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Capítulo III: La Última Cena - Parte IV: Los secretos de una corona

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 31 de julio de 2026

"Hay verdades que un rey no puede proclamar ante su pueblo. No porque sean falsas, sino porque conocerlas demasiado pronto podría destruir aquello que intenta proteger."


Las puertas del Salón del Consejo se cerraron con un sonido grave.

Por primera vez en toda la mañana, el inmenso recinto quedó completamente en silencio.

Solo permanecían dos hombres.

El rey.

Y el caballero que había jurado protegerlo.

Durante varios instantes ninguno habló.

Edric III permanecía sentado, con ambas manos apoyadas sobre la mesa de roble. Parecía observar los mapas, pero su mente se encontraba muy lejos de allí.

Aldren aguardó pacientemente.

Conocía demasiado bien a su soberano.

Sabía que el silencio era, muchas veces, la forma en que ordenaba pensamientos demasiado pesados para pronunciarlos.

Finalmente, el rey dejó escapar un largo suspiro.

—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?

Aldren sonrió con discreción.

—Era un escudero.

—Uno demasiado orgulloso.

—Majestad...

—¿Ves? Aún lo eres.

Ambos rieron suavemente.

Aquella risa, breve y sincera, rompió por un instante el peso que había dominado la reunión del Consejo.

Edric se levantó lentamente.

Se acercó a uno de los grandes ventanales que daban a la ciudad.

Desde allí podía verse casi todo Arken.

Los mercados.

Los templos.

Las casas.

Las murallas.

Miles de vidas desarrollándose ajenas a las preocupaciones del castillo.

—Cuando heredé esta corona...

dijo sin apartar la vista del paisaje,

...creía que gobernar consistía en tomar decisiones difíciles.

Sonrió con tristeza.

—Qué ingenuo era.

Aldren permanecía en silencio.

—Después comprendí que gobernar significa elegir cuál será el dolor que soportará tu pueblo.

Porque ninguna decisión evita el sufrimiento.

Solo decide quién lo llevará sobre sus hombros.

El caballero observó la espalda del rey.

Aquellas palabras no pertenecían al monarca que inspiraba seguridad frente al pueblo.

Pertenecían al hombre.

Al padre.

Al esposo.

Al amigo.

Edric giró lentamente.

—¿Sabes por qué nunca acepté que dejaras la Guardia Real?

Aldren bajó la mirada.

—Siempre pensé que era porque conocía bien mi trabajo.

El rey negó con suavidad.

—No.

Era porque eres el único hombre frente al que puedo hablar sin sentir que debo ser rey.

Aquellas palabras conmovieron profundamente a Aldren.

Durante años había servido convencido de que protegía únicamente la corona.

Nunca imaginó que también protegía la humanidad del hombre que la llevaba.

—Gracias...

murmuró Edric.

—Por recordarme durante todos estos años que aún podía confiar en alguien.

El monarca caminó hacia una antigua estantería situada al fondo del salón.

Sacó una pequeña llave de plata oculta entre los pliegues de su túnica.

Introdujo la llave en una cerradura casi invisible.

Con un suave crujido, parte de la pared comenzó a desplazarse.

Tras ella apareció una estancia pequeña.

Oscura.

Llena de antiguos manuscritos.

Aldren jamás había visto aquel lugar.

—Ven.

Entraron.

La habitación olía a pergamino envejecido y madera antigua.

Sobre una mesa descansaba un único libro.

Era enorme.

Su cubierta estaba reforzada con placas de hierro ennegrecido.

No llevaba ningún título.

Solo un símbolo.

Un círculo dividido por dos mitades.

Luz.

Oscuridad.

Equilibrio.

Aldren reconoció inmediatamente aquel emblema.

Lo había visto únicamente una vez.

Muchos años atrás.

En las ruinas de un templo abandonado.

—¿Qué es?

preguntó.

Edric acarició lentamente la cubierta.

—La Crónica del Primer Reino.

El caballero abrió ligeramente los ojos.

—Creía que había sido destruida hace siglos.

—Eso hizo creer mi familia.

Respondió el rey.

—Porque algunas verdades resultan demasiado peligrosas.

Edric abrió lentamente el volumen.

Las páginas parecían mucho más antiguas que cualquier documento conservado en los archivos reales.

Las ilustraciones estaban realizadas con tintas minerales que aún conservaban parte de su brillo.

En una de ellas aparecían siete figuras gigantescas.

No eran humanos.

Sus cuerpos parecían hechos de estrellas.

Montañas.

Océanos.

Llamas.

Sombras.

Sobre cada uno había un antiguo nombre escrito en una lengua olvidada.

—Los Siete Guardianes del Equilibrio.

susurró Edric.

Aldren observó fascinado aquellas imágenes.

—¿Son... los dioses?

—Sí.

O, al menos...

Así los llamaban nuestros antepasados.

El rey pasó varias páginas.

Llegó a una ilustración distinta.

En ella aparecía una ciudad envuelta por una oscuridad inmensa.

