecía casi vacía.
Solo cuatro hombres bebían en absoluto silencio.
El tabernero, un hombre corpulento llamado Bram, levantó la vista cuando Aldren cruzó la puerta.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Capitán...
Por los dioses...
Qué alivio verlo.
Aldren se acercó.
—Necesito hacer algunas preguntas.
—Y nosotros necesitamos respuestas.
respondió Bram con evidente desesperación.
El hombre sirvió una taza de hidromiel, pero Aldren la rechazó con cortesía.
—Primero cuénteme qué sucede.
Bram respiró profundamente.
Después habló.
—Hace un mes comenzaron las desapariciones.
Al principio fue un cazador.
Después una familia entera.
Luego dos comerciantes.
Creímos que serían bandidos.
Pero...
Negó lentamente con la cabeza.
—Los caballos regresan solos.
Las carretas aparecen vacías.
Los perros vuelven al pueblo...
Pero las personas jamás regresan.
El silencio invadió la taberna.
Uno de los ancianos levantó lentamente la cabeza.
Su voz apenas era un susurro.
—El bosque ya no nos quiere.
Aldren permaneció inmóvil.
Aquellas palabras parecían nacidas del miedo.
Sin embargo...
El anciano no parecía supersticioso.
Solo profundamente cansado.
—¿Qué quiere decir?
preguntó el caballero.
El viejo señaló hacia el este.
—Durante toda mi vida corté madera allí.
Conozco cada sendero.
Cada arroyo.
Cada árbol.
Pero ahora...
Guardó silencio unos segundos.
—Los caminos cambian.
Las marcas desaparecen.
Los pájaros dejan de cantar.
Y cuando cae la tarde...
Escuchamos voces.
Bram intervino inmediatamente.
—No le haga caso.
Son cuentos de ancianos.
Pero otro hombre negó con fuerza.
—¡Yo también las escuché!
Todos volvieron la mirada hacia él.
Era un joven leñador llamado Tomas.
Tenía apenas veinticinco años.
Su rostro mostraba profundas ojeras.
—Mi hermano desapareció hace doce días.
Lo busqué durante toda la noche.
Y...
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Escuché su voz.
Me llamaba.
Claramente.
Sabía exactamente dónde estaba.
Seguí aquella voz durante casi una hora.
Hasta que...
Sus manos comenzaron a temblar.
—Encontré mi propia hacha.
Clavada en un árbol.
La misma que llevaba conmigo.
Pero...
Yo todavía la tenía en las manos.
El silencio fue absoluto.
Aldren observó atentamente al muchacho.
No detectó mentira alguna.
Solo terror.
Un terror tan auténtico que ni el mejor actor habría podido fingir.
Cuando abandonó la taberna, el cielo comenzaba a cubrirse nuevamente de nubes.
Bram lo acompañó hasta el establo.
—Capitán.
No vaya.
Aldren ajustó las correas de la silla de Brann.
—Debo hacerlo.
—Los exploradores enviados por el reino tampoco regresaron.
—Precisamente por eso.
El tabernero bajó la voz.
—Dicen que el bosque está maldito.
Aldren sonrió con serenidad.
—No temo a las maldiciones.
Bram respondió casi inmediatamente.
—Eso mismo dijeron los otros.
Aquellas palabras permanecieron suspendidas entre ambos.
Antes de partir, una pequeña figura apareció corriendo por la plaza.
Era una niña de unos ocho años.
Llevaba un vestido sencillo de lino azul.
Su cabello rubio estaba recogido en dos pequeñas trenzas.
Sostenía entre las manos una flor.
Un lirio blanco.
Se detuvo frente a Brann.
Levantó la flor hacia Aldren.
—Mi mamá dice que los caballeros siempre necesitan algo bonito que les recuerde por qué luchan.
El caballero descendió lentamente del caballo.
Se arrodilló frente a ella.
—¿Cómo te llamas?
—Elena.
—Gracias, Elena.
La niña sonrió.
Después preguntó con total inocencia:
—¿Va a traer de regreso a los desaparecidos?
Aquella pregunta atravesó el corazón de Aldren.
Durante unos segundos fue incapaz de responder.
Finalmente habló.
Con absoluta honestidad.
—Haré todo lo que esté en mis manos.
La pequeña asintió.
Parecía conforme con aquella respuesta.
Colocó el lirio entre las correas de la montura.
Luego volvió corriendo hacia su madre.
Aldren contempló la flor durante unos instantes.
Le recordó a Lyanna.
A su dibujo.
A aquellos pequeños recuerdos luminosos que jamás debían apagarse.
Al caer la tarde, el bosque oriental apareció finalmente ante él.
Los árboles eran inmensos.
Mucho más antiguos que cualquiera de los bosques cercanos a Arken.
Sus troncos, retorcidos por los siglos, parecían sostener el propio cielo.
Una ligera niebla comenzaba a deslizarse entre las raíces.
Brann se detuvo.
No avanzó un paso más.
Aldren acarició nuevamente su cuello.
—Tranquilo.
Solo echaremos un vistazo.
El caballo no obedeció.
Retrocedió lentamente.
Era la primera vez en veinte años que el animal se negaba a seguir una orden.
Entonces ocurrió.
El viento cesó.
Por completo.
Las hojas dejaron de moverse.
Los insectos desaparecieron.
El bosque entero quedó sumido en un silencio imposible.
Un silencio tan absoluto...
Que Aldren pudo escuchar el sonido de su propia respiración.
Y entonces...
Muy a lo lejos...
Una voz.
Suave.
Femenina.
Casi un susurro.
—...Aldren...
El caballero levantó bruscamente la cabeza.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
No.
Era imposible.
Conocía aquella voz.
La habría reconocido entre miles.
Era la voz de Líria.
Pero ella estaba a varios días de viaje.
La niebla comenzó a avanzar lentamente entre los árboles.
Y la voz volvió a escucharse.
Más cerca.
Más clara.
—...¿Dónde estás...?
Aldren permaneció completamente inmóvil.
El guerrero que jamás había retrocedido ante ningún ejército sintió, por primera vez en muchos años...
Un miedo que no nacía del peligro.
Sino de lo imposible.