Explorar novelas

Capítulo IV: La Calma Antes de la Tormenta - Parte I: Susurros Bajo un Cielo Sereno

La Promesa de las sombras · por zuir876 · 04 de agosto de 2026

"Las grandes tragedias nunca llegan haciendo ruido. Antes de ellas, el mundo suele regalar sus días más hermosos, como si quisiera que los hombres recordaran exactamente lo que están a punto de perder."


El otoño había regresado a Arken.

No era el otoño áspero que anunciaba los primeros fríos, sino aquel que vestía los caminos con hojas doradas y teñía el horizonte con una luz cálida que parecía abrazar cada rincón del reino.

Las mañanas comenzaban cubiertas por una fina neblina.

El rocío descansaba sobre los pétalos del jardín de Líria como pequeñas perlas transparentes.

Los bosques olían a tierra húmeda.

Y el viento, más fresco que semanas atrás, hacía danzar lentamente las ramas del viejo roble que vigilaba la casa desde tiempos que nadie recordaba.

Aldren siempre había amado aquella estación.

Le recordaba que incluso aquello que parecía marchitarse lo hacía con una belleza imposible de ignorar.

Aquella mañana despertó antes que todos.

Era una costumbre adquirida durante más de veinte años de servicio.

Los soldados aprendían a escuchar el amanecer antes incluso de que apareciera.

Abrió la puerta con cuidado para no hacer ruido.

El aire frío acarició su rostro.

Respiró profundamente.

El silencio del campo era distinto al silencio de un campamento militar.

En la guerra...

el silencio anunciaba peligro.

En casa...

anunciaba paz.

Mientras caminaba hasta el pozo para llenar un cubo de agua, levantó la vista hacia el cielo.

Una bandada de aves migratorias cruzaba lentamente sobre las montañas.

Formaban una perfecta figura en forma de flecha.

Todas avanzaban en la misma dirección.

Sin dudar.

Sin romper la formación.

—Siempre saben dónde regresar...

murmuró para sí.

—Como tú.

La voz de Líria surgió detrás de él.

Aldren sonrió sin necesidad de girarse.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Desde que comenzaste a hablar con los pájaros.

—No hablaba con ellos.

—Claro que sí.

Solo espero que hayan sido educados al responderte.

Él soltó una carcajada.

—Supongo que deberían haberlo sido.

Mi esposa estaba escuchando.

Líria se acercó hasta quedar a su lado.

Entre ambos no existía la necesidad de llenar cada instante con palabras.

Habían aprendido que la verdadera intimidad también nacía de los silencios compartidos.

Durante algunos minutos contemplaron el cielo sin decir nada.

Hasta que ella habló.

—¿Has dormido bien?

Aldren tardó en responder.

—He soñado otra vez con la frontera norte.

Ella lo miró con preocupación.

—¿Malos recuerdos?

Él negó suavemente.

—No exactamente.

Solo recordé a hombres que ya no están.

Líria tomó su mano.

—Entonces hoy recuérdalos viviendo.

No muriendo.

Aquella sencilla frase permaneció resonando en el corazón de Aldren.

Era una de las cosas que más admiraba de ella.

Jamás intentaba borrar el dolor.

Solo enseñaba otra forma de mirarlo.

Poco después comenzaron a despertarse los niños.

Eryn salió de la habitación todavía despeinado, con la nueva espada de madera colgando del cinturón como si se tratara del arma más legendaria de todo Elyr.

Caminaba intentando imitar la postura firme de los caballeros.

La diferencia era que cada pocos pasos tropezaba con el largo cinturón y terminaba recuperando el equilibrio de forma bastante poco heroica.

Aldren observó la escena con una sonrisa.

—Caballero Eryn.

El niño se cuadró inmediatamente.

—¡Sí, señor!

—Creo que vuestro enemigo más peligroso sigue siendo vuestro cinturón.

Lyanna estalló en una carcajada desde la puerta.

Eryn bajó la mirada.

Efectivamente, el cinturón se había enredado alrededor de una de sus piernas.

—Solo estaba...

probándolo.

Líria ocultó una sonrisa mientras servía el desayuno.

—Por supuesto.

Los grandes estrategas siempre comienzan luchando contra su propia ropa.

La casa volvió a llenarse de risas.

Durante la comida, Eryn habló sin descanso.

Había oído en el pueblo que, muy pronto, los caballeros participarían en el Festival del Juramento, una antigua ceremonia donde los jóvenes escuderos prometían servir al reino con honor.

Sus ojos brillaban.

—¿Tú también hiciste ese juramento?

preguntó.

Aldren asintió.

—Tenía casi tu edad cuando lo vi por primera vez.

Y unos años después...

me tocó pronunciarlo.

—¿Qué sentiste?

El caballero permaneció pensativo unos instantes.

—Sentí orgullo.

Muchísimo orgullo.

Creía que servir al reino era la forma más noble de servir a las personas.

Eryn sonrió.