Las sombras ascendían desde el suelo como si fueran raíces vivas.

Y, frente a ellas...

Un caballero.

Solo.

Con una espada levantada.

El rostro estaba cubierto por un casco.

Era imposible reconocerlo.

Sin embargo...

Algo en aquella imagen provocó un inexplicable escalofrío en Aldren.

—¿Quién es?

preguntó.

Edric cerró lentamente el libro.

—Nadie lo sabe.

Solo aparece mencionado como...

El Guardián del Umbral.

El rey permaneció unos instantes contemplando la portada cerrada.

Después habló con una solemnidad que Aldren jamás le había escuchado.

—Nuestro reino fue fundado sobre un antiguo pacto.

Mientras los hombres respetaran el Equilibrio...

Los dioses jamás intervendrían directamente en nuestro mundo.

Pero si el propio corazón de la humanidad rompía ese pacto...

Las consecuencias serían impredecibles.

Aldren reflexionó unos segundos.

—¿Cree que eso está ocurriendo?

Edric tardó demasiado en responder.

—No lo sé.

Y eso es precisamente lo que más me asusta.

Se acercó nuevamente a la mesa principal.

Tomó un pequeño pergamino sellado con cera azul.

Lo entregó a Aldren.

—Quiero confiarte una misión.

El caballero lo recibió con respeto.

—Ordene.

—No es una orden.

Es un favor.

Aquellas palabras sorprendieron profundamente a Aldren.

Edric continuó.

—Ve personalmente a las aldeas cercanas a la frontera oriental.

No como capitán.

No como representante del Consejo.

Ve como el hombre que siempre escucha antes de juzgar.

Habla con la gente.

Observa.

Descubre qué está ocurriendo realmente.

Y...

Bajó aún más la voz.

—No informes primero al Consejo.

Infórmame únicamente a mí.

El silencio cayó entre ambos.

Aquella petición significaba una sola cosa.

El rey desconfiaba de quienes lo rodeaban.

Aldren sintió un profundo pesar.

—¿Ni siquiera de Lord Vaust?

Edric cerró los ojos.

La pregunta parecía haber golpeado una herida antigua.

—No puedo responderte eso.

Todavía.

Pero necesito saber si sigo siendo dueño de mi propio reino...

O si alguien más ya ha comenzado a gobernarlo en mi nombre.

Aldren apoyó una rodilla en el suelo.

No como un gesto protocolario.

Sino como la expresión más sincera de su lealtad.

—Tiene mi palabra.

Buscaré la verdad.

Aunque deba recorrer cada rincón del reino.

Edric colocó una mano sobre su hombro.

—Eso es precisamente lo que temo.

Aldren levantó lentamente la vista.

—¿Majestad?

El rey sonrió con tristeza.

—Que seas el único hombre capaz de encontrarla.

Al abandonar la estancia secreta, ambos volvieron al gran salón.

El sol comenzaba a descender lentamente sobre Arken.

Durante unos segundos contemplaron juntos la ciudad.

Parecía tan tranquila.

Tan viva.

Tan llena de esperanza.

Ninguno imaginaba cuántas de aquellas personas desaparecerían antes de que terminara el año.

En otra ala del castillo...

Lord Cedric Vaust permanecía sentado frente a una mesa cubierta de documentos.

Un hombre vestido con la armadura de la Guardia Negra esperaba en silencio.

—¿El capitán ya habló con el rey?

preguntó Vaust.

—Sí, mi señor.

—¿A solas?

—Durante casi una hora.

El canciller permaneció pensativo.

Después tomó una pluma.

Escribió unas pocas líneas en un pequeño pergamino.

Lo selló con un emblema diferente al del reino.

Un sello que representaba una serpiente devorando su propia cola.

No pertenecía a ninguna institución oficial.

Lo entregó al guardia.

—Entrégalo únicamente al comandante Varick.

—¿Cuál será el mensaje?

Vaust sonrió apenas.

—Solo tres palabras.

El soldado rompió el sello para memorizar el contenido.

Leyó en silencio.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Está seguro?

Vaust levantó lentamente la mirada.

Sus ojos permanecían serenos.

Pero ya no reflejaban duda alguna.

—Ha llegado el momento.

El hombre inclinó la cabeza.

Después desapareció por el pasillo.

El pergamino llevaba escrito únicamente:

"Comienza la vigilancia."

Muy lejos del castillo...

En el pequeño hogar rodeado de lirios...

Líria preparaba la cena.

Eryn perseguía mariposas entre el jardín.

Lyanna terminaba un nuevo dibujo.

Todo parecía igual que siempre.

Sin embargo...

Desde la colina cercana, dos jinetes observaban la casa ocultos entre los árboles.

No llevaban estandartes.

No hablaban.

Solo miraban.

Uno de ellos desenrolló lentamente un pequeño mapa.

Marcó con tinta negra la ubicación del hogar de Aldren.

Después lo volvió a guardar.

Sin saberlo...

La familia más feliz del reino acababa de convertirse en un objetivo.

Y la última etapa de su paz había comenzado.

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