—Yo también quiero hacerlo.

Líria observó discretamente a su esposo.

Notó un cambio apenas perceptible en su expresión.

No era tristeza.

Era nostalgia.

Una nostalgia difícil de explicar.

Como si, por primera vez, aquel juramento ya no pesara igual que antes.

Ella no dijo nada.

Solo cambió suavemente el rumbo de la conversación.

—Antes tendrás que aprender a leer todos los libros que tu hermana terminará antes que tú.

Lyanna levantó inmediatamente la cabeza.

—¡Sí!

Yo leeré muchísimo.

Eryn resopló fingiendo resignación.

—Entonces tendré que entrenar el doble.

La mesa volvió a llenarse de carcajadas.

Aquella misma tarde, Aldren decidió acompañar a Líria al pueblo.

Era día de mercado.

Las calles estaban repletas de comerciantes.

Panaderos.

Tejedores.

Herreros.

Apicultores.

Niños correteando entre los puestos.

Músicos ambulantes interpretando viejas melodías.

Todo parecía respirar tranquilidad.

Al avanzar por la plaza principal, las personas comenzaron a saludar al caballero.

—¡Buenos días, sir Aldren!

—¡Que los dioses lo protejan!

—¡Gracias por lo que hace por nosotros!

Él respondía con la misma humildad de siempre.

Nunca caminaba con la cabeza alta buscando reconocimiento.

Prefería detenerse a conversar con un anciano o ayudar a una mujer a cargar un saco de harina antes que aceptar elogios.

Aquella era una de las razones por las que el pueblo lo amaba.

Porque jamás permitió que el respeto se transformara en orgullo.

Mientras Líria elegía algunas semillas para el jardín, Aldren se acercó al puesto de un viejo alfarero llamado Brenn.

Era un hombre de cabello completamente blanco, manos enormes y una espalda encorvada por los años.

Había conocido a Aldren cuando este apenas era un muchacho.

—Hace tiempo que no te veía por aquí.

—Las patrullas han sido más frecuentes.

respondió Aldren.

Brenn dejó lentamente una vasija sobre la mesa.

Su expresión cambió.

—Sí...

He oído lo mismo.

Aldren levantó la vista.

—¿Ha ocurrido algo?

El anciano dudó unos segundos.

Luego bajó la voz.

—Solo son rumores.

—¿Qué clase de rumores?

Brenn miró discretamente a ambos lados antes de responder.

—Dicen que en algunas aldeas del este han desaparecido familias enteras.

Aldren frunció el ceño.

—¿Bandidos?

—Nadie lo sabe.

Unos hablan de desertores.

Otros dicen que fueron mercenarios.

Incluso hay quienes aseguran que los propios soldados del reino estuvieron allí.

El caballero permaneció completamente inmóvil.

Aquello no tenía sentido.

Los soldados de Arken protegían a la población.

Era impensable que atacaran a quienes habían jurado defender.

—Seguramente solo sean historias exageradas.

dijo finalmente.

Brenn asintió.

—Eso espero.

Porque si alguna vez dejamos de confiar en quienes nos protegen...

Entonces ya no quedará nada.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Aldren intentó apartarlas de su mente.

Pero, por primera vez en muchos años...

Una pequeña duda comenzó a abrirse paso dentro de su corazón.

Muy pequeña.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para existir.

Cuando regresaban a casa, Líria caminó varios metros en silencio.

Finalmente habló.

—Has estado muy callado desde que salimos del mercado.

Aldren sonrió con esfuerzo.

—Solo estaba pensando.

—En los rumores.

No era una pregunta.

Él asintió.

—No me gustan.

Ella tomó suavemente su brazo.

—Tampoco a mí.

Pero recuerda algo.

Los rumores también pueden ser armas.

Alguien siempre obtiene beneficio cuando las personas empiezan a desconfiar unas de otras.

Aldren respiró profundamente.

Tenía razón.

Como casi siempre.

Sin embargo...

Por alguna razón...

Aquel día el viento parecía soplar distinto.

Y, por primera vez en mucho tiempo...

El antiguo caballero sintió que la paz que tanto amaba comenzaba a volverse extrañamente frágil.

Como la superficie de un lago justo antes de que caiga la primera gota de lluvia.

Muy lejos de allí...

En una de las salas más antiguas del castillo de Arken...

Un hombre vestido con un largo manto oscuro abandonó una reunión sin pronunciar una sola palabra.

Nadie reparó en él.

Nadie recordaría su rostro unos minutos después.

Solo el anciano consejero del rey sintió un inexplicable escalofrío cuando aquella figura pasó junto a él.

El desconocido sonrió apenas.

Una sonrisa casi invisible.

No era una sonrisa de satisfacción.

Era la sonrisa de quien acababa de sembrar una semilla.

Y sabía...

Que no tendría que regarla.

Los propios hombres se encargarían de hacerlo.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a zuir876 en el lector de Culto de Papel. Es gratis.